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De alguna manera, en algún momento, el sufrimiento vendrá a tocar tu puerta. Podría empezar con un toque suave, incluso gentil, que se vuelve más fuerte con el tiempo, y sabes que tarde o temprano tendrás que abrir. Otras veces, podría derribar la puerta de forma súbita y violenta. Quizás el Sr. Dificultad entre como el indeseado que es, pero sólo se quede por un rato antes de irse. Otras veces, el Sr. Dificultad podría irrumpir e instalarse en cada habitación de tu vida de forma indefinida.

Cuándo vendrá la dificultad, no lo sabemos. Cómo sufriremos puede variar. Pero una cosa es segura: el sufrimiento vendrá a tocar la puerta.

Por más que nos esforcemos, no podemos escapar del quebrantamiento del mundo que es nuestra dirección actual. Y no importa de quién nos rodeemos, somos personas imperfectas que vivimos entre otras personas imperfectas, infligiendo sufrimiento unas a otras. Pero debido a la asombrosa y práctica sabiduría de la Palabra de Dios, la gloria de su presencia y poder, y la realidad de las misericordias que son nuevas cada mañana, no tenemos que ignorar la garantía del sufrimiento o fingir que no nos desanima. Podemos mirar al Señor Dificultad a la cara con corazones abiertos y expectantes. La esperanza de la redención no está sólo reservada para la eternidad, como escribí recientemente, sino que es una esperanza real, viva y presente. Esta esperanza se enraíza en el hecho de que nuestro Señor está en nosotros, con nosotros y por nosotros aquí mismo, ahora mismo. Esta verdad cambia radicalmente la manera en que entendemos, experimentamos y respondemos al sufrimiento que ha llegado o que seguramente vendrá a nuestra vida. ¡No hay valle de sufrimiento que sea más profundo que la gracia de Dios en Jesús!

El sufrimiento nunca es neutral

Esto es lo que todo el que sufre necesita entender: nunca sufrimos sólo la cosa que estamos sufriendo; siempre sufrimos también por la manera en que estamos sufriendo eso. Nunca llegamos a nuestro sufrimiento con las manos vacías. Siempre arrastramos al sufrimiento una bolsa llena de experiencias, expectativas, suposiciones, perspectivas, deseos, intenciones y decisiones. Por lo tanto, nuestras vidas son moldeadas no sólo por lo que sufrimos, sino también por lo que aportamos a nuestro sufrimiento. Cómo pensamos acerca de nosotros, de la vida, de Dios y de los demás afectará profundamente la manera en que pensamos, interactuamos y respondemos a las dificultades que se presentan. Nuestro sufrimiento es moldeado más poderosamente por lo que está en nuestros corazones que por lo que está sucediendo en nuestros cuerpos o en el mundo que nos rodea.

¿Qué aportamos a nuestro sufrimiento? Un ejemplo es la mala teología. Incluso si nuestra teología confesional es robusta y tenemos un conocimiento exhaustivo de la Escritura, prácticamente, nuestra teología cotidiana podría estar torcida. A veces, el tipo de cosas que aportamos a nuestros momentos de sufrimiento profundizan el dolor de la cosa dolorosa que enfrentamos. La teología práctica que llevamos a los momentos de sufrimiento y prueba es muy importante.

Hay muchos ejemplos de cómo la mala teología empeora nuestra experiencia del sufrimiento. Sólo uno es cuando decimos algo como: «Estoy sufriendo porque Dios me está castigando por mi pecado». Tal vez una cristiana esté convencida de que su enfermedad fue el castigo de Dios por malas decisiones que había tomado. En un momento en que necesitaba correr a Dios, hizo todo lo posible por esconderse de Él y de Su pueblo. Razonó que su trabajo era soportar el castigo que merecía. Claramente, tal pensamiento está arraigado en la mala teología. El mensaje de la Escritura es que cada parte de la culpa, la vergüenza y el castigo por nuestro pecado fue total y definitivamente cargada por Cristo. Esto significa que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (ver Romanos 8:1-4). Así que, nuestro sufrimiento no es punitivo; es decir, no es un castigo directo por los pecados que hemos cometido.

