Cristian Morán
Galatas 1
Galatas 2
Galatas 3
Galatas 4
Gálatas 5
Gálatas 6
…todavía no era conocido en persona en las iglesias de Judea que eran en Cristo; sino que sólo oían decir: El que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en un tiempo quería destruir. Y glorificaban a Dios por causa de mí. (Gálatas 1:22-24)
Probablemente lo más irónico en la muerte de Gaudí, arquitecto de la famosa Sagrada Familia en Barcelona, fue el hecho de que, tras ser atropellado por un tranvía, no recibió atención médica oportuna ya que su aspecto descuidado le hizo pasar por un mendigo. Su nombre era asociado a una obra admirable, pero su rostro, por el contrario, no gozaba de la misma fama. Al llegar al final del primer capítulo de Gálatas, Pablo nos cuenta que —como en el ejemplo anterior— su persona no era tan conocida como los hechos asociados a su vida. Hasta aquí ha señalado que casi no había tenido contacto con Jerusalén, y una muestra de ello era que los creyentes de la región no le conocían en persona. Lo que conocían bien, sin embargo, era el gran cambio que había vivido. Habiendo sido nada menos que una amenaza mortal para la iglesia, se había convertido en un promotor y defensor de la fe que la hacía vivir. ¿Cómo había sucedido esto? Dios era el responsable. No era Pablo (como él mismo lo ha dicho) quien había decidido cambiar, sino que Dios, soberanamente, había convertido su corazón y lo había comisionado para ser apóstol —¡nada menos!—. ¿Puedes imaginar el impacto que causó esta noticia en los creyentes de la época? Un día huyen de Pablo como quien escapa de un tigre, y repentinamente, no oyéndose más rugidos furiosos, se dan vuelta para encontrarse únicamente con un tierno gatito que ronronea. Indudablemente deben de haber suspirado aliviados, pero la noticia no se reducía a que ahora dormirían más tranquilos. No. Que Pablo hubiese muerto habría causado el mismo efecto, pero la noticia era más grande justamente porque, a diferencia de la muerte, su conversión daba también una señal clara y fuerte del inmenso poder que Dios ejercía por medio del evangelio. ¡Tenían grandes razones para estar alegres! No sólo habían vuelto a comprobar que Dios tenía el control de todo, sino que el evangelio, ese mensaje por el cual sufrían, estaba demostrando que no podía ser detenido. ¡Alegrémonos, por tanto, nosotros también! ¿No son nuestras vidas un testimonio de que Dios es poderoso? ¿No somos, acaso, como trofeos que exhiben su gloria? Cierto, todavía debemos cambiar mucho, pero recuerda que aun tu más pequeño anhelo de ser mejor para Él es sólo obra de sus manos y una muestra de su trabajo perseverante.
Galatas 7
Galatas 8
Galatas 9
Gálatas 10
…aquel que obró eficazmente para con Pedro en su apostolado a los de la circuncisión, también obró eficazmente para conmigo en mi apostolado a los gentiles. (Gálatas 2:8)
Si tuviéramos que resumir en una sola frase el resultado de las gestiones hechas por los enemigos de Pablo para desacreditarlo a él y a su mensaje, bastaría con recurrir al dicho «ir por lana y salir trasquilado»: No sólo fracasaron en sus intentos, sino que además terminaron expuestos bajo una luz negativa. Eran ellos quienes habían apelado a la autoridad de los líderes de Jerusalén: habían asignado la máxima importancia al veredicto de estos dirigentes. Los líderes, sin embargo, no tuvieron desacuerdo alguno con Pablo, y en consecuencia, quienes aparecieron como rebeldes fueron los detractores del apóstol: oponiéndose a él, se opusieron implícitamente a los líderes que pretendían respetar. El texto de hoy es relevante porque, además de describir la armonía que hubo entre Pablo y los demás apóstoles en medio de esta delicada situación, nos da una muestra de la importancia que se le reconoció a la evangelización de los no judíos. Se reconoció, de un lado, que Dios les había abierto la puerta de la salvación sin exigirles renunciar a su nacionalidad, pero se comprendió, además, que no serían miembros de menor categoría: entrarían en igualdad de condiciones. La prueba, en este punto, es la «dignidad» que se le reconoció al trabajo de Pablo: el apóstol estaba desempeñando un ministerio comparable al de Pedro, y esto era nada menos que por disposición de Dios: «…se me había encomendado el evangelio a los de la incircuncisión, así como Pedro lo había sido a los de la circuncisión». Había, por tanto, una designación que lo respaldaba, y no sólo eso, sino también una capacitación con que Dios había confirmado su vocación: «…aquel que obró eficazmente para con Pedro en su apostolado a los de la circuncisión, también obró eficazmente para conmigo en mi apostolado a los gentiles». Los líderes de Jerusalén habían entendido esto, y Pablo, consciente de ello, puede concluir diciendo: «al reconocer la gracia que se me había dado, Jacobo, Pedro y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra de compañerismo, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión». Meditar en esto debería movernos a la gratitud. Dios no sólo quiso abrir el evangelio a las naciones, sino que incluso dispuso de los medios necesarios para hacerlo llegar con eficacia. Hoy el mundo entero puede conocer a Cristo para ser salvo, y pensando en esto, es importante que nos hagamos la pregunta: ¿Estamos nosotros, al igual que Dios, interesados y activos en la proclamación del evangelio a toda la humanidad? ¿Estamos nosotros, como iglesia y como individuos, aprovechando cada recurso y ocasión que tenemos para hacer que el incansable trabajo de Pablo encuentre eco en nuestros días? No nos durmamos en la seguridad de nuestra salvación. Dios tuvo la gran misericordia de proveernos mensajeros, y para quienes vendrán en los días venideros, somos nosotros quienes debemos asumir el relevo: no permitas que se rompa la cadena.
Gátalas 11
Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo mismo que yo estaba también deseoso de hacer. (Gálatas 2:10)
Sin duda, un efecto positivo de la controversia suscitada por los detractores de Pablo es el hecho de que, gracias a la reacción del apóstol, hoy podemos enterarnos de cómo la iglesia abordó los asuntos más delicados. Por un lado, la seriedad con que actuaron es aleccionadora, y por otro, el consenso al que llegaron refuta el cuestionamiento que algunos han hecho a la unidad de la iglesia en los temas centrales. Los apóstoles, como podemos ver, hablaron a una voz, y es importante observar que, en este caso, también lo hicieron mostrando interés en un tema que, para algunos, es menos que secundario: las necesidades de los pobres, y especialmente las de aquellos que se encuentran al interior de la familia cristiana. Pablo acaba de sugerir que los líderes de Jerusalén no habían cuestionado ni rectificado su ministerio, pero, no queriendo que nadie le acuse de ocultar detalles, señala, finalmente: «Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo mismo que yo estaba también deseoso de hacer» (2:10). En otras palabras, «Lo único que nos pidieron hacer fue algo que yo ya tenía en mente». Pablo y los demás líderes estaban alineados; sus prioridades eran las mismas. Le estaban haciendo una solicitud, pero ésta no alteraba la dirección de su trabajo sino que la confirmaba. Y es que, pese a la división de labores que acababan de establecer («…que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión»; 2:9), eso no significaba que se desvincularían: la pobreza de los unos (en este caso, muy probablemente los creyentes judíos de Jerusalén) sería la preocupación de todos (incluidos los gentiles). Los apóstoles, por tanto, dejan esto muy claro, pero nos enseñan, también, que la prioridad de la predicación no excluye la atención a las necesidades materiales genuinas de la gente. El evangelio que hemos creído se dirige al corazón, pero hablando con franqueza, un corazón transformado por el evangelio no es indiferente ni se abstiene de hacer el bien en todas las formas posibles —la fe viva jamás deja de engendrar obras—. ¿No es el propio Pablo, en esto, un excelente ejemplo? Originalmente, ¡él había perseguido a la iglesia! Debemos, entonces, evaluar nuestra comprensión del evangelio y sus alcances. Ya sugerimos que, como mensaje, éste apunta a nuestro espíritu, pero eso no significa que debamos neutralizar el potencial impacto que, por medio nuestro, puede tener en el mundo físico. Es más: deberíamos buscarlo. ¿No es Jesús, acaso, el ejemplo supremo? Examinemos nuestro corazón y pongamos atención a las verdaderas razones por las cuales hemos dejado, en la práctica, un aspecto tan importante como éste. Recuperémoslo, y quizás, en el futuro esto también se convierta en parte integral de nuestra predicación.
Gálatas 12
Gálatas 13
Gálatas 14
Gálatas 15
Pues mediante la ley yo morí a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano. (Gálatas 2:19-21)
Con el ánimo de reír, la estupidez de una persona «x» es descrita a veces como la de aquel que, habiendo encontrado en la calle una factura impaga, se dirigió a cancelarla pese a no ser suya. Que alguien haga esto, para ser francos, nos parece impensable, pero más impensable —o descabellado, si lo prefieres— nos parecería que dicha persona se dirigiese a cancelar nuevamente una factura que ya se encuentra pagada. Pablo, en nuestro texto, está lidiando con algo así. Los judíos han insistido en aferrarse a la ley para que Dios les apruebe, pero lo que el apóstol les muestra es que esto, gracias a la obra de Cristo, no tiene sentido alguno. Volvamos atrás por un momento. La lógica de la ley, como explica Pablo, implica que, si me aferro a ella, soy hombre muerto. Mi pecado —omnipresente— hace que no pueda cumplirla, y en consecuencia, lo que la ley termina haciendo es condenarme —condenarme a muerte—. Cristo, sin embargo, tomó mi lugar en la cruz, y al hacerlo, mi sentencia se cumplió. La deuda quedó pagada, y como resultado, la ley ya no puede exigir más de mí: para ella, estoy muerto. Cristo, no obstante, volvió a levantarse, y así como mi vida se unió a la suya para concluir en la cruz, ahora, gracias a su resurrección, me concede a mí una vida nueva. Por eso es que Pablo dice: «ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí». Mi vida, por lo tanto, es la vida suya, y lo más maravilloso es que, como dice el texto, el fundamento de todo no es otro que el amor y la gracia de Dios: este es el concepto con el que, finalmente, Pablo cierra su argumento —y lo hace de manera categórica—. Que Dios nos apruebe es una manifestación de su misericordia, y así, cualquier intento de volver a la ley (o las buenas acciones como moneda de canje) equivale a pisotear la gracia y sugerir que Cristo murió innecesariamente. El texto de hoy nos llama a examinar de cerca el sentido con que vivimos delante de Dios. ¿Es tu vida un continuo esfuerzo por acumular méritos para que Él te acepte? ¿Sientes, por ejemplo, que la efectividad de tus oraciones depende estrechamente de cuán bien te has comportado en los últimos días? Es agobiante vivir así, pero la buena noticia es que no necesitas hacerlo. Si te encuentras en esta situación, atrévete a bajar los brazos. Cristo hizo lo que a ti te correspondía (tanto en su vida como en su muerte), y hablando con franqueza, intentar ocupar su lugar no sólo es innecesario, sino también inútil. Recurre, por tanto, a su misericordia, y en lugar de seguir haciendo esfuerzos, descansa sirviéndole en gratitud.
