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Evito el conflicto debido a la sangre escandinava que corre por mis venas. ¿Qué mejor acompañamiento para el lutefisk y las albóndigas suecas que mantener la paz? Si el estado de ánimo en las relaciones se mantiene tan neutral como los tonos de los sofás en IKEA, todo está bien.

Desde luego, culpar a nuestra herencia por nuestro estilo ante el conflicto es una broma tonta, una máscara ligera para algo serio. Santiago podría haberlo llamado nuestras «guerras de deseos» (Stg 4:1). Nuestros deseos a menudo revelan lo que adoramos. Otros amenazan nuestros anhelos inflados y desenvainamos espadas; si no es con nuestras palabras, sí lo es en nuestra mente. Ya seas una oveja mansa o un toro más audaz, todos experimentamos el choque de deseos y el conflicto resultante. Ese ha sido el reporte del clima desde Adán y Eva, y lo será hasta que el cielo inaugure la primavera.

Aquí están las buenas noticias para los tímidos, los presuntuosos y los heridos: el conflicto es una oportunidad para experimentar a nuestro Dios pacificador y ser transformados por Él, preparándonos a nosotros mismos y a otros para el día en que el conflicto muera y la paz reine.

«Conflicto» en la lengua de Dios

«El conflicto como algo positivo» suena en mis oídos como grillos en un menú, pero la Escritura habla con más fuerza que mis preferencias. La Biblia es «la novela suprema de “guerra y paz”», como dice el Dr. Robert Jones, y Jesús es el maestro de la interacción. Dios tiene buenos planes para este gran tema en la Escritura. Cuando nuestras inclinaciones naturales digan lo contrario, debemos detenernos y orar fervientemente con Johannes Kepler para que Dios nos ayude a pensar sus pensamientos de acuerdo con los de Él.

Y sus pensamientos no están nublados. «Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación» (2Co 5:18). Pablo enseña a los colosenses que Jesús «[hizo] la paz por medio de la sangre de su cruz» (Col 1:20). Jesús no murió por un amante virtuoso y adorador a Su lado, sino por un pueblo hostil, extraño y vil (Col 1:21). Cristo se entregó a sí mismo «a fin de presentarlos santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él» (Col 1:22).

Si nuestra reconciliación con Dios valió la sangre de su amado Hijo y afirmamos ser sus seguidores, ¿cómo podríamos abordar el conflicto con una postura distinta a la de nuestro Señor? Él «se rebajó voluntariamente» (Fil 2:7, NVI). ¿Entras tú de igual manera en las conversaciones tensas siendo manso y puro de corazón (Mt 5:5, 8)? ¿O compartes la postura de Jonás, del hermano mayor del pródigo y del deudor que no perdonó, quienes se resentían con un Dios «clemente y compasivo, lento para la ira y rico en misericordia, y que [se] arrepiente del mal anunciado» (Jon 4:2)?

Ni los sentimientos de culpa ni el pensamiento positivo nos preparan para reconciliarnos como nuestro Señor. El Evangelio no sugiere: «esfuérzate más», sino que exige: «tienes que nacer de nuevo» (Jn 3:3). Podemos involucrarnos en el conflicto como Cristo sólo si primero nos han lavado los pies. ¿Los manos sin pecado de Jesús han tomado los tuyos, frotando cada mancha? ¿Te encontró acurrucado, desnudo y avergonzado, sólo para vestirte como a la realeza? ¿Lo has visto beberse la copa de tu castigo, el veneno de la ira de Dios, para que tú puedas disfrutar de «un banquete de manjares suculentos, un banquete de vino añejo, pedazos escogidos con tuétano» (Is 25:6)? Entonces estás listo para estar en desacuerdo como tu Rey.

Tal vez eres como yo, y la obra reconciliadora de Cristo te inspira. Pero luego se quema la cena, los niños entran como elefantes y les gritamos por arruinar la paz que buscábamos. Las guerras de deseos siguen rugiendo; los renacidos requieren ser rellenados. Alabado sea Dios, el Espíritu Santo no es tacaño. Podemos comer de Su banquete todo el día y producir «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio» (Gá 5:22-23). Ciertamente, es mejor que la larga lista de lo que la carne cocina (Gá 5:19-21).

¿Horror o esplendor?

El conflicto es una oportunidad no sólo para experimentar a nuestro Dios pacificador, sino para ver a las otras personas verdaderamente, más allá de las formas en que nos molestan. Son seres inmortales, valorados por Dios, creados a su imagen y, si están en Cristo, miembros necesarios de Su cuerpo. Son hermanos espirituales a quienes afilar, no a quienes morder y devorar (Gá 5:15). En nuestros conflictos, nos ayudamos mutuamente a convertirnos en una de dos cosas, como observó C.S. Lewis: « inmortales horrores o resplandores eternos».

Nos aliamos con el padre de todos los horrores cuando entramos en el cuadrilátero con sus movimientos característicos. El diablo odia, miente y acusa; está demasiado obsesionado consigo mismo como para cuidar de alguien más. Empleamos sus tácticas cuando entramos en el conflicto ardientes y ciegos, siendo nuestra ira un amor rabioso por nosotros mismos. Deberíamos hacer una pausa y pedir misericordia si escuchamos quejas como estas con regularidad: «no estás escuchando» o «por favor, cálmate». Puede que no empujemos físicamente a nuestro oponente (quien, en realidad, es nuestro hijo, cónyuge, hermano o hermana), pero nuestras palabras desmedidas y acciones destructivas empujarán a las personas hacia lo espantoso.

Qué diferente es la forma en que Jesús maneja el conflicto. Su valor no está en juego, por lo que un deseo desesperado de ganar o de ser comprendido no bloquea su visión de los demás. Su armario no está lleno de ídolos secretos, por lo que no hace la guerra por sus deseos a expensas de otro. El tic-tac del reloj no lo apresura a pedir perdón a medias o a escuchar a medias. El amor generoso de Jesús masajea nuestro agravio más rígido como una madre que acaricia con ternura la espalda sollozante de su hijo. Mi esposo tiene el hábito irritante de decir en nuestras discusiones: «te amo más que a esta pelea». Espera a que yo se lo diga también, y eventualmente lo hago. Es una pequeña muestra de los mejores caminos de Jesús. Suena como algo que Él diría, y me mueve hacia el esplendor.

Encaminado hacia la paz

¿Conoces el pequeño placer de un cajón de cachureos organizado, de los zapatos alineados en un tapete o de los platos colocados ordenadamente en la despensa? Entonces sólo podemos imaginar las sensaciones satisfactorias de los cielos nuevos y la tierra nueva, cuando Dios haya arreglado todas las cosas. Las heridas que hemos recibido e infligido a otros sanarán. No juzgaremos la posición de nuestra hermana cinco filas adelante en el mar de adoradores con vestiduras blancas ante el trono, sino que estaremos vivos juntos como nunca antes. Jamás suspiraremos por amores menores en presencia de la Paz misma.

El pensamiento celestial no hace que el conflicto en el aquí y el ahora sea ligero como una pluma, ni que su solución sea un resumen de respuestas de escuela dominical. Más bien, en vista de la Paz que está dentro de nosotros y delante de nosotros, los conflictos se reducen a su tamaño real. Somos los luchadores más humildes, que amamos porque Él nos amó primero; personas cuyo Dios hace que esperen que las tierras áridas de la desunión un día florezcan y se llenen de estanques de agua (Is 35:1; Sal 107:35).

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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Jessica B.

Jessica B. vive en el Himalaya con su esposo y sus seis hijos. Escribe en A Wasteland Turning .
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