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Nosotros los humanos tenemos una relación de amor y odio con el trabajo. Asociamos el trabajo con el parto por una razón. Y este no es un nuevo desarrollo, el apóstol Pablo lo hizo hace dos milenios (Gá 4:27; 1Ts 5:3).

El trabajo es dolorosamente difícil y luego sumamente gratificante. El trabajo serio en un mundo caído es como dar a luz en el microcosmos. No es fácil, no, si de verdad importa. Es desafiante. Es incómodo. Encontramos obstáculos tanto esperados como inesperados. Requiere empujar, a menudo más allá de lo que nos creemos capaces. Y al final, sin duda, vale la pena.

Pablo hizo una lista de «trabajos» entre los dolores que él había soportado, junto a las palizas, los encarcelamientos, las protestas, las noches sin dormir y el hambre (2Co 6:5). Él sabía de primera mano que la vida en un mundo caído no es fácil y aún más en la vida cristiana. De hecho, la vida cristiana no sólo está marcada por la maldición como el trabajo físico, sino que también por la oposición de las fuerzas demoníacas. Espera que la fricción y los obstáculos sean aún más difíciles. Y sin embargo, Pablo insta a los cristianos a estar a la altura. Él quiere que nosotros resistamos y perseveremos, no que nos rindamos. 

De todos los humanos, los cristianos no deberían sorprenderse de que nuestro mundo luche con el trabajo en todas sus formas. En medio de la confusión sobre el trabajo que todos sentimos en esta era caída y rota, tenemos una palabra importante que decir sobre el trabajo que Dios hizo para nosotros, aún cuando esté maldito y a menudo se sienta despiadadamente frustrante.

El trabajo como idea de Dios

Desde el mismo comienzo, Dios nos creó para trabajar. «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio […] (Gn 1:28)». El trabajo no es producto del pecado, sino que una faceta mayor del plan original de Dios para la vida humana en su mundo.

Dios nos diseñó para movernos y ser activos, para emplear energía y habilidades a fin de producir bienes que promuevan el florecimiento humano. Antes de que el pecado entrara en el mundo, «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2:15). Y luego Dios le hizo al hombre «una ayuda adecuada» (Gn 2:18). Dios hizo a hombres y a mujeres a fin de usar, no derrochar, la energía que Él nos da diariamente por medio de la comida y del descanso para lograr su misión —el trabajo— que Él nos encomendó en el mundo. El trabajo, entonces, podríamos decir, es el esfuerzo de energía, inversión de tiempo y atención, y la aplicación de las habilidades hacia los fines del llamado de Dios para ser fructífero, para multiplicarse y para llenar la tierra, así como sojuzgar y tener dominio santo. Semejante trabajo es un aspecto central de lo que significa ser humano.

Y por tanto, tiene sentido que cuando el pecado entró al mundo y Dios maldijo la creación, también maldijo nuestro trabajo:

Maldita será la tierra por tu causa; con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá […]. Con el sudor de tu rostro comerás el pan (Génesis 3:17-19).

El trabajo es bueno. Y el trabajo está maldito. Ese es nuestro destino en esta era, hasta que la creación sea liberada de su esclavitud a la corrupción y entre con nosotros, los redimidos, a la libertad de la gloria de los hijos de Dios (Ro 8:21). Incluso entonces no nos sentaremos a hacer nada, sino que seremos liberados para trabajar, movernos y dedicarnos en gozo, finalmente sin el estorbo de la maldición.

Mientras tanto, aprendemos a trabajar, a pesar de la maldición en nuestro trabajo.

Trabaja con tus manos

A menudo, pensamos en una carrera o en un trabajo remunerado cuando hablamos de nuestro trabajo. Pero para los cristianos, el concepto de trabajo y el esfuerzo se extienden mucho más allá de lo que otras personas nos pagan por hacer. Comencemos, sin embargo, con los trabajos semanales que pagan hipotecas y llevan pan a la mesa.