Gálatas 16
Gálatas 17
Gálatas 18
Gálatas 19
...si la herencia depende de la ley, ya no depende de una promesa; pero Dios se la concedió a Abraham por medio de una promesa. (Gálatas 3:15-18)
Un hecho común de la vida es nuestra inclinación natural a interpretar la realidad sin una adecuada conciencia de la historia que nos trajo hasta aquí. Teóricamente sabemos que hay una historia, pero muchas veces actuamos como si antes de nosotros no hubiese existido nada —o al menos nada diferente—. De algún modo, en los días de Pablo esto se manifestaba en el uso que los judíos le daban a la ley. Ellos trataban de cumplirla con el fin de que Dios les recompensara, pero Pablo, consciente de este error, les muestra que estaban pasando por alto un importantísimo hecho histórico anterior: que Dios había hecho una promesa, y que las bendiciones ofrecidas a su pueblo descansaban en ella sin exigir algo a cambio. La ley, entonces, no podía considerarse una condicionante, y esto no sólo porque había sido promulgada con un evidente desfase (siglos más tarde), sino porque contravenía la promesa en su calidad de tal. Pablo dice: «...si la herencia depende de la ley, ya no depende de una promesa; pero Dios se la concedió a Abraham por medio de una promesa»(v. 18). El apóstol, así, centra toda nuestra esperanza en el pacto hecho por Dios con Abraham, pero a fin de recalcar que, de forma permanente, las promesas serían nuestra única base de acceso a la «herencia», añade un detalle: que los destinatarios de ellas serían Abraham y su descendencia, pero no toda su descendencia física sino una descendencia específica: Cristo («descendencia», ciertamente, también hacía posible pensar en más de un individuo, pero es el Espíritu, aquí, quien por medio de Pablo nos aclara cuál era el sentido final de las palabras divinas). Cristo, de este modo, es vuelto a confirmar como nuestra única esperanza, y lo que esto significa, concretamente, es que sólo acogiéndonos a Él podemos gozar de la bendición prometida por Dios (seamos judíos o gentiles). Asegurémonos, por tanto, de conocer bien la Biblia y no caer en la inconveniencia de ignorar la historia de nuestra salvación. El apóstol nos recuerda un conjunto de enseñanzas fundamentales, y entre ellas, deberíamos recordar por lo menos tres: Primero, que nuestro acceso a la bendición de Dios está basado únicamente en su gracia. La salvación de la cual gozamos fue producto de una promesa, y lo que nosotros hemos hecho es simplemente ser espectadores. Segundo, que la venida de Cristo no es una ocurrencia tardía de Dios. Cristo integró el plan desde el comienzo, y por lo tanto, no es una solución alternativa ideada con posterioridad sino Aquel al cual todo apuntaba. Y tercero, que es inútil presentarnos delante de Dios en nuestro propio nombre. El descendiente que obtendría lo prometido no era otro que Cristo, y por lo tanto, si queremos acceder a ello, no tenemos más opción que aferrarnos a Él. ¿Seguiremos intentando deshacer este firme nudo? Pablo ha razonado con claridad: No insistamos en buscar espacio para adjudicarnos una parte del crédito que sólo a Dios le pertenece.
Gálatas 22
Gálatas 21
Gálatas 20
Gálatas 23
Gálatas 25
Gálatas 26
RESEÑA: EL FIN DE LA RAZÓN
El hombre es brillante, de eso no hay duda, pero si a eso agregamos que se trata de un hindú que no sólo conoce a fondo las religiones y filosofías orientales, sino también las occidentales, lo que encontramos en él es una enciclopedia parlante de las cosmovisiones que no sólo puede comparar las mismas, sino también confrontarlas y detectar los puntos de conflicto entre ellas.
No es, por tanto, el típico cristiano occidental al cual se le pueda decir que eligió el cristianismo porque no ha conocido las bondades del budismo, el hinduismo o el islamismo. Zacharias ha tenido mucho más que encuentros teóricos con dichas ideologías.
Es esperable, entonces, que alguien como él reaccione al leer lo que, a su juicio, son declaraciones infundadas e incorrectas sobre su área de experticia; y siendo esa, precisamente, la forma en que Zacharias define los dichos de Sam Harris (ateo y autor de libros como El fin de la fe), uno entiende rápidamente por qué Zacharias decide contestarle.
Lo que no es evidente, sin embargo, es la razón por la cual Zacharias responde como lo hace. Parece una ametralladora. Es como un profesor que coge la tarea de un alumno y, con un bolígrafo rojo en la mano, la corrige indignado por la falta de coherencia (si algo sé de Zacharias es que puede tolerar cualquier cosa menos las incongruencias).
El problema, creo yo, es que si alguien no tiene idea alguna de los argumentos que están en juego, podrá sentirse perdido al leer el libro. Zacharias no entra en detalles y, como suelen hacerlo los estudiosos, muchas veces parece dar la información por sabida. El lector versado sabrá inmediatamente a qué está apuntando el autor, pero si se trata de alguien que está recién empezando a informarse, sentirá que faltan explicaciones y, en algunos casos, que el autor es simplista.
Si bien lo más justo sería leer primero los textos de Harris, tengo la impresión de que no es imprescindible hacerlo para poder sacar algún provecho de este libro. Los temas que refuta Zacharias son, en la actualidad, los lugares comunes del ateísmo actual, y reflejan, por lo que veo, la triste realidad de que el nivel de los argumentos ha descendido lo suficiente como para darle sentido al título del libro.
El fin de la razón: una respuesta al nuevo ateísmo. Ravi Zacharias. Editorial Vida, 144 páginas.
RESEÑA: BIBLIA PARA NIÑOS HISTORIAS DE JESÚS
La Biblia para niños historias de Jesús es un libro que, de principio a fin, muestra con ejemplos que la Escritura no es una colección de historias aisladas sino un relato único centrado en una figura que le da sentido a todo.
Esa es la razón por la cual el título secundario del volumen es Cada historia susurra su nombre. El libro está constituido por una selección de historias bíblicas, pero el denominador común de ellas (incluidas las del Antiguo Testamento) es que ponen en evidencia cómo la Escritura dibuja poco a poco las características de Cristo y su ministerio.
Ya hubiera querido yo tener este libro cuando niño. Teniendo en cuenta que a menudo escuché muchas de estas mismas historias como meras biografías inconexas de personajes a imitar (o no imitar), leerlas cristocéntricamente me habría permitido entender más tempranamente que la Biblia se trata de lo que Jesús ha hecho por mí y no de lo que yo puedo hacer por él.
Ciertamente la Escritura misma declara que todo apunta a Cristo, pero, considerando que muchas veces nos resulta más fácil decirlo que comprobarlo, el doble aporte de este libro consiste en demostrarlo sin sacrificar la simplicidad que una narración para niños requiere: Utilizando un lenguaje sencillo y ameno acompañado por ilustraciones que irradian una frescura verdaderamente infantil, el relato proporciona una visión fascinante que encantará igualmente a más de algún adulto (y, de paso, probablemente le aclarará bastantes cosas).
No se trata de un relato cien por ciento ajustado a los detalles (tanto la escritora como el ilustrador se han dado ciertas licencias creativas), pero, como alguien ha dicho, debería ser un material de lectura obligatoria para predicadores. Si en los púlpitos hubiera más de Cristo en exposiciones más vivas y sencillas de la Escritura, estoy seguro de que nuestras propias historias personales también se centrarían más en Jesús.
Biblia para niños historias de Jesús — The Jesus Storybook Bible. Sally Lloyd-Jones (Ilustraciones por Jago). Editorial Vida, 352 páginas.
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RESEÑA: EL MOMENTO TRASCENDENTAL
A la confusión que otros han sembrado. No sólo han hecho creer al cristiano común que sólo un experto puede entender lo que la Biblia dice sobre el tema, sino que han convertido el asunto en una fuente de discrepancias incesantes. ¿Debemos renunciar a estudiarlo y declararnos prácticamente agnósticos en la materia?
El pastor irlandés W.J. Grier (1902-1983) habría dicho que no. El momento trascendental es su propio testimonio de ello, y la forma en que lo demuestra consiste en ceñirse insistentemente a la Biblia explicando cómo ésta nos da una pauta interpretativa inequívoca.
El libro consta de 16 capítulos breves (más un epílogo y un apéndice), y lo que Grier hace a lo largo de ellos es rastrear dos temas centrales: el regreso de Cristo y el carácter de su reinado (con los hechos anexos a ellos —resurrección, juicio, etc.—). Grier demuestra que la Escritura es clara, y particularmente, que las voces bíblicas concuerdan: Cristo volverá públicamente para introducir el fin, y lo que hoy es un reinado invisible (desde el trono a la derecha del Padre) se convertirá entonces en un reino absolutamente reconocido sobre una tierra renovada.
Establecer esto, no obstante, requiere también aclarar los malentendidos, y Grier se concentra particularmente en un punto crítico: la comprensión del reinado de Cristo. ¿Cuándo empieza? ¿Dónde y cómo lo ejerce? Para muchos, Cristo aún no esta gobernando (!), y lo que en la Biblia es un reino eterno, para ellos se trata de 1000 años protagonizados por el Israel étnico. ¿Pueden estas suposiciones considerarse válidas?
El libro demuestra que no. Generalmente dichos teólogos se jactan de interpretar la Biblia literalmente, pero lo que en realidad hacen, como señala Grier, es considerar únicamente algunos textos pasando por alto otros que iluminan y controlan la interpretación de los primeros. La restauración de Israel, en realidad, se cumple finalmente en la iglesia, y en lo que respecta a Cristo, todo indica que su gobierno se encuentra en efecto desde que ascendió (aunque aún debe llegar a su plenitud).
Así, Grier llega a la última parte de su estudio —la interpretación del Apocalipsis—, y aunque la ubicación de esto en el libro pueda parecer tardía, concuerda exactamente con el acercamiento que el autor quiere modelar: el Apocalipsis debe ser leído a la luz de toda la Escritura.
El libro, por tanto, junto con esclarecer la enseñanza bíblica, nos enseña también cómo la Biblia debe ser leída. Las interpretaciones alternativas pueden ser lógicas, pero eso no garantiza que sean bíblicas.
Quizás uno de los más grandes aportes del libro sea el hecho de que, junto con ofrecer principios sanos de lectura bíblica, desmantela y llama por su nombre a una corriente que no debería tener espacio alguno en el escenario de la interpretación. Se nos ha querido hacer creer que tiene tanto peso como cualquier otra, pero Grier, desmenuzándola sistemáticamente, expone cómo ella tuerce y genera contradicciones al interior de la propia Escritura.
Es una pena que este libro, escrito en 1945, no haya sido traducido antes. ¿Cuántos de nosotros no sentimos alguna vez que la Biblia anuncia el fin en forma más sencilla que los confusos «maestros» denunciados por Grier? Las controversias se desvanecen cuando dejamos que la propia Biblia hable.
Sólo advierto, a quienes lean el libro, que la lectura demandará un grado de esfuerzo. Grier quiere que el lector razone, y junto con ello, recurre a algunos conceptos teológicos que será muy necesario asimilar (explicados, en todo caso, por el propio autor al comienzo).
Consigue el libro; no te arrepentirás. Aprenderás sobre el tema, pero además de ello, regresarás a la Biblia con un interés renovado.
El momento trascendental. W.J. Grier. Estandarte de la Verdad, 140 páginas.
Gálatas 28
...Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la libre. Pero el hijo de la sierva nació según la carne, y el hijo de la libre por medio de la promesa. (Gálatas 4:22-23)
«Por la boca muere el pez». Seguramente has escuchado este refrán que nos recuerda un importante principio: Ten cuidado antes de decir algo que te podría meter en problemas. Los judaizantes, en la época de Pablo, se habrían ahorrado una buena vergüenza si lo hubiesen tenido en cuenta. Ellos se refirieron insistentemente a la ley, hasta que Pablo, consciente de lo que ésta enseñaba, no tuvo más remedio que jugar contra ellos en la misma cancha: «Decidme, los que deseáis estar bajo la ley, ¿no oís a la ley?» (v. 21) Sobre la misma ley el apóstol ya había aclarado que ésta nos condena y nos conduce a Cristo (3:10, 24), pero ahora, yendo incluso más lejos, va a tocar otra clase de fibra: la aparente seguridad de tener a Abraham como ancestro biológico. «…está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la sierva y otro de la libre» (v. 22). Es como si Pablo les dijera: «Eso es lo que enseña la ley que a ustedes tanto les atrae. ¿No lo habían notado?» Evidentemente lo sabían, pero el punto es que habían llegado a convencerse de que la relación sanguínea en sí misma les concedía un vínculo con Dios. Olvidaban, curiosamente, que el «hijo de la sierva» (Ismael) también era descendiente biológico de Abraham. Los judíos, desde luego, se amparaban en que la nación provenía de Isaac (no de Ismael), pero Pablo no sólo descarta la ventaja del vínculo sanguíneo para ambos hijos sino que traslada el foco nada menos que a la causa de los respectivos nacimientos: una decisión humana en el caso de Ismael, y una promesa en el caso de Isaac (Gn 16:1-4; 17:15-21). ¿Qué mensaje quería enviar a sus oponentes? Les estaba diciendo que sólo una promesa había dado origen a la línea familiar escogida (antes de eso, Sara era estéril), y estaba insinuando, por otro lado, que la intervención humana sólo había dado origen a un pueblo como los demás. Es el mismo mensaje que, de otro modo, resonaba en 3:18: «…si la herencia depende de la ley, ya no depende de una promesa; pero Dios se la concedió a Abraham por medio de una promesa». Ambas son mutuamente excluyentes. No podían, entonces, atribuirse un lugar en el pueblo de Dios y continuar descansando en sus acciones humanas: hacer esto les pondría en el lado de Ismael. La pregunta, por tanto, sigue siendo: ¿En quién descansas tú? ¿Descansas exclusivamente en Cristo, en quien se cumplió la promesa? Hagámonos esta pregunta a diario. Tenemos la tendencia natural a olvidarlo, así que mejor oremos: pidamos que Dios mismo nos enseñe a descansar.
