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¿Cuál es nuestra esperanza en el cielo? La respuesta contundente del cristianismo a esa pregunta a lo largo de los siglos ha sido la visión beatífica: veremos el rostro de Dios. Los cristianos de todas las épocas han dicho con Pablo: «porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1Co 13:12). Esa visión bendita es a lo que apuntan todos nuestros goces piadosos en esta vida. Es la tierra prometida hacia la cual marchamos. Veremos a Dios. Aunque los cristianos tienen muchas aspiraciones, el punto central de cada una de ellas es el mismo que el de David: «una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo» (Sal 27:4).

Los evangélicos, incluso los evangélicos reformados, pueden no estar familiarizados con la doctrina de la visión beatífica. Sin embargo, están preparados y listos para abrazarla. Después de todo, John Piper nos ha enseñado que «Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él» y que el principal deleite del alma es «ver y saborear a Cristo1». Si alguien ha aprendido de C. S. Lewis a rechazar jugar con pasteles de lodo en los suburbios por el bien de unas vacaciones junto al mar2; de Jonathan Edwards que el cielo es «un mundo de amor»; de Agustín que no encontraremos descanso hasta que descansemos en Dios, entonces esa persona está lista para comprender la doctrina de la visión beatífica.

En este ensayo, quiero mostrar cómo esta doctrina enriquece la vida cristiana en un área en particular: la comunión cristiana, especialmente la comunión que se encuentra en el contexto de nuestras iglesias locales.

La ley del amor

Hacer que la preocupación central del cielo sea el disfrute de Dios en Cristo es más que apropiado. Sin embargo, el hecho de que la visión beatífica esté centrada en Dios no hace que otros goces celestiales sean inexistentes. En cambio, esos goces ocupan el lugar que les corresponde en los corazones de los habitantes del cielo. Mientras que el gozo en Dios a menudo pasa a un segundo plano en esta vida, descentrado por amores menores, todos nuestros amores en el cielo estarán correctamente ordenados. No habrá un amor excesivo por aquello que no es Dios. Todo lo que amemos, lo amaremos por amor a Dios. Por lo tanto, todo lo que es correcto y bueno en esta vida no será aniquilado por la visión beatífica, sino más bien resucitado y transfigurado.

No podemos comprender completamente todo lo que el cielo incluirá desde este lado de la eternidad. Y, sin embargo, podemos saber que permanecerán ciertas continuidades, una de las cuales son nuestras amistades hechas en Cristo. Nunca ha sido «bueno» que el hombre esté solo (Gn 2:18), y en el escatón, vemos un destello de cómo se ve el mandato cultural cumplido. El huerto habrá crecido hasta convertirse en una ciudad, y los redimidos habrán llenado y sojuzgado la tierra (Ap 7:9-17, 21:1-22:5; cf. Génesis 1:28).

De todas las figuras en la historia de la iglesia, pocos han hablado sobre el tema de la amistad y la visión beatífica de manera tan efectiva como Anselmo de Canterbury. Reflexionando sobre la presencia de santos y ángeles en la gloria, él pregunta:

Pregúntale a tu corazón si podría comprender su gozo en tan grande bienaventuranza. Pero ciertamente, si alguien más a quien amaras en todo aspecto como a ti mismo poseyera esa misma bienaventuranza, tu gozo se duplicaría, porque te regocijarías tanto por él como por ti mismo. Si, entonces, dos o tres o muchos más la poseyeran, te regocijarías tanto por cada uno como por ti mismo, si amaras a cada uno como a ti mismo. Por lo tanto, en ese amor perfecto y puro de los incontables santos ángeles y hombres santos donde nadie amará a otro menos que a sí mismo, cada uno se regocijará por todos los demás como por sí mismo3.

De hecho, experimentamos reflejos de este fenómeno incluso en esta vida. Cuando vemos a aquellos que son menos maduros en la fe tropezando hacia adelante en la piedad, nos deleitamos al ver su progreso. Nuestro amor por ellos convierte su gozo en nuestro gozo. Tal deleite a menudo se mezcla con orgullo y presunción; pero esa sensación refleja al «viejo hombre», a quien odiamos y de quien amamos despojarnos con creciente constancia. En la gloria, ningún vestigio de orgullo o jactancia ensombrecerá nuestros corazones con una pizca de tentación. Cumpliremos perfectamente la ley del amor.

