Una de mis más queridas amigas perdió a sus dos padres porque se suicidaron. Su padre murió cuando ella era una adolescente, y su madre falleció hace poco. Quedé atónita y sin palabras cuando me contó sobre la muerte de su madre. ¿Cómo puede alguien soportar esa clase de pérdida?
Estaba segura de que mis palabras serían inadecuadas e inútiles, pero mi amiga seguía llamando, pidiéndome consejo, permitiéndome ministrarle. Ella compartió humildemente tanto su dolor como sus luchas. Confesó su enojo ante la respuesta insensible de sus hermanos y me pidió que orara por ella. Cuando me dijo que nuestras conversaciones la habían ayudado, me sentí convencida de cuán raras veces permito que la gente entre en mi propio dolor. A menudo he asumido que si no han experimentado lo mismo que yo, no serán capaces de entenderlo.
En lugar de invitar a otros a mi dolor y luto, muchas veces los he alejado. He sentido una vaga sensación de justicia propia, confiada en que nadie podría aconsejarme excepto Dios mismo. He descartado las experiencias de otros, incluso el consuelo de amigos, porque no podían comprender plenamente mi sufrimiento.
La tentación de aislarse
Justo antes de la muerte de mi hijo, mi esposo y yo habíamos superado una importante lucha matrimonial que se entrelazó con mi duelo. Desordenada y confusa, había partes de mi dolor que sentía que no podía compartir con otros, por lo que estaba segura de que nadie podría saber cómo me sentía. Me aislé de la comunidad, dudando en compartir profundamente con otros; se sentía demasiado vulnerable estar tan expuesta. Además, parecía más fuerte y más espiritual cuando no dejaba entrar a la gente.
Mi actitud intensificó, sin darme cuenta, mi dolor, cortando un medio importante de la gracia y el rescate de Dios: su pueblo. Mi luto me aisló, conduciéndome a un compartimento silencioso en el que me sentía obligada (o quizás con el derecho) a lidiar con mi lucha sola. Dije que estaba cansada de escuchar frases hechas, pero en verdad, estaba cansada de escuchar cualquier cosa. Había cerrado mi puerta a todos y nadie se atrevía a entrar.
Esta tentación de aislarse, de alejarse de la comunidad, asumiendo que nadie puede ayudar, es común en el sufrimiento. Entonces, ¿cómo luchamos contra esta tentación del orgullo: la de creer que nadie nos entiende y que, por lo tanto, nadie puede ayudarnos?
Dolor, pérdida y pecado
Como alguien que ha lidiado con múltiples pérdidas, he visto esta tentación al orgullo y al aislamiento más de una vez. El dolor, como el pecado, tiene una manera de endurecer mi corazón y cegarme a mi necesidad real.
Cuando era madre soltera y lidiaba con una discapacidad física significativa, me preocupaba menos ser rescatada de mi pecado que ser elogiada por mi fe. De hecho, me veía como una víctima justa en todo lo relacionado con mi sufrimiento. Sin embargo, incluso aquellos elogiados por Dios por su justicia no estaban exentos de pecado, porque «todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Ro 3:23). Por ejemplo, aunque Job fue un hombre justo, su sufrimiento lo humilló y se arrepintió en polvo y ceniza por hablar con orgullo de lo que no sabía (Job 42:5-6).
No había considerado plenamente mi propio pecado en relación con mi sufrimiento hasta que escuché a Joni Eareckson Tada compartir cómo el dolor y la pérdida la habían santificado. Quedó paralizada en un accidente de buceo a los 17 años y a menudo hablaba de cómo Dios la cambió, transformando su disposición, antes agria y malhumorada, mientras se sometía diariamente a Jesús. La mayoría de nosotras esperaríamos, o al menos excusaríamos, una actitud irritable en una persona cuadripléjica, pero Joni estaba decidida a permitir que Dios usara su discapacidad para refinar su carácter. Ella escribe en Lost and Found [Perdidos y encontrados]:
Me sentí avergonzada de mi raíz de amargura y de mi espíritu de queja. «No quiero ser así, Dios», oré. Si quería encontrarme a mí misma, necesitaba deshacerme de esos pecados y más1.
Mi mayor problema
He llegado a ver, como Joni, que, independientemente de lo que esté sufriendo, mi mayor problema en la Tierra es mi pecado. Cuando Jesús sanó al paralítico, primero perdonó sus pecados porque, al igual que nosotras, necesitaba una sanidad mucho mayor que la restauración de una condición física (Lc 5:17-26). Nuestra necesidad más profunda es estar bien con Dios, ser rescatadas de nuestro pecado, y el sufrimiento puede ayudarnos a verlo. El sufrimiento a menudo expone nuestro pecado tal como es, mostrándonos nuestra necesidad de la gracia de Dios.
