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Estas dos acciones, glorificar a Dios y gozar de Dios, no siempre coinciden en esta vida, pero a la larga deben ser la misma cosa. Podemos orar por la venida del Reino de Dios, pero si no disfrutamos inmensamente de Dios con todo nuestro ser, no lo estamos honrando de verdad como Señor1.

¿Cuándo fue la última vez que realmente te entregaste a la oración? ¿Cuándo te encontraste orando con más frecuencia y con más urgencia y expectativa? ¿Qué ardía en tu corazón y te impulsaba a ponerte de rodillas? ¿Qué te provocó a orar?

Para la mayoría de nosotros, fue una necesidad repentina o aguda.

La vida transcurría, ciertamente no de forma perfecta pero sí con relativa fluidez, y entonces, ¡pum! Tal vez una factura inesperada desajustó el presupuesto y te dejó en aprietos. Tal vez un conflicto inició un incendio en una relación valiosa: con un cónyuge, un amigo, un colega o un hijo. Tal vez una visita al médico salió terriblemente mal. Tal vez la tentación te acechó y te golpeó. Ya sabías que siempre necesitas a Dios, pero entonces sentiste esa necesidad otra vez, en cada vena de tu cuerpo. Y por eso oraste.

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día […] (Mt 6:9-11). Provee lo que necesito. Sana la enfermedad. Reconcilia la relación. Perdona mi pecado.

Sabemos instintivamente qué hacer cuando estamos desesperados.

Pero dime, ¿cómo es tu vida de oración cuando la vida no es tan desesperada? ¿Oras menos y con menos expectativa? ¿Siquiera oras? ¿Y qué sugieren tus oraciones en tiempos de paz sobre el propósito de la oración?

Aprendamos de un pueblo sin oración

Dios llama al profeta Jeremías para que vaya y confronte a su pueblo por su falta de oración. Sin embargo, antes de reprenderlos, el Señor recuerda una temporada diferente y más dulce que disfrutó con ellos:

De ti recuerdo el cariño de tu juventud,
Tu amor de novia,
De cuando me seguías en el desierto,
Por tierra no sembrada (Jeremías 2:2). 

En un momento dado, ellos fueron una novia joven y adoradora. Él recuerda su afecto y devoción. Y nota dónde estaban sus corazones tan cálidos hacia Él: «en el desierto, en tierra no sembrada». Eran más cálidos en las peores circunstancias. No tenían un hogar. Eran vulnerables a los enemigos y a la intemperie. Sólo tenían comida suficiente para el día. Y, aun así, amaban a Dios. Se acercaban a Él, con sus corazones encendidos.

Entonces la llama se apagó: «¿Qué injusticia hallaron en mí sus padres, para que se alejaran de mí y anduvieran tras lo vano y se hicieran vanos? (Jer 2:5). Y nota dónde se enfriaron sus corazones:

Yo los traje a ustedes a una tierra fértil,
Para que comieran de su fruto y de sus delicias.
Pero vinieron y contaminaron mi tierra,
Y de mi heredad hicieron abominación (Jeremías 2:7).

En el desierto, eran una esposa adoradora. En el paraíso, abandonaron su primer amor.

¿Dónde está el Señor?

Sin embargo, el Señor pone su dedo divino en un problema particular, un síntoma especialmente grave de su enfermedad espiritual:

Tampoco dijeron: «¿dónde está el Señor […]?» (Jeremías 2:6, 8).

En otras palabras, tan pronto como escaparon del desierto, dejaron de orar. Cuando sentían su necesidad de Dios —por hambre, protección o guía— corrían a buscarlo. Pero tan pronto como esas necesidades fueron satisfechas, ya no lo buscaban más. Eso hizo que Dios se enojara.

«Espántense, oh cielos, por esto,
Y tiemblen, queden en extremo desolados», declara el Señor (Jeremías 2:12).

Dios llama a los cielos a postrarse en polvo y cenizas porque el pueblo dejó de buscarlo en oración. ¿Parece eso una reacción exagerada? ¿Merece la falta de oración tal disgusto?

