En la lápida de Alejandro Magno, (supuestamente) están escritas las siguientes palabras:
Ahora le basta una tumba a aquel para quien el mundo entero no fue suficiente1.
Imagina leer esas palabras en el lugar donde yace sepultado uno de los hombres más impactantes de la historia. Desde los Balcanes hasta el Nilo y el Himalaya, forjó un vasto imperio a través de tres continentes y más de cinco millones de kilómetros cuadrados. Y ahora, descansa bajo tierra.
La aspiración es algo engañoso, ¿no es así? Pensamos que la grandeza es alcanzable, así que trabajamos duro para obtenerla. Pero, al igual que Alejandro, tan pronto como pensamos que hemos alcanzado lo «grande», descubrimos lo «más grande» justo fuera de nuestro alcance. Siempre hay un jardín más lindo en el vecindario, un niño más inteligente en la clase, un mejor golfista en el campo, un hermano o hermana más reconocido en la iglesia.
Así que nos sentimos tentados a la desesperación; la desesperación de no ser tan grandes como quisiéramos ser. El epitafio de Charles Spurgeon para Alejandro recalca esta advertencia:
¡Vean las lágrimas de Alejandro! ¡Él llora! ¡Sí, llora por otro mundo que conquistar! ¡La ambición es insaciable! La ganancia del mundo entero no es suficiente. Ciertamente, convertirse en un monarca universal es hacerse a uno mismo universalmente miserable2.
¿Suena deprimente?
Lo es. Pero también es esclarecedor. Porque nos ayuda a hacer la pregunta correcta: ¿cuáles son las reglas fundamentales para la grandeza del Evangelio? Si no respondemos a eso, seguiremos oscilando entre dos zanjas familiares: la desesperación y la negación.
Regla fundamental n.º 1: no bajes el estándar para proteger tu ego
Ante esto, hay otra opción: ¡simplemente podemos bajar el estándar de grandeza para que se ajuste a lo que podemos alcanzar de manera confiable!
¿Vivir una vida santa? Imposible. ¿Qué tal una vida equilibrada y razonablemente moral? ¡Hecho! ¿Amar a Dios y a los demás de todo corazón? Olvídalo. ¿Qué tal un asentimiento de cabeza hacia Dios y tolerancia hacia los demás? ¡Hecho! ¿Obedecer la Palabra de Dios como la regla de mi vida? Demasiado restrictivo. ¿Qué tal hojearla para encontrar palabras que me hagan sentir mejor conmigo mismo? ¡Hecho!
Esta es la «solución» silenciosa a la que todos recurrimos cuando la grandeza empieza a sentirse costosa. No dejamos de querer la grandeza; sólo la redefinimos como algo manejable. Algo que podemos lograr sin arrepentimiento, sin rendición, sin Dios.
Sin embargo, ya sea que nuestros sueños nos envíen a la desesperación o nos lleven a conformarnos con algo casi grande, hay algo con lo que debemos lidiar: nuestro fracaso en alcanzar la grandeza es mucho mayor, y mucho más peligroso, de lo que pensamos.
Regla fundamental n.º 2: deja que Dios defina la grandeza y acepta su estándar
La realidad es que el estándar de grandeza no lo establecemos nosotros. Lo establece Dios. Y Dios no califica sobre una curva. Él no recompensa un buen intento. ¿Por qué? Porque Él exige perfección.
Esa es la verdadera definición de grandeza, de la verdadera gloria: la perfección moral absoluta.
Alejandro pudo haber conquistado el mundo entero y haber seguido hasta construir una ciudad en la luna (o, tal vez, en Marte). Pero por grande que fuera, él nunca podría ser perfecto.
Y aquí es donde esto se vuelve personal: yo también quiero lo «grande». Profundamente incrustado en mi carne pecaminosa hay un deseo de instalarme como señor sobre todo. Quiero que mi nombre sea adorado, mi gloria exaltada y que se hable de mi fama mucho después de que yo haya muerto.
No obstante, al buscar mi propia exaltación, me quedo corto —trágicamente corto— de la grandeza y la gloria de Dios. Como lo expresa el apóstol Pablo (con una contundencia que a veces nos incomoda), «por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Ro 3:23).
Regla fundamental n.º 3: toma el pecado en serio, porque Dios lo hace
Y en la forma en que Dios juzga las cosas, al quedarnos cortos de la grandeza de Dios, caemos bajo su ira. Aparte de la perfección, no hay otra posibilidad.
Mi búsqueda de mi propia grandeza me lleva a un lugar peligroso. En nuestra búsqueda exagerada de la gloria personal, nos colocamos en el camino de la ira de Dios.
Ahora bien, nuestro deseo de lo «grande» no es algo que vaya en contra de nuestro diseño. Eclesiastés dice que Dios ha «puesto la eternidad en sus corazones [de los hombres]» (Ec 3:11). Fuimos hechos para desear la gloria. Fuimos hechos para anhelar algo duradero.
Pero entre nosotros y esa «gran eternidad» hay un gran obstáculo: la ira de Dios, simbolizada bien por el descenso de casi dos metros bajo tierra, coronada con una grave advertencia para quien camine por la superficie.
Eso es aleccionador; y tiene la intención de serlo.
Regla fundamental n.º 4: deja de perseguir la grandeza a través de la gloria propia; corre a Cristo
Si nos aferramos a lo «grande» en esta vida y en nuestros propios esfuerzos, una tumba será suficiente para aquellos que, como Alejandro Magno, el mundo no era suficiente.
Sin embargo, hay otra clase de grandeza. Hay una grandeza que no termina en la tierra.
«A los que por la perseverancia en hacer el bien buscan gloria, honor e inmortalidad […]» (Ro 2:7). Esto no se logra inflando su propia gloria, sino renunciando a ella, arrepintiéndose y creyendo en Cristo para recibir perdón, buscando una gran salvación a través de un gran Salvador…
Si pudiera parafrasear una vieja canción, nuestras lápidas podrían decir:
No hay tumba que sea suficiente para retener a este cuerpo.
Eso no es negación; es esperanza.
Porque el Evangelio no se limita sólo a reprender nuestra ambición; la rescata. Expone la mentira de que la gloria propia puede satisfacer, y ofrece algo mejor: la gloria que viene de Dios, a través de Cristo, para aquellos que dejan de fingir que pueden ser grandes por sí mismos.
Preguntas tenaces de hoy
Cuando evalúas tu trabajo o tu vida como líder, ¿eres más propenso a inventar excusas por un bajo desempeño o a ser poco agradecido por lo que has logrado? ¿Cómo transforma el Evangelio tu relación con la «grandeza»? ¿Qué significa para ti «buscar gloria, honor e inmortalidad» (Ro 2:7) de la manera que a Dios le agrada?
Oración
Señor, el corazón es muy engañoso. O bien buscamos las cosas equivocadas con pasión o buscamos las cosas correctas a medias. Por favor, perdónanos según sea nuestra necesidad. Ayúdanos a anhelar la grandiosidad correcta, y a buscar la gloria que sólo viene de ti, y a través de ti. Amén.
Este recurso fue originalmente publicado en el blog de Dave Harvey.
- Betsy Reed, «In Praise of … Epitaphs». The Guardian, 23 de marzo de 2008. https://www.theguardian.com/commentisfree/2008/mar/24/2.
- Charles H. Spurgeon, «Profit and Loss» (sermón, 6 de julio de 1856), ver sermón. N. del T.: traducción propia.