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¿El cristianismo tiene una ética de trabajo?

Al crecer, recuerdo conversaciones francas con mi padre sobre el trabajo duro, pero pocas (si es que alguna) instrucción desde sermones o desde la Escuela Dominical. Por años, asumí que la Biblia aborda muchos otros temas teológicos y espirituales, pero no algo tan terrenal como el trabajo. Pero la ética laboral es, de hecho, profundamente espiritual. Y la Escritura tiene mucho que enseñarnos sobre esto (no sólo en los dichos prácticos de los Proverbios, sino que especialmente en la vida y el ministerio teológicamente refinado del apóstol Pablo).

Un ejemplo asombroso que se puede notar en las cartas de Pablo es su lenguaje sorprendentemente parecido en 1 Tesalonicenses 2:9 y 2 Tesalonicenses 3:8. No soy consciente de nada parecido en ninguna otra parte, donde encadena gran parte de este lenguaje (casi) exacto en el mismo orden. Quizás este era un estribillo regular para Pablo y ¿de qué habla con tanta precisión? De la ética del trabajo. Su ejemplo de «trabajos y fatigas, cómo, trabajando de día y de noche para no ser carga a ninguno de ustedes» (1Ts 2:9; 2Ts 3:8).

En 1 Tesalonicenses 2, él vuelve a contar su propia ética de trabajo como un ejemplo, pero en 2 Tesalonicenses 3 él redobla e insta a los cristianos a seguir su ejemplo.

Doble problema

En conjunto, las dos cartas de Pablo a los tesalonicenses se enfocan en dos asuntos particulares en la iglesia primitiva: uno más «teológico» (el fin de los tiempos) y el otro más «práctico» (el indisciplinado). Por esta razón, muchos lectores han conectado los dos y han razonado que el problema teológico condujo al práctico. La expectativa de que Jesús iba a volver en cualquier momento (o ya lo había hecho) llevó a devaluar, e incluso al cese, del trabajo diario.

No obstante, la indisciplina parece haber sido un problema en Tesalónica desde el tiempo en que el Evangelio llegó a la ciudad. Al escribir poco después de haber fundado la iglesia, Pablo exige: «amonesten a los indisciplinados» (1Ts 5:14). La fuerza, entonces, puede haber funcionado al revés: la inclinación de los tesalonicenses (¡y humanos!) a la indisciplina, y buscar justificación para ello, podría haber llevado a visiones torcidas del final de los tiempos convenientes para los impulsos pecaminosos. No sería la primera vez, ni la última, que un corazón pecaminoso lleva a un error teológico, más que viceversa. Cualquiera sea la forma, tenían un problema con la indisciplina. 

El problema, sin embargo, no es simplemente que aquellos que no trabajan terminan aprovechándose, viviendo a costa de otros y sobrecargando innecesariamente a aquellos que sí trabajan. Las personas «indisciplinadas» también crean cargas adicionales al interrumpir y distraer a aquellos que intentan trabajar. La pereza da a luz a problemas gemelos: el indisciplinado no sólo come de las ganancias de otros, sino que también come de su tiempo, energía y atención limitada para trabajar. 

La palabra traducida como «indisciplina(do)» [desordenadamente] en 2 Tesalonicenses 3:6, 7 y 11 (así como 1 Tesalonicenses 5:14 también) significa, literalmente, «desordenadamente» o «irresponsable». Describe a alguien que está «fuera de orden» o «fuera de línea» con los patrones y expectativas de la comunidad, en particular relacionadas al trabajo. Cuando otros despiertan y se dirigen al trabajo, «el desordenado» duerme y pasa el rato. La ironía es que no son realmente ociosos. Como escribe Pablo, con un juego de palabras: «oímos que algunos entre ustedes andan desordenadamente, sin trabajar, pero andan metiéndose en todo» (2Ts 3:11, [énfasis del autor]). Podrían ser indisciplinados para trabajar, pero terminan desperdiciando su tiempo en cosas improductivas que finalmente interrumpen y distraen a otros de su trabajo productivo.

