Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia (Mateo 5:7)
Rechazado en cada ocasión, el despeinado y desprovisto viajero toca la última puerta de la villa, una casa pequeña al lado de la iglesia. La puerta se abre; es recibido en el calor confortante del hogar de un viejo hombre, el viajero se maravilla por tal amabilidad. No obstante, él no es de los que desaprovechan una oportunidad, por lo que se va en medio de la noche, llevándose los valiosos cubiertos de plata como agradecimiento por la bienvenida que tuvo.
Rápidamente detenido, lo traen de regreso ese mismo día, obligado a pararse frente al hombre al que le robó y a recibir su justa condena. Pero entonces, el anciano dirige su atención al ladrón. «¡Ah! ¡Vos aquí! […] Me alegro de veros. Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué no os los habéis llevado con los cubiertos?1».
Aquí hay una de las muestras de misericordia más impresionantes en la literatura. Jean Valjean, el criminal endurecido por diecinueve años de servicio en las galeras, recibe lo que nunca esperó del gentil obispo: misericordia. Y el obispo, un tal Monsieur Bienvenu, le dice a Valjean: «hermano mío: ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es vuestra alma lo que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para entregársela a Dios2».
Dios nos llama a los cristianos a ser, como el Monsieur Bienvenu (cuyo nombre significa monseñor Bienvenido), personas misericordiosas. Pero si vamos a imitar la actitud misericordiosa de Dios, primero debemos comprender su carácter misericordioso y sus actos de misericordia hacia nosotros. Sólo entonces, humillados y felices, imitaremos a nuestro Padre perfecto al mostrar misericordia hacia los demás.
Dios de misericordia
Para entender nuestro llamado a ser misericordiosos, los cristianos primero miramos al Dios que se describe a sí mismo como el misericordioso (Éx 34:6). David, repitiendo la declaración de Dios a Moisés, canta:
Clemente y compasivo es el Señor,
Lento para la ira y grande en misericordia.
El Señor es bueno para con todos,
Y su compasión, sobre todas sus obras (Salmo 145:8-9).
Al considerar toda la creación, así como las acciones particulares de Dios hacia su pueblo, David ve una exhibición maravillosa que le enseña sobre el carácter de Dios, que Él es bueno y misericordioso. Estas características de Dios son parte de su grandeza inescrutable. Sólo Él es grande y, por lo tanto, digno de alabanza constante (Sal 145:1-3).
En la creación y la redención, Dios actúa de manera misericordiosa; da generosamente a los necesitados (todas las criaturas), mostrando especialmente su misericordia al redimir a criaturas pecadoras de la miseria en la que se lanzaron. Y así, el estribillo común de la Sagrada Escritura es que Dios es clemente y misericordioso. Él actúa así en sus obras porque Él es, según su propia naturaleza, bueno. Porque, «¿de dónde proviene su misericordia», pregunta Juan Calvino, «sino de su bondad?3».
Misericordia mostrada y recibida
En Cristo, vemos la misericordia de Dios exhibida de la manera más plena. Escribiendo a Tito, Pablo llama la atención sobre la misericordia divina revelada en la obra del Señor Jesús: «pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia» (Tit 3:4-5, [énfasis del autor]). La bondad de Dios, por la cual Él creó amorosamente criaturas para tener comunión consigo mismo, se revela en el acto misericordioso de salvación cumplido en «Jesucristo nuestro Salvador» (v. 6).
En Jesús, la rica misericordia de Dios se da a los que estaban «muertos en sus delitos y pecados», rebeldes que seguían al «príncipe de la potestad del aire», que «éramos por naturaleza hijos de ira» (Ef 2:1-4). Aquí está la mayor muestra posible de misericordia, porque, al enviar a su Hijo, el Padre hace más que simplemente proveer para criaturas necesitadas. El Hijo se humilla y entra en nuestra propia necesidad, tomando sobre sí la maldición de nuestra miseria. Nosotros, mereciendo totalmente la ira, pecadores completamente perdidos en la oscuridad voluntaria, somos llevados a la luz brillante de la salvación por Aquel que es la vida, que da vida, y que es la luz de los hombres (Jn 1:4).
