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Tanner Kay Swanson trabaja desde casa como esposa, madre y editora. Ella y su esposo, T. J., viven en Denver, Colorado, con sus hijos.

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El embarazo puede ser aterrador

Había un balde de pelotas saltarinas eléctricas, no un bebé, en mi estómago. Simplemente, no dejaba de moverse. Normalmente, los golpes y patadas me daban consuelo: «llama al doctor si no has sentido al bebé moverse por un tiempo», me dijeron. No tenía ninguna razón para tomar el teléfono; al contrario, me tocó uno que me mantendría despierta toda la noche. «Me pregunto por qué se mueve tanto», le dije a mi marido antes de acostarnos. Cuando él se acercaba al interruptor, yo tomé mi teléfono: «¿qué significa que tu bebé se mueva mucho?», tipeé en Google. Me dolió el estómago mientras leía el primer resultado: «los intensos movimientos fetales están asociados a muerte fetal». Como dije, no dormí esa noche.

Los Salmos y los motores de búsqueda

Me pregunto cuántas madres cristianas saturadas de tecnología del siglo xxi, como yo, viven bajo su propia traducción de Filipenses 4:6: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, sean dadas a conocer sus peticiones a Google». Cuando quitamos la oración, la súplica, la acción de gracias y, por sobre todo, a Dios de la ecuación, perdemos toda posibilidad de experimentar un final duradero para nuestra ansiedad de mamás. No podemos tipear, escrolear, cliquear y leer nuestro camino hacia la paz. No existe la «paz de Google», sólo la paz de Dios (Fil 4:7). Y para eso, debemos orar. Lo cual puede ser un poco difícil de hacer para las madres que están esperando un bebé. Cargadas con los hijos que no podemos sostener, pero que amamos profundamente, nuestras mentes tienden a desplomarse en caminos hipotéticos: «¿cuánto tiempo ha pasado desde que el bebé pateó?; ¿no deberían ser más fuertes las patadas?; ¿realmente el bebé está creciendo?; ¿estoy alimentándome lo suficiente?; ¿cuánto debería estar comiendo?». Corazón palpitante, labios apretados, parece muchísimo más fácil buscar en Internet, con los dedos frenéticos, que buscar a Dios en oración. Aquí es donde entra el libro de los Salmos. Por milenios, los santos inquietos han acudido a sus páginas. Cuando carecemos de palabras, suficiente calma o incluso del deseo de orar, los Salmos nos dan cientos de formas de hablar con Dios. Considera, por ejemplo, cómo una madre ansiosa que está esperando un bebé podría usar el Salmo 139 para orar por su hijo que aún no nace.

«Tú lo ves»

Debido al puro hecho de que no podemos ver a nuestros bebés que aún no nacen, a menudo imaginamos qué podría andar mal. Con la ayuda del Salmo 139, podemos ir de la ansiedad a la adoración. Las palabras del rey David nos llaman a maravillarnos en lugar de preocuparnos por lo que los hombres no pueden ver, mientras adoramos a Dios quien vigila con sus ojos a nuestros hijos en nuestro vientre. En el espíritu del salmo, podemos comenzar, enfocándonos en la omnisciencia de Dios sobre nuestra ceguera. «Oh Señor», podemos orar, «Tú me has escudriñado y conocido no sólo a mí, sino que también a mi hijo. Tú conoces mi sentarme y cuando mi hijo se mueve. Conoces bien todos mis caminos, desde la palabra en mi boca hasta el órgano que se formará ahora. En una palabra, tu mano pusiste sobre mí» (vv. 1-5). Lo que es oscuro para las madres (el vientre, nuestros hijos que aún no nacen, lo que depara el futuro) es luz para Él (v. 12). Ansiosas por lo que no podemos ver, podemos adorar al Dios que nunca deja de ver. No ha habido momento en el que Él no haya visto. Su conocimiento de nuestros hijos que aún no nacen nunca comenzó; siempre ha sido; «Tus ojos vieron el embrión de mi hijo una eternidad antes de que la prueba de embarazo diera positivo. Ninguna parte de este proceso se ha escondido de tu vista» (vv. 15-16). Mientras decimos estas palabras a nuestro Dios que todo lo ve, dejemos que fluyan por nuestro ser interior que no ve. El asombro es un gran antídoto para la preocupación.

