Los placeres de la vida están en cada lugar al que volteamos. Nos saludan cada día y durante todo el día. No podríamos escapar del placer aunque lo intentáramos. No es una exageración o un tópico teológico distante decir que el placer está en la mente de Dios. El placer legítimo de cualquier forma es creación de Dios, y nuestra capacidad de reconocer y disfrutar el placer es el resultado de su diseño. Con sabiduría y propósito, Él creó un mundo que desborda en placeres de todo tipo. Hay placeres de la vista, el sonido, el gusto y el tacto. Hay placeres del pensamiento y la emoción. Hay placeres de lugar, situación y relación.
El placer existe porque encaja con el propósito de Dios para su creación. Es uno de sus principales regalos para nosotros. Pero necesitamos entender el papel del placer en la creación de Dios y cómo debemos responder a los placeres que nos saludan a diario.
La intención creativa de Dios fue traerle gloria a Sí mismo a través de los placeres que creó. Cada cosa placentera fue creada y diseñada perfectamente para reflejar y apuntar a la gloria más grande de Aquel que la había creado. Estas cosas fueron hechas para inducir placer, pero también para servir un propósito profundamente espiritual: recordarnos a Él. Estaban destinadas a maravillarnos no sólo con su placentera existencia, sino a maravillarnos con la existencia, sabiduría, poder y gloria de Aquel que las hizo y existió antes de que el tiempo comenzara. Los placeres de la Tierra fueron puestos en la Tierra para ser una de las herramientas de Dios para captar nuestra atención y capturar nuestros corazones en adoración hacia Él.
Nunca entenderemos el placer si pensamos que es un fin en sí mismo. El placer es placentero, y nunca debemos sentirnos culpables por disfrutarlo o por querer más. Nuestro disfrute del placer es totalmente conforme al diseño de Dios. Pero debemos reconocer que el placer tiene un propósito que va más allá del placer momentáneo que nos da.
El placer existe como una señal de Aquel en cuyos brazos disfrutaré el único placer que puede satisfacer y dar descanso a mi corazón. El placer existe para poner a Dios frente a mí y recordarme que fui creado por Él y para Él. El placer, como cualquier otra cosa creada, ha sido diseñado para poner a Dios en el centro. El placer existe para estimular la adoración, no de aquello que es placentero, sino de Aquel que creó eso placentero. La gloria de cada forma de placer tiene la intención de apuntarme a la gloria de Dios.
El placer de la comida está destinado a motivarme a buscar el sustento que satisface el corazón del pan y el vino que es Cristo. El placer del sexo está destinado a recordarme la gloria de mi unión íntima con Cristo, que sólo la gracia pudo producir. El placer de todas las cosas hermosas está diseñado para hacerme contemplar al Señor, que es perfecto en belleza en todo sentido. El placer del sonido tiene el propósito de llevarme a escuchar los sonidos de Aquel cuyas palabras son, cada una, una obra de belleza. El placer del tacto fue creado para recordarme la gloria de Aquel cuyo toque sólo tiene el poder de consolar, sanar y transformar. El placer del afecto humano está destinado a inducirme a celebrar la gloria del amor eterno, inmerecido y de autosacrificio de Dios. El placer del descanso está destinado a atraer mi corazón hacia Aquel que, por su vida, muerte, resurrección y ascensión, compró para mí un reposo de sabbat eterno.
El problema con el placer
Si Dios creó el placer, entonces el placer no es el problema. El problema viene cuando entendemos el placer de forma equivocada y luego nos involucramos en el placer de maneras que resultan directamente de las interpretaciones erróneas que hemos hecho.
Dios no puso a Adán y Eva en un ambiente de placer peligroso y maligno y luego les exigió que lo evitaran por miedo a su destrucción y su juicio. Él no exigió abstinencia como una verdadera prueba de la lealtad y la piedad de sus corazones. De hecho, lo opuesto es cierto. Los puso en un ambiente de placeres deliciosos y los liberó para que disfrutaran. El jardín estaba lleno de placeres de la vista, el sonido, el olfato, el tacto y el gusto. El jardín les presentó los placeres del amor emocional y sexual. Era un lugar gloriosamente placentero para vivir, y simplemente no había nada intrínsecamente malo o peligroso en nada de ello.
Es esencial, sin embargo, reconocer que los placeres del jardín no eran ilimitados. Dios puso límites para Adán y Eva. Les regaló placeres gloriosos para ser disfrutados, pero dentro de los límites que Él estableció. Adán y Eva no debían tener una relación de placer autocentrada, de «cuando sea, como sea». Fueron diseñados y llamados a vivir dentro del propósito que Dios tenía en mente cuando los hizo. Sus vidas no les pertenecían, y tampoco sus placeres. Eran libres de disfrutar, pero su disfrute debía hacerse con una actitud de sumisión y obediencia.
Los límites eran una protección. Las reglas mismas le recordaban a Adán y Eva que no estaban a cargo. Las reglas les recordaban que habían sido creados para los propósitos de Otro.
Estas reglas no destruían el placer ni inhibían el disfrute. Estas reglas fueron dadas para proteger los corazones de Adán y Eva, de modo que fueran libres de disfrutar de los placeres del mundo creado libremente sin ser dominados, adictos o controlados por ellos. Las reglas estaban allí para que se entregaran no al placer, sino a Dios, mientras disfrutaban de las cosas placenteras que Él había provisto.
El Edén era el lugar más hermoso que jamás existió, lleno de placeres perfectos de todo tipo, sin embargo, su continuidad dependía de que Adán y Eva se mantuvieran dentro de los límites protectores de Dios.