En toda la Escritura, nadie habla más de trabajo que el apóstol Pablo. «El trabajo» era más que sólo «trabaja[r] con nuestras propias manos» (1Co 4:12), pero no menos. Pablo mismo era fabricante de tiendas. Tal trabajo era un asunto especialmente apremiante en Tesalónica, donde algunos en la iglesia eran indisciplinados, rehusándose a trabajar; esperando, afirmaban, el inminente retorno de Cristo, Pablo lo veía como una excusa espiritual para la pereza. Él se puso a sí mismo y a Timoteo como ejemplos de trabajo duro. 

Porque recuerdan, hermanos, nuestros trabajos y fatigas, cómo, trabajando de día y de noche para no ser carga a ninguno de ustedes, les proclamamos el evangelio de Dios (1 Tesalonicenses 2:9).

No obramos de manera indisciplinada entre ustedes […], sino que con dificultad y fatiga trabajamos día y noche a fin de no ser carga a ninguno de ustedes (2 Tesalonicenses 3:7-8) 

Y él esperaba lo mismo de todo cristiano: «y a que tengan por su ambición el llevar una vida tranquila, y se ocupen en sus propios asuntos y trabajen con sus manos, tal como les hemos mandado; a fin de que se conduzcan honradamente para con los de afuera, y no tengan necesidad de nada» (1Ts 4:11-12).

Pablo conocía el poder transformador del Espíritu y esperaba que aprovechadores y ladrones por igual encontrarán una nueva ética de trabajo una vez que vinieran a Cristo. «El que roba, no robe más, sino más bien que trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, a fin de que tenga qué compartir con el que tiene necesidad» (Ef 4:28). No sólo para evitar ser una carga para otros, sino para ganar lo suficiente, a través del trabajo duro y honesto, como para poder compartir con otros en necesidad. 

Y sin embargo, para Pablo, tal trabajo remunerado sólo era un aspecto del trabajo o esfuerzo del cristiano. Él no quería decir que los convertidos trabajaran sus 40 y tantas horas, de lunes a domingo, y luego fueran ociosos el resto de las ochenta horas restantes de la semana. Él encarna y enseña una ética de trabajo que es relevante en la oficina y en la casa, incluso en el «tiempo libre» y las vacaciones. Comienza con un tipo particular de descanso.

Descanso final del trabajo

La primera palabra, y la palabra fundamental, para el cristiano sobre el trabajo es que el esfuerzo de nuestras manos no puede ponernos bien con Dios. El esfuerzo y el trabajo humano, sin importar cuán impresionante sea en comparación al de nuestros pares, no puede asegurar la aceptación y el favor del Todopoderoso. La aceptación final y completa de Dios (la cual llamamos justificación) viene a nosotros «gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús» (Ro 3:24), no por medio de nuestro trabajo ni siquiera el hacer las obras mandadas por Dios (Ro 3:28). La decisión de Dios sobre su pueblo «no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Ro 9:16), y así, apropiadamente, su aprobación y aceptación finales y decisivas de su pueblo es a través de su creencia en Él, no de su trabajo para Él.

La fe cristiana, correctamente comprendida, fundamentada en la justificación sólo por la fe, es el mayor descanso del trabajo humano. Jesús invita a «todos los que están cansados y cargados» a ir a Él para recibir su regalo del descanso (Mt 11:28). Y entonces, en su descanso, Dios nos da una ambición extraordinaria, incluso sobrenatural, para derramar nuestras energías para el bien de los demás. 

Liberados para el bien de los demás

A medida que vamos a Cristo en fe, recibimos otro don, además de la justificación: «el Espíritu Santo de la promesa» (Ef 1:13). El Espíritu no sólo produce en nosotros la fe por la cual somos justificados, sino que Él nos da nueva vida en Cristo, nuevos deseos, nuevas inclinaciones, nuevos instintos. Por el Espíritu, nuestra ida a semejante descanso no nos hace indisciplinados ni perezosos. Al contrario, Pablo dice, el Espíritu comienza a hacernos «celoso[s] de buenas obras» (Tit 2:14), entusiasmados y listos para hacer el bien (2Ti 2:21; 3:16-17; Tit 3:1-2), dedicándonos a actos que sirvan al bien de los demás (Tit 3:8, 14).