Gálatas 32
Gálatas 31
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…jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo. (Gálatas 6:14)
Cuando te llamen para sacar un tornillo y no sepas de qué tipo es, mejor lleva todos los destornilladores que tengas. La tarea, desde luego, no es compleja, pero llevarla a cabo será cuestión de elegir la herramienta adecuada. Pablo, al acercarse al final de su carta, nos da la impresión de estar aplicando exactamente el mismo principio. Hasta aquí ha desplegado un arsenal impresionante de argumentos, pero como si aún no bastase, parece preguntarse: «¿Qué más puedo hacer para persuadir a estos gálatas?» Quiere asegurarse de que el mensaje penetre, y para ello, está llenando su carta de todas las herramientas posibles. Dice: «Mirad con qué letras tan grandes os escribo de mi propia mano» (v. 11). Comúnmente, quien anotaba todo era su secretario y Pablo sólo hacía presente su propia caligrafía al final. Con ello garantizaba la autenticidad de la carta (2 Ts 3:17; Col 4:18), pero al mismo tiempo, como vemos aquí, podía también añadir énfasis. Parece decir: «¡Esto es tan importante que incluso quiero escribirlo yo mismo!» Y a juzgar por lo que sigue, el apóstol quiere llegar realmente al fondo. Emitiendo su opinión personal, es como si dijera: «No sigamos con rodeos». ¿Qué querían, en verdad, los judaizantes? ¿Se interesaban verdaderamente en la ley? Pablo insinúa que no: «…ni aun los mismos que son circuncidados guardan la ley, mas ellos desean haceros circuncidar para gloriarse en vuestra carne» (v. 13). Se interesaban, más bien, en sí mismos. Querían parecer rigurosos, y para eso, sólo veían a los gálatas como potenciales trofeos. Pablo dice de ellos: «Los que desean [quedar bien con otros] tratan de obligaros a que os circuncidéis simplemente para no ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo» (v. 12). Querían que el mundo los aprobara, mientras que Pablo, lejos de poner el foco en sí mismo, dice que sólo se enorgullecerá de Jesús, cuya cruz explica su desinterés por la aprobación humana: «…jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo» (v. 14). Eso es lo que realmente importa: no lo que está haciendo el hombre (circuncidarse o no), sino la «nueva creación» llevada a cabo por Dios —y que exige, para empezar, que la cruz rompa nuestro vínculo con el mundo—. Pablo, así, comienza finalmente a despedirse, y siendo consecuente con su enseñanza, pronuncia una bendición sobre quienes realmente se aferran a Cristo: el pueblo de la «nueva creación» (v. 16; 3:7, 29). ¿Puedes decir que esa bendición es tuya? Que tu test sea el versículo 14. Necesitamos apropiarnos de sus palabras, y para eso, convirtámoslas primero en oración.
Gálatas 45
Día a día con el cristo resucitado
RESEÑA: BAJO EL ABRIGO
Nota del editor: Aunque Acceso Directo generalmente procura dar a conocer libros recomendables, creemos que la Biblia también nos llama a distinguir el cristianismo bíblico de aquellas corrientes que lo desvirtúan. La siguiente reseña da cuenta de una de dichas corrientes.
Cada vez que leemos un libro (o escuchamos alguna enseñanza) que tiene por objetivo mostrarnos cómo debe vivir el creyente, una de nuestras preocupaciones debe ser asegurarnos de que tal enseñanza se base en una visión bíblica de la forma en que se relacionan nuestro comportamiento y nuestra aceptación ante Dios. Si nuestro comportamiento, como lo enseña la Biblia, es descrito como una consecuencia de haber sido aceptados por Dios, estamos hablando del evangelio, pero si se nos enseña que nuestra aceptación ante Dios depende de dicho comportamiento, estamos ante una perversión del evangelio que, en términos concretos, no es otra cosa que una aproximación legalista a Dios.
El libro Bajo el abrigo, de John Bevere, cae decididamente en esta última categoría. Lo que podría haber sido un intento de articular una enseñanza sobre la forma en que los cristianos somos llamados a hacer visible el gobierno de Dios bajo las estructuras temporales de poder, termina siendo, lamentablemente, una especie de manual para mantenerse dentro de una pirámide de autoridades que, de «romperse», podría desatar en cualquier momento la ira condenatoria de Dios sobre el infractor (quedando, así, sin su protección —de ahí el título—).
¿Es este el concepto bíblico de la salvación y la forma en que debemos entender la existencia de autoridades humanas mientras esperamos la plena manifestación del reino de Dios?
John Bevere, en su libro, da evidencias de creer que la entrada al reino de Dios es una especie de puerta giratoria. Uno puede entrar hoy, pero si falla en algún punto de sumisión, con igual facilidad puede perder el favor de Dios.
Esta visión es llamativa porque, aunque hay muchas manifestaciones de legalismo en las iglesias, son menos las que se centran tan específica y selectivamente en la sumisión a las autoridades terrenales como vara de medir la estatura cristiana. El concepto de la sumisión, sin duda, es importantísimo en la Biblia, pero esta sumisión siempre aparece enfocada en la voluntad revelada de Dios y no en una sumisión ciega a cualquiera que se arrogue el título de «autoridad delegada» por Él. La sumisión bíblica, para ser claros, siempre está dirigida a la palabra divina, y por lo tanto, cuando encontramos autoridades humanas, se espera que éstas hagan valer dicha palabra en sus respectivas esferas y no cualquier ocurrencia propia como si la autoridad descansara en las personas mismas (de manera impactante, en un punto el autor llega al revelador extremo de decir que Dios mismo se supedita a las decisiones de las autoridades humanas que ha designado).
El autor intenta —y eso es claro— sustentar sus afirmaciones con numerosos textos bíblicos, pero esta reseña omitiría un rasgo importantísimo del libro si no mencionara que Bevere interpreta la Biblia sin prestar la debida atención al contexto de cada versículo (y a veces, a los versículos mismos). La cruz de Cristo, para empezar, redefine decisivamente el panorama entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pero Bevere no sólo guarda un sistemático silencio sobre la cruz, sino que, en sus afirmaciones, demuestra ser inconsciente del enorme cambio que introdujo.
¿Quién —se pregunta uno— es Jesús para este autor? El libro reconoce su título de «Señor» (y que su sangre puede limpiarnos), pero queda la duda de si Jesús, como diría Pablo, es para él un nuevo Adán (Romanos 5:14-18; 1 Corintios 15:22). Una correcta visión de Jesús es esencial no sólo porque afina dramáticamente nuestra sensibilidad ante las diferencias entre los dos testamentos, sino también porque aclara en qué descansa actualmente nuestra única esperanza de ser aceptados por Dios.
Es claro, para empezar, que los seres humanos no podemos ponernos nosotros mismos «bajo el abrigo». Adán perdió la protección de Dios, y sus descendientes nacemos en la misma condición: «fuera del Edén». Dios, sin embargo, proveyó un nuevo Adán (Jesús), y si nacemos en Él, no sólo estamos nuevamente «bajo el abrigo», sino que lo estamos para siempre (porque Jesús, a diferencia de Adán, no falló).
Nuestras insumisiones, por tanto, no ponen en riesgo nuestra salvación, pero como resulta obvio, la pregunta de fondo sigue en pie: ¿Cómo debemos entender la sumisión a los hombres?
Primordialmente, como una cuestión de orden. Es evidente que, en diversos casos, los grupos humanos requieren de autoridades que los organicen (en pro de objetivos delimitados), pero debemos evitar imaginar que los hombres en puestos de autoridad sean conductos que, únicamente en caso de ser consultados y obedecidos, dejarán fluir la revelación y la bendición de Dios al creyente. Ciertos líderes, indudablemente, cumplen también el rol formativo de guías (como los padres, maestros de escuela o pastores), pero debemos tener mucho cuidado de no confundir la experiencia o los estudios con un acceso privilegiado a la revelación y la bendición de Dios. Me impacta, particularmente, que Bevere diga: «El derecho de hablarle a la vida de un líder debe ser ganado»; o que, refiriéndose a la rebeldía ocasional de quienes no son líderes, añada: «Estas personas están convencidas de que pueden escuchar al Señor tan bien como cualquier otro». No podemos tomar casos como (p. ej.) el de Moisés y exportarlos a nuestra época como si Jesús no hubiese hecho diferencia alguna. El Moisés del Nuevo Testamento es Cristo, y si la iglesia es actualmente su cuerpo, se deduce naturalmente que los roles espirituales de Él descansan en la comunidad (y no en individuos específicos que, equivocadamente, se atribuyen el título de «ungidos»).
Este libro, en suma, no resulta bíblicamente fiable, y eso es porque, en la base de todo, se distinguen al menos dos factores: una carencia de herramientas teológicas sanas, y quizás aun más al fondo, una lectura bíblica prejuiciosa que hace calzar la mayor parte de los textos con la fijación del autor en su propia perspectiva del tema. Definitivamente, es un libro que no recomiendo.
Bajo el abrigo. John Bevere. Casa Creación, 237 páginas.
RESEÑA: JESÚS ENTRE OTROS DIOSES
Este es el trasfondo contra el cual Ravi Zacharias escribe su libro Jesús entre otros dioses. Zacharias es un hombre que piensa, y si algo queda claro en su libro es que, si uno no percibe el radical abismo que se abre entre el cristianismo y las demás visiones religiosas, es porque no ha captado adecuadamente la dimensión de lo que las diferencia.
Zacharias, por tanto, comienza su libro hablando de su propio trasfondo. Nacido y criado en India, comenta su propia búsqueda de propósito, y habiéndose enfrentado a lo que llama el «supermercado espiritual» del país (más de 300 millones de dioses), habla con propiedad de lo que éste jamás le proporcionó: un encuentro con la realidad. Zacharias no teme, como otros lo hacen, cuestionar la religión, y lo que lo convence del cristianismo (a diferencia de las demás creencias) es que éste, en verdad, es capaz de contestar y hacerse grande ante las preguntas más difíciles.
El libro, entonces, está dedicado a demostrar esto, y la metodología que sigue consiste básicamente en comparar a Jesús (el corazón del cristianismo) con el carácter y las respuestas de tres corrientes que muchos (y particularmente en Occidente) consideran igualmente válidas: el hinduismo, el budismo y el islam.
Un aspecto fundamental que el libro destaca de Jesús (y que lo singulariza) es, desde luego, su divinidad. Ésta, por un lado, es la que determina su particular entrada al mundo (el nacimiento virginal), y es la que explica, por otro, su incomparable pureza. Evidentemente Zacharias comenta la credibilidad de estas afirmaciones bíblicas, pero su línea de fondo es mostrar cuán atrás deja esto a cualquiera de las otras creencias en cuestión. No por ser asombroso es automáticamente imposible, y en el caso de Jesús, es la clase de asombro que precede a la confianza.