Distancia, pérdida, alejamiento y visión beatífica

La promesa de la amistad en la visión beatífica también infunde esperanza a nuestro peregrinaje presente en medio de los dolores de la separación, los altibajos de las relaciones e incluso el alejamiento. En este punto de mi propia vida, he vivido diecinueve años en Kansas, un año en el sur de California, once años en Misuri y casi tres años en Abu Dabi. Cada hogar está indeleblemente marcado por grandes amistades. Esas relaciones forjadas «en Cristo» se destacan de manera particular. Dios, el Espíritu Santo, es fiel para entrelazar los corazones en amor (cf. Colosenses 2:2).

Estas relaciones nos dan un destello de la visión beatífica. Estas mismas relaciones no sólo persistirán en la visión beatífica misma, sino que también son adelantos imperfectos de las atracciones venideras. Este hecho tiene implicaciones importantes en la forma en que vemos a nuestras iglesias locales. No en vano el autor de Hebreos advierte contra el hábito de dejar de congregarse (Heb 10:25). Luego pasa a decir que, en un sentido muy real, cuando nos reunimos para la adoración regular, vamos al cielo (Heb 12:18–29). En otras palabras, en esas frenéticas mañanas del Día del Señor, cuando intentas sacar a tus hijos por la puerta con súplicas de «¡es hora de ir a la iglesia!», no estarías mintiendo si en cambio dijeras: «¡es hora de ir al cielo!». Esto haría maravillas en la forma en que miramos a nuestras humildes y pequeñas iglesias y las relaciones que forjamos allí. La perspectiva de la visión beatífica nos motiva a redoblar nuestros esfuerzos para acercarnos e invertir en estas relaciones. Cuanto más profundas, más santificadoras, más íntimas y más glorificadoras de Dios sean nuestras relaciones aquí, más reflejarán nuestra patria celestial y nos darán un sabor de la gloria futura.

Y, sin embargo, al reflexionar sobre estas dulces relaciones, conservan una nota de amargura, ya que la distancia ha hecho que su dulzura sea temporal y estacional en lugar de permanente. En este peregrinaje terrenal, chocamos unos con otros, entrelazamos nuestros corazones en amor y experimentamos grandes consuelos y comodidades. Sin embargo, luego los tendones se desgarran a medida que nos apartamos de las vidas de los demás, parcial o totalmente. «Nos mantendremos en contacto», nos aseguramos mutuamente, sabiendo que a pesar de nuestras mejores intenciones, la distancia degrada las relaciones. La muerte también, sin importar cuán predecible sea, siempre llega como una sorpresa. La ausencia o la pérdida deja un vacío imponente e insustituible.

En otras palabras, no es sólo nuestra comunión con Dios la que es parcial e incompleta en esta vida; es también nuestra comunión entre nosotros la que nunca está del todo completa. Viviendo en Abu Dabi, siento nostalgia de vez en cuando, anhelando el consuelo de las amistades que tuve en nuestra etapa anterior de la vida. Y, sin embargo, muchos de esos amigos se han mudado a otros lugares. Si yo regresara, la sensación de pérdida no disminuiría por completo. Además, cualquier tiempo significativo que pasara en nuestro «hogar» anterior, en poco tiempo, daría paso a la nostalgia por Abu Dabi. Todos somos peregrinos de este lado de la Nueva Jerusalén. Ningún hogar es verdaderamente un hogar.

Además, algunas relaciones no sólo se cortan por la distancia y la muerte, sino que el conflicto no resuelto engendra la pérdida completamente diferente del alejamiento. He experimentado el dolor no deseado de relaciones rotas con amigos y colegas por diferencias teológicas e interpersonales. En mi tiempo como pastor, por ejemplo, he llevado la sagrada responsabilidad de guiar a una congregación local a través de la desgarradora realidad de la disciplina eclesiástica. En más de una ocasión, el excomulgado había sido un amigo muy querido. Recordar esos casos es una experiencia discordante e hiriente. Difícilmente puedo exagerar la gravedad desgarradora de guiar a una congregación a decirle a alguien que alguna vez fue amado y en quien se confiaba: «ya no podemos afirmar tu confesión de fe. Dada tu persistencia en el pecado sin arrepentimiento, debemos revocar la afirmación que te dimos en tu bautismo o admisión a la membresía y, con gran pesar, expresar nuestra preocupación por el peligro de tu alma». Semejante realidad es casi demasiado para soportar.