«Tú eres soberano»

Dios no sólo ve lo que está pasando dentro de nuestros estómagos y vidas; Él soberanamente supervisa todo. Sabemos que no podemos ver crecer a nuestros hijos que aún no nacen, pero eso no nos detiene de pensar que podemos controlar nuestro embarazo, al menos en cierta medida. Es por eso que a menudo pasamos de una búsqueda a otra: por el control. Podemos alabar a Dios por tener tanto acceso a información que es vital (probablemente, es sabio no comer pescado crudo si es que todo instituto de salud así lo dice), pero no debemos engañarnos, mientras cargamos a nuestros hijos, Dios está en control de ellos.  El Salmo 139 ofrece un recordatorio adecuado, cuando David le atribuye acción tras acción, resultado tras resultado sólo a Dios. Con David declaramos: «Tú formaste las partes interiores de este niño; entretejiste a este bebé en mi vientre. Te alabo por las obras del embarazo que asombrosa y maravillosamente hiciste. Estás creando y tejiendo esta personita» (vv. 13-15). Una madre embarazada no puede atender los átomos de su hijo que aún no nace más de lo que puede tocar la luna, afortunadamente. No tenemos el poder para formar, tejer, hacer ni entretejer. Pero Dios sí, y su oído es nuestro. Es más, David afirma cómo Dios forma tanto los cuerpos como los días. Antes de la fundación del mundo, Dios no sólo escogió crear a nuestros hijos, sino que determinó la longitud de sus vidas. Por medio de la oración le decimos a Dios y a nosotras mismas: «en tu libro se escribieron todos los días que fueron formados para este bebé» (v. 16).  Dios no escribió las historias de nuestros hijos en un cuaderno polvoriento de tres anillos, de esos que siempre están dando vueltas por ahí, para luego cerrarlo de golpe. David dice: «en tu libro se escribieron». Mamás que están embarazadas, ¡nuestro Padre tiene un libro! Y Él siempre está al tanto de sus relatos de las vidas de nuestros hijos que aún no nacen (y de todos los demás). Puesto que lo que Él ha escrito, lo cumplirá. Lo que sea que traiga este trimestre, que nuestras oraciones se apoyen en el Dios soberano que lo sostiene.

«Tú estás ahí»

A estas alturas, es fácil estar de acuerdo con David sobre la extensión del conocimiento y del poder de Dios. Sus atributos son «demasiado maravillosos para [nosotras]», demasiado «elevados» de entender y comprender (v. 6). Al mismo tiempo, el Salmo 139 anima a las madres a descansar seguras de que Él está con nosotras, en todas sus grandes y misteriosas perfecciones. David nos enseña esta lección al llevarnos de viaje por el universo. Él se imagina en el cielo y abajo en el Seol (v. 8), al este donde sale el sol y al oeste donde están los mares (v. 9). En cada lugar, Él encuentra a Dios ahí. Maravillosamente, el Señor no llega después de David, sino que lo guía Él mismo (v. 10). Después del ejemplo de David, podemos imaginarnos atravesando los cientos de altibajos del embarazo (un ejercicio que podría hacer pasar nuestras emociones por una máquina de flipper). Imagina a un doctor señalando un punto blanco parpadeante, con lágrimas de alegría brotando de nuestros ojos. Hay un latido. Un mes después, ese latido parece demasiado bajo e incluso inconsistente. Lloramos nuevamente, esta vez de temor. Da un paso atrás de cada hipótesis. Anda a Dios y di: «¡durante las ecografías, Tú estás ahí! ¡En las noches cargadas de preocupación, Tú estás ahí! ¡En la habitación del hospital, Tú estás ahí! Sea lo que sea que venga, estás conmigo donde sea que vaya, liderándome, guiándome y sosteniéndome» (v. 8). A medida que adoramos su presencia, ella nos consuela.

«Protege a este niño»

Hacia el final del salmo, después de que David adoró al Dios soberano que todo lo ve y que todo lo rige, va a la petición, rogando fervientemente a Dios para que actúe (vv. 19-22). Confiando en que Dios está sobre su vida, él le pide a Dios que intervenga en ella. De la misma manera, mientras una madre más recuerde el poder de Dios tanto para quitar como para dar vida, más le pedirá a Dios que proteja a su hijo en su vientre. Oramos confiadamente para que Dios proteja a nuestros hijos que aún no nacen porque tenemos confianza de que Él puede protegerlos. Le pedimos que baje la presión arterial, que aumente el crecimiento, que quite las hemorroides, que induzca el parto, todo, porque Él puede. Y también oramos, con la ferviente confianza de la seriedad extrema de una madre cristiana; «¡protege a este niño, oh Dios!». Él se deleita en las súplicas de una madre por su hijo que aún no nace, lo que en sí mismas son expresiones de adoración. Le pedimos porque sabemos que Él está con nosotras, escuchando nuestros clamores. Se lo pedimos porque sólo un Dios omnisciente y todopoderoso puede sostener a los bebés en nuestras panzas. Le pedimos porque sabemos que Él ama a esos bebés más de lo que podemos comprender. ¿Acaso los pensamientos de Dios sobre este embarazo no deberían ser más preciados para nosotras que los de Google (v. 17)? Una sola búsqueda puede arrojar 239.000.000 resultados (acabo de revisarlo), pero incluso ese número tiene un fin, un límite, un margen. El conocimiento de Dios es infinito, más vasto que las arenas de todas las playas (v. 18). Su poder, su presencia y su capacidad de proteger de igual forma no tiene fin. Y, ¿puedes creerlo? Este Dios está con nosotras.
Tanner Swanson © 2023 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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Tener bebés es difícil
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Tener bebés es difícil

«¡Algo me clava la espalda!», le grité a mi esposo. Como no se puso en pie para quitar el cuchillo, la aguja o lo que sea que estuviera clavando mi columna vertebral, le grité de nuevo: «¡ayúdame! ¡Me clava!».   Con los ojos abiertos, miró a las enfermeras. ¿Qué me pasa? ¿Debe hacer algo? Cuidadosas de evitar mi vista, ambas mujeres negaron con sus cabezas. Una se acercó, susurrando: «sólo está en trabajo de parto».