Tremendamente serio

Este problema de la indisciplina podría parecer marginal a primera vista, pero deberíamos tomar nota de cuán grave es el problema para Pablo. Él es sumamente serio. Pablo no suele recurrir a «mandatos» tan explícitos, pero aquí lo hace cuatro veces en un espacio corto (en los versículos 4, 6, 10 y 12). Y dice todo hermano, sin excepciones. No deberíamos sorprendernos demasiado cuando los no creyentes son indisciplinados, pero sí cuando se trata de aquellos que afirman el nombre de Cristo (2Ts 3:15).

Pablo considera que lo que está en juego es lo suficientemente importante como para que la iglesia deba «apartarse» de todo el que no esté trabajando (2Ts 3:6). «No se asocien con él» (2Ts 4:14). La ofensa es lo suficientemente grave como para no asociarse con el ofensor. Tal indisciplina es tan grave y perjudicial para el Evangelio que él instituyó esta drástica medida: «si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma» (2Ts 3:10). Entonces, lo más significativo, repetido dos veces en 2 Tesalonicenses 3:6-12, el apóstol invoca el nombre de Jesús para comunicar su seriedad:

Ahora bien, hermanos, les mandamos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la doctrina que ustedes recibieron de nosotros. […] A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajando tranquilamente, coman su propio pan [énfasis del autor].

Pablo no minimiza la pereza. Es profundamente anticristiana. Traiciona al Evangelio que no exige nuestra actividad como condición inicial, sino que siempre produce actividad en y por medio de nosotros. Y la pereza deshonra el poder y la fortaleza que ha venido a habitar en nosotros en Cristo: Dios Espíritu mismo.

Su(s) encargo(s)

El encargo de Pablo a los indisciplinados es  «que trabajando tranquilamente, coman su propio pan» (2Ts 3:13). Trabajar tranquilamente aquí no está haciendo referencia al volumen, sino al comportamiento distractor (una vida ruidosa que invade gratuitamente la atención de otros). La preocupación principal de estar «tranquilo» es mantener el orden y la paz de la sociedad (como en 1 Ts 4:11; 1Ti 2:2; 1P 3:4).

Trabajar duro en labores justas significa «hacer el bien» a los demás. Es por eso que Pablo dice en el siguiente versículo: «no se cansen de hacer el bien» (2Ts 3:13). Completar el trabajo diario de nuestras vocaciones dadas por Dios produce valor que satisface las necesidades humanas. A la inversa, quienes crean ese «ruido» de desorden indisciplinado son un peligro para la salud de la iglesia. Pronto otros también, arrastrados por los holgazanes, podrían cansarse de sus labores por el bien.

Pablo hace una sutil pero importante calificación que no deberíamos pasar por alto: «si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma» (2Ts 3:10, [énfasis del autor]). Él no dice «puede», sino «quiere». Sin duda, algunos en la iglesia, querrán trabajar, pero no pueden, debido a enfermedad, a lesión, a discapacidad o a otra extenuante circunstancia. Esas personas, restringidas más allá de sus capacidades físicas, pueden ser algunos de los más dispuestos. Estas personas dispuestas pero incapaces no son el problema en la iglesia. La iglesia se deleita en cuidar y proveer para esas personas. Al contrario, el problema serio y que deshonra a Cristo está con los que pueden y no quieren.

La propia ética de Pablo

Pablo sí da órdenes aquí, pero no se apoya en ellas. Él guía con su propio ejemplo, no esperando de otros lo que él mismo no cumple. Él ordena de una manera que también anima: «a tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajando tranquilamente, coman su propio pan» (2Ts 3:12, [énfasis del autor]). Él da su propio ejemplo en 1 Tesalonicenses 3; ahora en su segunda carta, él ordena a la iglesia «la doctrina que ustedes recibieron de nosotros».