¿Qué ofrece la esperanza de la visión beatífica frente a tal dolor en el corazón? ¡Más de lo que podemos describir! Si Jonathan Edwards tiene razón al identificar el cielo como un mundo de amor, también podemos identificarlo como un mundo de cabos sueltos atados. En esta vida, el gozo impronunciable de la comunión cristiana siempre termina con una decepción. No porque haya algo deficiente en la comunión cristiana terrenal en sí misma, sino porque tal amistad tiene la intención de despertar un deseo que sólo será consumado en la gloria. En ese mundo, nunca sentiremos la ausencia de amigos separados por el tiempo y la distancia. Nunca sentiremos la ausencia de seres queridos robados por la muerte. Nunca sentiremos nostalgia. Incluso las relaciones distanciadas serán restauradas.

La noble visión de la comunión cristiana descrita anteriormente en realidad resalta la gloria de esa consumación. La pérdida de relaciones superficiales no crea ningún anhelo por la visión beatífica precisamente porque no refleja las relaciones que experimentaremos en el cielo. No hay aguas poco profundas en las relaciones de ese mundo de amor. La finitud de nuestras relaciones terrenales es dolorosa en la medida en que esas relaciones prefiguran su propósito final en la visión beatífica.

Con la visión beatífica en mente, nuestros corazones crecen en amor los unos por los otros. Me siento inspirado, por ejemplo, a seguir orando por estas personas, incluso por aquellos que están distanciados y excomulgados. Ninguna de nuestras historias está completa todavía, y ¿quién sabe lo que el Señor obrará entre ahora y entonces? Después de todo, incluso la excomunión no expulsa infalible ni eficazmente a alguien del cielo. Más bien, es una decisión de juicio sancionada por Cristo, sujeta a la falibilidad y la ignorancia. «Con base en todo lo que podemos juzgar», dice la iglesia, «parece que esta persona no está atada en el cielo, por lo que la desatamos aquí en la tierra» (cf. Mateo 16:19; 18:15-20). Quizás Cristo use en su gracia la excomunión para llevar a los incrédulos al verdadero arrepentimiento y fe. Quizás use en su gracia el aguijón de la disciplina de la iglesia para hacer que los verdaderos creyentes regresen de su descarriada rebelión. Quizás en la providencia de Dios, el tiempo sane las heridas del desacuerdo y el alejamiento. Y quizás ninguna de estas cosas se resuelva en esta vida. No sé todo lo que Dios hará, pero sí sé que todos los verdaderos creyentes son hermanos en Cristo, y su presencia en el escatón aumentará mi disfrute de la visión beatífica. Por lo tanto, recuerdo vivir con un corazón abierto, de tal manera que no me sonroje ante la idea de celebrar en las glorias de Cristo con aquellos que han roto mi corazón en esta vida. En su canción, «We Will Feast in the House of Zion» [Tendremos el banquete en la casa de Sión], Sandra McCracken escribe:

Juntos anunciaremos sus grandes obras,
Celebraremos sin lágrimas4.

Qué espléndido consuelo es saber que «sus grandes obras» serán la gozosa declaración de todos los habitantes del cielo, incluso entre aquellos cuyas relaciones se tensaron irremediablemente en la tierra. Ante el rostro de Dios, trazaremos las grandes y maravillosas cosas que Él logró a través de todo nuestro sufrimiento, confusión y tensiones. Uniremos los acordes de santificación que Él tejió a través de la angustia, la disciplina eclesiástica, la muerte y la separación, y todos seremos enriquecidos por todo ello.

No lamentaremos nada. No nos resentiremos por nada. No albergaremos rencores amargos. En cambio, nos gloriaremos en la visión beatífica, lado a lado, con todos los santos, para siempre.


Este ensayo es una adaptación de To Gaze Upon God: The Beatific Vision in Doctrine, Tradition, and Practice [Contemplar a Dios: la visión beatífica en la doctrina, tradición y práctica], escrito por Samuel Parkison © 2024. Usado con permiso de InterVarsity Press. www.ivpress.com


Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de 9Marks.
  1. Ver el libro escrito por John Piper, Desea a Dios: reflexiones de un cristiano hedonista, rev. ed. (Colombia: Poiema Publicaciones, 2024).
  2. Ver el libro escrito por C. S. Lewis, El peso de la gloria. (Madrid: Ediciones Rialp S. A., 2017).
  3. Anselmo, «Proslogion», en Anselm of Canterbury: The Major Works [Anselmo de Canterbury: obras principales], ed. por Brian Davies y G. R. Evans (Nueva York: Oxford University Press, 1998), 25.102.
  4. Sandra McCracken, «We Will Feast in the House of Zion», en Psalms [Salmos]: (Towhee Records, 2015). N. del T.: traducción propia.
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Samuel G. Parkison
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Samuel G. Parkison

Samuel G. Parkison es profesor asociado de Estudios Teológicos en el Seminario Teológico del Golfo en los Emiratos Árabes Unidos.