No hay nuevo dolor

La cantidad de dolores y molestias que acompañan el embarazo, el trabajo de parto y el parto mismo no es pequeña. Desde los síntomas usuales, como las náuseas y la fatiga, a las más sorpresivas (ninguna madre realmente espera comenzar a tener problemas dentales), hasta las contracciones que conmocionan al más valiente de los esposos, el parto nos confronta con la realidad de la rebelión de la humanidad y de la justa respuesta de Dios. Les preguntamos a las mujeres: «¿cómo te sientes?» desde la semana uno hasta las cuarenta y más allá porque, cristianas o no, todos saben que tener bebés es difícil. Aún hoy, en la era de la teoría microbiana y el cuidado prenatal, los medicamentos, las cesáreas, madre e hijo por igual aún pueden perder sus vidas en cualquier trimestre. Si tuvieran que elegir, sospecho que muchas mamás optarían por la sala de emergencia en lugar de la sala de partos. El embarazo podría ser aterrador y el parto puede ser extremadamente doloroso. Las mamás cristianas saben por qué: Génesis 3. El pecado entró al mundo y el Creador sin pecado del mundo respondió. Le dijo a Eva: «en gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos» (v. 16). Cuando nuestros padres buscaron vida lejos de Dios, el único a quien le debían la vida misma, Él justamente declaró que traer vida sería doloroso y, al final, inútil (v. 19). Y aunque el efecto de la maldición sobre el parto hace su debut en Génesis, la Biblia abunda en alusiones a su intensidad. El apóstol Juan describe el «dolor» y la «angustia» que una madre siente mientras da a luz (Jn 16:21) y Pablo mismo usa el parto para transmitir su tormento por el crecimiento espiritual estancado de los gálatas (Gá 4:19). Como lo dice Miqueas 4:10: «retuércete y gime, hija de Sión, como mujer de parto». Sin una epidural (y a veces incluso con una), «gemir y sufrir» es correcto. El pecado duele y una madre en espera clama como es debido; de hecho, toda la creación hace eco de su dolor (Ro 8:22). Las enfermeras dicen: «sólo está en trabajo de parto», porque así es como funciona el parto en un mundo caído. Incluso así, hacemos bien en recordar que la maldición no es la única cosa que fluye a través del embarazo, el trabajo de parto y el parto mismo. Si miramos detenidamente no sólo en Génesis 3, sino en Génesis 2, veremos que la rebelión del ser humano no fue lo que habló más fuerte ni por más tiempo en el jardín; fue la gracia.

La gracia engendra miles de millones

¿Alguna vez has visto estimaciones de las tasas de natalidad de la historia humana? Retrocedamos a la fundación de Estados Unidos en 1776 y encontraremos trece colonias y menos de tres millones de colonizadores para habitarlas. Hasta la fecha, más de cien veces esa cantidad llama hogar a este país. Retrocedamos y consideremos el planeta entero. Antes de 1900, la tierra contenía menos de dos miles de millones de personas; hoy, más de ocho mil millones de personas. En el 2023 solamente, ciento treinta y cuatro millones de bebés sueltan sus primeros llantos en hospitales y casas alrededor del mundo. En una palabra, desde que Dios llamó a existencia a la creación, sólo podemos comenzar a imaginar el número de recién nacidos que han dado su primer respiro. Sin embargo, con base en Génesis 2, ¿cuántos bebés debiera haber? Cuando Dios puso a Adán entre la exuberancia del Edén, Él lo invitó a comer de todo fruto menos de uno. El día que prueben de ese árbol, ese día, advirtió Dios, el hombre morirá (Gn 2:17). Las primeras personas de la creación serían las últimas personas de la creación, y Adán y Eva nunca más disfrutarían de la bendición de llenar la creación con más personas. Por lo tanto, basándonos únicamente en Génesis 2, ¿cuántos bebés debería haber? Cero. Ni uno solo. Pero como la persona y el plan de Dios (no nuestro pecado ni rebelión) son la base más segura de la historia de la creación, ha nacido un número inimaginable de bebés. La Biblia tiene más de tres capítulos, la tierra más de dos personas, porque Dios, quien castiga justamente, también es un Dios que perdona abundantemente (Éx 34:6-7). Cuando Adán y Eva pecaron, Dios no los fulminó en el acto. Al contrario, Él fue a buscarlos al lugar donde escaparon, les hizo preguntas y los escuchó (Gn 3:8-13). Él los expulsó de su presencia, maldijo sus trabajos y declaró que la muerte les esperaría (vv. 17-19). Pero por ahora, ese día podía esperar. Adán y Eva aún tienen vida que vivir y bebés que hacer debido a que el Dios de gracia aún tendría pecadores para sí. Desde entonces, un número abrumador de personas han seguido a Adán y a Eva, un número al cual tú podrías estar contribuyendo. Pero ese número debe hacer más que sólo doler nuestras cabezas. Debe electrificar nuestros corazones con adoración. Tu embarazo, con todas sus dificultades, existe porque el Dios que formó todo, desde la nebulosa más grande hasta el más liviano recién nacido, no sólo es poderoso y justo, sino que también lleno de gracia.

