Superpoderes de mamá
Si pudieras tener cualquier superpoder como mamá, ¿cuál escogerías? Quizás te gustaría tener la flexibilidad de estar en todas partes al mismo tiempo: vigilando a tus hijos en casa, en la escuela, en los entrenamientos y en todo lo demás. ¿Te gustaría leer la mente de tus hijos o tener la capacidad de terminar tu lista de quehaceres cada día y aún tener tiempo y energía de sobra?
Aunque esas habilidades son tentadoras, en realidad, no somos supermamás y nunca estuvimos destinadas a serlo. Por el buen diseño de Dios, somos criaturas dependientes y acudimos al Señor en busca de «vida y aliento y todas las cosas» (Hch 17:25). No obstante, a veces vivimos nuestros días actuando como si fuéramos autosuficientes, como si todo sí dependiera de nosotras y como si realmente estuviéramos en control. Incluso podemos sentir que eso es lo que se espera de nosotras.
Como mamás, necesitamos recordar que sólo Dios es Dios y que esta realidad es algo bueno. Aunque existen algunos atributos de Dios que somos llamadas a emular, otros le pertenecen sólo a Él. Comprender y aceptar esta verdad puede transformar nuestra crianza.
Sólo Dios es Dios y eso es algo bueno
Así como nuestros hijos pequeños dependen de nosotras, nosotras dependemos de Dios. No obstante, aunque nuestros hijos deben crecer cada vez más en independencia a medida que crecen, nunca ha sido nuestro propósito, el de las mamás, dejar atrás nuestra dependencia del Señor. Es cuando nos resistimos esta realidad, cuando insistimos en hacer las cosas a nuestra manera, que hay problemas. Sin embargo, un reconocimiento humilde de quién es Dios y quiénes somos nosotras (y no somos) lleva al rescate de este falso sentido de autosuficiencia.
No hay nadie como Dios. La Escritura dice que Él es incomparable:
No hay nadie como Tú entre los dioses, oh Señor,
Ni hay obras como las tuyas (Salmo 86:8).«¿A quién, pues, ustedes me harán semejante
Para que Yo sea su igual?», dice el Santo (Isaías 40:25).¿Qué Dios hay como Tú, que perdona la iniquidad
Y pasa por alto la rebeldía del remanente de su heredad?
No persistirá en su ira para siempre,
Porque se complace en la misericordia (Miqueas 7:18).
No podemos etiquetar a Dios ni encasillarlo en ninguna de nuestras categorías. Nuestras palabras se quedan cortas al describirlo. Sin embargo, nuestro Señor decide revelarse en su Palabra. El autor y evangelista estadounidense, A. W. Tozer definió un atributo como «todo aquello que Dios haya revelado de alguna forma como verdadero con respecto a sí mismo1» y estudiar los atributos de Dios es una manera de conocerlo mejor tal y como verdaderamente es.
Conozcamos a Dios al estudiar sus atributos
Aunque Dios es uno, y nunca podemos separar verdaderamente sus atributos el uno del otro, verlos individualmente es un intento de que nuestras mentes finitas comprendan la naturaleza infinita y alucinante de Dios. Cuando lo hacemos, es útil distinguir entre lo que los teólogos denominan los atributos comunicables e incomunicables de Dios.
Muchos de los atributos de Dios son comunicables; esto quiere decir que también son para nosotras. Dios comunica, comparte y los traspasa a su pueblo. Como 2 Corintios 3:18 explica: «pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria […]». Hay una misteriosa transferencia que se lleva a cabo. Mientras contemplamos a Dios, pasamos más tiempo en su presencia y llegamos a conocerlo mejor, llegamos a ser más y más como Él. Ejemplos de estos atributos incluyen el amor, la paciencia, la bondad y la mansedumbre de Dios. Como mamás, debemos imitar estas virtudes y mostrarlas cada vez más en nuestra crianza.
No obstante, los atributos incomunicables de Dios son todos suyos y Él no los comparte con nadie más. Entre ellos se incluyen su autoexistencia, su autosuficiencia, su incomprensibilidad, su eternidad, su inmutabilidad y su soberanía, así como el hecho de que está presente en todas partes, es todopoderoso y omnisciente. Estos atributos ofrecen una gran esperanza y libertad a las mamás creyentes.