Nosotros, por supuesto, vemos su necedad con bastante facilidad. «Israel, ¿cómo pudiste descuidar a Dios después de que Él te hizo pasar por tanto?». Pero luego, algunos de nosotros hacemos lo mismo. Dios responde nuestras oraciones, nuestra comodidad regresa y dejamos de preguntar: «¿dónde está el Señor?», hasta que necesitamos algo de nuevo. Dios busca a un pueblo que corra a Él en la necesidad y en la abundancia, en el desierto y en el paraíso.

Sácianos por la mañana 

Este tipo de vida de oración no se trata meramente de dependencia. Recuerda, el Señor dice: «de ti recuerdo el cariño de tu juventud, tu amor de novia». Él no sólo está enojado porque dejaron de orar; Él está enojado porque dejaron de adorar. Jesús advirtió a los escribas y fariseos: «este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí» (Mt 15:8). Escucha el resto de Jeremías 2:12-13:

«Espántense, oh cielos, por esto,
Y tiemblen, queden en extremo desolados», declara el Señor.
«Porque dos males ha hecho mi pueblo:
Me han abandonado a mí,
Fuente de aguas vivas,
Y han cavado para sí cisternas,
Cisternas agrietadas que no retienen el agua».

Dejaron de preguntar: «¿dónde está el Señor?» y dejaron de beber de la fuente. Dios se ofreció a sí mismo como una fuente infinita y totalmente satisfactoria, y ellos se apartaron de Él y comenzaron a cavar agujeros en la arena. Eso es lo que es el pecado: rechazar la belleza y el valor de Dios e intentar satisfacer nuestras almas en otro lugar. John Piper dice: «la esencia del mal es perder el gusto por Dios y preferir cualquier cosa más que a Dios, especialmente cuando Él se ofrece a ser para nosotros la fuente inagotable de vida y gozo2».

Por lo tanto, el propósito de la oración nunca es la mera dependencia. Oh, oramos para que Dios provea, sane, reconcilie y perdone, diariamente y a lo largo del día. Oramos por dependencia e incluso por desesperación, pero también oramos por afecto y adoración. «Sácianos por la mañana con tu misericordia, y cantaremos con gozo y nos alegraremos todos nuestros días» (Sal 90:14).

Clamores de dependencia y deleite 

En su excelente libro sobre la oración, basándose en siglos de sabiduría sobre su propósito y poder, Tim Keller se adentra en esta danza entre la dependencia y el deleite. Él habla sobre la unión entre la «oración centrada en el Reino» (pedir a Dios que trabaje en el mundo) y la «oración centrada en la comunión» (disfrutar de la presencia y la relación con Dios). Él escribe:

El Westminster Shorter Catechism [Catecismo Menor de Westminster], nos señala que nuestro propósito es «glorificar a Dios y gozar de Él para siempre». En esta conocida declaración, vemos reflejada la oración del Reino y la oración de la comunión. Estas dos acciones, glorificar a Dios y gozar de Dios, no siempre coinciden en esta vida, pero a la larga deben ser la misma cosa. Podemos orar por la venida del Reino de Dios, pero si no disfrutamos inmensamente de Dios con todo nuestro ser, no lo estamos honrando de verdad como Señor3.

El tipo de vida de oración que verdaderamente honra a Dios es una vida de oración que se deleita en Dios. Cuando preguntamos: «¿dónde está el Señor?», tanto en el desierto como en la prosperidad, es porque queremos conocerlo, verlo y saborearlo. Y cuando lo hacemos, casi podríamos escucharlo decir:

Alégrense, oh cielos, por esto;
Llénense de gozo, regocíjence profundamente
porque mi pueblo me ha buscado incansablemente,
la fuente de aguas vivas,
aun cuando Yo ya les di todo.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Timothy Keller, La oración: experimentando asombro e intimidad con Dios. (Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2016). 12.
  2. John Piper. «The Ultimate Essence of Evil: The Majesty of God, the Triumph of Christ, and the Glory of Human Life» [La esencia suprema del mal: la majestad de Dios, el triunfo de Cristo y la gloria de la vida humana]. (conferencia, Passion 2017, Atlanta, 3 de enero de 2017). https://www.desiringgod.org/messages/the-ultimate-essence-of-evil.
  3. Keller. La oración. 12.
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Marshall Segal

Marshall Segal es escritor y director editorial de desiringGod.org. Es autor de Soltero por ahora: la búsqueda del gozo en la soltería y el noviazgo (2018). Se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Faye, tienen dos hijos y viven en Minneapolis.
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