Sin la promesa de la eternidad no existiría el Evangelio de Jesucristo y mucho menos la esperanza del Evangelio. Si no hay un futuro donde se imparta justicia y el drama del pecado y la muerte finalmente se resuelva, entonces no vale la pena vivir la fe cristiana. El pueblo de Dios espera con esperanza, pero toda su espera, todo su esfuerzo y toda su esperanza son en vano si no existe el juicio final y el para siempre que le sigue.
Pero hay más. Entender la eternidad es vital si queremos comprender nuestra fe, aplicarla a la vida cotidiana y crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Nota cómo el versículo que inspiró este nuevo recurso, 2 Pedro 3:18, incluye las palabras «ahora y hasta el día de la eternidad».
Si lees un par de versículos previos, verás la conexión entre la eternidad y la vida cotidiana. Voy a centrar mi explicación en los versículos 11 al 13, pero te animo a leer el capítulo tres completo.
Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¡qué clase de personas no deben ser ustedes en santa conducta y en piedad, esperando y apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos serán destruidos por fuego y los elementos se fundirán con intenso calor! Pero, según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia (2 Pedro 3:11-13).
El tercer capítulo de 2 Pedro no sólo nos dice verdades que todo creyente necesita saber sobre la eternidad, sino que también nos dice que estas verdades deben dar forma a la manera en que vivimos ahora mismo. La doctrina de la eternidad es una verdad que no sólo nos da esperanza futura, sino que también debería convertirse en una hermenéutica para la forma en que entendemos nuestras vidas justo aquí, justo ahora.
La forma en que entendemos nuestras vidas entonces moldea y dirige la forma en que vivimos nuestras vidas ahora. La doctrina de la eternidad es una herramienta interpretativa cristiana fundamental. Debe definir la forma en que pensamos acerca de nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro, nosotros mismos, nuestro Dios, y nuestro significado y propósito. Sin esta verdad como parte estructural de nuestro pensamiento, no entenderemos correctamente nuestras vidas.
Hay tres acciones prácticas que resultan de aplicar la doctrina de la eternidad a la vida cotidiana: vivir escatológicamente, esperar activamente y abrazar la promesa de Dios.
Vivir escatológicamente
«Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¡qué clase de personas no deben ser ustedes en santa conducta y en piedad» (2 Pedro 3:11)
Debemos notar la estructura de este versículo: «puesto que… qué». Es similar a una oración de «si/entonces»: si estas cosas son verdad, entonces así es como debemos vivir. La estructura misma de la oración nos dice algo importante sobre la comprensión de Pedro de la doctrina de la eternidad. Para Pedro, la doctrina de la eternidad no es un punto de la teología cristiana distante, abstracto, aislado o impersonal. Para Pedro, esta verdad influye en su vida diaria. Le dice lo que es importante y, a la luz de lo que es importante, cómo debe tomar decisiones, actuar y reaccionar a nivel cotidiano.
Luego continúa diciendo que todo lo que nos rodea, todas esas cosas que nos ubican y nos orientan, todas las cosas físicas que nos ocupan y nos entretienen, cada cosa en este mundo creado, será destruida. Al mirar a nuestro alrededor ahora mismo, nos damos cuenta de que todo lo que estamos viendo ya no existirá. Nada de eso es permanente en su estado actual. Todo será consumido en una manifestación final de la gloria del poder de Dios.
Debemos dejar que esto penetre en nosotros. Todo, absolutamente todo, será expuesto por lo que realmente es. Cada edificio, cada montaña, cada arroyo, cada exuberante jardín, cada animal, cada monumento, cada árbol, cada acantilado de piedra caliza, cada criatura marina, cada orilla arenosa, cada armario de ropa fina, cada automóvil, cada autopista, cada lugar de consuelo o diversión —sí, cada cosa física— encontrará su fin purificador por parte de Dios.
Es difícil encontrar una declaración más impresionante en toda la Escritura. Ninguna de las cosas que tendemos a pensar que siempre estarán allí es permanente en su estado actual. Este mundo físico no es lo máximo. Dios es lo máximo, y Él llevará todas estas cosas a un final espectacular.
Es debido a su corazón de gracia que Dios nos hace saber lo que va a suceder con este lugar que ha sido nuestro hogar físico. Él nos da la gracia de conocer el entonces para que podamos saber cómo vivir ahora.
Si alguien pudiera mirar el futuro y decirnos con certeza que una empresa de tecnología en la que estábamos a punto de invertir iba a tener un colapso y fracaso estrepitoso, probablemente no haríamos esa inversión. Dios nos habla con amor sobre lo que, de otro modo, no tendríamos forma de saber o imaginar, pero que es vital entender para nuestra vida presente. Si todo esto va a ser consumido al final, no tiene sentido vivir por las glorias físicas del mundo creado. Es un acto de locura espiritual vincular mi identidad, mi significado y propósito, y mi sentido de bienestar a lo que será cambiado en un instante. ¿Por qué invertiría las energías de mi vida en esas cosas?
Esperar activamente
«Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¡qué clase de personas no deben ser ustedes en santa conducta y en piedad, esperando y apresurando la venida del día de Dios […]» (2 Pedro 3:11-12).
