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Por diez años, llevé una vida muy sedentaria.

En 2006, conseguí mi primer trabajo de oficina a tiempo completo. Me proporcionaron un computador y un teléfono. Al siguiente año, me casé, los patrones de vida cambiaron, y pronto estaba realizando poca actividad física regular. Me tomó años darme cuenta de que necesitaba cambiar.

El verano de 2015, animado por mi esposa, comencé a trotar por las mañanas unas tres veces a la semana. En los meses y años que siguieron, disfruté agregar otras modestas actividades físicas a mi vida. En el proceso, he aprendido mucho sobre el mundo de Dios, el cuerpo humano, la búsqueda del gozo y mi propia alma y motivación.

Casi dos años después de comenzar mi viaje, escribí lo que pensé que sería sólo un artículo sobre el ejercicio. Un par de meses después, un amigo me sugirió que escribiera un corto libro sobre el tema. «Quizás algún día», pensé. Necesitaba seguir aprendiendo a persistir un par de años más.

Ahora, casi una década después, el tiempo llegó. El pequeño libro se escribió y ahora está disponible bajo el mismo título que ese amigo me dio hace ocho años: A Little Theology of Exercise [Una pequeña teología sobre el ejercicio].

Soy pastor, no preparador físico. Mi interés principal en el ejercicio físico no es la pérdida de peso ni en obtener confianza en mí mismo ni en obtener una larga o mejor calidad de vida ahora. Esas pueden ser cosas buenas. Pero mi principal preocupación es cómo el ejercicio puede servir al gozo espiritual y, por tanto, glorificar a Dios y transformarnos más en el tipo de personas que lo honra a través de hacer el bien a otros.

Para ese fin, considera una lista de diez principios principales que he aprendido en este viaje del ejercicio.

1. Dios nos hizo para movernos y meditar

Dios nos hizo extraordinariamente flexibles como humanos. Somos el tipo de criaturas que piensan y sienten, y también se mueven y actúan. A diferencia de otras criaturas, Dios nos hizo para la contemplación y para el esfuerzo, para detenernos a reflexionar y luego actuar en el mundo para lograr las tareas.

Dios nos diseñó para los ritmos de vida: no para siempre estar en movimiento ni para siempre estar en reposo. Glorificamos a Dios al reflejarlo, al regocijarnos en Él y al representarlo en el mundo. Meditamos y nos movemos. La vida humana típica incluye ambas. Dios nos hizo para ser pensativos y fructíferos, para experimentar emociones y tomar acción en el mundo.

2. Ningún cuerpo es perfecto

Todos somos pecadores. El pecado mora en nosotros y nos afecta, alma y cuerpo, en todas nuestras facultades. Por lo que, nadie es perfecto. Y ningún cuerpo es perfecto: nadie tiene un cuerpo físico perfecto. Gracias al pecado humano, vivimos en un mundo maldito y, en este mundo maldito, ninguno de nosotros está libre de enfermedad o vulnerabilidad a lesiones y a males.

La mayoría de nosotros sabe demasiado bien, y con demasiado dolor, cuán lejos está nuestro cuerpo de ser perfecto. Y más aún con nuestros corazones volubles y menos visibles. Todos tenemos debilidades y varias incapacidades: algunas graves y otras muy leves. En este mundo caído, oh, cuánto debemos agradecer a Dios regularmente por cualquiera de las capacidades corporales que tengamos.

3. Nuestras vidas modernas son mucho más sedentarias que la de nuestros ancestros

Lee libros viejos y ve cuán atemporales son los movimientos del corazón y del alma humanos. Nuestras vidas interiores aún resuenan profundamente con los Salmos de hace tres milenios. ¡No obstante, cuán diferente son nuestras vidas exteriores! En gran manera, debido a la tecnología, vivimos vidas mucho más sedentarias hoy en comparación a los tiempos bíblicos, cuando caminaban hacia todas partes y nunca habían visto una pantalla.

