Escucha a tu padre, que te engendró,
Y no desprecies a tu madre cuando envejezca (Proverbios 23:22).
Si eres considerado «joven», yo soy considerada «mayor». Ya soy abuela siete veces. La semana pasada, mi nieta de 6 años y yo estábamos saltando en la cama elástica cuando ella se detuvo, examinó mis pies y mis manos, y me preguntó con la dulce compasión de una niña por qué tenían esas arrugas y porque se veían esas venas.
Entrar a los 60 da una gran perspectiva sobre envejecer. Ya no soy joven, pero aún no soy lo que muchos llaman anciana (como mi madre, que es viuda a sus 90 años). Envejecer no es un tema que a muchos de nosotros les guste pensar. Quizás, especialmente las mujeres, el tema a menudo parece prohibido en las conversaciones de buena educación. En la comunidad de retiro donde regularmente paso tiempo con mi mamá, muchas de las residentes guardan cierta reticencia sobre su edad (a mi madre no le importa que todos sepan que ¡tiene 93 años!).
Ser anciano es un tema al que la Escritura no rehúye. Proverbios, por ejemplo, (un libro tan valioso para los jóvenes) lo aborda directamente. Como alguien que está tanto aprendiendo como observando la experiencia de una madre que envejece, quiero pedirte que pienses particularmente en mujeres mayores, mientras eres joven, a fin de animar una visión clara ahora, y una visión a largo plazo para los años que vengan.
Cuando tu madre envejezca
Proverbios es conocido por sus exhortaciones de padre a hijo, pero es bueno notar que este libro sapiencial del Antiguo Testamento reconoce con regularidad las responsabilidades, las alegrías y las tristezas conjuntas de los padres. La instrucción inicial llama al hijo (con quien el lector de Proverbios se identifica) a que escuche la instrucción de su padre y no reniegue la enseñanza de su madre (Pr 1:8).
Un paralelismo similar aparece en Proverbios 23:22: «escucha a tu padre, que te engendró, y no desprecies a tu madre cuando envejezca». El quinto mandamiento (honra a tu padre y a tu madre) evidentemente abarca todas las etapas de la vida, así como la promesa que le acompaña (Éx 20:12).
No obstante, es de la madre sobre la que escribo, específicamente esta «madre cuando envejezca». ¿Por qué este llamado a no despreciarla? A medida que una mujer como yo entra a la categoría de «anciana», comienza a conocer las razones, de maneras muy personales. Y si ella ya es «anciana» como mi madre, sabe absolutamente por qué, a menudo de maneras muy dolorosas.
Algunas de las razones tienen que ver con su rostro cada vez más arrugado (y así sucesivamente), su paso ralentizado (o ningún paso) en juegos y carreras en el parque, no entender (o no escuchar) todos los chistes rápidos sobre las últimas canciones o películas, temor o ineptitud con la última (o ni siquiera la última) tecnología y, finalmente, cosas como tener comida en tu rostro mientras comes. «Despreciar» a los ancianos no siempre significa despreciarlos abiertamente; a veces, sólo tiene que ver con tratar a los ancianos como dignos de una risa discreta, como si fueran ignorados o invisibles.
Tanto hombres como mujeres luchan con este proceso del envejecimiento, incluso si las luchas se experimentan de manera diferente a veces. No obstante, hacemos bien en considerar este llamado único en relación a una madre: «no desprecies a tu madre cuando envejezca». Podríamos ir en muchas direcciones diferentes al pensar sobre este llamado, pero aquí expongo tres.
1. No desprecies el desvanecimiento de la belleza juvenil
Las mujeres que son mayores ya no tienen una belleza asociada a la juventud. Muchas mujeres pasan muchos años intentando negar esta verdad mientras nos acecha implacablemente. En la cultura comercializada de hoy, se nos enseña insistente y públicamente a apreciar y aferrarnos a la apariencia de la juventud. Sin duda, la belleza juvenil es un tesoro que hay que disfrutar, tanto por quien la tiene como quien disfruta verla. Pero especialmente en una era llena de cremas antiedad para mujeres, las personas (tanto hombres como mujeres) pueden encontrarse a sí mismos luchando con celebrar el valor de una mujer cuando su belleza juvenil se desvanece.
No es fácil, jovencita, hacer espacio en nuestras vidas ocupadas para las rutinas de limpieza diaria y tonificación como si resultaran en «la belleza incorruptible» de la cual habla el apóstol Pedro (1P 3:4). No es fácil, jovencito, desarrollar ojos para ese tipo de belleza cuando eres joven. Ahora, podemos pasar un montón de tiempo discutiendo sobre las implicaciones del llamado de Pedro a adornarse de «lo que procede de lo íntimo del corazón, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno». Mejor sería que todos nosotros oremos para saber qué significan esas palabras y para que aprendamos a valorar ese tipo de belleza en mujeres (jóvenes y ancianas), puesto que «es precioso delante de Dios».
