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Perdonar rara vez es instantáneo. Las palabras «te perdono» se ofrecen libremente con fe en Dios, pero todos sabemos que pueden delatar el caos que se agita en nuestro interior. El dolor y la angustia mental pueden irrumpir en tu mente sin avisar. Se arrastra cuando estás deprimido y a menudo espera para saludarte en el momento en que despiertas. Pero el perdón bíblico asume al menos dos costos.

A cada uno de nosotros se nos ha perdonado una deuda inestimable que nunca podríamos pagar de vuelta.

Primero, un cónyuge debe decir: «No voy a castigarte». No hay una sola persona entre nosotros que no haya juzgado mentalmente a su cónyuge y pronunciado el veredicto del siervo sin compasión de Mateo 18:28: «paga lo que debes». Pero para que ocurra el perdón, debemos negar el instinto de ahorcar al deudor y liberarlo del castigo. Debemos estar dispuestos a vernos a nosotros mismos como aquellos que debían una deuda impagable a Dios. Sin embargo, recibimos Su perdón inmerecido porque Jesús pagó la deuda que debíamos. Ahora vivimos como aquellos que abandonan el derecho a la reivindicación porque un principio superior guía nuestra respuesta. Vivimos «perdonándo[nos] unos a otros, así como también Dios [n]os perdonó en Cristo.» (Ef 4:32).

Segundo, debemos decir: «en su lugar, asumiré la deuda por este pecado». La deuda no se evapora misteriosamente. Si te presto $10 USD y te niegas a pagar, el dinero no vuelve mágicamente a mi billetera. Al elegir perdonarte esta deuda, tengo que asumirla. Para ser brutalmente honesto, este sólo problema a menudo se convierte en el punto de tropiezo en el camino hacia la reconciliación. Queremos perdonar, pero asumimos que no debería costarnos. Sentimos que la pura voluntad de no tomar represalias es suficiente. Reaccionamos instintivamente ante la injusticia de absorber una deuda: «¡espera, tú lo hiciste! ¿Ahora también tengo que pagar la cuenta?». Tratar a nuestro cónyuge como su pecado merece (con ira, retraimiento o castigo emocional) en realidad parece más justo y equitativo.

Pero cuando hacemos esto, hemos olvidado cuánto se nos ha perdonado ya. Hemos perdido de vista la deuda que Cristo pagó por nosotros. Cada uno de nosotros ha sido perdonado de una deuda inestimable que nunca podríamos pagar. En respuesta, transmitimos el perdón que hemos recibido gracias a la muerte y resurrección de Cristo. Y esa transferencia comienza justo donde vivimos y debe dirigirse primero a la persona con la que nos casamos.

¿Cómo aprendemos a vivir en el perdón? ¿Qué lecciones son esenciales para ayudar a que el perdón se mantenga? A continuación, presento tres preguntas que debemos hacernos a nosotros mismos y a otros sobre el perdón:

1. ¿Dónde está tu cabeza? 

¿Alguna vez reduces la velocidad el tiempo suficiente para escudriñar tus pensamientos? ¿Dónde está tu mente? ¿En qué tiendes a meditar? Enfréntalo: una mente caída es siempre vulnerable a pensamientos impíos. La amargura y el resentimiento se alimentan a través de la meditación. ¿Cómo nos alcanza Dios cuando nuestro corazón se tambalea sin sentido en pensamientos oscuros y airados? ¿Y si lo único en lo que puedes pensar es: «¡no puedo creer que haya hecho eso!»? Dios nos conoce demasiado bien. Él entiende cómo el ser heridos influye en nuestra percepción. Como amnésicos espirituales, escuchamos la súplica de perdón y vemos pequeños cambios, pero no recordamos a nuestro Salvador colgando de un madero. Sin embargo, Dios no nos ha dejado sin ayuda. Él nos dice que plantemos nuestra mente en el suelo fértil de las cosas dignas de alabanza: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten» (Fil 4:8).

En este pasaje, Dios nos llama a ir más allá de la percepción hacia la reflexión. Él dice: «esposo y esposa, son propensos a vagar y a enfocarse en cómo los han herido individualmente. Permítanme ayudarlos. ¡En lugar de ello, piensen en estas cosas!». Dios nos guía en cómo fijar nuestras mentes para rescatarnos de los ciclos cínicos y las preocupaciones impías. Dios dice: «¡toma lo bueno, lo justo y lo amable y fija tu mente en ellas!».

2. ¿Dónde está tu corazón?