Por qué vale la pena tener bebés

El hecho de que la vida humana siquiera exista (¡y aún más dentro de nuestros propios cuerpos!) debe asombrarnos. No obstante, ¿es suficiente para sustentar a las madres en espera? Cuando nuestros cuerpos se sientan molidos por los efectos físicos de la maldición, cuando nuestras mentes recuerden que la muerte nos llama tanto a nosotras como a nuestros bebés, ¿entonces, qué? Génesis viene a nuestra ayuda una vez más. Si al principio, en los capítulos 2 al 3 se presenta a Dios como el negador de la muerte, también revelan que Él es el destructor de la muerte. En el mismo momento en que Dios maldijo a la creación, Él también prometió un medio para su restauración. Desde la descendencia de Adán y Eva (los hijos que el pecado podría haber frustrado, los bebés fueron posible sólo por gracia) vendría un Salvador (Gn 3:15). La Biblia tiene más de tres capítulos y la tierra más de dos personas, en última instancia no porque Dios aún quería crear personas. No, Él quería salvar personas. Él había mostrado su gloria como Creador y mostraría su gloria como Redentor, como Padre. Su Hijo tomaría cuerpo humano, pisaría a Satanás, al pecado y a la muerte bajo sus pies y devolvería a los hijos de Dios a sus brazos. Somos mujeres privilegiadas. Eva dio a luz hijos con su vista puesta en Aquel que vendría; nosotras damos a luz teniendo vista completa de la cruz manchada con sangre donde fue colgado. Su muerte hace que valga la pena concebir nueva vida, que valga la pena cargar con nueva vida, que valga la pena traer nueva vida. Para cualquier madre y cualquier hijo que crea en Él, aunque mueran, vivirán (Jn 11:25). La maldición podría dilatarse, pero está tan bien aplastada como en cualquier lugar en el cual Cristo esté. 

Estrellas brillantes y expectantes

Madres en espera, ¿creen esto? Mientras más hagamos, más capaces seremos de gemir bajo el peso de la maldición sin quejarnos por ello. Nuestros bebés tienen una oportunidad de no sólo vivir, sino de resucitar. Y a medida que luchamos por llevarlos a salvo a través de este mundo caído, Dios promete usar nuestro dolor para ayudarnos a llegar a casa (Ro 8:28). El Dios soberano del universo escogió tus síntomas y estableció tu fecha de parto antes de que la tierra tuviera un sólo amanecer, y lo hizo pensando en tu bien. Una contracción tras otra, Él te hará «conforme a la imagen de su Hijo» (Ro 8:29). Él será glorificado en ti y tú serás feliz en Él. Tus sufrimientos ayudarán a que así sea. Esto significa: ¿fatiga del primer trimestre, trabajo de parto que te clava la columna vertebral, desgarros obstétricos de segundo grado? Bosteza, duerme siesta, llora, aprieta los dientes, haz muecas; pero hazlo todo «sin murmuraciones» (Fil 2:14). La gratitud, no las quejas, es adecuada para las mamás cristianas. Los tres trimestres del embarazo juntos, cada hora de trabajo de parto, cada semana posparto (por más llenos de temor, de incomodidad o de agonía que puedan estar), si tú estás en Cristo, la gracia corre por medio de ellas.  Recuerda esto, gime sin quejarte y luego «resplande[zcamos] como luminares en el mundo» (Fil 2:15), un mundo que sabe que tener bebés es difícil, pero que descuida adorar al Dios que hace que los bebés sean posibles y que valga la pena tenerlos.
Tanner Swanson © 2024 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso.
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El sonido del respeto
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El sonido del respeto