Zacharias examina luego las afirmaciones hechas por Jesús, y su objetivo inicial es que nosotros mismos nos atrevamos también a cuestionarlo. La fe que madura es la que adquiere razones, y su conclusión es que sólo los prejuicios pueden impedirnos ir sinceramente al fondo de la verdad. Jesús ofreció una prueba de la confiabilidad de sus dichos —la resurrección—, y debemos preguntarnos si en verdad la negación de ella es la reacción más razonable.
El libro pasa entonces a lo que «obtenemos» del cristianismo, y Zacharias demuestra que, en el caso de Jesús, es mucho más que la satisfacción de nuestras necesidades físicas. Lo que necesitamos, en verdad, es una comunión con Él, y a diferencia de lo que ofrecen las demás creencias, en el caso de Jesús es alcanzable. Está lejos del budismo, que sólo ofrece reglas y más reglas; lejos del hinduismo, que nos hace creer que somos dioses; y lejos del islam, que establece una infranqueable distancia con Dios.
A continuación aborda lo que el cristianismo responde ante el dolor, y aunque hace un buen trabajo distinguiéndolo de las respuestas alternativas (incluida la opción atea), tengo la impresión de que no es lo suficientemente explícito. El argumento, sin duda, aparece, pero la forma en que se lo comprime hace difícil, a mi juicio, que sea comprendido por una persona que no está familiarizada con él. El ateísmo, típicamente, se basa mucho en la existencia del mal, y creo que este capítulo podría haber hecho un mejor trabajo explicando un argumento que, pese a ser sólido, generalmente es incomprendido incluso por los propios creyentes.
El capítulo que sigue habla de la claridad del cristianismo (de cómo su mensaje, siendo explícito, habla al corazón de los oyentes sin necesidad de convertirlos por la vía armada); y el capítulo final, orientado a perfilar al Dios que buscamos, funciona como una llamada a reconocer lo que se esconde tras nuestra propia aceptación (o rechazo) del Jesús que se nos ha revelado.
En síntesis, es un libro que exalta al cristianismo como una verdad transformadora, y en ese sentido, no pretende ser un manual de respuestas rápidas para contrarrestar a quienes nos dicen que el cristianismo es simplemente «una forma más de acercarse a Dios». Quienes lo lean esperando eso, se sentirán, probablemente, sobrepasados, pero eso no significa que carezca de buenas herramientas. En efecto, el libro es la versión abreviada de otro más grande (lo cual explica el rótulo de «Edición para jóvenes»), y junto con el texto central, se ha incluido una serie de recuadros que entregan información valiosa o abordan ciertas preguntas clásicas.
Antes de leer este texto tuve la oportunidad de leer el volumen original (que hasta donde sé, todavía no se traduce), y puedo dar fe de que, a grandes rasgos, ha sido adecuadamente condensado. La traducción, hasta donde me doy cuenta, no es de las mejores, pero aun así, no despoja al libro del valor que tiene como una buena guía de inicio en español. Cada tema, en verdad, debería ser explorado con mucha más detención, pero, para quienes tomen el asunto en serio, sentará las bases de una reflexión bien encauzada.
Jesús entre otros dioses: la verdad absoluta del mensaje cristiano (Edición para jóvenes). Ravi Zacharias. Editorial Betania, 148 páginas.
RESEÑA: EL LADO OSCURO DEL ISLAM
Hoy veremos un libro que aborda el tema, y aunque trata, sin duda, el aspecto más recordado de la fe musulmana (como lo sugiere su título, «El lado oscuro del Islam»), hace bastante más que eso: nos permite entender sus ideas centrales, y especialmente, cuáles son los puntos en que más contrasta con el cristianismo.
El libro es presentado como un diálogo, y lo mejor es que quienes participan de él conforman una dupla de lujo: por un lado, R.C. Sproul, reconocido teólogo cristiano, y por el otro, Abdul Saleeb (pseudónimo), ex-musulmán comprometido y actualmente un cristiano muy conocedor de su nueva fe. Con el conocimiento que Saleeb demuestra, difícilmente alguien podría decir con justicia que no sea una persona calificada para hablar del tema.
El libro comienza estableciendo la complejidad del Islam, y con esto se refiere a que no podemos tratarlo simplemente como una «religión sencilla que fomenta violencia». El mundo musulmán cuenta con logros en diversas áreas, y junto con ello, el Islam se trata de «una fe coherente y sistemática que presenta retos fuertes a la fe cristiana». ¿Cuáles son esos retos?
El libro los agrupa en cuatro aspectos: (1) la naturaleza y la autoridad de la Biblia, (2) la naturaleza de Dios, (3) la visión de la humanidad y (4) la visión de Cristo.
En cuanto a la Biblia, un dato interesante mencionado por Saleeb es que el Corán tiene en muy alta estima a las Escrituras (particularmente la Torá y el evangelio), pero considerando las grandes discrepancias que hay entre éstas y el Corán, añade la explicación que los musulmanes idearon para darles sentido: originalmente los textos bíblicos fueron verdadera palabra de Dios, pero con el tiempo, los judíos y los cristianos corrompieron sustancialmente el texto.
En el libro se afirma varias veces que los musulmanes acostumbran citar teólogos cristianos liberales para respaldar sus ideas (teólogos que, por ejemplo, cuestionan la preservación del texto original), pero en este capítulo Sproul interviene para desacreditar con buenos argumentos la postura de dichos teólogos y defender así la confiabilidad de la Biblia.
A continuación, el segundo gran tema se centra en Dios, y en él se analizan dos conceptos relacionados que los musulmanes rechazan: primero, que Dios pueda ser llamado «Padre», y segundo, que se trate de un Dios trino.
En cuanto a la paternidad de Dios, Saleeb enfatiza que para los musulmanes es prácticamente imposible no asociar la idea con el acto sexual. Sproul, en respuesta, define la visión bíblica, y lo interesante es que esto permite captar el gran atractivo que muchos ex-musulmanes declaran haber hallado en el cristianismo: una intimidad con Dios para la cual el Islam no provee camino alguno. Se explica, también, la importancia de concebir a Dios como un Ser trino, pero esta conclusión va también introducida por una extensa refutación de las críticas musulmanas al concepto: creer en un Dios trino no viola las leyes de la lógica ni la definición del monoteísmo.
Los capítulos siguientes (que guardan una estrecha interrelación) pueden ser especialmente útiles al momento de presentar el evangelio a los musulmanes. Describen la visión islámica del ser humano y de Jesús, pero más concretamente, explican la razón por la cual los musulmanes niegan la necesidad de un Salvador. Resumidamente, rechazan el concepto cristiano de que nuestro corazón nace contaminado por el pecado, y en consecuencia, sostienen que cada uno está capacitado para alcanzar la salvación sin necesidad de Jesús (al cual reconocen como un gran profeta, pero no como un ser divino que haya muerto crucificado). El Islam, por tanto, da una esperanza de salvación, pero a diferencia del cristianismo, no puede ofrecer seguridad. Ésta, aparentemente, estaría reservada sólo para algunos, lo cual nos lleva, necesariamente, al capítulo final del libro.
Saleeb, aquí, es quien toma las riendas, y su tema es la violencia que se suele practicar en nombre del Islam. El autor aclara que no todos los musulmanes son así, pero en lugar de usar esto para bajar el perfil a la imagen agresiva de los musulmanes radicales, señala que los escritos islámicos respaldan el uso de la violencia.
Resulta muy importante la aclaración que hace al comparar el Islam con el cristianismo. Mientras la violencia cristiana, dice, es una traición tanto a la Biblia como al ejemplo de Jesús, el uso de la violencia por parte de musulmanes es fiel tanto a los escritos islámicos como al modelo de Mahoma. Reconoce, desde luego, que la Biblia registra la destrucción de ciudades en tiempos de Josué, pero luego añade que, a diferencia de la Biblia, el Corán no restringe sus mandatos a un contexto específico. Admite, anteriormente, que en el Islam hay diversas corrientes de interpretación, pero cuando llega a esta clase de textos (los cuales cita), señala tajantemente: «Esos no son pasajes aislados que algunas personas están interpretando mal o citando fuera de su contexto. Tales versículos son frecuentes en todo el Corán, apoyando la idea de que Alá quiere que su pueblo combata y destruya a los enemigos del pueblo de Alá mediante el uso de la espada y otras formas de violencia».
El libro, sin embargo, no pretende generar antipatía hacia los musulmanes, sino por el contrario, informarnos mejor sobre sus creencias con miras a hacer posible el diálogo. En ese sentido, me parece que lo logra con éxito (especialmente tratándose de un texto breve), y es por tanto, un libro que recomiendo con entusiasmo.
Sólo quiero añadir, pensando en la edición que leí, que contiene algunos errores de impresión bastante notorios, y aunque contacté a la editorial para saber si eso estaba resuelto, al momento de escribir esta reseña todavía no recibía una respuesta. Espero que ya se haya solucionado, pero aun si no es el caso, hazte un favor y no te prives de un libro tan valioso como este.
El lado oscuro del Islam. R.C. Sproul & Abdul Saleeb. Editorial Patmos, 86 páginas.
RESEÑA: CUANDO LA VIDA Y LAS CREENCIAS CHOCAN
Básicamente, comprobó que la palabra «teología» daba lugar a una enorme cantidad de malentendidos, pero lo mejor de todo fue que, en su deseo de contrarrestarlos, escribió un libro que recupera valientemente el sentido original de la palabra: practicar la teología es ir descubriendo a Dios, pero no como quien ejerce una disciplina académica sino en el encuentro de la Palabra con nuestra vida real (de ahí el título —Cuando la vida y las creencias chocan—). James, entonces, busca incentivar el desarrollo de las mujeres en esta área, pero es evidente que, al examinar tan agudamente la condición humana, traspasa los corazones de hombres y mujeres por igual.
Un pilar de su libro es María (hermana de Lázaro y Marta, de Betania), a la cual James considera una de las primeras grandes teólogas. En un principio esto puede parecer forzado, pero a medida que el argumento se desarrolla, James no sólo comienza a convencernos sino que nos cautiva y motiva con la evolución de la fe de esta mujer. En el libro se nos muestran tres escenas de su vida, pero lo que James hace es también sacar partido de ellas para estructurar su argumento:
- María escucha a Jesús pese a que Marta la espera en la cocina (Necesitamos conocer a Dios).
- María llora la muerte de Lázaro (Lo que conocemos de Dios se pone a prueba en los problemas).
- María unge a Jesús para la sepultura (Lo que conocemos de Dios determina nuestra capacidad de servir a otros).
Cuando la vida y las creencias chocan: cómo el conocimiento de Dios hace la diferencia. Carolyn Custis James. Editorial Vida, 291 páginas.
RESEÑA: HAZ COSAS DIFÍCILES
Como si lo anterior no bastara, Alex y Brett Harris lo escribieron siendo adolescentes, y eso le da una potencia difícil de igualar a este verdadero manifiesto que lleva por título Haz cosas difíciles. La incompetencia, explican, no es una condición de la edad, y es por eso que el enfoque del libro se resume muy bien en su subtítulo: «Una rebelión adolescente contra las bajas expectativas».
La primera parte está dedicada a definir el problema, y en ella hay dos cosas que me parecen muy destacables. Por un lado, la manera en que estos dos hermanos se pusieron personalmente a prueba (con bastante éxito), y por otro, la forma en que desmantelan lo que ellos llaman «el mito de la adolescencia»: la idea moderna de que, entre la niñez y la edad adulta, existe una fase indefinida: «El problema que tenemos es con el entendimiento actual de la adolescencia que permite, fomenta y hasta forma a los jóvenes para seguir siendo infantiles durante mucho más tiempo del necesario». El adolescente, señalan, es «una persona joven con la mayoría de los deseos y de las capacidades de un adulto, pero pocas de las expectativas o las responsabilidades».
El libro da un ejemplo tras otro de adolescentes que han ido mucho más allá de lo que hoy se esperaría, pero no conformes con eso, los hermanos Harris ofrecen luego toda una sección dedicada a lograr que muchos otros se animen. Proponen «Cinco tipos de cosas difíciles» para hacer, y señalan no sólo las razones por las cuales deberían realizarse sino también lo que se requiere para ponerlas en práctica.
