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David Jackman (MA, Cambridge University) es un reconocido conferencista y autor cristiano, se convirtió en el director-fundador de Cornhill Training Course en Londres, un ministerio de Proclamation Trust, del cual fue presidente más adelante. Este ministerio continúa para animar y equipar a maestros de la Biblia alrededor del mundo.

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Querido pastor, vale la pena esforzarse por preparar el sermón


Este artículo forma parte de la serie Querido pastor publicada originalmente en Crossway.

Querido pastor:  A veces puede ser difícil recordar que, en la bondad y gracia de Dios, Él nos ha llamado a aceptar la tarea más significativa y más satisfactoria en el mundo: ser un pastor-maestro, un subpastor del rebaño de Dios. La vida en el ministerio es tan exigente. En mi estudio tengo dos dibujos enmarcados, ambos regalos de mis amigos. Uno representa a un pastor en su escritorio, rodeado de libros y publicaciones, con su esposa entrando a la sala con más papeles. «¡Sonríe!», dice ella. «Dios te ama y todos tienen un plan maravilloso para tu vida». En el otro, el pastor está hablando por teléfono diciendo: «no, no puedo el jueves tampoco. ¿Qué te parece nunca? ¿Nunca te parece bien?». Suficientes personas para agendar, innumerables exigencias pastorales, cantidades cada vez mayores de asuntos administrativos, preocupaciones familiares personales: todas tienen el potencial de disparar los niveles de estrés. No obstante, tal vez el mayor peligro es su capacidad de desviarnos de nuestra principal prioridad, encapsulada memorablemente en la última instrucción de Pablo a Timoteo: «predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción» (2Ti 4:2). Entonces, ¿cómo está tu predicación estos días? Se puede transformar tan fácilmente en una de las muchas cosas que tenemos que hacer que casi imperceptiblemente se escapa al final de nuestra orden de prioridades por lo que podemos encontrar que la predicación se convierte más en una carga que en un deleite. Si eso ocurre, inevitablemente pasaremos menos tiempo en preparación, reciclaremos más material antiguo, buscaremos atajos e ilustraciones trilladas y generalmente juntaremos a toda prisa lo que esperamos que sea un mensaje «inspirador» para el domingo en la mañana. ¡Pero estas cosas no deben ser así! Necesitamos encontrar una salida permanente a los traumas de la fiebre del sábado por la noche, la cual muchos pastores sufren. El requerimiento indispensable para el fruto y el cumplimiento constante en el ministerio es el control del horario. El asunto más importante es decidir en qué vas a invertir tu tiempo, porque eso revela cuáles son en realidad tus prioridades en la práctica, independientemente de tu postura teórica. Necesitamos revisar meditadamente en oración nuestros compromisos de tiempo, restablecer lo que realmente más importa en nuestras vidas y ministerios, y luego hacer los cambios necesarios y apegarnos a ellos. Esos preciados minutos cada domingo por la mañana, cuando abres la Palabra de Dios para el pueblo de Dios, son el medio más importante e influyente por el cual puedes ejercer el liderazgo espiritual y las responsabilidades de cuidado pastoral a los cuales Dios te ha llamado. Puesto que el resto de la semana, las ovejas de Dios están ahogadas y a menudo abrumadas por los mensajes y las exigencias incesantes de un mundo caído y una cultura hostil. No obstante, para esa preciada media hora o más, tenemos a la mayoría de nuestra congregación reunida a fin de enseñar y aplicar la Palabra viva y perdurable del Señor para estimular un profundo deseo de conocer mejor a Cristo y para empoderarlos a fin de vivir y trabajar para su alabanza y gloria en los días de la semana que vienen.  