Este artículo forma parte de la serie Pasajes difíciles, publicada originalmente en Crossway.
Leamos el pasaje
Entonces el Señor me dijo: «Ve otra vez, ama a una mujer amada por otro y adúltera, así como el Señor ama a los israelitas a pesar de que ellos se vuelven a otros dioses y se deleitan con tortas de pasas». La compré, pues, para mí por 15 siclos (171 gramos) de plata y un homer y medio (330 litros) de cebada. Y le dije: «te quedarás conmigo por muchos días. No te prostituirás, ni serás de otro hombre, y yo también seré para ti». Porque por muchos días los israelitas quedarán sin rey y sin príncipe, sin sacrificio y sin pilar sagrado, sin efod y sin ídolos domésticos. Después los israelitas volverán y buscarán al Señor su Dios y a David su rey; y acudirán temblorosos al Señor y a su bondad en los últimos días (Oseas 3:1-5).
Una esposa infiel
Yahweh le ordena a Oseas que se case con «una mujer ramera [zenunim]» (1:2). Este término hebreo indica un comportamiento sexual ilícito. Moisés usa la palabra el Génesis 38:24 para referirse a la actitud de Tamar al hacerse pasar por una prostituta del santuario con el propósito de seducir a Judá. La esposa de Oseas, Gómer, lleva esta etiqueta, no necesariamente porque sea una prostituta, sino porque ella es (o se convertirá) en una mujer caracterizada por la infidelidad sexual.
La NBLA traduce la última frase de Oseas 1:2 así: «porque la tierra se prostituye gravemente, abandonando al Señor». El modismo hebreo, de manera literal, dice: «porque la tierra se prostituye gravemente apartándose del Señor». Esta es la primera de una serie de expresiones en Oseas en las que Dios se coloca en el lugar de un amante humano abandonado (cf. comentario a 2:2–5 [especialmente v. 5]). Oseas hace tal como Yahweh le instruyó y se casa con Gómer, quien luego le da un hijo (1:3).
En el bosquejo autobiográfico de 3:1-5, el profeta cuenta su historia, pues una vez más es llamado a representar a Yahweh. Pero ¿es la mujer a la que ahora persigue su esposa, Gómer? El texto no la identifica explícitamente. Ella es una adúltera, y «otro hombre» la ama (v. 1). Pero difícilmente tendría sentido que esta mujer no fuera Gómer. El punto central parece ser que su esposo, del cual estaba separada, la buscó, hizo lo necesario para redimirla de su amante y la llevó de vuelta a su casa, a un gran costo para sí mismo —plata y víveres (v. 2)—. Esta extraordinaria expresión de amor refleja cómo Dios ha amado a Israel. Ella también es infiel y traiciona a su esposo (el Señor) al adorar a otros dioses. Las «tortas de pasas» (v. 1), que se mencionan junto con «otros dioses», eran al parecer un elemento del culto pagano, y su mención aquí subraya la infidelidad de Israel. Ella ama su promiscuidad.
Oseas le impone a Gómer una orden: debe permanecer casta por un tiempo. Su adicción ninfomaníaca debe ser tratada mediante abstinencia «por muchos días» (v. 3). Por supuesto, él promete abstenerse también («yo también seré para ti»). Esta es una imagen de la nación, que «por muchos días» estaría privada de reyes idólatras (v. 4). Como mínimo, esto significa que Israel ya no sería una nación soberana. También es posible que su liderazgo político sea mencionado en particular porque era el motor de la falsa religión y, por tanto, el objetivo específico para que esta cesara. En cualquier caso, la destrucción que experimentarían sería lo suficientemente completa como para eliminar sus estructuras políticas y sus prácticas de culto («sin sacrificio y sin pilar sagrado, sin efod y sin ídolos domésticos, v. 4).
Promesa de fidelidad
Poco después de que Oseas profetizara, Israel fue devastada, destruida y llevada cautiva a Asiria (2R 18:9-12). Pero este no sería el final del pueblo de Dios en la tierra, pues se promete un retorno (Os 3:5), lo cual se cumplió cuando Judá, en el exilio, volvió del cautiverio babilónico para buscar «al Señor su Dios y a David su rey; y acudirán temblorosos al Señor». Esta palabra «temblorosos» suele implicar espanto o terror: Israel habría aprendido que el Señor realmente trata el pecado con severidad. Por supuesto, esta profecía no se refiere al rey David literal; más bien, apunta a la esperanza de un Rey ungido que se siente con legitimidad en el trono de David en Jerusalén. Quienes estaban alejados tanto de Yahweh como de su Rey establecido los buscarán y hallarán bienestar en una relación renovada con su Dios.