Las expresiones de mi hijito pequeño salpican mi diario. De camino a la iglesia: «papi, ¿vas a predicar hoy?». Con los ojos cerrados: «mami, estoy orando por otro bebé». Después de leer sobre Jonás: «¡Ñam! Te comí. ¡Puaj! Te escupo». Mientras observa un cambio de pañal: «puedes limpiar pompis, pero sólo Dios limpia el corazón». Demasiado cierto. Finalmente, el registro que llevo no es un asunto de sentimentalismo o risa (ni siquiera de sabiduría). No, anoto lo que dice mi hijo porque quiero conocer a mi hijo. Aunque no puedo ver ni limpiar su corazón, puedo escucharlo. «Porque de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12:34). Desde el más conversador de los niños pequeños hasta el niño más callado de la clase, lo que está dentro saldrá, y saldrá por medio de palabras. Como esposa, necesito escuchar esa palabra. En teoría, deseo buscar a Cristo y un matrimonio que lo refleje. Acepto el llamado de Dios para la primera mujer (a ayudar) y el mandamiento de Dios para todas las novias (a someterse). Quiero que la Escritura, no la sociedad, ilumine el camino de mi femineidad. Donde un millón de otras mujeres me llamarían necia, retrógrada o incluso oprimida, creo en el más verdadero adjetivo que mi verdadero Esposo me da: «dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11:28, [énfasis de la autora]). Escucho la Palabra de Dios para el hogar y anhelo guardarla. Pero luego fui a buscar las llaves del auto, y no estaban ahí. «¿Dónde las dejó esta vez?». Quiero comenzar a cenar a las 5:00 y ya son las 5:30. «¿Por qué no ha llegado a casa todavía?». Estoy lista para salir de la iglesia y comienza otra conversación. «¿Acaso no se da cuenta lo malhumorados que están los niños?». Pensé que los platos estarían limpios antes y es tarde, tan tarde que la salsa ha intentado apoderarse permanentemente de mis platos azules favoritos. «¿No debería saberlo a esta altura?». Rápidamente, de la abundancia de mi corazón, habla mi boca y no sueno como una esposa que conoce las palabras de Efesios 5:33 ni mucho menos que las ame: «que la mujer respete a su marido».

La raíz de nuestro respeto

La tentación de la falta de respeto difiere en forma y tamaño de una esposa a otra. Amo el orden, los horarios y la limpieza (palabras ordenadas que a veces significan un control incansable y agotador). Cuando mis palabras y lengua arremeten contra mi marido, normalmente es porque él pisoteó mis expectativas ordenadas y claras. Pero para otra esposa, puede que sean sus modales intachables las que provoquen que le hagan poner los ojos en blanco. Donde una menosprecia a su esposo por tener el auto demasiado desordenado, otra lo desaprueba por mantener el auto demasiado limpio. Ya sea que se ejercite «demasiado a menudo» o «no lo suficiente»; que sea «muy estricto» con los niños o «demasiado descuidado» con ellos; que muestre «muy poco afecto» o «demasiado», nuestra falta de respeto puede ser creativa. Cualquiera sea su forma, la falta de respeto siempre es recto ante sus ojos (Pr 21:2). Menos mal, Aquel que pesa el corazón también es Aquel que lo cambia. Donde Dios manda, también equipa, y respetar a nuestros maridos sin duda requiere un equipamiento sobrenatural. Porque el corazón de Efesios 5:33 no es un comportamiento cortés, sino un tipo de emoción particular e incluso peculiar. Googlea la definición del siglo xix de «respeto», y el primer resultado dice algo como esto: «admiración profunda por alguien o algo debido a sus cualidades, habilidades o logros». Ahora, vuelve a la iglesia del siglo i y descubrirás que la definición difiere tremendamente: la palabra traducida como «respeto» (en griego phobeō) a menudo se traduce como «temor». «Que la mujer respete [phobētai] a su marido». ¿Qué significa eso? Permíteme comenzar con lo que no significa. Respeto no es quedarse en silencio de cara al abuso, al pecado o incluso al simple error de un esposo. Respeto tampoco es ver a un esposo como superior en valor, como alguien a quien la esposa deba inclinarse y tratarlo con excesiva cautela. Al contrario, la esposa que «respet[a] a su marido» es la esposa que, por gracia a través de la fe, ve a Cristo como la cabeza de la iglesia, y por lo tanto, ve a su esposo como el representante designado de Cristo (Ef 5:22-23). Esta esposa lucha contra el desprecio que nace en su corazón hacia su esposo por un compromiso total, ante todo, de respetar a su Dios. No debería ser una sorpresa, entonces, que en el Nuevo Testamento, tal respeto más a menudo sea una respuesta a Dios revelado en Cristo. Cuando Jesús camina sobre el agua, calma la tormenta, resucita al hijo de la viuda o Él mismo resucita, ¿cómo responden los espectadores? Con temor; con respeto (Mt 14:26; 28:5-8; Mr 4:41; Lc 7:12-16). Y para aquellos cuyo temor brota de la fe, su gran temblor ante Él lleva a una confianza feliz en Él (Sal 2:11). ¿El Cristo resucitado y reinante ha asombrado tanto nuestros sentidos, ha maravillado tanto nuestros corazones, ha transformado tanto nuestras vidas? Entonces, en un sentido importante, nuestros esposos terrenales ya no tendrán que ganarse nuestro respeto para tenerlo. Lo ofreceremos libre, gozosa y gloriosamente en reverencia y temor a Aquel que finalmente lo merece. Incluso el viento y el mar lo obedecen. ¿Lo haremos nosotras?