¡Qué desánimo no sólo pasar por circunstancias difíciles y quizás que alteren la vida, sino también pensar que estamos pasando por esas cosas porque hemos fallado a los estándares de Dios! Es difícil correr a Dios en busca de ayuda, descansar en Su cuidado, estar seguros de Su amor y creer que Sus misericordias están constantemente disponibles y son nuevas cada día cuando estamos convencidos de que Él nos está castigando. Y es difícil buscar la gracia de Dios cuando pensamos que Él ya nos está dando lo que merecemos en nuestro sufrimiento. Pero la Biblia nunca interpreta nuestro sufrimiento de esta manera; de hecho, enseña lo opuesto. En lugar de conectar el sufrimiento con las cosas malas que hemos hecho, la Escritura conecta las pruebas y la dificultad con las cosas buenas que Dios quiere para nosotros y que está obrando para producir en nosotros (ver Santiago 1:2-4).

La trampa de la duda

Algo más que aportamos a nuestro sufrimiento es la duda. El sufrimiento no cambia tanto nuestro corazón como revela lo que siempre ha estado en él. La dificultad tiene una asombrosa habilidad para revelar lo que está dentro de nosotros. Las pruebas revelan nuestros verdaderos pensamientos y deseos, nuestra inútil búsqueda de vida y significado, nuestras falsas esperanzas. El sufrimiento siempre expondrá la verdadera naturaleza de nuestra relación y comunión con Dios. El sufrimiento será aún más doloroso si cuestionamos la presencia, las promesas, la bondad o la fidelidad de Dios. Este es sólo otro ejemplo de una mala teología del evangelio cotidiano.

La duda no es mala en sí misma. Dios nos ha dado la habilidad de hacer preguntas y el deseo de saber y entender. Ha implantado en nosotros la búsqueda de que nuestras preguntas sean respondidas y nuestra confusión sea reducida. Ha creado en nosotros una intolerancia a la irracionalidad y a la contradicción. La duda puede hacernos hacer preguntas profundamente importantes. La duda nos hará pensar profundamente sobre cosas muy importantes. La duda nos permitirá exponer y rechazar la falsedad. La duda puede encender una vida razonada, sabia y protectora. La duda puede evitar que seamos demasiado ingenuos o un blanco fácil para el engaño. Debido a que la duda nos impulsa a conocer y entender, tiene el poder de llevarnos a Aquel que lo sabe y entiende todo. Nuestra capacidad de dudar puede impulsarnos a Dios—pero no siempre—.

La duda en los corazones de los que sufren es una de las herramientas más poderosas del enemigo. Vislumbramos esto en 1 Pedro 5:9: «pero resístanlo firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo». La primera carta de Pedro está escrita a personas que están sufriendo y, a medida que su carta llega a su fin, el apóstol escribe estas palabras. ¿Por qué diría Pedro: «Miren a su alrededor; ustedes no son los únicos que sufren»? ¿Está diciendo: «dejen de quejarse, como si ustedes fueran los únicos que sufren en este mundo quebrantado»? ¿Sabe que la miseria tiende a querer compañía? ¿Está dando a sus lectores algún tipo de consuelo disimulado? No, Pedro está haciendo algo profundamente teológico e perspicaz. Él sabe que, cuando sufrimos, somos susceptibles a las mentiras que el enemigo nos susurra al oído:

¿Dónde está tu Dios ahora?
¿Por qué te han señalado sólo a ti?
Quizás Dios sí tiene favoritos.
¿Por qué Dios ignora tus oraciones?
¿Por qué a otros les resulta mucho más fácil que a ti?
Tal vez Dios no te ama después de todo.

La función de todas estas mentiras es sembrar semillas de duda en nuestros corazones cuando nos sentimos más débiles y más asustados y estamos buscando ayuda. El enemigo busca hacernos dudar de la bondad, el amor, la presencia y el poder de Dios. Sabe que, si empezamos a cuestionar el carácter y el poder de Dios, dejaremos de ir a Dios y buscar Su ayuda. Las mentiras de Satanás están destinadas a dañar y debilitar nuestra fe para que, al otro lado de nuestro sufrimiento (si es que hay un otro lado), no amemos ni sirvamos a Dios como lo hicimos antes.

Pedro entiende que aferrarse a Dios con una fe como la de un niño en medio de las experiencias dolorosas de la vida en este mundo terriblemente quebrantado es guerra espiritual, y su declaración está destinada a dar a sus lectores armas para la batalla. Está diciendo: «Miren a su alrededor. En su sufrimiento, Dios no los está señalando, dándoles la espalda, ignorando su necesidad u olvidando su difícil situación. Sus hermanos y hermanas en todo el mundo llevan todos sus propias cargas de dificultad. Es imposible vivir entre el “ya” y el “todavía no” sin sufrir de alguna manera, en algún momento. Su sufrimiento no es una señal de que han sido abandonados; más bien, es una señal de que viven en un mundo que no funciona de la manera en que Dios pretendía, sino que necesita una renovación completa».