Este es un buen momento para dar una definición de ejercicio, que es un fenómeno moderno (especialmente en los últimos 150 años). Extraigo esto del libro Ejercicio de Daniel Leiberman. El ejercicio es «actividad física realizada de forma voluntaria en beneficio de la salud y la condición física»1.

Como pastor y editor, mi vida laboral es muy sedentaria. Aparte de predicar y enseñar, normalmente estoy frente a la pantalla del computador o sentado en reuniones. Si no me comprometo con «la actividad física de forma voluntaria», difícilmente haré algo y pronto estaré fuera de forma para las pocas actividades físicas importantes que debo asumir.

4. «En forma» es un término que los cristianos podemos apreciar

Cuando pensamos sobre el estado físico, la pregunta correcta que debemos hacernos es, «¿en forma para qué?». Dos veces Pablo nos da una frase útil: «dispuesto para toda buena obra» (2Ti 2:21; Tit 3:1). ¿Estás dispuesto, tanto en cuerpo como en alma, para hacer el bien a otros a medida que aparecen las necesidades? ¿Estás en forma para buenas obras?

La vida cristiana saludable no es una existencia pasiva; hacemos bien en mantener esto en mente en una era que constantemente nos condiciona a más y más comodidad y pasividad. Como J. C. Ryle observa:

No sería difícil señalar, por lo menos, veinticinco o treinta pasajes en las epístolas que enseñan claramente a los creyentes a ser activos y se los hace responsables de cumplir con energía lo que Cristo quiere. No se les dice que se «sometan» como agentes pasivos y se queden sentados sin hacer nada, sino que se levanten y trabajen. Un ímpetu, un conflicto, una guerra, una lucha santa, la vida de un soldado, son presentados como las características del verdadero cristiano2.

La vida cristiana requiere ritmos de actividad y descanso. Dios no sólo nos hizo como humanos para meditar y movernos, sino que Él nos hace de nuevo en Cristo tanto para la justificación sólo por la fe como para la santificación en el poder del Espíritu.

5. La búsqueda del estado físico para el cristiano no es el camino para verse bien, sino para hacer el bien

En Mateo 5:16, Jesús dice: «así brille la luz de ustedes delante de los hombres para que vean», —¿vean qué? ¿Tus abdominales marcados? ¿Tu cuerpo de playa? No, «para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» [énfasis del autor]. Háganlas con tal efectividad y humildad que otros te vean, pero le den gloria a tu Padre del cielo

Nuestra tarea es hacer del esfuerzo físico un medio, entre otros, para estar saludables y alegres espiritualmente. Muchos de nosotros hemos encontrado que el movimiento y el esfuerzo corporal regular nos pone en una mejor posición para ver claramente y saborear profundamente a Dios en Cristo y así hacer el bien a otros para mostrarles a Cristo.

6. El ejercicio es un gusto adquirido

Esta lección no viene sólo de mi experiencia personal, repetido en el testimonio de otros, sino que también del sentido común. El gozo del movimiento crece con el tiempo. A medida que tus piernas y pulmones se acondicionan, haciéndolos trabajar es menos incómodo y más disfrutable. Que esto sea un ánimo si has intentado ejercitarte y te has sentido terrible. Dale un poco de tiempo. 

Dios hizo nuestros cuerpos para aumentar en energía por medio de la disciplina de gastar energía. Aumentas tu capacidad al gastar la energía que tienes, luego descansar, recuperarte y hacerlo todo otra vez. La primera semana o las dos primeras serán las peores. Pero normalmente mejora con el tiempo a medida que persistes en hacerlo. Para muchos, las recompensas se entrelazan tanto con la actividad que el ejercicio en sí se vuelve agradable.

