volver

Mi familia se había mudado recientemente a una nueva ciudad y estábamos visitando una iglesia nueva. El servicio empezó bien, pero momentos después de que el predicador subiera al púlpito, se me detuvo el corazón. Este iba a ser el peor sermón que había escuchado en mi vida.

Rápidamente, el predicador fue marcando todos los puntos de mi lista de cosas que detesto en la mala predicación. ¿Mensaje temático? Check. ¿Lectura mecánica de su manuscrito todo el tiempo? Check. ¿Diapositivas de PowerPoint? Check, check y check. Pronto descarté el sermón y decidí que no volveríamos a asistir a esa iglesia nunca más. Decidí que su falta de sofisticación teológica, de técnica en el sermón y de presentación pública lo descalificaban para ser digno de mi atención.

Pero más preocupante que su falta de habilidad retórica era mi falta de madurez espiritual. He tenido el privilegio de estar bajo la enseñanza de algunos de los mejores maestros de la Biblia y, aun así, al descartar a este predicador, me perdí una gran oportunidad de crecimiento. Los malos predicadores son regalos del Señor. Eso fue lo que aprendí, irónicamente, de uno de los más grandes predicadores que han existido.

El ídolo de la predicación elocuente

En su Institución, Juan Calvino argumenta que los pastores son obreros necesarios del Reino. Calvino aprendió esto del apóstol Pablo, quien enseñó que Dios es quien da a la iglesia pastores y maestros (Ef 4:11). Calvino explica que el Señor «se sirve para ello del ministerio y servicio de los hombres, haciéndolos sus lugartenientes (Lc 10, 16); no que resigne en ellos su honor y superioridad, sino que por medio de ellos realiza su obra, ni más ni menos como un obrero se sirve de su instrumento1».

Debido a este trabajo delegado, los predicadores poco impresionantes brindan a los creyentes una oportunidad única. Calvino escribe: «cuando es un simple hombre de humilde condición y desprovisto de autoridad en su propia persona quien habla en nombre de Dios, entonces, según prueba la experiencia, demostramos nuestra humildad y la honra y estima que tenemos a Dios, al ser dóciles sin resistencia alguna a su ministro, aunque por lo que hace a su propia persona no tenga mayor excelencia que nosotros2» 

Así es, Calvino argumenta que los creyentes pueden demostrar su amor por Cristo al prestar atención a predicadores «insignificantes».

Los creyentes maduros pueden ver bellezas que los incrédulos y los cristianos bebés pasan por alto. Antes de ser creyente, Agustín descartaba la Escritura por su falta de elocuencia. Sin embargo, después de su conversión, testificó: «ahora tal vez pregunte alguno si nuestros autores, cuyos escritos divinamente inspirados componen nuestro canon de provechosísima autoridad, han de ser llamados solamente sabios o también elocuentes3». El Evangelio de Cristo siempre debe reinar sobre el deseo de una expresión bella, o de lo contrario la postura y la pretensión aparecerán sin duda4.

Cuando Calvino nos exhorta a prestar atención a los predicadores insignificantes, nos está llamando a reconocer el ídolo de la elocuencia. La iglesia de Corinto siguió a este ídolo cuando rechazaron a Pablo debido a que su discurso no era elocuente (1 Corintios 2:1; 2 Corintios 10:10). Podemos demostrar que nuestra lealtad final es hacia el Señor Jesús y no hacia cualquiera de sus mensajeros torpes.

Escuchemos bien los sermones deficientes

Calvino nos ofrece dos consejos específicos para ayudarnos a escuchar bien un mal sermón. Primero, nos llama a escuchar con atención para demostrar nuestro afecto por Cristo mismo. Al prestar atención y escuchar cuidadosamente una presentación mal elaborada, reconocemos y demostramos que el mensaje final que se pronuncia no es el sermón mal formado del predicador, sino la Palabra misma de Dios que el Espíritu está hablando a su iglesia cada domingo por la mañana.

No recibimos vida de la predicación del predicador, sino que la palabra escrita y predicada nos señala a la Palabra viva, Jesucristo. Así como un esposo amoroso nota a su esposa incluso cuando ella está vestida de forma descuidada, los cristianos pueden mostrar su amor por la Palabra viva de Dios cuando es proclamada por predicadores poco elegantes.

Segundo, Calvino nos llama a escuchar con atención para demostrar nuestra obediencia a Cristo. Un sermón no es principalmente un ejercicio de habilidad retórica. En cambio, es una proclamación de la obra terminada de Cristo con implicaciones para una vida santa. Los creyentes pueden demostrar que entienden esta distinción fundamental al escuchar un sermón mal diseñado o mal ejecutado con el objetivo de vivir en santidad. No estamos sirviendo a hombres —incluyendo a nuestro propio pastor—. Es al Señor Cristo a quien servimos (Col 3:22-24). Al escuchar y obedecer su llamado, demostramos nuestro amor por Él y nuestra afinidad con Él.

Edificado fácilmente

Cuanto más maduros espiritualmente nos volvemos, más fácilmente somos edificados. Que lo que Justin Taylor dijo sea verdad en nosotros: «es tan fácil edificarlo. No hace falta mucho. No necesita ser el mejor sermón jamás predicado, ni la canción más excelente jamás compuesta, ni el libro más poderoso jamás escrito, ni la declaración teológica más elocuente jamás pronunciada. Sólo la verdad más simple era suficiente para refrescar su corazón en Cristo5».

Y que así el Señor nos proteja de esta tentación mundana. El Señor ordenó a sus predicadores que hablaran «conforme a las palabras de Dios» (1P 4:11). Que reconozcamos que cuando escuchamos un sermón, el predicador lleva la pesada carga de hablar en nombre de Cristo. Puede que este predicador no tenga sofisticación teológica ni elocuencia pública, pero si tiene la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios, entonces que Dios nos dé oídos para oír lo que el Espíritu está diciendo a nuestra iglesia a través de él.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Calvino, Juan. Institución de la religión cristiana. 4.3.1.
  2. Calvino. Institución de la religión cristiana. 4.3.1.
  3. de Hipona, Agustín. La doctrina cristiana. 4.6.9.
  4. de Hipona. La doctrina cristiana. 4.28.61.
  5. N. del T.: traducción propia.
Photo of Matthew Westerholm
Matthew Westerholm
Photo of Matthew Westerholm

Matthew Westerholm

Matthew Westerholm (@mwesterholm) es profesor asociado de Música y Adoración de la Iglesia en Southern Baptist Theological Seminary