Durante semanas, nuestros dos hijos practicaron recitar versículos para el Día del National Bible Bee Proclaim!1. Cuando por fin subieron al escenario con las manos temblorosas y el techo alto empequeñeciéndolos, el sonido de la Escritura en sus voces nos conmovió hasta el aplauso y la acción de gracias. No obstante, mientras los aplausos se disipaban, nuestro hijo de 11 años, Jack, nos sorprendió subiéndose al escenario una segunda vez.
«Quiero compartir un versículo que encuentro muy reconfortante», dijo. «Leemos mucho esto cuando un amigo ha fallecido». Y entonces, recitó 2 Corintios 4:16-18 de memoria:
Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
Mi esposo y yo nos miramos con asombro. No habíamos practicado estos versículos con Jack. En realidad, los habíamos leído durante la adoración familiar, ya que un querido amigo nuestro estaba muriendo en el centro de cuidados paliativos, y por la bondad de Dios, Jack las había guardado en su corazón. Dios había obrado en un momento de dolor en nuestra familia para fortalecer la fe de nuestro hijo y, al hacerlo, él nos recordó a todos nosotros de su gracia en medio de la pérdida.
Cómo guiar a los niños por el valle
Cuando un ser querido fallece y el dolor nos consume, puede resultar difícil discernir cómo guiar a nuestros hijos. «Sus corazones son tan tiernos», pensamos. «¿Acaso las realidades duras de la muerte los hieren?». Nos preguntamos si debemos suprimir nuestra propia tristeza para evitar afectarlos. ¿Cuánto debemos decir? ¿Cuánto debemos ocultar?
Como cirujana de traumatismo retirada, me he sentado junto a amigos moribundos y seres queridos con una frecuencia inusual. Pasar por esas experiencias mientras crías a tus hijos ha resaltado la necesidad de discernimiento y sensibilidad en asuntos así de delicados. Los corazones de los niños son vulnerables a romperse y necesitamos manejarlos con mucho cuidado. Debemos seguir la dirección de nuestro Señor de no partir la caña cascada ni apagar la mecha que humea (Is 42:3; Mt 12:20).
Y sin embargo, aunque nuestro instinto natural como padres es proteger a nuestros hijos del dolor, pastorearlos rara vez significa aislarlos. Nuestros hijos experimentarán la muerte en algún punto de sus vidas. Su tiempo con nosotros en casa nos entrega una preciosa oportunidad para darles un marco cristiano para la muerte y para modelar una respuesta que enfatice nuestra esperanza en Cristo. Dios puede obrar por medio de la muerte y del dolor para acercar más a sus amados a sí mismo (Sal 34:18; Ro 8:28) —incluso el alma más pequeña confiada a nuestro cuidado—.
¿Cómo navegamos el valle de sombras con nuestros hijos? ¿Cómo levantamos sus ojos a las cosas invisibles y eternas? Una y otra vez, he visto la gracia y la misericordia de Dios obrando en las vidas de mis hijos en momentos de pérdida. A partir de esas experiencias, humildemente ofrezco las siguientes cinco sugerencias para guiarte a medida que pastoreas a tus hijos en la pérdida.
1. Crea espacio para conversar
Jack tenía cuatro años cuando nuestro amigo David entró al centro de cuidados paliativos, y una noche, antes de ir a la cama, pude ver que algo lo atormentaba. Cuando indagué, me preguntó cómo David había desarrollado enfisema y por qué ocurría la muerte. Entonces, pidió que fuéramos a ver a David todos los días hasta que falleciera, y así lo hicimos.
Más adelante, después del funeral de nuestra amiga Carolyn, nuestra hija de nueve años, Christie, parecía inusualmente tranquila. Con un poco de insistencia amable, ella admitió que estar en el cementerio durante el entierro la asustó. Tuvimos una larga conversación después sobre cómo la cultura popular falsamente enmarca los cementerios como lugares de horror, y nosotros enfatizamos la verdad: Carolyn estaba con Jesús, y sólo su cuerpo permanecía en la tierra.
Como revelan esas anécdotas, los niños luchan con grandes preguntas y sentimientos aún mayores. Después de la muerte de un ser querido, quizás no expresen de inmediato lo que les preocupa, pero su silencio no significa que no estén luchando. Para amar mejor a tus hijos durante momentos de pérdida, crea espacio para que ellos hablen contigo y compartan sus temores, penas y preocupaciones. Hazles preguntas antes de acostarse. Haz pausas durante la adoración familiar. Sobre todo, invítalos a conversar contigo y hazles preguntas. Dales permiso para explorar sus pensamientos y sentimientos complejos contigo. Asegúrales que ninguna pregunta es vergonzosa y que sus preocupaciones no empeorarán tu dolor. Crea oportunidades para el diálogo abierto en un contexto amoroso.
2. Normaliza el duelo como un tiempo para llorar
Como padres, nos apresuramos a consolar a nuestros hijos en el momento en que comienzan a llorar. Dada tal tendencia, cuando los niños nos ven a nosotros llorando, ellos podrían sentir el mismo impulso y experimentan angustia cuando nuestras lágrimas no se detienen.