Maneras en que podemos hacerlo

Si lo vamos a hacer, la oración diaria es un buen punto de partida. Para convertirnos en esposas verdaderamente respetuosas, primero nos reconocemos a nosotras mismas como esposas verdaderamente inútiles. Porque, de nuevo, lo que Dios desea de nosotras no es que lleguemos a ser esposas perfectas dignas de una fotografía, sino embajadoras del Evangelio de principio a fin. Por más que pulamos nuestras vidas para que parezcan respetables externamente, no convencemos más a Dios que los fariseos (Lc 11:39-40). Cuando Él nos llama a respetar a nuestros maridos, nos llama a «d[ar] más bien lo que está dentro» (v. 41). Entregarnos a los tipos de afectos que corresponden a esposas resucitadas. Sólo Dios puede ser la fuente y el sostén de este respeto por nuestros esposos a nivel del corazón. Junto con orar por la intervención divina, también es sabio considerar nuestros hábitos, particularmente aquellos relacionados con nuestra forma de hablar. En primer lugar, como hemos dicho, porque nuestras palabras revelan nuestro corazón. Pero quizás igualmente importante, porque nuestras palabras pueden alterar nuestros corazones. Los hábitos nos forman y nos moldean. Mientras más les faltemos el respeto a nuestros esposos por medio de nuestras palabras, en realidad más irrespetuosas seremos con ellos. No obstante, cuando controlamos diariamente nuestra lengua para edificar a nuestros esposos, tanto en privado como en público, nuestros corazones están destinados a hacer lo mismo. Considera, entonces, tres pequeños «guardas» (Sal 141:3) que una esposa podría considerar establecer sobre sus labios, a fin de ayudar a su corazón a florecer en un santo respeto por su esposo. Casi sin duda, encontrará que Dios bendecirá su matrimonio y su testimonio también.
1. Respétalo en tu mente
Nuestras conversaciones secretas traicionan nuestros impulsos reales. Hay una razón por la que David ora: «escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes» (Sal 139:3, [énfasis del autor]). Nuestras mentes articulan y refuerzan nuestros deseos y sentimientos más profundos. A medida que nuestras manos buscan a tientas la alarma de la mañana, ¿qué pensamientos son los primeros en salir sobre el hombre que se mueve a nuestro lado? Mientras avanzamos en nuestro día, ¿nuestra mente traiciona la gratitud o guarda rencor cuando se trata de las prioridades, decisiones y tareas de nuestros esposos? Cuando nos acostamos, ¿tendemos más a recordar sus errores o los nuestros? Incluso nuestras oraciones pueden convertirse en siervos de la falta de respeto. ¿Creemos saber «cuán horriblemente está pecando», «cómo debe cambiar exactamente» o humildemente admitimos nuestra perspectiva finita, rehusándonos a exagerar sus fallas y a olvidar las nuestras? Orar para que tu esposo sea santificado (¡o salvado!) no es un pase para que la esposa peque. Al contrario, rindamos nuestras mentes ante Aquel que escucha cada palabra secreta desde lejos, clamando: «ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno» (Sal 139:24). Dios ama guiar a esposas de esta manera. Afortunadamente, el respeto tácito y sobrenatural por nuestros maridos se encuentra en el camino. 
2. Respétalo en tu hogar
Muchas esposas no se atreverían a hablar de un vecino, un colega o una amiga de la manera en que hablan de sus esposos. ¿Por qué estamos obligadas a aplicar la regla de oro con todos los demás y, sin embargo, frecuentemente, retenemos su práctica sabia y pacífica de nuestros maridos? Son nuestra misma carne (Gn 2:24); son aquellos a quienes estamos unidos ante nuestro Señor (y el mundo). ¿Jesús aprobaría la manera en que nos dirigimos a nuestros esposos a puertas cerradas? Como esposa, a veces pienso que no es suficiente con leer Santiago 1:26 una vez: «si alguien se cree religioso, pero no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión del tal es vana». ¿Seremos distintivamente esposas cristianas? Por el poder del Espíritu, aprendamos a usar nuestras bocas más y más para hablar refrenada y respetuosamente. Más y más libres de duplicidad religiosa, nuestros corazones agradecerán a nuestras lenguas por ello. También lo harán nuestros maridos.
3. Respétalo en tus salidas con otros
La queja ama la compañía. En lugar de sucumbir a la tentación, ¿qué pasaría si viéramos el tiempo que pasamos con nuestras amigas no sólo como una oportunidad para lamentarnos por el matrimonio, sino como una oportunidad dada por Dios para mostrar el amor que guarda el pacto? Por muy imperfectos que sean nuestros matrimonios, el compromiso de Cristo con nosotras sigue siendo la base segura y dulce que los sostiene (Ef 5:32). Cuando luchamos por hablar respetuosamente de nuestros esposos y, con esperanza, de nuestros matrimonios, ¿qué le comunicamos al mundo sobre todo este asunto del cristianismo? Es verdadero, es bueno y es hermoso, tanto que incluso vale la pena experimentar sus partes más impopulares.