¿Cuál es esta doctrina? No es una mera enseñanza comunicada en palabras, sino un estilo de vida modelado en el trabajo duro. Esta es una doctrina que debe imitarse: «ni comimos de balde el pan de nadie, sino que con dificultad y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de ustedes» (2Ts 3:8). Los versículos 7 y 9 mencionan seguir el ejemplo y lo que aparece en el medio muestra lo que debían imitar. Y todos podemos encontrar aquí cierto ánimo de que Pablo querría que otros cristianos siguieran el ejemplo, más que replicar, su gigantesca laboriosidad.

¿Qué quiere decir Pablo por «con dificultad y fatiga trabajamos día y noche»? No es que no durmiera, sino que trabajaba (desplegó energía, se inclinó hacia la actividad productiva, en lugar de la pereza) en todas sus horas despierto. Él no limitó los esfuerzos enérgicos, su «trabajo», a su trabajo diurno de fabricación de tiendas, y luego se desconectaba de la jornada laboral. No era diligente en el trabajo y perezoso en casa. Más bien, durante toda su vida (día y noche) aceptaba las incomodidades necesarias del «trabajo», ya sea haciendo tiendas, discipulando hombres o compartiendo el Evangelio. Él gustosamente se entregó a sí mismo por el gozo de otros (Fil 2:17), no sólo de 9:00 a 5:00, sino que donde sea que fuera, en cada esfera de la vida.

Su esperanza

A pesar de la seriedad con la que habla, y de la vara alta que levanta, Pablo escribe con esperanza para cualquier cristiano que esté luchando con la pereza. Ya lo hemos visto. No sólo ordena, sino que también anima (2Ts 3:12), porque, podemos asumir, cree que el cambio ocurrirá en los discípulos genuinos. Para quienes son verdaderamente «hermanos» en el Señor, ya tienen morando en ellos un Espíritu trabajador que con dificultad y fatiga trabaja día y noche feliz para exaltar al Hijo.

La conversión podría no producir un cambio drástico de la noche a la mañana en la ética de trabajo, pero sí produciría un cambio en el tiempo. El cristianismo, enfáticamente, no hace hombres perezosos. Transforma a los perezosos, a largo plazo, en trabajadores serios. El Evangelio, en el poder del espíritu, pronto nos hará «celosos de buenas obras» (Tit 2:14). Quienes son salvos en Cristo «no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho» (Tit 3:5) son finalmente liberados y divinamente empoderados «preparados para toda buena obra» y para «ocuparse en buenas obras» (Tit 3:1, 8, 14).

Desarrollar y fortalecer una ética de trabajo cristiana, como la de Pablo, es un proceso de toda la vida. Peleamos las batallas una y otra vez, día tras día, semana tras semana. Cada momento de resistencia emocional, frente a frente con la fricción y la incomodidad que nos tienta a cansarnos y cesar, es una oportunidad: avanzar en la fuerza que Dios entrega, en lugar de retroceder al letargo.

Nunca se cansen de hacer el bien

No somos los primeros cristianos en enfrentar esto. Vencer la pereza está bien dentro del alcance normal de lo que Dios se complace en hacer por el poder de su Espíritu en la obra de santificación. Podríamos haber nacido de nuevo con la nueva ética de trabajo en forma completa. Aún podríamos luchar con todo tipo de patrones pobres de nuestro pasado, de nuestra crianza y del pecado que mora en nosotros. Pero Dios ha vertido su propio poder en nosotros en la persona de su Espíritu y está obrando la misma energía de Jesús mismo (Col 1:29)

Pablo no asume que la pereza tenga que traducirse en pérdida, pero habla muy en serio sobre que los cristianos genuinos no permanezcan en la holgazanería. En Cristo, los nuevos y enormes poderes ahora están en el lugar que hacen este progreso no sólo posible, sino que esperanzador e incluso certero.

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David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.
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