La misericordia divina que recibimos en Cristo no es, entonces, una recompensa. Es una extensión llena de gracia de la generosidad de Dios hacia alguien que carece desesperadamente de ella. Dios es la fuente de toda bondad y abundancia. Cuando actúa con misericordia hacia nosotros, da a los desamparados, a los que, como Valjean, no tienen nada que ofrecer a cambio. No podemos reclamarle nada. Sólo podemos, con el recaudador de impuestos, suplicar: «¡Dios, ten piedad de mí, pecador!» (Lc 18:13).
Misericordia ahora y para siempre
Sorprendentemente, la misericordia de Dios no se limita al momento de la salvación. Abarca toda la vida para el pueblo del pacto de Dios. Porque incluso después de que nuestros pecados son perdonados, seguimos necesitados y dependientes. Los santos continúan beneficiándose de la misericordia ilimitada de Dios en la vida diaria. Él alivia nuestra angustia. Él nos salva de nuestros enemigos. Él continuamente, momento a momento, nos hace el bien, porque Él «es misericordioso» (Lc 6:36) y «su compasión, sobre todas sus obras» (Sal 145:9).
Además, la misericordia es lo que anhelamos en el día final. Jesús dice que los misericordiosos «recibirán misericordia» (Mt 5:7), enseñándonos a mirar hacia la misericordia que aún está por venir. Asimismo, Judas nos dice que debemos aguardar «esperando ansiosamente la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna» (Jud 21). Anticipamos que, de acuerdo con su misericordia, Dios nos llevará a nosotros, sus hijos y el pueblo de su pacto, a su presencia para siempre, donde ya no estaremos sujetos al poder desgastador del pecado y la muerte. Finalmente liberados por completo, cantaremos eternamente sobre la salvación de nuestro Dios, su misericordia hacia nosotros (Ap 7:10, 15-17).
Somos, por siempre y para siempre, receptores de misericordia. Sabiendo todo esto, ¿qué significa entonces para nosotros ser misericordiosos?
Santos misericordiosos
Vivimos en una época sin misericordia. Las transgresiones de mucha menor consecuencia que el robo son recibidas con indignación, vergüenza pública y cancelación. Unas pocas palabras equivocadas pueden acabar con una carrera o destruir una relación familiar. Un desacuerdo menor puede desmembrar una iglesia. Rápidos para impartir justicia, podemos mirarnos unos a otros como si fuéramos vigilantes, esperando para aprovechar la más mínima infracción.
Las palabras de Jesús perforan esta cultura vengativa con la agudeza de una espada de dos filos: «bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia» (Mateo 5:7). La espada de Cristo corta contra toda inclinación mundana de dar la espalda a aquellos en peor condición que nosotros, ya que con estas palabras Él llama la atención sobre la pobre condición de todos los que hemos recibido misericordia de Dios, que nos sabemos receptores humildes del amor eterno de Dios. Él nos desafía así a imitar a nuestro Padre celestial mostrando misericordia.
Él también promete dar más misericordia a los misericordiosos. David da fe de esto en el Salmo 18, donde escribe que Dios se muestra misericordioso con aquellos que muestran misericordia a otros, íntegro con los que actúan con integridad, puro con los que han sido purificados. «porque Tú salvas al pueblo afligido», escribe, pero humillas a los orgullosos, a aquellos que con «ojos altivos» se consideran grandes y, por lo tanto, desprecian a los demás (Sal 18:25-27). ¿Escuchas estas palabras haciendo eco en las Bienaventuranzas? «Bienaventurados los pobres en espíritu», «los humildes», «los que tienen hambre y sed de justicia», «los de limpio corazón», «los que han sido perseguidos» (Mt 5:3-11).
Bienaventurados los que abren sus corazones y sus manos a los afligidos, dándoles alegre y generosamente de la abundancia que han recibido de Dios. Bienaventurados aquellos cuyos hogares están abiertos al extraño, al humilde, al necesitado. Bienaventurados los que ministran a los enfermos, a los encarcelados, a los moribundos. Bienaventurados los que llaman al pecador al arrepentimiento. Bienaventurados los que perdonan a su hermano setenta veces siete. Bienaventurados los que no son grandes ante sus propios ojos. Bienaventurados los que se saben receptores de misericordia.
Bienaventurados los misericordiosos.