En lugar de suprimir tus lágrimas o abandonar a tus hijos para que procesen sus emociones solos, camina con ellos a través del proceso del dolor. Ayúdalos a comprender que el dolor y el llanto son respuestas normales dadas por Dios ante la muerte de un ser querido. Para ayudar a grabar tus palabras en sus mentes, conéctalas con la Palabra de Dios. Conversen cómo existe un «tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar» (Ec 3:4). Revisa cómo Job rasgó sus vestiduras y cayó al suelo en luto cuando sus hijos murieron (Job 1:20), cómo David lloró por Absalón (2S 19:4) y cómo incluso Jesús lloró cuando Lázaro murió (Jn 11:35).
Valida los sentimientos de tus hijos mientras atraviesan su duelo. Especialmente, cuando son pequeños, los niños podrían no sentir pena por la pérdida de un ser querido y preocuparse de que su respuesta sea de alguna manera incorrecta cuando todos los demás están tristes. Acompaña a tus hijos y ayúdalos a entender que el dolor es complejo. Baja y sube, afecta a todos de maneras diferentes y remueve emociones que podrían variar dramáticamente. Normaliza la confusión, la pena y los sentimientos enredados —los cuales vemos en los salmos de lamento (como el Salmo 22, 77 y 130)— como creyentes luchamos con el dolor.
3. Enmarca la muerte como una consecuencia de la caída
No importa la edad de la persona que las plantee, las preguntas sobre la muerte llegan al corazón de nuestra condición caída. La enfermedad nos aflige porque el pecado mancha toda la creación de Dios (Gn 3:17-19). La muerte es la paga de nuestro pecado y nos alcanza a todos (Ro 5:12; 6:23). Es deprimente, oscura y dolorosa porque refleja la corrupción del diseño original de Dios (Gn 2:9).
Hablar abiertamente sobre la muerte como una consecuencia necesaria de la caída ayuda a los niños a lidiar cuando golpea a sus propios círculos. Ellos aprendieron que la muerte es una parte de la vida en este mundo caído, algo que aceptar más que temer. Lo más importante es que cuando explicamos la muerte a nuestros hijos en el contexto de la caída, podemos apuntarlos a Cristo. El problema del pecado tiene una solución. Por ahora, gemimos, pero Cristo ha devorado la muerte en victoria (1Co 15:55-57).
4. Modela confianza en Dios
Cuando sea posible, reflexiona con tus hijos sobre la soberanía y la provisión de Dios ante la muerte. Modela la confianza en Él, incluso cuando el entendimiento falla. Depende de la verdad de que sus caminos son más altos que los nuestros (Is 55:9).
El Salmo 23 es un excelente pasaje para leer juntos. Aunque todos pasaremos por el valle de sombra de muerte, no tenemos que temer porque Dios estará con nosotros (Sal 23:4). En otro lugar, Él ha prometido nunca dejarnos ni abandonarnos (Dt 31:8). Nuestros tiempos están en sus manos (Sal 31:15). Su Palabra nos asegura que nada (¡ni siquiera la muerte!) puede separarnos de su amor por nosotros en Cristo Jesús (Ro 8:38-39).
5. Apunta a nuestra esperanza en Cristo
Para el creyente, el sacrificio y la resurrección de Jesús han transformado la muerte: ya no es el último enemigo (1Co 15:26), sino el camino a nuestro hogar celestial. «Jesús le contestó [a Marta]: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” […]» (Jn 11:25-26). Aun cuando todos nos estamos desgastando, nuestros sufrimientos y la muerte son sólo una leve aflicción momentánea que nos prepara para nuestra morada eterna con Dios (2Co 4:16-18; Ap 21:3).
Apunta a tus hijos a esta verdad desde el principio y con frecuencia. Mientras secas las lágrimas de sus mejillas, recuérdales que aun cuando está bien llorar después de la pérdida, también nos aferramos al gozo. Nos aferramos a la verdad de que un ser amado con fe en Cristo ha dejado las penas de este mundo pecaminoso y ahora se regocija ante el trono de Dios, donde la muerte, el dolor y el llanto ya no existen más (Ap 21:3).
A algunos niños les preocupa que sus seres queridos que no asistían a la iglesia o no profesaran una fe en Jesús no estarán en el cielo. En momentos así, señálales la fidelidad, la misericordia y la soberanía de Dios. Enséñales sobre el ladrón en la cruz, a quien Dios le concedió la salvación incluso en sus últimos momentos (Lc 23:43). Recuérdales que aunque no podamos tener certeza de la fe de un ser querido, Dios es fiel, justo y perdonador (1Jn 1:9), y podemos confiar incondicionalmente en su buena y perfecta voluntad, sin importar qué preguntas nos inquieten.
Después de nuestra experiencia en el Bible Bee, Jack aumentó su cariño por 2 Corintios 4:16-18. «Me ayuda a recordar que tenemos esperanza en Jesús», dijo. Sus palabras capturan la respuesta para todos nosotros (desde los 0 a los 99 años) cuando la muerte golpea: la fe en Cristo. El consuelo, la paz y el descanso residen en Él (Mt 11:28). Incluso mientras lloramos de cara a la muerte, por las heridas de Cristo somos sanados (Is 53:5).
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.