En este consejo encontramos las palabras sabias de un pastor amoroso que sabe lo que enfrenta su gente. Pedro sabía que el ataque central contra nosotros en nuestro sufrimiento no es el ataque a nuestros cuerpos, nuestras relaciones, nuestras posesiones o nuestras circunstancias, sino es el ataque a nuestros corazones. Podemos vivir bien con un cuerpo dañado, pero el daño espiritual en el corazón tiene el poder de hacernos vivir de una manera espiritualmente no saludable. La declaración de Pedro tiene la intención de proteger a sus lectores sufrientes del daño espiritual a sus corazones y vidas que resulta de concluir que Dios no es bueno.

Combate al enemigo contando bendiciones

Cuando estamos sufriendo, debemos obligarnos a prestar atención a nuestra conversación privada, es decir, a las palabras que nos decimos a nosotros mismos que nadie más escucha. Siempre estamos hablando con nosotros mismos sobre nosotros, la vida, Dios, los demás, el significado y propósito, las relaciones, los problemas, las soluciones, la esperanza, el pasado, el futuro, y así sucesivamente. Debido a esta constante conversación interna, nos influenciamos a nosotros mismos más que nadie, ya que escuchamos lo que nosotros mismos tenemos que decir más de lo que escuchamos a cualquier otra persona. Pero todo el que sufre debe preguntar: ¿Mi sufrimiento me ha hecho empezar a creer cosas que no son ciertas y, por lo tanto, a decirme a mí mismo cosas que no son ciertas? Necesitamos cuestionar nuestras propias suposiciones. Necesitamos argumentar con nuestros propios corazones. Necesitamos confrontar las evidencias de incredulidad en nuestra conversación privada. Luchar contra las mentiras del diablo significa estar conscientes de la conversación de nuestro propio corazón y defender nuestro corazón contra cualquier perspectiva que ponga en duda la sabiduría, el amor, la bondad, la gracia y la fidelidad de Dios. Debemos orar para que Dios nos dé perspicacia sobre nuestros propios corazones y la fuerza para luchar esta batalla espiritual incluso en momentos en que nos sentimos profundamente débiles.

No hay herramienta más poderosa contra la duda debilitante que la gratitud. Es exactamente cuando somos tentados a dudar de nuestras bendiciones que contarlas es lo más importante. Un corazón agradecido es la mejor defensa contra un corazón que duda. Recitar las evidencias de la presencia de Dios, su gracia, su fidelidad a sus promesas, su provisión y la confiabilidad de lo que nos ha dicho en Su Palabra nos recuerda la bondad de Dios—y, debido a que lo hace, nos protege contra las mentiras que nos tientan a considerarlo como menos que bueno.¿

Sin importar cuán difícil o duradero haya sido nuestro sufrimiento, hay bendiciones que encontrar. Como defensa contra la duda, es realmente importante dedicarnos a momentos de quietud para mirar el camino que dejamos atrás y las cosas de la vida que nos rodean en busca de evidencias de que Dios es bueno y digno de nuestra confianza. En otras palabras, debemos hacer lo que dice el viejo himno:

Ve tus bendiciones; cuenta y verás
Cuántas bendiciones de Jesús tendrás

En nuestros momentos de duda, no debemos huir de nuestro Señor. Debemos determinarnos a correr a Él. Esta es la bienvenida de Jesús para nosotros:

Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera (Mateo 11:28-30).

Nuestra batalla no es sólo la dificultad que enfrentamos, sino el impacto de la dificultad en nuestros corazones. La Escritura nunca menosprecia a los que sufren y dudan. Nunca se burla de su dolor. Nunca hace oídos sordos a sus lamentos. Nunca los condena por su duda. Presenta al que sufre y duda un Dios que entiende, que se preocupa, que nos invita a venir a Él en busca de ayuda con nuestras dudas y que promete un día poner fin a todo sufrimiento de cualquier tipo, de una vez y para siempre.

Este recurso fue publicado originalmente en Paul Tripp Ministries.
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Paul David Tripp

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista internacional y autor de libros éxito de ventas y ganadores de premios. Es el director de Paul Tripp Ministries. Con más de 30 libros y series en video, la pasión que mueve a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana.  
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