2. No desprecies el fin de los cuerpos fértiles
Las mujeres que envejecen experimentan el cierre de una parte de sus cuerpos, la parte reproductiva, de una forma que los hombres no. ¿Cómo ven las mujeres este proceso en ellas mismas? ¿Cómo lo ven los demás? Para algunas, el proceso representa un tipo de alivio; para muchas, simplemente anuncia las malas noticias del envejecimiento y la arremetida de la ansiedad. Para todas, al menos implícitamente, representa un tipo de pérdida, un cambio que marca el fin del potencial para más vida.
Incluso mientras en la iglesia celebramos a los bebés nacidos y la fidelidad de Dios a través de generaciones, cuán crucial es para las mujeres, para todas las mujeres, estar nutriendo nueva vida —y practicando nutrir nueva vida— mientras tengamos mente y fuerza, incluso si es sólo para orar. Estoy hablando de nutrir y orar por vida espiritual, vida que sólo se encuentra en Cristo nuestro Salvador. Y cuán crucial es para los hombres y las mujeres más jóvenes por igual valorar esa nutrición, especialmente esas oraciones. Ellos las necesitan como necesitaron la leche materna.
He sido criada por muchas madres piadosas en la familia de Dios y quiero ser ese tipo de madre, hasta el final. Mujeres jóvenes, oro para que seas ese tipo de mujer. Mujer joven y hombre joven, oro para que valores esos tipos de madres. Ahora, hay una identidad duradera: ser «madre en Israel» (Jue 5:7).
3. No desprecies el paisaje lleno de mujeres
Las mujeres que son mayores a menudo viven más tiempo que los hombres. Según el Institute on Aging [Instituto sobre el envejecimiento], en estos tiempos, cerca de los dos tercios de estadounidenses sobre los 85 años son mujeres. Sin ninguna perspectiva eterna, y especialmente si se mira en varias instalaciones residenciales para personas mayores, el paisaje puede parecer salpicado de mujeres descartadas. Hay tantas. Hemos extendido la vida útil humana y hemos terminado con una multitud de mujeres que a menudo están solas y son despreciadas.
Cuán crucial es para nosotros en la iglesia amar y honrar a las mujeres ancianas como madres en la familia de Cristo (1Ti 5:2). Tienen una gran sabiduría que compartir. Me matriculé en una buena escuela mientras escuchaba a mi madre y a sus amigas, tantas de ellas viviendo fielmente la descripción de Pablo de la viuda que «se ha quedado sola, tiene puesta su esperanza en Dios y continúa en súplicas y oraciones noche y día» (1Ti 5:5). Qué multitud para valorar, para aprender de ellas, para ministrarlas y para acercarla a la familia si es que aún no son parte de ella.
Un mejor paisaje
La Biblia nos muestra un paisaje lleno de mujeres fieles y honradas hasta el final. Justo al centro está Jesús mismo quien, aún mientras cargaba nuestros pecados en la cruz, pensó en su madre, encomendándola al cuidado de Juan (Jn 19:26-27).
Y allí, en el centro de atención de Lucas, está la hermosa Ana, «de edad muy avanzada», que adoraba en el templo con ayuno y oración noche y día, y que pudo darle la bienvenida al Mesías (Lc 2:36-38). Si miramos hacia atrás, no podemos dejar fuera a la esposa de Abraham, Sara, quien con risa y fe llevó al niño de la promesa de Dios, incluso habiendo pasado ya los años fértiles. Y también está la abuela de Timoteo, Loida, a quien el apóstol Pablo menciona específicamente como una mujer que traspasó la fe (2Ti 1:5).
El paisaje bíblico nos da perspectiva. Nos recuerda la historia redentora más amplia en la que hombres y mujeres somos llamados a desempeñar nuestros diversos papeles, desde la juventud hasta la eternidad. Nos ayuda a reír como Sara, sólo con la plenitud de la fe. Infunde en nosotros la perseverancia de Ana, de buscar a Jesús noche y día. Nos inspira a traspasar la fe como lo hizo Loida: la fe en el Hijo de Dios que descendió a nosotros, que nació de una madre humana, que no conocía el pecado, pero lo cargó por nosotros en la cruz, y que resucitó de la tumba, nuestro Salvador resucitado y Rey eterno. En nuestro hermoso Salvador hay vida, fortaleza y belleza suficiente para todos nosotros en su familia, para siempre.
Es bueno considerar estas cosas cuando eres joven, como la literatura sapiencial llama a los jóvenes a hacer, a fin de prepararse para toda una vida de seguir al Señor, hasta el final. Asimismo, es bueno pensar en estas cosas como jóvenes y ancianos juntos, mujeres y hombres en el cuerpo de Cristo, todos dirigiéndose hacia el día cuando nuestros cuerpos resucitados no envejecerán nunca más (al menos de la manera en que nosotros conocemos el envejecimiento).
Hasta entonces, envejecemos, mujeres y hombres, en nuestras diversas etapas. Oro particularmente para que la iglesia esté llena de hermosas mujeres jóvenes y ancianas. Y oro para que todos nosotros hagamos lo opuesto de despreciar a nuestras madres cuando envejezcan.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Kathleen Nielson