El libro, a mi parecer, debe gran parte de su fuerza a los casos reales que se presentan, pero en última instancia sólo sería un libro más si no fuera por la insistencia de sus autores en que nuestros mejores esfuerzos deben tener como foco la gloria de Dios (lo cual aflora, especialmente, en la última sección). Los ejemplos escogidos, de hecho, son una muestra de lo mismo, y es importante, además, tener presente que se incluye un apéndice dedicado a explicar el evangelio.
Muchos que —como yo— vivieron su adolescencia sin este libro desearán que se hubiese escrito antes, pero a ellos les digo que, no importando la edad que tengan, deberían leerlo igual. Si hay cosas que te apasionen, puede ser dinamita. Los adolescentes, sin embargo, deberían leerlo con mayor razón, y no sólo porque fue escrito para ellos, sino también porque generalmente el sostén económico de sus padres quita una importante presión de encima —la de generar rápidamente ingresos con sus emprendimientos—.
Una sola gran cosa esperé sin encontrar, y es el concepto de las vocaciones. «Haz cosas difíciles» funciona muy bien como lema, pero el objetivo no es hacer cosas difíciles sólo por hacerlas sino hacer lo que Dios nos llama a hacer dejando atrás los falsos límites que la sociedad nos inculca. En el libro, además, se nos llama a salir de nuestra «zona de comodidad», pero ocasionalmente esa incomodidad se deberá a limitaciones reales y será necio franquear las barreras que Dios mismo nos ha puesto (yo, por ejemplo, claramente no fui hecho para ser clavadista olímpico…).
Esto último, sin embargo, es un detalle que no le quita mérito al libro, y es por eso que, en resumen, lo recomiendo ampliamente. Los buenos libros dirigidos a jóvenes generalmente escasean, pero esta feliz excepción equilibra enormemente la balanza.
Haz cosas difíciles. Alex y Brett Harris. Editorial Unilit, 217 páginas.
Recuperemos la «versión extendida» del evangelio
RESEÑA: SED DE DIOS
El año que viene (2016) se cumplirán 15 años desde la publicación de este libro en español (30 desde su publicación en inglés), y aunque ya se trata de un libro «viejo», no deja de ser un clásico que exige una nueva mención.
Desiring God (publicado en español como Sed de Dios) es el libro que le da el nombre al ministerio de John Piper —su autor—, y lo que en él encontramos es una exposición detallada de un concepto sobre el cual, como todos saben, él ha insistido: me refiero, por supuesto, al «hedonismo cristiano».
Piper, esencialmente, lo define como la búsqueda cristiana del placer en Dios, pero lo que caracteriza su tratamiento es que no sólo equipara este hedonismo con la búsqueda de la gloria divina (como dos caras de una misma moneda), sino también que presenta todos los «placeres rivales» como deleites infinitamente menores. Nuestro pecado nos lleva a creer que la búsqueda de Dios significará renunciar a nuestro placer, pero aunque esto pueda parecer cierto con respecto a los deleites que solemos amar, Piper recalca que dicha renuncia no representa sacrificio alguno cuando buscamos realmente a Dios y descubrimos la superioridad del placer que se halla en Él.
El libro, así mismo, procura refutar a quienes consideran «mercenario» buscar el placer en el servicio a Dios, y aunque a veces insista más de lo que uno quisiera, al menos logra establecer su idea con creces (como sea, no son pocos los que creen que hacer algo por placer es indigno de un cristiano).
Luego de una primera parte dedicada a exponer cómo llegó a esta visión y cuáles son sus fundamentos, Piper procede a abordar una serie de tópicos en los cuales, a juzgar por los títulos, intenta explicar la diferencia que hace ser un «hedonista cristiano»: habla de la conversión, la adoración, el amor, las Escrituras, la oración, el dinero, el matrimonio y las misiones. En cada capítulo, sin duda, hace observaciones importantes, pero al leerlos sentí que algunos estaban menos desarrollados que otros, y que, en cuanto al «hedonismo cristiano», no siempre se apreciaba el concepto con la misma claridad. Me pareció, por lo mismo, que a ratos estaba leyendo otro libro, y en consecuencia, aún me pregunto si Piper no debió simplemente escribir un libro más breve (la misma pregunta que me hago al contar los apéndices incluidos —cuatro, en la edición que leí—).
Sed de Dios, a mi juicio, es una exposición que, aunque pueda jactarse de ser detallada, no resulta tan fluida como algunos desearíamos. Se entiende que Piper intenta defender cada flanco, pero, al hacerlo, cae muchas veces en lo abstracto y cita cadenas de versículos confirmatorios aislados que entrecortan el flujo de razonamiento.
No puedo, sin embargo, concluir sin hacer alusión a la expresión «hedonismo cristiano», y esto es porque el propio Piper insiste en ello e incluye un apéndice dedicado a justificar su uso. Mi opinión, al respecto, es la siguiente: Entiendo la decisión de Piper, pero, contrario a lo que él piensa, yo diría que los términos escogidos reducen su concepto. Decir que cierto cristiano es «hedonista» lo convierte casi en un tipo optativo de creyente, mientras que, en términos prácticos, el libro busca establecer que un cristiano es, de suyo, alguien que busca su deleite en Dios.
Si lo que buscas, por tanto, es satisfacción en tu vida cristiana, este libro puede darte una buena mano. En última instancia, sin duda, lo que necesitas es a Dios mismo, pero lo que Piper hará por ti será grabar en tu mente que, como acabo de mencionar arriba, en realidad no hay otro cristianismo —Dios nos ayude a recordarlo siempre—.
Sed de Dios: meditaciones de un hedonista cristiano. John Piper. Publicaciones Andamio, 336 páginas.
RESEÑA: GUÍA DEL LECTOR DE LA BIBLIA
En su libro Guía del lector de la Biblia, el autor Christopher Wright intenta ayudarnos con este preciso proceso, y el resultado no sólo es una narración concisa, sencilla y coherente, sino también un manual reflexivo que arroja la cantidad de luz necesaria sobre los diversos temas que aborda (y, por lo tanto, es mucho más que simplemente un relato cronológico). Wright comunica el sentido más profundo de las cosas, y con ello, nos ayuda a no pasar por alto los ejes principales de la acción de Dios.
El libro, como señalé al pasar, se organiza siguiendo la cronología bíblica (el orden de los eventos más que el orden de los libros), pero es importante destacar que Wright provee también una buena introducción destacando el sentido, el valor y el poder de la Palabra. Desde las primerísimas páginas él busca conectarnos con el Dios de la Biblia, pero describe también el elemento humano que resulta igualmente determinante a la hora de interpretarla.
Otra de las características útiles de este manual es la inclusión de diversas ayudas como, por ejemplo, un diagrama inicial de la cronología bíblica, y repartidos a lo largo del libro, diversos recuadros que discuten resumidamente temas claves (el significado de la palabra «pacto», la ley y su aplicación, el reino de Dios, y muchos otros). El libro, sin embargo, está hecho para acompañar la lectura bíblica —no para reemplazarla—, y el final de cada capítulo incluye una lista de los pasajes más relevantes que, a juicio del autor, deberían leerse para comprender lo previamente explicado.
Si bien este libro tiene ya más de tres décadas, su relativamente reciente publicación en español llega en un muy buen momento. El protestantismo latino está siendo testigo de un interés creciente en la gran narración que unifica la Biblia, pero es importante que, tal como lo hace Wright, mantengamos siempre la vista en la Escritura misma y no en los resúmenes que, por muy útiles que sean, a veces se convierten en relatos sustitutos.
Este manual, en verdad, puede hacer mucho para darle impulso a la lectura bíblica de creyentes nuevos, y probablemente también guiará la lectura de aquellos que, sin ser tan nuevos, han leído la Biblia por años sin llegar aún a descubrir cómo cada libro hace su importante contribución (y no solamente aquellas partes que, a menudo, son preferidas sólo por ser más claras). Como regalo para un cristiano nuevo será excelente, pero yo, al menos, me aseguraré de conservar un ejemplar para mi propio provecho.
Guía del lector de la Biblia: la Biblia paso a paso. Christopher Wright. Ediciones Certeza Unida, 221 páginas.
RESEÑA: LA CREACIÓN RECUPERADA
«La religión es algo que debes vivir en privado». Esta, probablemente, es una de las frases que más claramente encapsula la visión que hoy se tiene de la religión en general. No se ha llegado tan lejos como para restringir la libertad de creer en lo que uno quiera, pero, cuando se trata del impacto que las creencias tienen en nuestro deambular por este mundo, la historia es diferente. Se asume inflexiblemente que creer es un asunto limitado a la mente.
Pero, ¿es así? Aunque muchas iglesias cristianas (por ejemplo) parecen estar de acuerdo, no es lo que Albert Wolters sostiene en su libro La creación recuperada. Las corrientes principales del cristianismo parecen concordar en una serie de verdades fundamentales, pero cuando se trata del alcance de éstas, y más específicamente del alcance de la renovación que Dios está obrando en el mundo por medio de su Hijo y de su Espíritu, se produce una triste división. Una buena parte de las iglesias promueve la existencia de una esfera «sagrada» y otra «secular», mientras que, en lo que respecta a las iglesias reformadas (es decir, basadas en los principios de la Reforma protestante), se considera que las demandas de Dios abarcan la creación completa. En otras palabras, no existe área de la vida sobre la cual Dios no reclame soberanía. Somos cristianos no sólo cuando leemos la Biblia y oramos, sino también cuando llevamos a cabo todo tipo de actividades que no guardan una relación directa con el culto de adoración. El libro, en este sentido, hace una interesante defensa de esta última postura, la cual se basa, esencialmente, en el hecho de que Dios no solamente creó (u originó) las cosas sino que éstas existen porque Él las sostiene «decretando» que permanezcan.
Lo que Wolters plantea, en el fondo, no es otra cosa que uno de los pilares fundamentales de lo que hoy llamaríamos una «cosmovisión» cristiana. Cosmovisión, en términos simples, es una perspectiva acerca del mundo o un marco de referencia que intenta ser coherente. Wolters dice: «Nuestra cosmovisión define, en gran medida, nuestra manera de evaluar los eventos, asuntos y estructuras de nuestra civilización y de nuestro tiempo. Nos permite colocar o situar los diversos fenómenos que irrumpen en nuestras vidas». La cosmovisión, entonces, nos permite actuar con una cierta dirección, o dicho a la inversa, es el sistema de principios que explica la orientación general de nuestras acciones (todos tenemos, por tanto, alguna cosmovisión —no importando si un día decidimos o no cuál sería—).
El libro, de esta manera, nos llama a basar nuestra cosmovisión en el hecho de que Dios gobierna todo, pero al establecer su esquema en estos términos, debe hacerse cargo de una pregunta obvia: ¿Cómo puede decirse que Dios gobierna todo —y que Él determina lo que las cosas son— en un mundo donde claramente hay desperfectos en cada rincón? ¿No hay en ello una prueba de que las cosas, por su propio diseño, contienen defectos? ¿Cómo podemos tomar parte en estas cosas y seguir creyendo que, dado su origen divino, tienen algo de bueno?
Wolters denuncia, sin ambigüedades, que tenemos la tendencia a responsabilizar de lo malo a Dios (aludiendo a estas supuestas «fallas de diseño»), pero se apresura a establecer que, en realidad, la historia está marcada por tres grandes hechos. No sólo hay una Creación, que efectivamente es buena, sino también una Caída, cuyos efectos hicieron necesaria una Redención. Lo creado, entonces, ha sido afectado por el pecado, pero la razón de llamarnos a no marginarnos del mundo es que Dios, actuando en nosotros por medio de su Espíritu, quiere reorientar nuestro uso de su creación hacia su gloria. La «estructura» de lo que Dios ha creado es buena, pero el problema, afirma Wolters, radica en la «dirección» que le damos a nuestro uso de ella (estructura y dirección son, precisamente, dos categorías de análisis que define y nos llama a utilizar).