Sin embargo, ¿cómo puede ocurrir eso? En primer lugar, comprométete firmemente a que tu predicación sea expositiva: una explicación fiel del texto bíblico. Luego, agenda en tu calendario semanal el tiempo necesario para hacer el trabajo necesario. Cuando estaba pastoreando una iglesia creciente, hice mi propósito dar diez horas a la semana (dos horas y media cada semana, de martes a viernes) para mi tiempo de preparación. Esa era una cita fija con el Señor en su Palabra, que sólo sería cambiada si había una emergencia genuina. Le expliqué a mi congregación que los serviría mejor si les daba nutritiva Palabra semana tras semana, pero que no podía hacer eso sin que la preparación dominara mis rutinas matutinas. El ministerio expositivo efectivo requiere tiempo adecuado, buena energía y trabajo duro. La esencia de la predicación expositiva es que la Biblia está en el asiento del piloto, tanto en el contenido textual del sermón como en su propósito transformacional deseado. La aplicación ya es inherente al texto, pero tiene que extraerse para que los oyentes comprendan y sean convencidos de sus implicaciones para la vida. La exposición se dirige a la mente a medida que la verdad es identificada, establecida y explicada. Mueve el corazón, donde tiene que ser recibida en fe por obediencia. Energiza la voluntad para que, a medida que el Espíritu enseña el significado de la Palabra, también estimule y capacite al oyente a responder en acción práctica. Esto se logra de mejor manera al predicar consecutivamente libros completos o secciones grandes con la gran ventaja de que los pasajes individuales siempre están siendo relacionados al contexto más amplio. En este acercamiento, tanto el predicador como los oyentes están aprendiendo a comprender la Escritura de una manera que Dios ha escogido darnos: libros completos, cada uno con su mensaje y contribución distintivos a la metanarrativa general. La comprensión y la interpretación aumentan gradualmente al trabajar en un libro consecutiva y consistentemente, semana tras semana, para que su mensaje sea cada vez más claro y poderoso. Para el predicador, provee refresco espiritual diario a través del proceso de preparación; y para la congregación, una apreciación creciente de que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil» (1Ti 3:16). Quizás un patrón de ejemplo podría ayudar. En mi primera sesión de preparación, trabajo en la exégesis del texto. ¿Qué está realmente diciendo? A veces me encuentro con sorpresas y a menudo con dificultades. No obstante, a medida que mi comprensión del texto en su contexto crece, puedo trabajar en un resumen u oración temática, lo que me entrega una afirmación de lo que debo enseñar a fin de ser fiel a esta Escritura. Luego, en la segunda sesión, estudio el significado del texto. Si este es el significado, entonces, ¿cuál es el objetivo? ¿Por qué fue escrito para nosotros? ¿Qué cambios requiere en nuestro pensamiento y comportamiento? ¿Cuáles son sus implicaciones? En la tercera sesión, me concentro en la estructura del sermón y su estrategia. ¿Cuáles serán mis puntos principales y cómo voy a buscar conectar con mis oyentes con las implicaciones de la enseñanza de la Escritura? En mi sesión final, me dedico a pensar exactamente en lo que quiero decir y cómo quiero decirlo, junto con las ilustraciones, introducción y conclusión. Luego escribo mis notas. Todo esto lo comienzo con oración, continúo con oración y concluyo con oración, porque a menos que el Señor construya la casa, trabajaremos en vano. Predicar puede ser muchas cosas: entretenido, retóricamente impresionante, académico, orientado al desempeño. Sin embargo, en mis privilegiados cincuenta años de ministerio alrededor del mundo, he observado una y otra vez que las iglesias que son fuertes, estables y crecientes son aquellas que están construidas en el ministerio expositivo consistente y fiel. No tienes que emular a los predicadores populares ni intentar ser como ellos; tienes que ser tú mismo en Cristo. En primer lugar, siéntate humildemente bajo la Palabra de Dios tú mismo en tu tiempo de estudio, aplicándola a tu propia vida y luego en oración depende del Señor para que le dé poder a tu proclamación. A través de la obra de su propio Espíritu que da vida, Él será fiel en desarrollar, refinar y usar tu predicación para su gloria y la bendición de tus oyentes. Jesús les dijo a sus discípulos: «el Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo les he hablado son espíritu y son vida» (Jn 6:63). Podría no haber mayor privilegio o responsabilidad que ser un mensajero de la Palabra que da vida. Así que no nos permitamos derrochar lo que Dios nos da. Sí, es trabajo duro. No obstante, a medida que proclamamos a Cristo, «amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría» lo hacemos así a fin de «presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (Col 1:28-29). El testimonio de Pablo comienza con «este fin también trabajo, esforzándome [...]» —pero concluye triunfantemente— «según su poder que obra poderosamente en mí». Si abrazamos su prioridad, esa también puede ser nuestra experiencia.