Que no quede ninguna duda

Algún día, probablemente muy pronto, mi hijo comenzará a llevar cuenta de mis palabras. Podría no escribir un diario con ellas, pero no importa. Él escuchará lo suficiente para saber si es que respeto o no a su papá. En la mente y el corazón maduros de mi hijo, quiero que no haya duda de que respeto a mi marido como cabeza de nuestro hogar. Puesto que al respetar al hombre, espero mostrarle a mi hijo (y a todos los demás) que el Señor y Salvador que está detrás y por sobre nuestro matrimonio es «digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5:12). Esposas, Jesús es digno de todo nuestro respeto. Por lo tanto, bajo su autoridad, procuremos respetar a nuestros esposos.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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¿La apariencia importa para los cristianos?
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¿La apariencia importa para los cristianos?

«¿Cómo me veo?». Para muchos, existen un par de preguntas que nos hacemos con más frecuencia. Puede que no las expresemos o ni siquiera pensemos las palabras, pero nuestras acciones hablan por nosotros. En la mañana, despertamos y nos peinamos. Nuestros pijamas encuentran su camino de regreso al cajón. Las rodillas agrietadas ven la crema hidratante; las narices aceitosas reciben polvo. A lo largo del día, frecuentamos los espejos de nuestros baños, bolsillos y autos. Después de comer, nos quitamos la comida de entre nuestros dientes. Si almorzamos con nuestros amigos, sin duda les advertimos de algún resto de espinaca. El café derramado exige una camisa limpia. Incluso aquellos que dicen: «no me importa cómo me veo», hacen algún esfuerzo por parecer que no les importa su aspecto. Ya sea que nos metamos a la cama con un rostro recién lavado o con un mes de barba sin afeitar, al final del día, la apariencia nos importa a todos. Sin embargo, ¿debería importarles a los cristianos?

No (y sí)

Quizás te ves tentado a decir: «sólo la carne juzga a un libro por su portada y sólo a la carne le importa su propia portada». Sin duda, estaríamos capturando mucha verdad (1S 16:7; Pr 31:30; 1P 3:3-4). La Escritura es clara: Dios no nos considera según el color de nuestro cabello, sino la condición de nuestros corazones. ¡Cuán apreciadas son para Él las almas de aquellos que lo creen! No obstante, esto hace de nuestra apariencia —la que Él bosquejó en su mente desde la eternidad antes de que naciéramos— le sea indiferente a Él? Así como percibimos lo incorrecto de la belleza, la actividad y los juicios que son sólo superficiales, ¿deberíamos de igual manera ignorar cuán maravillosamente Dios hizo nuestra piel (Sal 139:14)? Tal vez algunos de nosotros hemos permitido que nuestra lógica contracultural funcione de forma desequilibrada por demasiado tiempo. En relación a la salvación, estamos en lo correcto con creer que nuestra apariencia finalmente no importa. En relación al pecado, debemos percibir cuán fuerte puede ser un interés idólatra en nuestra apariencia. No obstante, en relación al Dios amoroso y al prójimo, estamos en lo incorrecto con pensar, sentir y vivir como si nuestra apariencia no tuviera un rol que desempeñar. Liberados por Cristo para no preocuparnos del valor final de la apariencia (Gá 3:28), ¿de qué maneras la apariencia aún importa en la vida cristiana? Consideremos cuatro ejemplos de cómo a los creyentes podría importarles sus apariencias para la gloria de Dios, no para sí mismos.

1. Hospitalidad

Es viernes por la tarde en el parque local. Imagina que conoces a una pareja nueva en el barrio y los invitas a desayunar a tu casa. Luego, imagina que, al día siguiente, abres la puerta a las 9:00 a. m., aún usando pijama. No sonríes, no haces un gesto ni asientes con la cabeza. ¿Cuánto tardarán tus invitados en empezar a arrastrar los pies hacia la salida, sintiéndose incómodos y no bienvenidos? ¿Quizás 60 segundos? La forma en que nos mostramos visiblemente, al igual que los isleños que Paul conoció en Malta, puede comunicar una «extraordinaria bondad» (Hch 28:2, [NVI]), o no. Después de dejar entrar a Jesús en su casa, ¿qué le pasa a Marta? Se ve «abrumada porque tenía mucho que hacer», tanto que Jesús le dice: «estás inquieta y preocupada» (Lc 10:40-41, [NVI]). Ya sea que parezcamos preferir estar solos tomando un café o que estemos agotados por la presión de la compañía, nuestra apariencia hablará y la gente responderá. ¡Qué regalo para administrar! Por el buen diseño de Dios, nuestra apariencia tiene el poder de impulsar la hospitalidad cristiana. Nuestra bienvenida puede comenzar con un mensaje de texto invitando, pero una vez que suena el timbre, nuestras expresiones faciales, modales e incluso nuestra ropa nos ayudan a decir: «tu presencia no me molesta. Planifiqué que vinieras, y es mejor ahora que estás aquí». Dondequiera que Dios ordena a su pueblo que muestre hospitalidad, le da esa orden a personas con apariencias. ¡Usémoslas!