Suelo escribir un diario por la mañana, reflexionando sobre el día anterior y mis reacciones. Mientras escribo, puedo ver patrones: a menudo estoy contando cómo la gente me ha molestado o herido, mientras paso por alto mis respuestas poco amables.
Una mañana, había estado escribiendo con furia sobre lo incomprendida que me sentía, cuando leí: «El amor es paciente, es bondadoso. El amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante. No se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido» (1Co 13:4-5). Me senté allí, convencida, al darme cuenta de que estas palabras me eran directamente aplicables. Había sido impaciente, poco amable, irritable y totalmente poco amorosa cuando la gente intentaba ayudarme.
Una de las cosas más crueles que Satanás hace en nuestro sufrimiento es persuadirnos de que no necesitamos ser rescatadas del pecado, sino ser comprendidas, veneradas y dejadas en paz.
Cuando un miembro sufre
Satanás anda al acecho, buscando devorarnos (1P 5:8). Y le encanta usar el sufrimiento, convenciéndonos de que el luto excusa nuestras respuestas poco caritativas. Que no podemos ser santificadas a través de nuestro dolor. Que otras personas no pueden y no nos entenderán.
Así que cerramos las puertas cuando la gente toca. Levantamos muros que proclaman nuestra autosuficiencia. Les decimos a todos que queremos que nos dejen solas. Pocos son lo suficientemente valientes como para seguir tocando la puerta o llamando por encima del muro. Pueden sentirse cada vez más inadecuados para ministrarnos, temerosos de decir algo tonto o preocupados por cómo responderemos. Así que se mantienen alejados, sin querer ofender o presumir, y nosotras nos aislamos del medio de la gracia que Dios ofrece en la comunidad.
¿Cómo recibimos la gracia de la comunidad? Necesitamos dejar entrar a la gente. Más que eso, necesitamos invitar a la gente a entrar, ofreciendo gracia cuando son torpes e inseguros, esperando que no satisfagan todas nuestras necesidades, y asumiendo que podrían malentendernos. Hemos sido llamadas a ser el cuerpo de Cristo, lo que significa que cada parte tiene su propio papel que desempeñar. No esperamos que una rodilla tenga la misma perspectiva o experiencias que un ojo, pero esperamos que cada parte trabaje en conjunto. Nuestros hermanos y hermanas quizás no hayan tenido las mismas experiencias que nosotras, pero confiamos en que Jesús nos ministrará aliento a través de ellos de alguna manera única y significativa.
Consuelo para cualquier aflicción
Sabemos que sólo Dios provee para nuestras necesidades y nos entiende perfectamente. Él camina con nosotras por el valle más oscuro (Sal 23:4), ve todos nuestros sueños y lágrimas (Sal 56:8), y sabe todo lo que pensamos y decimos (Sal 139:1-4). Podemos confiar en Él mientras avanzamos hacia la comunidad a la que nos ha llamado.
Ciertamente, aquellos que han pasado por pérdidas similares a las nuestras pueden tener una visión y experiencia particularmente reconfortantes para compartir, pero otros creyentes también pueden ministrarnos. Aquellos que han sido consolados por Dios en su aflicción pueden consolar a otros creyentes en «cualquier aflicción» con el consuelo que han recibido de Dios (2Co 1:3-4). «Cualquier aflicción» implica que si alguna vez hemos recibido el consuelo de Dios en el sufrimiento, podemos usar esa experiencia para consolar a otros, ya que Dios es la fuente del verdadero consuelo. El Señor da sabiduría a los que la piden (Stg 1:5), a menudo en el momento (Mt 10:19), por lo que incluso aquellos sin una experiencia compartida de pérdida pueden hablar palabras dadas por el Espíritu. Y estas palabras moldeadas por el Espíritu conllevan el consuelo más profundo y duradero de todos.
En el sufrimiento, tendemos a encerrarnos y aislarnos para protegernos de más dolor. Satanás se aprovecha de ese instinto, convenciéndonos de que no necesitamos a nadie más, y de que los demás sólo aumentarán nuestro dolor, en lugar de aliviarlo. Él quiere que nos sintamos solas y justas en nuestro dolor. Sin embargo, a medida que nos apoyamos en Dios y en su pueblo, el Señor puede transformarnos en siervas humildes, santificadas y moldeadas por nuestro sufrimiento.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Vaneetha Rendall Risner
Vaneetha Rendall Risner es escritora independiente y contribuidora regular para Desiring God. Ella publica en su blog danceintherain.com, aunque no le gusta la lluvia y no tiene ritmo. Vaneetha está casada con Joel y tienen dos hijas, Katie y Kristi. Ella y Joel viven en Raleigh, Carolina del Norte. Vaneetha es autora del libro The Scars That Have Shaped Me: How God Meets Us in Suffering [Las cicatrices que me han formado: cómo Dios nos sostiene en el sufrimiento]