volver

Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los cielos.

Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes (Mateo 5:10-12).

Sentado en una colchoneta en el piso de una celda, detenido injustamente en una prisión extranjera, luché con este texto y otros similares. Primero, sin una copia física de la Palabra de Dios frente a mí, me costaba estar seguro de recordar cada palabra. Luego, luché en fe buscando la confianza para aceptar sus improbables afirmaciones como verdaderas. Me alegra decir que Dios me encontró en esa lucha.

Cada una de las bienaventuranzas que hemos considerado en nuestra serie hasta ahora ha sido sorprendente, contraria a las expectativas. Los que lloran son consolados; los humildes heredan la tierra. Y ahora, los perseguidos son bienaventurados. Es el mismo patrón invertido, antinatural, del Reino de los cielos.

Pero aquí, en la última bienaventuranza del grupo, Jesús introduce un par de novedades. Él intensifica las promesas, de manera sutil pero segura. Observa si puedes detectar estos cambios.

Tomemos prestado del gozo futuro 

Primero, Él pasa de la tercera persona a la segunda persona. «Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos» sigue la gramática de las bienaventuranzas anteriores (v. 10). Pero luego cambia a «Bienaventurados serán cuando los insulten» (v. 11). Volveremos a este cambio un poco más adelante.

El segundo cambio es que Jesús hace una exigencia: el primer imperativo del Sermón del Monte. Él nos llama a que nos «regocijemos y alegremos» ante el sufrimiento por causa de la justicia (v. 12). Esto es tan contracultural como todas las demás declaraciones, sin embargo, es quizás más impactante. En lugar de sólo decirnos que creamos algo, la última bienaventuranza requiere algo de nosotros. Espera una evidencia de creencia: es decir, gozo. Un gozo loco. Gozo ante el dolor, la pérdida o el ridículo.

Entonces, la pregunta es: ¿dónde encontramos los cristianos el gozo en el sufrimiento? ¿Buscamos en lo más profundo de nuestros propios recursos internos? ¿Fingimos hasta lograrlo? La respuesta de la Biblia: lo tomas prestado del gozo futuro.

«Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande» (v. 12, [énfasis del autor]). La esperanza en el gozo celestial inspira gozo en las dificultades presentes. La recompensa supera de tal manera la prueba que abruma el dolor de la misma. El gozo no reemplaza ni descarta otras emociones —eso sería rígido e irreal— sino que las abruma, triunfa a través de ellas, para que no nos aplasten.

Hay más. El versículo 12 usa el mismo par de verbos («regocíjense y alégrense») que 1 Pedro 4:13: «antes bien, en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo, regocíjense, para que también en la revelación de su gloria se regocijen con gran alegría» [énfasis del autor].

Pedro anima a los creyentes que sufren a regocijarse ahora para que puedan alegrarse de verdad más tarde, cuando se revele la gloria de Dios. En otras palabras, regocíjate no sólo por el gozo futuro, sino para que puedas recibirlo. El gozo en las pruebas da evidencia de que una persona está destinada a la alegría eterna. Le asegura al que sufre —y convence al mundo— de que es un heredero del gozo futuro.

Esa seguridad de una recompensa motiva la resistencia gozosa en el presente. El gozo presente toma prestado el gozo futuro. Así es como el cielo —la gloria que se revelará— irrumpe en la experiencia de quien sufre por causa de la justicia.

La persecución es personal

Recientemente, mi propio camino de seguir a Cristo y amar a las personas me llevó a una detención de varios años a manos de un gobierno corrupto. No puedo describir todos los altibajos emocionales, las crisis de fe y los momentos de absoluta desesperación que experimenté mientras caminaba de un lado a otro en una pequeña celda sin nada más que un saco de dormir, una taza de té de plástico y la amenaza de estar allí para siempre.

Todo lo que una vez me había dado identidad y estatus me fue arrebatado. Las comodidades desaparecieron. Luché contra sentimientos de abandono. Tuve que acercarme a Dios como nunca antes. Él era de repente todo lo que había, y tuve que comprobar que Él realmente era suficiente. Y por su gracia, sentí su favor, aprobación y amor como nunca antes. Llegué a conocer la esperanza de una recompensa venidera: Cristo mismo y todo lo que lo acompaña. Estas garantías me llevaron, de manera imperfecta e inconsistente, a una experiencia de la que innumerables personas que sufren han dado testimonio: el gozo.

Comencé a cantar en mi celda, lo suficientemente fuerte como para que personas se dieran vuelta y llamara la atención de los funcionarios. No me importó. Mi corazón lo sentía; la supervivencia espiritual lo requería. Compuse poemas en mi cabeza, como este:

Alégrate, alma mía, y canta,
Porque eres hijo del Rey,
Y nada puede quitarte
Esa posición,
Ni una sola cosa.

Sé feliz, alma, y grita,
Porque tú sin duda
Fuiste llevada a esta prueba,
Y después de un tiempo,
Serás sacada de ella.

Sé agradecida, alma, y alaba
A lo largo de estos días más oscuros,
Porque tú eres de
La época que ha de venir,
Así que levanta en alto tu rostro.

El cristiano nunca sufre solo

Además de la promesa de la recompensa futura, Jesús les da a los que sufren otra razón para ser felices: «porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes» (v. 12). En otras palabras, estás en buena compañía, cristiano, cuando la gente dice todo tipo de mal sobre ti. Le hicieron lo mismo a los profetas.

Sé de primera mano cómo el abuso verbal, las falsas acusaciones y las injusticias arbitrarias pueden distorsionar la realidad de uno, llevando a sentimientos de vergüenza y culpa. Ahí es donde ayuda recordar que muchas personas justas han enfrentado injusticias por el nombre de Cristo. No hay nada de qué avergonzarse; de hecho, todo lo contrario (Hch 5:40-41). Alrededor del mundo hoy, los cristianos siguen el camino muy transitado de la persecución por causa de la justicia. No es ni único ni sorprendente.

Sin embargo, por mucho que el sufrimiento cristiano sea una actividad grupal, experimentada junto a una gran multitud de testigos, también es personal. Un Dios personal nos encuentra en nuestras pruebas. Esa puede ser la razón por la que Jesús cambia a la segunda persona en esta bienaventuranza final. «Bienaventurados serán [ustedes]», nos dice en nuestra cara (v. 11). Quien nos entrega esta promesa está Él mismo a punto de ser perseguido por nuestro gozo. Su sacrificio hace posible una comunión verdadera, personal e íntima con Él en sus sufrimientos.

¿Estás enfrentando dificultades en tu camino de obediencia hoy? Una recompensa te espera. Los profetas te están animando. El mismo predicador de las Bienaventuranzas soportó el sufrimiento, y Él permanece contigo en medio de este. Regocíjate y alégrate.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Photo of Matthew Carpenter
Matthew Carpenter
Photo of Matthew Carpenter

Matthew Carpenter

Matthew Carpenter fue liberado el año pasado de un cautiverio de varios años en un contexto hostil donde había vivido con su familia durante quince años. Es graduado de Bethlehem College and Seminary y amigo de Desiring God.