David Jackman es autor de Proclaiming the Word: Principles and Practices for Expository Preaching [Proclamemos la Palabra: principios y prácticas para la predicación expositiva].

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
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Este artículo forma parte de la serie Querido pastor, publicada originalmente en Crossway.

Maneja la Palabra de verdad

La exhortación de Pablo a Timoteo ofrece un desafío constante al predicador bíblico: «procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad» (2Ti 2:15). Existen muchos ingredientes de este versículo en los que pensar. Manejar «la palabra de verdad» es una tarea de enorme responsabilidad que será probada y aprobada por Dios mismo. Todo dependerá del manejo correcto y esto claramente es el fruto de ser un obrero hábil «que no tiene de qué avergonzarse». La responsabilidad está puesta directamente en los hombros del predicador. «Procura con diligencia» implica esfuerzo, aplicación y trabajo duro. El verbo traducido como «maneja con precisión» (orthotomeō) sólo se usa en este versículo en el Nuevo Testamento, pero significa abrir un camino o una carretera en línea recta. Algunos comentadores sugieren que el trasfondo es arar y trazar un surco recto. John Stott comenta: «“la palabra de verdad” es la fe apostólica que Timoteo ha recibido de Pablo y debe comunicar a otros. Para nosotros es sencillamente la Escritura. “Interpretarla rectamente” o “hacerla un camino recto” significa para nosotros exponerla con corrección o exactitud, por una parte, y con sencillez, por la otra[efn_note]Stott, John. (2020). El mensaje de la segunda carta a Timoteo (Ediciones Certeza Unida), p. 60.[/efn_note]». Este versículo implica que debemos dar lo mejor de nosotros para adquirir y desarrollar todas las habilidades que podamos para este importante privilegio y responsabilidad. Así que concentrémonos ahora en desarrollar una de estas habilidades que involucra la práctica real de construir un sermón. Como un artesano hábil, necesitamos conocer las herramientas que debemos usar y lo que cada una aporta a nuestra competencia para hacer bien nuestro trabajo. La experiencia de usar cada herramienta con efectividad, con el tiempo, produce un trabajador que no tiene de qué avergonzarse. La teoría debe traducirse en práctica. La habilidad, «permanecer en la línea», fue denominada así por Dick Lucas en los primeros días de sus talleres de predicación en el Reino Unido, que posteriormente llegaron a ser el ministerio de capacitación de Proclamation Trust. Él representaba el concepto dibujando una línea horizontal en una hoja de papel o en una pizarra. Esta línea representa la verdad bíblica (lo que la Biblia está diciendo en este pasaje específico que estamos considerando). La tarea del predicador es «permanecer en la línea». Otra manera de decirlo es que el predicador tiene que «decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad». Pero el peligro siempre presente es que el predicador se salga de la línea al agregar o quitar algo de lo que dice el texto bíblico.

Debajo de la línea

La predicación de lo que estaba «por debajo de la línea» vació muchas de las iglesias en Europa Occidental y los Estados Unidos durante el siglo xx. Con el continuo auge del secularismo, muchas de las predicaciones en las iglesias, impulsadas por la enseñanza en seminarios teológicamente liberales, erosionó gradualmente la Biblia de sus elementos sobrenaturales. Los milagros de Jesús se etiquetaron como mitos o se descartaron como las descabelladas imaginaciones de analfabetos ingenuos del primer siglo. Jesús pronto fue designado como nada más que un hombre, un gran maestro quizás, un ejemplo moral tal vez, pero nada más. Creación, milagros, intervenciones divinas, resurrección y así sucesivamente, todo era irrelevante en una era de realismo científico. Aunque semejante predicación «por debajo de la línea» estaba intentando conectar con la incredulidad que ya estaba presente en la cultura, produjo un clima de escepticismo dentro de las iglesias, llevando a una incredulidad generalizada. No valía la pena creer en un Cristo sin poder sobrenatural e incluso la ética que enseñó, finalmente, sería rechazada, puesto que no tenía autoridad divina. Predicar también puede desviarse por debajo de la línea al restarle importancia al énfasis bíblico que está fuera de sintonía con las costumbres culturales contemporáneas. De este modo, la ardiente santidad de Dios puede ser diluida a fin de presentar una deidad más amistosa y más atractiva. Pero la desaparición de la santidad de Dios conlleva una gran tolerancia para la redefinición. La rebelión es una transmutación hacia el fracaso. Pronto, el juicio de Dios es presentado como algo menos severo o incluso inexistente y el infierno se convierte en una metáfora en lugar de una realidad aterradora. Las desviaciones se multiplican y destruyen cuando el predicador migra bajo la línea. 