A medida que Dios vuelve a dirigir nuestros pensamientos, Él nos ayuda a ver la vida desde su perspectiva. Sí, requiere cierta actividad llena de gracia de nuestra parte. Pero percibir y reflexionar se convierten en esfuerzos llenos de gracia donde a Dios le encanta echar una mano. Todos conocemos las dificultades. La vida conlleva dolor. Sufriremos, tendremos conflictos y pecaremos. Permaneceremos inmóviles en momentos en los que Dios parece lejano y distante; momentos en los que el resentimiento parece ser la única forma lógica de pensar. Sin embargo, los cristianos que luchan contra la amargura nunca quedan atrapados allí. Incluso en lugares desolados, Dios está presente; trabajando para elevar nuestros ojos por encima del cinismo despectivo del alma hacia un mundo de belleza y un Salvador hermoso.

Un amigo mío tiene un sencillo ejercicio para el alma que usa cuando su mente patina sobre el fino hielo de sentirse ofendido. Cuando su pensamiento se oscurece con tentaciones de amargura o resentimiento, simplemente aparta diez minutos para escribir las áreas en las que ve la bondad de Dios obrando. Dice que es un acto de subversión. Al volver a enfocarse en los lugares donde Dios lo está bendiciendo activamente, aviva un fuego en su corazón que consume lo malo y da vida a lo bueno. «Me ayuda —me dijo una vez— a ver las cosas desde la perspectiva de Dios».

¿Ves el camino? Tu meditación ayuda a determinar tu dirección. ¡Lucha por encontrar ese camino! ¡Luego lucha por permanecer en él! Cuando reflexionamos sobre las cosas correctas y alabamos a Dios por Sus buenas obras, avanzamos en la dirección correcta. Y en el camino descubrimos algo verdaderamente notable: donde el perdón fluye libremente, el Evangelio se hace más grande.

3. ¿Dónde están tus manos? 

Perdonar no es sólo una cuestión de pensar y sentir. Requiere acción. Jesús dejó esto claro cuando habló del reincidente: «Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces, diciendo: “me arrepiento”, perdónalo» (Lc 17:4). Piénsalo. Siete ofensas en un sólo día. ¡Ese es un cónyuge seriamente engañado que exporta mucho caos a tu mundo! ¿Cómo sigues perdonando después del cuarto o quinto incidente de la misma persona? ¿Cómo aquietas tu alma mientras oras por un arrepentimiento, digamos, que dé más fruto?

Primero, y esto es obvio, tus manos no deberían estar alrededor de su cuello en una llave de estrangulamiento gritando: «¡págame lo que debes!». El problema del siervo que no perdonaba fue que no estaba dispuesto a hacer por otro lo que el Amo había hecho por él: abandonar su condición de ofendido, soltar el control y comenzar a vivir como un pecador más al que se le ha perdonado mucho.

Por otro lado, debemos aprender que esto a veces significa mantener los brazos cruzados. Perdonar a un pecador que repetidamente «se arrepiente» y confiar en esa misma persona son dos cuestiones diferentes. No estoy hablando de retirar tu amor o castigarlos con sutiles indirectas o manipulación emocional. Pero si tu cónyuge ha demostrado un patrón hacia un pecado específico, no puedes devolver la confianza hasta que veas fruto. Después de todo, la Escritura no nos llama a confiar el uno en el otro. Somos llamados a confiar en Dios y a amarnos. Esto significa que nuestro perdón hacia ellos debe ser inmediato cada vez que lo pidan. Pero nuestra confianza podría necesitar basarse en la evidencia del cambio. Quieres ver pruebas de que la misericordia y el perdón que están solicitando públicamente han resultado en una transformación privada.

«Todo el mundo dice que el perdón es una idea encantadora», observó C. S. Lewis, «hasta que tienen algo que perdonar». Quizás la parte más dolorosa y valiente del perdón es cuando debemos asumir el costo del pecado de un cónyuge.

Los cristianos que luchan contra la amargura… nunca quedan atrapados allí.

El dolor de ser ofendido no desaparece rápidamente. Palabras dichas, dinero perdido, votos rotos: estos dolores se repiten constantemente. Pero incluso cuando el perdón es doloroso, es necesario para nuestra alma. Porque como aquellos que caminamos por esta tierra habiendo sido perdonados de mucho, debemos dirigirnos a otros deudores y transmitir lo que hemos recibido. No primero porque propicie relaciones pacíficas o matrimonios más largos, sino porque primero refleja el Evangelio que exalta a Aquel que transforma nuestro matrimonio.

Este recurso fue originalmente publicado en el blog de Dave Harvey.
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Dave Harvey

Dave Harvey sirve como pastor predicador en la iglesia Four Oaks en Tallahassee, Florida. Es autor de ¿Soy llamado?: La convocatoria para el ministerio pastoral, y Cuando pecadores dicen, «acepto»: Descubriendo el poder del evangelio para el matrimonio.
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