Una de las razones por las que no nos gusta esperar es que la espera nos confronta inmediatamente con el hecho de que no tenemos el control. Algo o alguien nos está obligando a tener que esperar. Para Pedro, sin embargo, la espera no es inacción, sino un llamado a la acción. No se nos llama sólo a quedarnos sentados ociosamente hasta el final. No, hay acciones que estamos llamados a tomar debido al final que seguramente vendrá.
Pero si este día cataclísmico final ya está escrito en el libro de Dios, ¿cómo podría lo que hago o digo ahora mismo hacer alguna diferencia? Tendemos a pensar que el fin es el fin y que, hasta entonces, lo que hacemos realmente no importa. Tendemos a pensar que somos pequeños y no tenemos mucho poder o control, y nos preguntamos cómo podría cualquier cosa que hagamos apresurar el día del Señor.
Aquí es donde es vital recordar que, en su soberanía, Dios determina no sólo lo que sucederá, sino también los medios por los cuales sucederá. Pedro está diciendo que la actividad del pueblo de Dios centrada en la eternidad, mientras esperan ese día final, es un medio que Él ha ordenado para que ese día se produzca. Él nos ha elegido para ser una herramienta para lograr aquello que Él ha ordenado.
Esto significa que lo que hacemos y decimos ahora mismo sí tiene un significado eterno. Este es un llamado a la acción con visión de eternidad; una acción que Dios ha ordenado para hacer una verdadera diferencia. Los gritos de anhelo de su pueblo apresuran su regreso. Las oraciones del pueblo de Dios apresuran su regreso. El compromiso y el trabajo de su pueblo en el Reino apresuran su regreso. El evangelismo de los hijos de Dios apresura su regreso. Esperamos, sabiendo que la manera en que esperamos y lo que hacemos mientras esperamos son medios por los cuales Dios pone fin a nuestra espera.
Abrazar la promesa de Dios
«Pero, según su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13).
Todo ser humano está buscando el paraíso, pero no hay paraíso en este mundo caído. Dondequiera que miremos, nuestra esperanza y nuestros sueños de paraíso siempre nos decepcionan. Nada parece cumplir nuestros sueños dorados. Nada es tan bueno como deseamos que sea. Nada funciona como esperábamos. Tropezamos por el mundo como un grupo de soñadores insatisfechos, esperando que el próximo sueño se haga realidad para nosotros. Hacemos esto porque el paraíso fue escrito en nuestros corazones. Hacemos esto porque fuimos cableados para la eternidad.
Pedro nos está recordando que vivamos como si realmente creyéramos que hay Uno sentado en el trono del universo que hace promesas que nunca se rompen. Hay Uno que siempre cumple. Hay Uno que siempre hace lo que ha prometido que hará. Hay Uno cuyas palabras son siempre fieles y verdaderas. Hay Uno que no cambia de opinión, que no toma otra dirección y no da la espalda a los que esperan. Hay Uno que nunca se aburre, que nunca se cansa y que nunca está demasiado ocupado para hacer lo que ha prometido.
Hay un Hacedor de promesas que no se parece a ningún hacedor de promesas que hayamos encontrado en cualquier otro lugar de nuestras vidas. Él es totalmente capaz de cumplir cada una de sus promesas porque Él gobierna todas las situaciones y lugares en los que esas promesas deben ser entregadas. El juego prometido ha cambiado para siempre, porque ha llegado el Señor de señores a la cancha. Y lo que Él diga se hará realidad, porque nadie puede cuestionarlo, nadie puede interponerse en su voluntad y nadie puede detener su mano. Nadie.
Entonces, ¿cuál es su promesa segura e inquebrantable? Es una promesa de algo increíblemente hermoso después del fin de la vida tal como la conocemos hoy. Hay algo tan fuera del campo de nuestra experiencia y tan distante de todo lo que podemos imaginar que es difícil entenderlo. La promesa es que Dios va a transformar nuestro hogar. No, no terminaremos flotando en las nubes y tocando arpas doradas. Él nos dará unos nuevos cielos y una nueva tierra, donde la justicia morará sin ser desafiada para siempre.
Justicia no sólo significa que los nuevos cielos y la nueva tierra serán habitados por un Dios santo y por personas que ahora son partícipes de su naturaleza divina. Significa que todo será justo. Todo estará en su lugar apropiado, haciendo perfectamente lo que estaba destinado a hacer. Nada se rebelará contra el plan del Creador. Disfrutaremos de paz y armonía ininterrumpidas para siempre.
La Biblia tiene un nombre para esto: shalom. El shalom que fue destrozado en el jardín será restaurado para siempre, para nunca ser roto de nuevo. La justicia perfecta reinará por los siglos de los siglos. Esta es una gloria gloriosa.
La doctrina de la eternidad nos asegura que Dios arreglará todo lo que el pecado ha roto. Nos dice que ahora mismo debemos vivir con esa promesa en mente. Nos advierte de la impermanencia de las cosas físicas. Nos predica la importancia eterna de la forma en que vivimos mientras esperamos. Y nos promete un final que es mucho más glorioso de lo que nos hubiéramos atrevido a esperar.
Este recurso fue publicado originalmente en Paul Tripp Ministries.