El placer de la adoración sexual
Quiero dedicar la segunda mitad de este artículo a aplicar el tema del placer al sexo, aunque podría aplicarse a una variedad de otras áreas de la vida: comida, ocio, entretenimiento, compras, lo que sea. El sexo nunca se trata sólo de placer físico. El sexo nunca se trata sólo de intimidad con la persona con la que tienes una relación terrenal horizontal. El sexo siempre se trata de placer espiritual y obediencia vertical.
En una palabra, el sexo se trata de adoración.
Nuestra sexualidad se forma ya sea por una sumisión voluntaria y adoradora a la autoridad de Dios, o por asumir autoridad sobre nuestras vidas y cuerpos como si nos pertenecieran. No hay otra opción.
Este tema de obediencia y adoración se extiende a los usos más íntimos del cuerpo. Consideren las palabras de Romanos 12:1: «por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes» (Ro 12:1).
No se podría declarar de manera más clara y elocuente. Este pasaje conecta el cuerpo y el sexo con la adoración y la obediencia. La adoración a Dios significa entregarle voluntariamente nuestros cuerpos en los actos más íntimos de la vida: el sexo. Renunciamos para siempre a la propiedad de nuestros cuerpos y lo que hacemos con ellos. Vemos el cuerpo como algo que le pertenece a Dios y nos comprometemos a un uso obediente del cuerpo; es decir, a hacer con el cuerpo sólo lo que es santo y aceptable a su vista, sin importar lo que nos digan nuestras pasiones, pensamientos o deseos.
La pureza sexual se encuentra en el sacrificio intencional de nuestros cuerpos a Dios, ya no para nuestros deseos y nuestras formas, sino de acuerdo con su voluntad y para su gloria.
Y de nuevo, es esencial recordar que la directiva en Romanos 12:1 no es la forma que tiene Dios de robarnos el placer sexual sólo porque Él está a cargo y tiene el poder. Al llamarnos a hacer este sacrificio corporal intencional, Dios nos está rescatando de nosotros mismos y protegiéndonos del peligro.
El mayor peligro del sexo
No necesito señalar el hecho de que nuestro mundo se ha vuelto sexualmente demente. Desde la desintegración de lo que constituye un matrimonio, las definiciones de género y el bombardeo de material sexualmente explícito en cada dispositivo y en cada lugar al que miramos, es sabio protegerse de la tentación sexual y la influencia insensata del mundo.
Sin embargo, ese no es nuestro mayor problema. Romanos 12:1 también resalta nuestra palabra clave: adoración.
Mi mayor problema con la impureza sexual tiene sus raíces en el terreno de la aterradora condición de mi corazón pecaminoso. Lucho contra la impureza sexual de la misma manera que lucho contra el materialismo o la glotonería porque lucho contra algo más profundo. ¿Qué es esta cosa más profunda? Lucho contra la autoadoración, el autogobierno y el autosacrificio. En mi corazón, todavía hay maneras en las que quiero estar en el centro de mi mundo, donde lo que quiero, siento o pienso que necesito es más importante para mí que la voluntad de Dios y las necesidades reales de quienes me rodean. Hay maneras en las que estoy tan ocupado amándome y adorándome a mí mismo que me queda poco tiempo o energía para amar a Dios o sacrificarme por los demás.
Si la pureza sexual fuera sólo una cuestión de huir lo suficientemente lejos de la tentación sexual, podríamos cambiar nuestra ubicación, correr más rápido y más lejos, y establecer mejores filtros. Pero la pureza sexual es, ante todo, una guerra espiritual sobre la adoración.
La pureza sexual comienza con la confesión de que no queremos, y no podemos, alcanzarla por nosotros mismos. Requiere confesar el egoísmo y la rebeldía del corazón. Reconoce que a menudo encontramos la impureza más atractiva que la pureza.
Lidio todos los días con la autoadoración y, debido a eso, quiero ser soberano sobre mi propia vida. Quiero gobernar mi vida y establecer mis propias reglas. Quiero tener lo que me parece mejor, y no quiero que Dios o los demás se interpongan. No puedo escapar de cómo el sexo expone ambas cosas en mi corazón. Mi vida sexual siempre está moldeada por a quién adoro y ante cuyas reglas me someto.
Así que, cuando me enfrento a la lucha más profunda de la pureza sexual, no me ayuda sólo una conciencia más clara de dónde soy susceptible a la tentación o un mejor sistema de rendición de cuentas. Esas cosas son útiles, pero fácilmente se convierten en una forma de pedirle a la ley que haga lo que sólo la gracia puede lograr. Mi lucha con la pureza sexual revela el grado en que todavía necesito una renovación o transformación fundamental de mi corazón. Sólo cuando adore a Dios por encima de todo, ame a mi prójimo como a mí mismo y me someta voluntariamente a la autoridad de Dios es que seré puro.
En el sentido más básico, cuando se trata de la batalla por la pureza sexual, he encontrado al enemigo, y soy yo. Yo soy el mayor peligro sexual para mí mismo. Soy mi mayor fuente de tentación. Yo soy la fuente de mi lucha. La autoadoración y la autosoberanía que todavía viven en mi corazón hacen que me sienta atraído y susceptible a las tentaciones sexuales que me rodean por todas partes en este mundo que se ha vuelto sexualmente demente.
¿Esto me deja sin esperanza? ¡No! Dios, que sabe cuán profunda es mi lucha, me ha regalado las generosas provisiones de su gracia poderosa, rescatadora y transformadora. ¡Romanos 12:1 presenta a Dios como misericordioso! Podemos estar seguros de que seremos recibidos con gracia poderosa, porque nuestro Salvador ha prometido que nunca nos dará la espalda cuando acudamos a Él con un corazón quebrantado y contrito.
Este recurso fue publicado originalmente en Paul Tripp Ministries.