La recuperación que la Reforma hizo de tal supremo descanso para el alma produjo un tipo diferente de persona. No personas perezosas ni apáticas, sino el tipo de personas con una nueva energía y libertad, una nueva visión y esperanza, iniciativas frescas, libertad fresca del yo y nuevos deseos para dedicar el yo para el bien de otros. El tipo de personas que tienen el Espíritu de Dios en ellos. Se le ha llamado «la ética de trabajo protestante».

Pablo no sólo ordenó el trabajo duro (Hch 20:35; Ro 16:6, 12; Col 4:13; 2Ti 2:6), sino que criticó al indisciplinado y al perezoso (1Ts 5:15; 2Ts 3:6, 7, 11; Tit 1:12-13). Y no fue el primero. Proverbios advierte sobre la necedad de la pereza (Pr 12:14, 27; 19:15) y contra el holgazán (catorce veces). Dos veces escuchamos este refrán:

«Un poco de dormir, un poco de dormitar,
Un poco de cruzar las manos para descansar»,
Y vendrá tu pobreza como vagabundo,
Y tu necesidad como un hombre armado (Tanto en Proverbios 6:10-11 como en 24:33-34). 

Lo opuesto al holgazán es el diligente (Pr 13:14) y el recto (Pr 15:19). La pereza nos alcanzará; es sólo cosa de tiempo (Pr 6:6-11; 20:4; 21:25; 24:30-34). La pereza da excusas ridículas para proteger sus propias comodidades (Pr 22:13; 26:13). Los holgazanes incluso podrían pensar (y decir) que son inteligentes y que desarrollan racionalidades elaboradas en contra de hacer el trabajo duro (Pr 26:16).

Pero los cristianos deben ser las personas más libres del planeta para trabajar duro. Porque sabemos que no tenemos que ganar el favor del Dios Todopoderoso con nuestras obras —sino que se nos ha asegurado gracias a Jesús—; hemos sido liberados para verter nuestra energía, tiempo, capacidades y creatividad en bendecir a otros. Esto nos lleva a una de las maneras principales en las que Pablo habló sobre el trabajo

El ministerio cristiano como trabajo

Pablo no fue el primero en ver el ministerio cristiano como un trabajo. Jesús habló sobre la cosecha abundante y pocos obreros, y les dijo a sus discípulos que le pidieran «al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha» (Mt 9:37-38; Lc 10:2). Tales obreros en el trabajo del Reino, dijo, merecen sus salarios y su comida (Mt 10:10; Lc 10:7; 1 Ti 5:18).

Pablo no sólo trabajó con sus propias manos y les encargó a otros hacer lo mismo, sino que él vio el ministerio cristiano como un trabajo. Él no estaba preocupado de que se le cayeran las tiendas cuando hablaba regularmente de la preocupación de que sus trabajos no fueran en vano (1Co 15:58; Gá 4:11; Fil 2:16; 1Ts 3:5). Una docena de veces en sus cartas se refiere a los ayudantes y asociados del ministerio como «colegas». Él sabía que «vivir en la carne» en esta vida significaría «una labor fructífera» (Fil 1:22), no el retiro, no ocio excesivo ni vacaciones extendidas. Él quería que cada cristiano, no sólo sus delegados y asistentes, se le unan «abundando siempre en la obra del Señor» (1Co 15:58).

Trabaja con tu amor

Pablo sabía que el trabajo duro en sí mismo era inadecuado. En el ministerio cristiano, el punto no es el trabajo duro en sí, sino que el objetivo: el amor. Habló del «trabajo de amor»: el trabajo duro por otros (1Ts 1:3). El trabajo duro al servicio de fines privados y egoístas no es elogiable, pero el trabajo abnegado, orientado a los demás y amoroso, sí lo es. 