El libro, así, analiza someramente algunos ejemplos, y nos llama, de modo general, a entender que el cristiano bíblico debe involucrarse en cada área de la creación con una visión «reformacional». La Biblia no nos llama a cortar todo de raíz (como suele ocurrir en las revoluciones), pero tampoco debemos dejar todo tal como está (es decir, consagrarlo en su uso desviado). Nuestra misión es renovar, pero con la intención de que Dios reciba la gloria (es decir, santificar).
Esta breve obra, aun siendo profunda, de ningún modo pretende ser un estudio completo del tema y, por lo mismo, debe ser considerada una introducción. En su última edición se ha incluido una «Postdata» (proveniente de un segundo autor —Michael Goheen—), y lo que ésta pretende es no sólo corregir dicha clase de malentendidos, sino también ubicar el mensaje del libro en la gran narración bíblica: estamos en la fase final de la historia, y debemos ser conscientes de que nuestro rol en ella se enmarca en el avance del reino de Cristo. Como iglesia, modelamos lo que viene, pero lo hacemos en un medio hostil ante el cual debemos actuar con claridad de misión y valentía. Dependamos del Espíritu, como los autores nos aconsejan, y dejemos que este libro lleve nuestra reflexión a esas vastas áreas de la vida que, lamentablemente, hemos dejado por mucho tiempo en manos del mundo incrédulo.
La creación recuperada: bases bíblicas para una cosmovisión reformacional. Albert Wolters (con Michael Goheen). Poiema Publicaciones, 210 páginas.
Apocalipsis, el libro que nos han «robado»
Si yo fuera el enemigo de la iglesia, trataría de hacer desaparecer el Apocalipsis de Juan. Lo mismo diría de la Biblia entera, pero en un sentido especial querría esconder el último libro de ella.
¿Y por qué querría hacer esto? Porque es un libro que abre los ojos. El nombre mismo se traduce como «revelación», y lo que revela tiene el potencial de estimular esa fibra que, por diseño de Dios, hace perseverar a la iglesia aun en medio de las circunstancias más temibles y dolorosas que puedan rodearla (justamente, aquellas que Satanás usa con la esperanza de desalentarnos). El libro, por supuesto, aún está en nuestras biblias, pero partí diciendo que nos lo han «robado» porque, con una misteriosa eficacia, es como si lo hubieran puesto fuera de nuestro alcance: nos han enseñado a temerlo. Comúnmente hay personas que temen leer los juicios que describe, pero el temor que nos han inculcado es diferente: es un temor a no poder comprenderlo. ¿De dónde sale la idea de que es un libro sólo para los expertos? En gran medida, proviene de quienes han intentado explicar el libro y que, en el mundo del estudio bíblico, se conocen como «comentaristas». Hay comentaristas buenos y «menos buenos», pero no debería causarnos sorpresa que alguien haya descrito a estos últimos diciendo: «Aunque San Juan vio muchos monstruos extraños en su visión, no vio criaturas tan salvajes como algunos de sus propios comentaristas» (G.K. Chesterton, Orthodoxy). El Apocalipsis, sin embargo, fue escrito para revelar (no para esconder), y por lo tanto, la pregunta no es si en verdad revela, sino qué y cómo lo hace —muchas veces no encontramos las respuestas hasta que hacemos las preguntas correctas—. En otras palabras, ¿qué deberíamos (y no deberíamos) esperar de este libro? Recordemos que el Apocalipsis pertenece a la Biblia (¡aunque suene obvio!), y siendo así, tengamos presentes dos cosas: que su principal propósito es fortalecer la fe (no satisfacer nuestra curiosidad), y que proviene de un Dios cuyo plan es uno solo a lo largo de toda la Biblia. Los símbolos, por tanto, no son una especie de juego para hacerte adivinar personajes o fechas, sino que comunican un aspecto que no habías visto (y en ese sentido, revelan). Piensa, por ejemplo, en una bestia coronada que ataca a los creyentes (Ap 13:1-8): la imagen, por sí sola, busca despertar nuestra antipatía hacia ella, y por lo tanto, ya entendiste algo: que los hijos de Dios sufren una especie de hostilidad por parte de una autoridad que, inhumana por naturaleza, jamás será tu amiga. ¿No es esa la sensación que tienes cuando observas que, en la sociedad sin Dios, las estructuras de poder terminan jugando en contra de quienes promovemos los valores cristianos? El símbolo, entonces, confirma esta sensación, pero Dios, en su deseo de alimentar nuestra fe, revela también cuál es el destino de la bestia: ser destruida (Ap 19:11-21). ¿Necesitas, para ser alentado, saber exactamente qué gobernante de la historia encarnaría este símbolo? ¡No! Y tampoco es el objetivo. Los símbolos, contrario a lo que algunos piensan, no sirven únicamente para enmascarar información: en Apocalipsis revelan. Mencioné, además, que Apocalipsis proviene de un Dios cuyo plan es uno solo, y aunque esto también suene obvio, nos permite recordar una segunda guía: que el Apocalipsis es coherente con los libros bíblicos que lo anteceden. Sus visiones, a veces, dan origen a especulaciones incontrolables, pero si recordamos lo que Dios ya nos ha revelado (¡incluso, a veces, con los mismos símbolos!), interpretaremos el libro con mucha más seguridad. Hay una última cosa que quisiera mencionar para animarte a leerlo (porque ese es mi objetivo), y es que Juan «cuenta varias veces la misma historia». Nuestra tendencia, comúnmente, sería leer desde el capítulo 4 en adelante como si fuera una sola gran cadena de acontecimientos, pero ciertos elementos nos muestran que en realidad está retratando el mismo período varias veces seguidas (aunque de distintas maneras). Con más espacio, podríamos entrar en detalles, pero haremos algo mucho más entretenido: sólo mencionaré las divisiones para que lo compruebes personalmente: Introducción (cap. 1) Exhortaciones a las siete iglesias (caps. 2—3) Siete sellos (4:1—8:1) Siete trompetas (8:2—11:19) Siete historias simbólicas (caps. 12—14) Siete copas (caps. 15—16) Juicio sobre Babilonia (17:1—19:10) La batalla final (19:11-21) El reinado de los santos y el juicio final (20:1—21:8) La nueva Jerusalén (21:9—22:5) Exhortaciones y bendición final (22:6-21) Concéntrate en las siete secciones centrales. A medida que el libro avance, las recapitulaciones serán más breves y concentradas en el fin, pero si tienes en cuenta los momentos en que Juan «vuelve a cero», sé que notarás el efecto. ¿Debería esto sorprendernos? La verdad es que no del todo. En la literatura visionaria esto no era nuevo, y el propio libro de Daniel (que Juan usó como un referente) es un ejemplo más antiguo de esto (hay paralelos entre los capítulos, e incluso dentro de un mismo capítulo). Lee, entonces, el Apocalipsis. No dejes que te «roben» el libro, y en lugar de eso, compártelo con otros. Difundirlo forma parte de su objetivo (como Juan mismo lo entendió; cap. 10), y quienes llevan su contenido a la práctica cuentan con una promesa especial de bendición (1:3). Este es un mundo amenazante: ¿Quieres esperar a Jesús con la fuerza que nos da la certeza de su regreso victorioso? Lee el Apocalipsis. Dios lo concibió expresamente con ese fin.
María de Betania, sierva y amiga oportuna
«Jesús tenía unos treinta años cuando comenzó su ministerio…». Así dice Lucas 3:23, y todavía recuerdo el impacto que me produjo meditar en ello cuando yo mismo cumplí los treinta años. ¿Habría estado yo a la altura de su desafío? ¿Tendría yo siquiera un 1% de su integridad, claridad de misión y determinación?
Siempre es bueno, y especialmente cuando leemos la Biblia, intentar ponerse en los zapatos de los actores. Es fácil perderse en esa lectura distante y utilitaria que sólo busca una nueva regla o un pensamiento positivo para el día, pero la Biblia es el registro de acontecimientos vividos por personas reales. ¿Has imaginado, por ejemplo, cómo habrías vivido tú la última semana de la vida de Jesús? La Biblia nos cuenta que, pocos días antes de ir a la cruz, nuestro Señor fue invitado a Betania para cenar donde sus amigos Lázaro, Marta y María (Jn 12:1-8; Mt 26:6-13; Mr 14:3-9). Sería una de las últimas veces que los vería, y no es difícil imaginar que, para él, debió de ser una velada particularmente emotiva. Adicionalmente, sin embargo, él sabía que moriría con sufrimiento, y la pregunta es si acaso alguien más comprendía lo que él estaba viviendo. Se ha dicho que, en el fondo de cada ser humano, hay una incurable cuota de soledad —porque el resto jamás siente con exactitud lo mismo que uno—, y cuando pensamos en Jesús, esta idea parece cobrar una dimensión completamente nueva. ¿Acaso alguno de sus amigos estaba prestándole apoyo moral? A juzgar por el testimonio de los evangelistas, aun los discípulos más cercanos se hallaban en un profundo estado de negación: «¡No, Señor! ¿Cómo se te ocurre pensar así?» (Mt 16:21-23). A nadie le convenía que Jesús muriera (o eso creían ellos), y por lo tanto, a nadie se le habría ocurrido preparar a Jesús para un escenario cada vez más sombrío… A nadie, excepto a María. Lo que María hizo ese día nos desconcierta casi cada vez que lo leemos, y no es para menos si la imaginamos entrando al comedor, abriendo un carísimo frasco de perfume, derramándolo sobre los pies de Jesús y finalmente secando esos pies con sus cabellos a la vista de todos. Habría sido imposible que alguien no lo notara, considerando que, como dice Juan, «la casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12:3). ¿Dudarías tú del aprecio que María sentía por Jesús? Te animo a calcular la suma de dinero que acumulas a lo largo de todo un año, y luego a imaginar que la inviertes en comprarle un regalo a alguien. ¿Hay en tu vida alguna persona por la cual lo harías? Lo que María gastó en el perfume equivalía proporcionalmente a eso, y sin embargo, ella estimó que podía perfectamente desprenderse de tal suma si hacerlo le permitía, aunque fuese por una hora (quizás menos), agradecer y sostener a Jesús en su misión. Él era más importante que sus ahorros, y valía incluso más que preservar una reputación en una instancia social como esta (lavar los pies, para empezar, era labor de siervos, y el hecho mismo de que una mujer se soltara los cabellos en público iba contra las costumbres de la época). Judas, el traidor ambicioso, no tardó en evaluar los costos exactamente al revés, pero lo que para él fue un despilfarro, para Jesús fue un gesto completamente oportuno: «Déjala en paz (…). Ella ha estado guardando este perfume para el día de mi sepultura» (Jn 12:7). Los estudiosos de la Biblia suelen suponer que María no estaba haciendo una conexión consciente con la muerte de Jesús, pero aun si no lo hizo, al menos sabía que su gesto produciría un efecto físico y mental de refresco en él. Era una atención que, en un sentido, pretendía renovar sus fuerzas, y por lo tanto, mientras los discípulos sólo tenían ojos para un conquistador político victorioso, María estaba reconociendo la creciente carga que el Maestro llevaba en su condición humana. Jesús, por lo tanto, tenía muchísima razón en conectar este gesto con su pronta muerte. No sólo se trataba de una práctica que efectivamente se llevaba a cabo en algunos difuntos, sino que estaba en línea con los tenebrosos días que él estaba viviendo. En menos de una semana sus enemigos conseguirían asesinarlo, y por lo tanto, lejos de intentar desviarlo de su misión, la servicial amistad de María llegaba a tiempo como un regalo que le confirmaba y apoyaba en ella. Aunque sólo se tratase de un gesto. Para Jesús, sin embargo, esto sería digno de recordar, y en un acto sin paralelo, cristaliza la escena invitándonos a considerarla prácticamente como un prefacio inseparable de su propia obra por nosotros: «Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se predique el evangelio, se contará también, en memoria de esta mujer, lo que ella hizo» (Mr 14:9). La acción de María, así, nos deja un ejemplo de servicio sin reservas, pero como acabamos de ver también, es un modelo de la más alta amistad cristiana. Nuestros amigos, sin duda, necesitan contar con nosotros, pero el gesto de María enriquece nuestra visión del compañerismo. ¿Somos nosotros esa clase de amigos que, primero y por sobre todo, anima a otros a cumplir la misión (general o individual) que Dios nos ha encomendado? Muchas veces esa misión puede suponer un alto costo. ¿Somos acaso de los que disuadimos y hacemos tropezar? Lejos de desviar a otros, seamos de los que alientan y encauzan. Para Jesús, probablemente, esto fue una necesaria inyección de fuerzas, y para el resto de nosotros, lo será sin duda con mayor razón.