7. El ejercicio agudiza la función cerebral

A medida que he envejecido, esto ha sido mi mayor descubrimiento, no sólo en mi experiencia, sino que en la literatura que he leído. Un psiquiatra de Harvard John Ratey escribe: 

Todos sabemos que el ejercicio nos hace sentir mejor, pero la mayoría de nosotros no tiene idea de por qué. Asumimos que es porque estamos quemando el estrés o reduciendo la tensión muscular o elevando las endorfinas, y lo dejamos ahí. Pero la verdadera razón por la que nos sentimos tan bien cuando nuestra sangre bombea es que provoca el funcionamiento cerebral de la mejor manera, y en mi opinión, este beneficio de la actividad física es muchísimo más importante (y fascinante) que lo que hace por el cuerpo. Construir músculos y acondicionar el corazón y los pulmones son esencialmente efectos secundarios. A menudo, les digo a mis pacientes que el punto del ejercicio es construir y acondicionar el cerebro3 [Énfasis añadido del autor].

El ejercicio impulsa la alerta y la claridad de pensamiento, así como las riquezas y profundidad de sentimientos. Aunque no produce gozo espiritual, el ejercicio sin duda ayuda en la búsqueda de gozo espiritual al agudizar nuestras mentes y afinar nuestros corazones.

8. Esforzarse físicamente condiciona la voluntad

Esforzarse en la incomodidad del ejercicio entrena tu voluntad para no darte por vencido tan rápido cuando experimentas resistencia. Los cerros que más importan en la vida normalmente son los más difíciles de escalar, y empujar tu cuerpo a escalar o correr cerros, condiciona tu voluntad para involucrarte y soportar los cerros relacionales y emocionales que encontraremos en la vida, en el trabajo y en la misión cristiana.

9. Tendemos a sobrestimar lo que se puede hacer a corto plazo y a subestimar lo que se puede hacer a largo plazo

Este principio es cierto con el entrenamiento del cuerpo, y quizás aún más con el acondicionamiento de la persona interior. El cuerpo es muy moldeable. Simplemente, no puedes hacerlo todo al mismo tiempo. Si estás fuera de forma, no puedes estar listo para una maratón la próxima semana. Pero es maravilloso cómo puedes volver a dar forma, acondicionar y cambiar tu cuerpo en seis meses. Imagina lo que puedes hacer en seis años.

El poder del hábito es desatado por pequeñas acciones diarias factibles y un mantenimiento modesto en el tiempo: no a dietas extremas ni a resoluciones insostenibles.

10. Dios quiere que oremos a Él sobre y por nuestro ejercicio

Dios tiene el propósito de que santifiquemos nuestra vida corporal por medio de escuchar lo que Él dice en su Palabra y por medio de responder a Él en oración. Pablo escribe en 1 Timoteo 4:4-5:

Porque todo lo creado por Dios es bueno y nada se debe rechazar si se recibe con acción de gracias; porque es santificado mediante la palabra de Dios y la oración [Énfasis del autor].

Santificamos la vida corporal al escuchar lo que Dios dice en su Palabra sobre nuestros cuerpos y sus movimientos y luego al responder a Él en oración. Y se mencionan dos tipos de oración: (1) recibir su regalo de la vida corporal y el movimiento con acción de gracias, y (2) pedirle, en respuesta a su Palabra, que santifique nuestras actividades corporales, que los consagre a su uso y honor en nuestras vidas.

Orar antes de comer es un buen hábito. Dios también quiere que oremos por el resto de nuestras vidas corporales también, lo que incluye el ejercicio.

Ya sea que tu vida sea completamente sedentaria o seas un atleta de clase mundial, quizás la oración sea tu próximo paso. ¿Comenzarás a orar por tu cuerpo y su ejercicio? Y a medida que Dios te guía hacia adelante, considera cómo podrías santificar tu vida corporal para tu gozo en Dios y el bien de otros.

  1. Lieberman, Daniel (2021). Ejercicio. [Editorial Pasado & Presente] p. 12.
  2. Ryle, J. C. (2015). Santidad. [Chapel Library]. Introducción.
  3. Ratey, John J. (2013). Spark: The Revolutionary New Science of Exercise and the Brain [Spark: la nueva y revolucionaria ciencia del ejercicio y el cerebro].[Little, Brown Spark] p. 3.
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David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.
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