¿Por qué importa esto?
Dios tiene atributos comunicables e incomunicables y ambos son importantes. Pero ¿qué diferencia hace para nosotras, como mamás, que algunos atributos sólo le pertenezcan a Dios (que no son para nosotras y que no somos llamadas a emular)? Los atributos incomunicables brindan tres estímulos prácticos —así como muchos más— a las mamás:
1. No tenemos que ser supermamás
Más que cualquier otra cosa en mi vida, la maternidad ha iluminado mi necesidad de Dios. Ha revelado mi debilidad y mis limitaciones, mostrándome lo que no soy y lo que nunca seré. Y aunque puedo ser tentada a sentirme culpable y desanimada o incluso a compararme a mí misma con otras mamás que parecen tenerlo todo bajo control, el Señor me está enseñando que hay un mejor camino. Nuestras limitaciones pueden llevarnos al Señor y a su suficiencia (2Co 12:9). Nosotras, las mamás no podemos hacer todas las cosas, no podemos estar en todas partes ni decir todas las palabras correctas; no obstante, Dios es todopoderoso, está presente en todas partes, es omnisciente y es infinitamente sabio. Nosotras lo necesitamos, así también nuestras familias.
2. Podemos depender de nuestro gran Dios
Los resultados de la crianza no dependen en última instancia de nuestros esfuerzos. ¿Acaso esto no es una buena noticia? Carecemos de recursos, pero a Dios no. Carecemos de poder, pero a Dios no. Y por medio de Jesús, podemos acercarnos a Dios en oración (Heb 4:16), poniendo nuestras preocupaciones sobre Él (1P 5:7), confiando en su capacidad para hacer lo que nosotras no podemos hacer. No podemos cambiar los corazones de nuestros hijos, pero Él sí puede. No podemos salvar sus almas, pero Él sí puede.
3. Podemos confiar en Dios
Cuando la ansiedad y el temor por la salud, la seguridad, las decisiones y el futuro pesan sobre tus hombros, la soberanía de Dios nos asegura que, aunque nos sentimos fuera de control, Dios permanece en completo control. Porque Él es bueno, sabio y poderoso —nunca cambia su naturaleza— podemos confiar en Él.
La maternidad es tierra santa
La maternidad se convierte en tierra santa cuando Dios la usa para abrir nuestros ojos y ver quiénes somos —nuestra finitud, nuestra dependencia del Señor y nuestra necesidad de Él— y para acercarnos a Él. En un mundo donde a menudo sentimos que necesitamos ser las fuertes, Dios nos recibe para ir a Él humildemente, como niñas: «así pues, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos» (Mt 18:4). En el Reino de Dios, la humildad y la debilidad no son mal vistas, sino honradas, y el Autoexistente nos da la bienvenida. Así que vayamos a Él, derramando nuestras tristezas y pidiéndole que nos sustente y ayude.
No fuimos hechas para llevar el peso del mundo —ni siquiera el peso de nuestras familias— sobre nuestros hombros. Al contrario, los atributos incomunicables de Dios nos liberan de ese peso y nos ofrecen esperanza en alguien, llamado Jesús, quien es nuestro verdadero y supremo héroe. «Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. […]» (Heb 1:3; ver también Colosenses 1:15-17). Al habernos rescatado del pecado por medio de su muerte y resurrección, el poder del Señor nos entrega todo lo que necesitamos para la vida (incluyendo la vida de mamá) «[…] mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (2P 1:3).
En lugar de emular los atributos incomunicables de Dios, lo adoramos por ser todo lo que nosotras no somos. Lo adoramos por ser incomprensible e ir más allá de nuestro entendimiento, y lo adoramos por actuar de maneras incomprensibles, como salvar pecadores inútiles. Finalmente, nos rendimos al Señor y le confiamos nuestras familias.
Katie Faris es la autora de Every Hour I Need You: 30 Meditations for Moms on the Character of God [Te necesito a cada hora: treinta meditaciones para mamás sobre el carácter de Dios].
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.