volver

Cuando las personas descubren a qué nos dedicamos, suelen hacernos preguntas comunes. ¿Eres plomero? Prepárate para diagnosticar a distancia un grifo que gotea. ¿Eres médico? Prepárate para una lista de dolores y molestias misteriosas.

Para los consejeros, cerca del primer lugar de esa lista se encuentra la pregunta: «¿qué problemas ves más seguido?». La depresión, la ansiedad, el enojo y el conflicto matrimonial siempre aparecen, pero mi respuesta principal podría sorprenderte. Es el orgullo.

En realidad, que el orgullo encabece la lista no debería sorprender a nadie, y menos aún a los cristianos. Proverbios 6:16-19 enumera siete rasgos que Dios detesta, y el primero de ellos —«ojos soberbios»— es la forma proverbial de hablar del orgullo.

El orgullo es una prisión que perpetúa el enojo, el dolor y la necedad, mientras mantiene a raya los efectos restauradores de la convicción, la humildad y la reconciliación (Pr 11:2; 29:23; Gá 6:3; Stg 4:6; Ap 3:17-20). Más adelante, en Proverbios 16:18, Dios nos dice: «delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la arrogancia de espíritu». El orgullo no sólo sería tu carcelero, sino que también tu verdugo.

Todos los demás son el problema

En la sala de consejería, cuando las parejas acuden a verme por primera vez, suelen traer una lista de ofensas cometidas contra ellos por su cónyuge, así como un inventario ensayado de conductas que esperan que su pareja cambie. Del mismo modo, los padres suelen traer a sus hijos a consejería informando que estos necesitan aprender nuevas formas de ser respetuosos, autocontrolados y serviciales. Además, hay personas que llegan con su catálogo de formas en las que el mundo a su alrededor les ha fallado en su búsqueda de alegría, comodidad y seguridad.

Estas ofensas necesitan ser escuchadas, y escuchadas con ternura. Nuestros hermanos y hermanas en Cristo necesitan experimentar algo del amor constante de Dios en los momentos en que exponen algunas de sus heridas más dolorosas. Un médico me dijo una vez que la medicina eficaz existe en la intersección entre el tacto, el momento oportuno y la dosis. Lo mismo puede decirse de la consejería (y de muchas otras disciplinas también, estoy seguro).

Es más, las conductas que desean ver cambiadas a menudo sí necesitan reforma. Al mismo tiempo, durante el transcurso de nuestro trabajo juntos, cuando cambio la perspectiva y hago preguntas reflexivas (como: ¿qué le has hecho tú a tu cónyuge/hijo/mundo? ¿De qué podrías necesitar arrepentirte? ¿Cómo puedes reflejar a Cristo ante ellos de la misma manera que anhelas que ellos te reflejen a Cristo a ti?), no suelo obtener respuestas, sino miradas de dolor y confusión. Y a menudo me topo con una indignación absoluta. Me topo con el orgullo.

Cristo renunció a sus derechos

Compara esta reacción con la de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Si alguna vez hubo alguien que tuvo el derecho de que su orgullo fuera tan grande como la vida misma, fue aquel por quien toda la vida llegó a existir. Si Jesús hubiera venido al mundo y exigido que todos le sirvieran, y que lo hicieran de inmediato, no habría sido arrogancia; habría sido lo apropiado. Sin embargo, como nos dice Filipenses 2, no vino en forma de gobernante, sino de siervo.

El llamado de Cristo para nosotros es vivir de una manera que evidencie un servicio similar y que, por lo tanto, nos distinga como aquellos cuya ciudadanía está en los cielos, no en el mundo (Mt 20:25-28). De esta manera, Cristo redime nuestro servicio. Qué alegría es servir a mi cónyuge, a mi hijo o a quienes me rodean y reflejarles, aunque sea sólo en parte, algo del carácter de Dios.

Removamos las cadenas del orgullo

¿Cómo pasa uno de las cadenas de la autoobsesión orgullosa a la libertad del servicio humilde?

Hay tres perspectivas que a menudo pido a mis aconsejados que revisen en su interior. Piensa en ellas como tres facetas (aunque hay muchas más) de la joya de la genuina humildad cristiana:

  • ¿En el pecado de quién estás enfocado?
  • ¿Cuál es el enfoque de tu alegría, seguridad y satisfacción?
  • ¿Quién es el foco de tu servicio?

Cuando nos encontramos esclavizados por nuestro orgullo, las respuestas a las preguntas anteriores suelen ser: el de los demás (pecado), el mundo (alegría) y yo mismo (servicio).

  • ¿Qué pecado me resulta más odioso en esos momentos? ¿Qué pecado necesita ser sacado a la luz, confesado y finalmente mortificado? No el mío, sino el de todos los demás.
  • ¿Dónde encuentro mi consuelo, mi alegría, mi paz, mi seguridad? No en la gloria del Evangelio, sino en algún evento, cosa o persona. Si tan sólo ganara más dinero, tuviera más poder, tuviera cónyuge, hijos, casa, perro, lo que sea. Cualquier cosa menos el gozo de sufrir por el Evangelio.
  • ¿A quién se debe servir en todo esto? A mí. El mundo, mis relaciones y Dios mismo existen para servirme a mí.

Pero la Escritura responde a estas preguntas de manera muy diferente:

  • ¿En los pecados de quién debería enfocarme? En los míos (Ro 8:13).
  • ¿Quién es el enfoque de mi alegría, seguridad y satisfacción? Cristo. (1P 1:8-9).
  • ¿Quién debería ser el enfoque de mi servicio? Los demás y especialmente los hermanos cristianos (Fil 2:3-4).

Aunque los problemas que se presentan varían mucho, el problema que con demasiada frecuencia entorpece la consejería desde el principio es el orgullo, y la respuesta es una humildad centrada en Jesús y capacitada por el Espíritu Santo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Photo of Josh Squires
Josh Squires
Photo of Josh Squires

Josh Squires

Josh Squires sirve como pastor de consejería y cuidado congregacional en la Primera iglesia presbiteriana en Columbia, Carolina del Sur. Él y su esposa tienen cinco hijos.
Otras entradas de Josh Squires
Jesús te guiará a través del valle de sombras
 
Hombres: la intimidad comienza al escuchar bien
 
La intimidad marital es más que sexo