Sobre la línea

Para muchos predicadores, sin embargo, la tentación ha sido ir «sobre la línea»: agregando o exagerando lo que la Biblia en realidad dice. Semejante predicación intenta aplicar, al aquí y al ahora, todas las bendiciones prometidas para el pueblo de Dios en la eternidad. La Biblia habla de un tiempo en el que no habrá sufrimiento, depravación ni enfermedad. Todas estas cosas pueden ser tuyas ahora, afirma el predicador sobre la línea, si sólo tienes suficiente fe. Amor perfecto, éxito en los negocios, popularidad personal, victoria constante; todo se ofrece por medio de este tipo de predicación y muchos son engañados por ella. Ir más allá de lo que la Escritura enseña es un engaño cruel que puede llevar a la desilusión y a la desesperación. La predicación de lo que está sobre la línea exige más de sus oyentes de lo que la Biblia exige. Los cristianos en Galacia, a quienes les escribió Pablo, estaban siendo persuadidos de que los requisitos por sobre la línea añadidos a la línea recta del Evangelio eran necesarios si querían que Dios los aceptara. Este es un problema antiquísimo, porque la postura por defecto del corazón religioso es querer agregar algo a su propia valía o mérito. Los predicadores que van por sobre la línea, agregando reglas y regulaciones para asegurarnos la aceptación de Dios, llevan de vuelta a sus oyentes bajo un yugo de esclavitud y socvan la gracia gratuita e inmerecida de Dios en el Evangelio. Las adiciones al Evangelio en realidad restan a la suficiencia de Cristo y a su obra. «Jesús más» siempre se convierte en «Jesús menos».

Administradores fieles

El privilegio y la responsabilidad de la predicación bíblica es ser un canal por medio del cual la verdad de Dios es comunicada con fidelidad, exactitud y propósito transformacional. Esto significa cultivar una humildad que se somete a lo que la Biblia dice. El predicador muestra reverencia por el Señor al manejar correctamente la revelación que se le ha dado. No somos responsables de su contenido; eso le pertenece a Dios solamente. Somos responsables de la comunicación de su contenido, como administradores a los que se les ha confiado los recursos de nuestro Maestro. Y «lo que se requiere además de los administradores es que cada uno sea hallado fiel» (1Co 4:2). Los apóstoles enfrentaron este tipo de desafíos en los primeros días de la iglesia en Jerusalén cuando las autoridades judías intentaron poner fin a su predicación en el nombre de Jesús. La pregunta que enfrentaban era quién estaba a cargo de su discurso: ¿Dios o las autoridades religiosas? «[...] Si es justo delante de Dios obedecer a ustedes en vez de obedecer a Dios. Porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hch 4:19-20). Puesto que queremos seguir el ejemplo apostólico y ser fieles administradores que hablan la verdad, debemos hacer todo lo que podamos para representar esa verdad lo más precisa y convincentemente posible.  Esto podría demostrar ser costoso, dependiendo de los contextos en los cuales ministramos. Podría significar que tu congregación será pequeña comparada con las iglesias donde la predicación está sobre la línea, dándoles a los oyentes lo que quieren escuchar (ver 2 Timoteo 4:3-5). Podrías ser acusado de ser demasiado dramático o anticuado. No obstante, esto es así para imponer presuposiciones externas y culturales sobre «la palabra de Dios que vive y permanece» (1P 1:23). Podrías no ser promovido dentro de tu contexto denominacional si eres conocido por estar conduciendo tu ministerio con la Biblia como tu autoridad fundamental en una escala de valores predominantemente liberal y secular. Podría haber una lucha en tu propio espíritu para permanecer fiel a la Palabra de Dios, puesto que el diablo intentará desestabilizarte, diciendo que  estás en minoría, que ese resultado final son demasiado pocos o que no vale la pena ni el esfuerzo.