¿Por qué no celebramos la Ascensión?
Quisiera hablar de una fecha que es como el «hijo del medio». Ubicada 40 días después del Domingo de Resurrección y 10 días antes de Pentecostés, la Ascensión de Jesús pasa casi completamente inadvertida entre las dos celebraciones que la rodean. ¿Por qué nos importa tan poco?
Podríamos «culpar» a Pentecostés —por su cercanía y espectacularidad—, pero reconozcamos, también, que la Ascensión en sí misma es una de especie de anticlímax: Jesucristo sube en una nube, pero lo siguiente que hace es desaparecer —nadie celebra la oscuridad que queda tras un evento de fuegos artificiales, ¿verdad?—. ¿Cuál es el punto, entonces, de festejarla? La Biblia dice que los discípulos, cuando supieron que Jesús se iría, se pusieron sumamente tristes (Jn 16:5-6), pero lo más curioso es que, cuando finalmente ascendió, volvieron a casa contentísimos (Lc 24:50-53). ¿A qué se debió este cambio? Todo indica que, para ellos, la Ascensión se convirtió de forma muy real en el comienzo de algo mucho más grande que lo visto hasta entonces: ¡Jesús estaba empezando a reinar! Él mismo les dijo: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mt 28:18), y luego, cuando el Espíritu Santo descendió, los apóstoles no dudaron en conectar los dos hechos:A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que ustedes ven y oyen. (Hch 2:32-33)Esta conexión, sin embargo, a nosotros se nos escapa con demasiada frecuencia. Nos gusta pensar que el Espíritu ha sido derramado, pero pareciera que en la práctica perdemos de vista que quien actúa por medio de Él es el propio Cristo —exaltado a la derecha del Padre pero espiritualmente presente entre nosotros—. Con el paso de los años, me ha parecido cada vez más claro que tanto las iglesias como los creyentes individuales pierden mucho al olvidar la actual situación de Jesús. En los mejores casos se habla de Él como nuestro intercesor (Ro 8:34; 1 Jn 2:1), pero para el resto de las situaciones, es como si Jesús no contara. Es como si sólo estuviera en una especie de congelador esperando que el Padre nos lo reenvíe.
Entendamos la Ascensión como los apóstoles
Necesitamos reconsiderar la Ascensión. Jesús no envió al Espíritu para tomarse vacaciones, sino para multiplicar su presencia y actuar a una escala muchísimo más amplia —nada menos que el mundo entero—. Los cristianos, comprensiblemente, a veces tienen dificultades para pensar que Jesús ya está gobernando (claramente no toda la humanidad lo reconoce como rey), pero la Biblia aclara que esta etapa se desarrollará más bien como una especie de campaña militar en que Jesús tomará progresivamente posesión de lo que le pertenece por derecho. Satanás, en un sentido, sigue siendo el «dios de este mundo» (2 Co 4:4), pero lo grandioso es que Jesús debilitó su poder (Heb 2:14) y es capaz de añadir en cualquier momento nuevos creyentes a su propio reino. Por eso dijimos que Jesús envió al Espíritu. Muchos lo conciben ante todo como una especie de fuerza que nos convierte en superhéroes, pero primordialmente no es otra cosa que la presencia de Jesús extendida. Geográficamente ilimitada. Reclamando cada rincón del mundo cada vez que una nueva persona oye la Palabra y admite para sí que lo correcto es obedecer. A eso se refieren los apóstoles cuando, citando el Salmo 110, dicen cosas como: «Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies» (1 Co 15:25). La terminología, sin duda, es cruda, pero nuestra propia historia debería recordarnos que, antes de obedecer a Jesús, éramos exactamente eso —enemigos que debían someterse—. ¡Qué grande es el poder de su Palabra! Su gobierno, no obstante, se manifiesta también de otra forma, y podemos verla en uno de los textos más fascinantes que representan la secuela de la Ascensión: Apocalipsis 5-6. Allí, Jesús es retratado como un cordero que ha vuelto de la muerte y que, gozando del mismo honor que Dios, recibe de Él la autoridad para efectuar una importante misión: desatar juicios sobre la tierra rompiendo los siete sellos de un rollo-libro. Estos juicios son calamidades globales que ocurren en la época presente, pero aunque los creyentes habitan el mismo mundo, pueden tener la certeza de que dichas calamidades no están dirigidas a ellos sino que son una advertencia para quienes aún no aceptan el gobierno de Jesús. Jesús, por lo tanto, no gobierna solamente «en el papel». Su dominio, como dijimos, debe seguir creciendo, pero la oposición que aún existe no se debe a una falta de poder sino a la paciencia con que Dios ha decidido ejecutar su plan —rescatando así creyentes de toda época y extendiendo el plazo para la rendición pacífica de los seres humanos—.Celebremos la Ascensión de Jesús
¿No es esto, acaso, un excelente motivo para recordar y celebrar la Ascensión? Hoy en día es muy común encontrar iglesias y creyentes individuales que viven como si Satanás hubiese ganado la guerra y la iglesia no tuviese esperanza alguna de seguir creciendo. Quizás a ti también te ocurre. La Biblia, no obstante, existe para mostrarnos las cosas como realmente son, y mi oración al compartir este artículo es que cobres aliento al percibir la victoria de Jesús como quien contempla los primeros rayos del sol en la mañana. Cada vez más claros; cada vez más fuertes. ¿Celebrarás, entonces, la Ascensión? Te animo de corazón a hacerlo, pero más importante que eso, quiero alentarte a meditar en cómo el acontecimiento define la realidad de una manera radicalmente diferente —para el mundo entero, y estoy seguro de que para ti también—. Para seguir meditando: Mateo 28:16-20 • Hechos 1:1-11 • Filipenses 2:5-11 • Salmo 2 (Aunque algunas iglesias conmemoran esta fecha el domingo anterior a Pentecostés, oficialmente el Día de la Ascensión se celebra un jueves —es decir, 5 de mayo si pensamos en este 2016—)
Teología Bíblica de la Guerra del Señor
INTRODUCCIÓN:
Sin lugar a dudas, uno de los rasgos que llegan a caracterizar la Biblia de manera sistemática es el tema recurrente de la lucha o sus diversos conceptos asociados. El Antiguo Testamento presenta, en concreto, escenas de guerra, pero lo significativo es el hecho de que ésta se halla muchas veces vinculada directamente a la acción de Dios. ¿Justificaría la Biblia, en tales casos, el uso de una frase como «guerra santa»? ¿Es posible emplearla sin caer en una contradicción? Muchos han evitado el uso de ella por medio de otros términos, pero lo cierto es que, independientemente de cuáles sean, esto no elimina el hecho de que a veces Dios parece no sólo aprobarla, sino incluso ordenarla y tomar parte en ella. Diversas alternativas se han expuesto para armonizar la yuxtaposición de estos dos términos, pero me ha parecido especialmente útil la propuesta de Peter Craigie, quien señala dos cosas fundamentales: En primer lugar, que Dios interviene en este mundo usando las actividades humanas existentes ⎯cualesquiera que sean⎯;[1] y en segundo, que la presentación de Dios como un guerrero no es otra cosa que lenguaje antropomórfico para expresar su acción a través de un pueblo[2] (o, agregaría yo, a través de los diversos elementos creados). La pregunta que queda, entonces, es a qué fin conduce esta clase de intervenciones, y este trabajo considerará, como trasfondo de lo que sigue, que lo que Dios está haciendo es extender su soberanía sobre la tierra abriéndose paso en medio de una oposición violenta y constante hacia ella (iniciada por Satanás pero llevada a cabo por sus agentes tanto espirituales como terrenales). Esa es la razón primordial por la cual los actos de Dios se manifiestan como una guerra, y las actividades bélicas dirigidas expresamente por Él se enmarcan de una forma u otra en este esquema. El siguiente estudio parte de la base de que la guerra per se no es una actividad recomendada para los seres humanos, y en línea con esto, veremos que, de hecho, el guerrero por excelencia es Dios.
RESEÑA: EL CASO DE LA NAVIDAD
¿Cómo podemos enfrentar semejantes afirmaciones con algo más que un simple «la Biblia lo dice»? Porque, desde luego, la Biblia lo dice, pero estamos hablando de personas que, en última instancia, cuestionan precisamente la credibilidad de ella.
Lee Strobel se hace esta pregunta, y el resultado de su reflexión llena las páginas de un pequeño pero bien documentado libro titulado El caso de la Navidad.
Como cada libro de Strobel cuyo título empieza por «El caso de...», El caso de la Navidad refleja la experiencia periodística de su autor por medio de entrevistas a autoridades en la materia, preguntas muy incisivas y una presentación muy amena de las conversaciones —Strobel sabe escribir libros que cautivan—.
El libro sigue, entonces, una dirección clarísima, y ésta consiste en determinar si efectivamente tenemos razones para creer que el niño del pesebre era Dios y la figura anunciada por profecías muy anteriores a su paso por la tierra. Strobel pone la Biblia a prueba en cuatro áreas diferentes, y las mismas cuatro áreas componen las cuatro secciones principales del libro:
En la primera, se pregunta si las biografías de Jesús (o «evangelios») son dignas de confianza; en la segunda, analiza las evidencias arqueológicas; en la tercera, examina las presuntas características divinas de Cristo; y en la cuarta, se pregunta si en verdad las profecías sobre el Mesías se cumplen en —y exclusivamente en—Jesús.
El libro cumple muy bien su objetivo de lidiar con estas preguntas —Strobel no se conforma con las respuestas fáciles—, pero una de las formas en que ayuda es refinando primero las preguntas mismas. Que los escépticos desconfían de la Biblia no es un misterio, pero suele ser menos evidente que muchas veces lo hacen porque sus preguntas están mal enfocadas. Strobel dice: «...aprendí con el transcurso de los años que las impresiones iniciales pueden ser engañosas». Esta cita resume algo que el libro pone al descubierto (nuestra ingenuidad en la formulación de los cuestionamientos), pero a medida que los expertos contestan, entendemos que, en un gran número de casos, es cuestión de saber mirar para encontrar evidencias sólidas.
El libro también contiene información importantísima, pero aun mejor que ello, nos ayuda a pensar en los temas comprendiendo la forma en que las evidencias sustentan o desacreditan un veredicto. Strobel comparte con nosotros su experiencia en el periodismo de asuntos legales, y esto, de manera muy oportuna, aclara también la selección de sus entrevistados.
A pesar de ser un libro breve, El caso de la Navidad es un volumen que encierra una cantidad no menor de información relevantísima sobre la persona histórica de Jesús. Es posible que las librerías no lo traigan con la misma frecuencia que los demás de su serie (como sucede, por ejemplo, con El caso de Cristo), pero para cuando aparezca en las estanterías, recomiendo enfáticamente comprar un par: uno para conservar, y otro para regalar.
El caso de la Navidad: un periodista investiga la vida de un niño en el pesebre. Lee Strobel. Editorial Vida, 104 páginas.
RESEÑA: PECADOS RESPETABLES
Esto, a mi entender, es fácilmente demostrable, pero lo curioso es que, aun siendo así, hay muchos creyentes que no están dispuestos a reconocerlo (y especialmente cuando se les somete a un análisis individual).
Es fácil aceptarlo cuando el hecho se describe como un problema que afecta a todos los cristianos —ya que esto nos permite desaparecer entre la multitud—, pero cuando el foco de luz acusador se va deteniendo en cada uno de nosotros, la tentación a huir es prácticamente invencible.
