Nunca entenderemos el placer si pensamos que es un fin en sí mismo. El placer es placentero, y nunca debemos sentirnos culpables por disfrutarlo o por querer más.
Aunque fuimos creados para lograr y tener éxito, nuestros corazones pecaminosos saborearán el logro y el éxito, y serán tentados a olvidarse del Señor y dar gloria a nuestro propio nombre.