2. Evangelismo

Hudson Taylor, misionero británico del siglo xix en China, conocía el poder de la apariencia en la batalla por las almas perdidas. Pensemos sólo en su peinado. Para «a todos me he hecho todo» (1Co 9:22), se tiñó de negro su cabello rubio, se afeitó la parte delantera de la cabeza y trenzó el resto en una cola, el peinado de colita común en la cultura china de la época. Esto sí que es un uso redentor de tintes y cortes de pelo. ¿Y nosotros? Puede que no seamos misioneros transculturales, pero a diario interactuamos con personas que difieren de nosotros en etnia, trabajo, ingresos e intereses. ¿El hombre con el que te reúnes cada semana suele vestir de forma casual? Ponte una camiseta vieja y haz que se sienta cómodo. ¿La mujer de tu club de lectura sigue constantemente los tutoriales de maquillaje de YouTube? Pregúntale sobre ellos y prueba uno. Por el nombramiento bondadoso de Dios, cada apariencia humana es única. Sin embargo, cada una puede servir para reflejar el rostro de otros por el bien y por el evangelio. Algunos podrían llamar a estas acciones poco auténticas. Los cristianos podemos llamarlas amor.

3. Reverencia

Pero a veces nuestra apariencia puede hacer mucho más que adaptarse a los demás: puede establecer un tono. Después de todo, el principio de «vístete para la ocasión» sirve para mucho más que para una invitación a una boda. Así como una fiesta de cumpleaños es el «evento del año», el servicio comunitario es el «evento de la semana» para el cristiano. ¿Cómo podemos usar nuestra apariencia para que diga lo mismo sobre el servicio dominical? No necesitamos crear una versión eclesiástica de No te lo pongas. Más bien, como individuos y familias, consideremos cómo nuestra apariencia puede ayudar a nuestros corazones a que «ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia» (Heb 12:28). Por ejemplo, cuando a mi esposo le toca dirigir el servicio, él siempre elige pantalones en lugar de shorts, incluso en verano. Una mañana calurosa le dije que podría estar acalorado en el púlpito. Él me respondió: «lo sé, pero quiero que mi aspecto demuestre que me tomo el culto en serio». Como líder, él ve su apariencia no como un medio para el estilo y la comodidad personal. Su objetivo es el respeto por Dios, un asombro solemne que dice: «lo que estamos haciendo ahora mismo, al adorar juntos, es diferente. Tratemos este tiempo de manera diferente». Tu apariencia los domingos tiene el mismo potencial. ¿Qué harás con ella?

4. El diseño de Dios

Una vez tuve una pequeña crisis sobre si era intrínsecamente vanidoso pintarme las uñas. Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de la bendición que pueden ser los frascos de vidrio de color rosa, morado y rojo en manos de una mujer cristiana. Ya fuera esmalte de uñas, rímel o una diadema, comencé a alegrarme por las formas en que puedo usar mi apariencia para revelar la manera en que Dios me hizo: mujer. Por supuesto, estos ejemplos son meras «expresiones de feminidad». Por mucho que intenten no hacerlo, todas las culturas asignan ciertas prendas, colores, actividades y estilos a las mujeres y otros a los hombres. Entonces, aunque una falda no determina el sexo de una mujer, puede ayudar a expresarlo en nuestro contexto. Y en un mundo que a menudo promueve el rechazo a la masculinidad y feminidad dadas por Dios, los cristianos podemos usar nuestra apariencia para reforzar y regocijarnos en el diseño de Dios. Las mujeres no tienen que pintarse las uñas para ser mujeres, y los hombres no tienen que dejarse barba para ser hombres. Pero como hombres y mujeres cristianos, podemos encontrar formas de disfrutar siendo como Dios nos hizo, y hacerlo de forma obvia.

No sólo «dejes de mirarte»

A menudo, cuando los cristianos luchan con su apariencia, les decimos que simplemente dejen de mirarse. «Tu aspecto no importa», dice el dicho. Si bien estas palabras capturan algo de verdad, también carecen de una visión de la apariencia resucitada. Parafraseando a Abraham Kuyper, quizás lo que necesitamos escuchar en su lugar es a Cristo decir: «¡mío!» sobre cada centímetro cuadrado de nuestros cuerpos y no sólo de nuestras almas. Así que, no te limites a «dejar de fijarte» en tu apariencia. Sí, deja de mirarla de formas idólatras y vanidosas. Pero luego, cada mañana al despertar, empieza a ver tu apariencia como un medio para servir a los demás. Desde sonrisas hospitalarias hasta misiones transculturales, vestimenta reverente hasta una masculinidad alegre, ¡oh, cuántas maneras tiene nuestra apariencia «muy buena» (Gn 1:31) de apuntar a nuestro Dios muy bueno! Démosle a Satanás una razón para odiar los espejos, y no sólo para amarlos.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.