Bajamos la vara de la perfección, inventamos excusas, nos comparamos con otros que supuestamente son más malos y, cada vez que nos es posible, relativizamos la pecaminosidad de nuestros pecados dirigiendo la atención a los pecados más escandalosos que se cometen a nuestro alrededor. A la sombra de éstos, nuestras faltas parecen ser simples «debilidades».
No obstante, en su libro Pecados respetables, Jerry Bridges llama a las cosas por su verdadero nombre: nuestras debilidades son, desde todos los puntos de vista, pecados, pero suelen ser tratados como «faltas menores» porque siempre las comparamos con los pecados más atroces.
No se ven tan pequeñas, sin embargo, cuando son expuestas en detalle. Bridges selecciona una breve muestra de pecados «aceptables» y, a la luz de la Escritura, nos permite llegar fácilmente a la dolorosa conclusión de que aún tenemos mucho «paño que cortar». Esta es la lista que considera:
- Impiedad
- Ansiedad y frustración
- Falta de contentamiento
- Ingratitud
- Orgullo
- Egoísmo
- Falta de dominio propio
- Impaciencia e irritabilidad
- Ira
- Las consecuencias de la ira
- El juzgar a los demás
- Envidia, celos y pecados similares
- Los pecados de la lengua
- Mundanalidad
No escribe, en todo caso, como si él hubiera superado estas cosas (y lo menciono por si a alguien le sirve de consuelo), sino como un cristiano más que debe superarse también y que, sin embargo, puede entregar en manos de sus lectores algunas herramientas eficaces.
Tal es el caso, por ejemplo, de los capítulos introductorios, que vienen a ser, en verdad, un marco teórico en donde se exponen los fundamentos del Evangelio y la forma en que éste hace necesaria y posible la erradicación del pecado en nuestras vidas. Es, a mi juicio, un libro que hacía falta y cuya lectura recomiendo de todo corazón, de buena gana y con suma urgencia.Pecados Respetables: confrontemos esos pecados que toleramos. Jerry Bridges. Editorial Mundo Hispano, 167 páginas.
RESEÑA: ESPERANZA SIN LÍMITES
Tal vez el problema se halla, al menos parcialmente, en nuestra comprensión de la base sobre la cual descansa el éxito del plan de Dios y asimismo el estado de nuestra relación con Él. Solemos, por un lado, imaginar que nuestras debilidades pueden frustrar sus propósitos, y, por otro, que Él nos acepta en virtud de nuestros propios méritos. Teniendo esta visión, es fácil entender por qué muchas veces caemos en la desesperanza creyendo que Dios nos rechazará cada vez que le fallamos y que no hay solución para nuestros males.
El libro del Dr. Packer nos recuerda que Dios es capaz de hacer «cosas asombrosas con un material humano defectuoso». A lo largo de un estudio bíblico que cubre las vidas de ocho personas usadas por Dios (Sansón, Jacob, la esposa de Manoa, Jonás, Marta, Tomás, Simón Pedro y Nehemías), podemos observar que Él no solamente es capaz de llevar a cabo su plan a pesar de las imperfecciones humanas, sino que puede transformar éstas en ocasiones adecuadas para desplegar su poder con mayor fuerza y perfeccionar los caracteres de sus siervos. Packer dice: «Ninguno de nosotros es perfecto; todos nosotros estamos lejos de ser perfectos. No obstante, Dios está en el proceso de reconstruirnos a la imagen de nuestro Salvador y se agrada de usarnos para su servicio mientras que el trabajo continúa».
Aplicando una notable perspicacia en el análisis de los seres humanos y haciendo uso de un lenguaje muy comprensible para el lector laico, Packer logra relacionar las vidas de las figuras bíblicas con nuestra propia experiencia.
Si bien el contenido principal del libro corresponde a material elaborado por Packer, dicho material fue transformado en libro por Carolyn Nystrom, quien a su vez redactó guías de estudio e incluyó consejos devocionales.
Esperanza sin límites: cómo Dios alcanza y usa personas imperfectas. J.I. Packer y Carolyn Nystrom. Editorial Patmos, 167 páginas.
RESEÑA: ASÍ HABLABA JESÚS
Eugene Peterson es agudamente consciente de esto, y ha plasmado una buena parte de su interesante visión en un libro que lleva por título Así hablaba Jesús. Examina la forma en que nuestro Maestro usaba el lenguaje, pero no precisamente cuando enseñaba «formalmente», sino cuando conversaba con la gente en el camino o hablaba con su Padre en oración. ¿Usaba acaso dos lenguajes diferentes?
Para Peterson, quienes hacemos esto sólo somos nosotros. Cuando vivimos la cotidianidad usamos el lenguaje «normal», pero cuando queremos hablar de lo «espiritual», usamos un lenguaje que más bien crea una barrera. Dice Peterson: «Deseo eliminar el bilingüismo con el que nos criamos o que adquirimos durante nuestro crecimiento: un lenguaje para hablar de Dios y sus cosas, para la salvación y Jesús, para cantar himnos y concurrir a la iglesia; otro lenguaje que aprendemos cuando vamos a la escuela, conseguimos un empleo, jugamos a la pelota, vamos a bailes y compramos patatas y vaqueros». «No hay un lenguaje del “Espíritu Santo” que se utiliza para los asuntos relacionados con Dios y la salvación y luego un lenguaje mundanal aparte para comprar repollos y automóviles. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy” y “pásame las papas” vienen de la misma reserva común de palabras».
Su estrategia, entonces, consiste en mostrarnos el uso que Jesús hace del lenguaje, y para ello, divide el libro en dos: un análisis de las parábolas contadas por Jesús al viajar por Samaria (centrado en los capítulos 9 al 19 de Lucas), y un estudio de las oraciones registradas por los distintos evangelistas. Peterson, en verdad, logra mostrarnos lo que se propone, pero junto con eso, busca también ilustrar el efecto generado en sus oyentes. Las parábolas, por ejemplo, disuelven nuestra división sagrado/secular, y el resultado es que Jesús involucra a sus oyentes en la acción saltándose los prejuicios que levantamos en nuestras conversaciones definidas como «espirituales». Otro tanto logra también en la sección de las oraciones, donde enfatiza, por supuesto, el carácter relacional de ellas: «La oración nos involucra profunda y responsablemente en todas las operaciones de Dios. La oración también involucra de manera profunda y transformadora a Dios en todos los detalles de nuestra vida».
El libro se caracteriza por un exuberante análisis del lenguaje, pero dicha abundancia no se detiene en lo técnico sino más bien en el sentido final de los formatos y expresiones con que nos comunicamos. Peterson es un erudito del hebreo y del griego (famoso, de hecho, por su traducción/paráfrasis de la Biblia conocida como The Message), pero lo que queda claro en este libro es que su acercamiento al lenguaje no es un acto frío sino la reflexión de un verdadero amante de las palabras (pocas veces, me atrevo a decir, se encuentra uno con alguien que, al estudiar y explicar la Biblia, dedique tanta atención a lo que las palabras expresan más allá de las definiciones que registra el diccionario teológico).
Ocasionalmente más de alguien tendrá claras discrepancias con algunas de sus interpretaciones, pero el gran mérito de Peterson (además de su valentía en explorar territorios que la mayoría descuida) radica en que, aun en esos momentos, nos obliga a detenernos y meditar una vez más en lo que dábamos por sentado. Su análisis, a veces, podrá no ser el más ortodoxo, pero si algo resulta claro es que las mentes creativas como la suya suelen bordear —y felizmente, muchas veces expandir— los límites.
El libro, debo admitir, contiene algunos pasajes en que la reflexión de Peterson puede ser difícil de seguir (especialmente cuando entra en terrenos más abstractos), pero si te interesa —¡como a mí!— percibir y expresar a Dios como esa realidad que todo lo llena y permea, este libro es para ti.
Así hablaba Jesús: sus historias y oraciones. Eugene H. Peterson. Editorial Patmos, 287 páginas.
RESEÑA: CUANDO EL JUEGO TERMINA TODO REGRESA A LA CAJA
El libro, fiel a esta idea, describe toda nuestra realidad desde dicha perspectiva. Los capítulos se agrupan en secciones, y éstas, en orden, describen «El juego», «El objetivo», el «Armado», «Las reglas del juego», los «Peligros» y las claves «Para ganar». Es un esquema ingenioso, pero lo mejor y más importante es que con esto el autor cubre una gama muy amplia de situaciones en que podemos —y debemos— examinarnos.
Ortberg aclara nuestro objetivo desde las primeras páginas: lo que debemos lograr es enriquecernos, pero no con cosas de esta vida —que constituyen pobreza—, sino con lo que Dios llama riquezas.
A partir de entonces, contrasta lo que sabemos con lo que practicamos, y es abrumador, a ratos, descubrir la gran cantidad de áreas en las que insistentemente actuamos contra todas las evidencias (tanto bíblicas como no bíblicas).
Ortberg, por tanto, nos muestra a qué se parece la vida ajustada a la realidad, y al hacerlo, nos confronta permanentemente con nuestra necesidad de reconocer la supremacía total de Dios. Controlar todo es una facultad sólo suya, y por tanto, en palabras del libro, uno debe «renunciar a ser el amo del tablero». Nada nos pertenece y las reglas las pone Dios.
El libro, a mi parecer, saca mucho de nosotros a la luz, pero lo que a mí, como lector, me ayudó más, fue su reflexión sobre el uso del tiempo y nuestra necesidad de descubrir la misión personal que Dios nos ha asignado. Lo que dice, ciertamente, no es nuevo, pero su forma de expresarlo es eficaz, y coincide, en gran medida, con una inquietud que abrigo.
Como todo libro de su tipo, el provecho que saques dependerá de tus propias vivencias, pero en el peor de los casos, no creo que su lectura te aburra. Ortberg, de principio a fin, comunica las cosas con gracia, y su capacidad de describir la condición humana es notable (en parte, quizás, gracias a sus estudios de psicología).
Algo que me dejó insatisfecho fue la falta de una mayor exposición bíblica. No dudo de que Ortberg conoce su Biblia —y procura basarse en ella—, pero cuando un autor sólo menciona textos aislados —y esporádicamente—, construye algo que, para el lector «bíblicamente iletrado», es un mundo de ideas autónomo. La ausencia de un contexto influye sobre la percepción del pasaje, y en consecuencia, a menos que sea un lector bíblicamente educado, no edificará su vida sobre la Biblia sino sobre la narración que el autor hace de ella (y esta, de paso, es la razón por la cual algunas personas terminan aferrándose más a los autores que a la propia Biblia).
El evangelio, en particular, debió aparecer con más fuerza, pero como debilidad, no empaña el valor de lo que el libro sí comunica. No me atrevería concretamente a decir que «me cambió la vida», pero sí diría que nuestras vidas cambiarían mucho si practicáramos la sabiduría que se encuentra en sus páginas.
En resumen, creo que es un llamado insistente y amoroso a practicar lo que siempre hemos sabido. Nosotros hemos aprendido a silenciar nuestra conciencia, pero Ortberg ha sabido poner en palabras aquello que amenaza con convertirse en remordimiento un día.
Espero volver a leerlo, pero siendo más preciso, creo que debería hacerlo. Necesitaré, probablemente, un empujón, pero con un libro de este tipo se hará grato.
Cuando el juego termina todo regresa a la caja. John Ortberg. Editorial Vida, 273 páginas.
Teología bíblica de Jerusalén
INTRODUCCIÓN:
Para algunos, Jerusalén, la capital de Israel, no solo es una ciudad de importancia pasada: es también un escenario de relevancia futura. Se dice que Dios todavía no restaura a Israel como lo prometió, y por lo tanto, en un día que aún debemos esperar, el Mesías vendrá, se reunirá con su nación, pondrá su trono en la Jerusalén terrenal y gobernará al mundo entero. ¿Es esa, realmente, la expectativa que la Biblia desea crear? ¿Deberíamos reclamar Jerusalén para los judíos, y así, esperar el día en que peregrinemos a ella para gobernar junto al Mesías? El presente texto analizará cómo el concepto de una ciudad santa ha estado ligado al gobierno divino y si este permanece estático o demanda una interpretación evolutiva de sus elementos esenciales.