Precauciones prácticas

Para ayudarnos a mantenernos en la línea, a menudo debemos recordarnos a nosotros mismos tres advertencias.

1. No estés más preocupado de tu interpretación que de lo que la Biblia misma está diciendo

Cuando la Biblia desafía o subestima nuestras suposiciones culturales, los críticos a menudo afirmarán: «bien, esa es sólo tu interpretación». Pero la reacción de un detractor no es base para rechazar el claro mensaje de la Escritura. La significancia de un texto no es algo impuesto en él por el predicador; al contrario, emerge de la estructura, el contexto y la redacción del texto mismo. Necesitamos estar más preocupados de transmitir lo que el texto bíblico mismo está diciendo en lugar de estarlo por lo que otros han interpretado o malinterpretado en los comentarios- Es por eso que necesitamos pedirle a Dios que nos encuentre en su Palabra durante nuestra preparación, en lugar de mirar a las autoridades humanas menores, por muy capaces que puedan ser. El tiempo de estudio es cuando ordenas la interpretación del texto, especialmente si su contenido o significancia son discutidos, pero no es necesariamente útil incluir ese proceso en el sermón. La prioridad del tiempo de predicación es alimentar al rebaño con el mensaje del texto.

2. No te preocupes más de la respuesta de la congregación que de lo que la Biblia misma está diciendo

Durante nuestro tiempo de preparación, nuestro instinto a veces nos dirá que a nuestros oyentes no les gustará o aceptarán lo que la Biblia dice por qué es demasiado contracultural, demasiado desafiante. Cuando esto ocurre, estamos enfrentando el problema de si permaneceremos en la línea. Podríamos temer la oposición de aquellos que rechazan la enseñanza de la Escritura. Podríamos temer por nuestra propia posición, popularidad y seguridad laboral. No obstante, ¿no deberíamos temer a Dios para que sea nuestro principio que nos guía? Temer a las personas nos desviará rápidamente del camino; en lugar de que la Biblia controle la predicación, lo hará la congregación. Finalmente, esto significa que nuestra predicación pierde la autoridad divina que deriva sólo de la Palabra de Dios. Recuerda que la Biblia está en el asiento del conductor, no en el de los oyentes.

3. No estés más preocupado de la estructura del sermón de lo que estás con lo que la Biblia está diciendo

Tener sólo un conocimiento superficial del texto bíblico, el predicador fácilmente puede salirse del curso. Un ingrediente esencial de la preparación es marinar la mente y el corazón de la mente y el corazón de uno en el contenido del texto. Si estamos demasiado preocupados demasiado pronto sobre cómo vamos a estructurar el sermón, perderemos los detalles de los pasajes o comprometeremos su verdad. Entonces, la Biblia se convierte en una ayuda a nuestra propia predicación, el lugar de su contenido vital. Si la construcción del sermón se convierte en nuestra prioridad, se desviará a querer una estructura perfecta, que nos hará buscar poder en el resumen, los puntos aliterados, las ilustraciones graciosas o la exposición apasionada. Todos estos pueden ser ingredientes valiosos, pero cuando dominan, el enfoque cambia hacia el predicador como un artesano literario o un comunicador brillante. No obstante, predicar el contenido espiritual del mensaje es lo que importa y lo que perdurará, no el empaque humano.

Este artículo es una adaptación del libro Proclaiming the Word: Principles and Practices for Expository Preaching [Proclamemos la Palabra: principios y prácticas de la predicación expositiva], escrito por David Jackman.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.