Pablo testifica: «con este fin también trabajo, esforzándome según su poder que obra poderosamente en mí» (Col 1:29), no porque simplemente tuviera un tipo de personalidad de trabajador esforzado, sino porque él estaba motivado con proclamar a Cristo para el bien de otros: «a Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (col 1:29). Porque «la piedad es provechosa para todo» (1Ti 4:8), dijo: «porque por esto trabajamos y nos esforzamos, porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo» (1Ti 4:10).

Él también vio el ministerio de la predicación y de la enseñanza cristiana, hecha correctamente, como un trabajo duro (1Ti 5:17-18; 1Ts 5:12-13), no es para tipos con manos de seda y preferencia por trabajos de oficina. Tal labor no sólo está maldita y tiene oposición, sino que Satanás específicamente apunta a ella, él a menudo enfoca sus ataques en tenientes que se le oponen. Si él puede cortar el liderazgo y las línes de suministro, pronto abrumará a las tropas de tierra. Un pastor que no suda ni se esfuerza, en especial en su estudio y enseñanza (2Ti 2:15), no está cumpliendo su llamado. 

Quizás Pablo reconocería que él tenía una constitución inusual. Tal vez fue su soltería lo que liberó para una potencia de ministerio extraordinaria. No sólo él testifica «en muchos más trabajos» que sus detractores (2Co 11:23), sino que incluso comparado a otros apóstoles, él dijo: «he trabajado mucho más que todos ellos» (1Co 15:10). Pero una y otra vez, él pone sus esfuerzos extraordinarios hacia adelante no como una excepción a la cual admirar, sino como un ejemplo al cual seguir (dentro de la capacidad que Dios le ha dado a cada uno y con la comprensión de que cada cristiano puede crecer y expandir nuestra capacidad para el trabajo productivo).

Somos hechura suya

Pocos, si es que alguno, coincidirá con los trabajos de Pablo. Como John Piper comparte en Por qué amo al apóstol Pablo, él elogia su ética de trabajo:

Sus logros eran insuperables. De vez en cuando hacía referencia a arduo trabajo, a su autoridad espiritual y a sus frutos. Sin embargo, cada vez que lo hacía, confesaba su absoluta dependencia de Dios. Él quería gloriarse en Cristo mismo, no en su arduo trabajo1.

Hay una palabra de esperanza aquí para aquellos que luchan con la pereza. Pablo profesó una y otra vez que la clave a sus aparentes incansables trabajos era Dios obrando en Él (Fil 2:12-13; Col 1:29). No fue en su propia fuerza que hizo lo que hizo. Cristo lo estaba fortaleciendo (1Ti 1:12; Fil 4:13). En la misma idea él dice que ha «trabajado mucho más que» los otros apóstoles y dice: «aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí» (1Co 15:10). Y aun hoy, Cristo fortalece a su iglesia por gracia (Ro 16:25; 2Ti 2:1).

Pablo sería rápido hoy para desafiar a quienes trabajan más duro con la verdad de que, lejos de Dios, nuestros mejores trabajos son vanos al final. Y para aquellos que saben que necesitan ayuda, que se arrepienten más de la pereza que del exceso de trabajo, Él les recordará: «porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef 2:10) [énfasis del autor]. Dios no nos deja para que trabajemos en nuestras propias fuerzas. Él tiene nuestras buenas obras preparadas de antemano. Y Él no exige que hagamos un pique, sino que nos invita a trabajar en ellas.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Piper, John. (2020) Por qué amo al apóstol Pablo: 30 razones. (Grand rapids, Michigan: Editorial Portavoz) p. 73.
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David Mathis

David Mathis es director ejecutivo de Desiring God y es pastor de Cities Church en Minneapolis. Es esposo, padre y autor de Hábitos de gracia: disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales.
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