Si el propio apóstol Pablo no nos hubiera advertido sobre apagar al Espíritu, ¿quién de nosotros habría pensado que era posible (1Ts 5:19-22)? Sugerir que el Espíritu omnipotente de Dios podría alguna vez ser apagado, y, por lo tanto, restringido en lo que de otra manera podría hacer en nuestra vida, y en la vida de la iglesia local, es pisar sobre hielo teológico muy delgado.
Pablo dice en 1 Tesalonicenses 5 que Dios ha concedido a los cristianos la capacidad, ya sea de restringir o de liberar, lo que el Espíritu hace en la vida de la iglesia local. El Espíritu viene a nosotros como un fuego, ya sea para ser avivado hasta convertirse en una llama total y dársele la libertad de cumplir su voluntad, o para ser empapado y extinguido por el agua del miedo humano, el control y la teología defectuosa.
¿Cuántos de nosotros hacemos una pausa para considerar las formas en que, sin darnos cuenta, apagamos la obra del Espíritu en nuestra vida a nivel individual y en nuestras iglesias a nivel congregacional? ¿Los líderes de la iglesia infundimos miedo o valor en el corazón de las personas por la forma en que hablamos, predicamos y lideramos? ¿Llenamos tan repetidamente nuestros sermones y estudios bíblicos en grupos pequeños, e incluso nuestras conversaciones personales, con advertencias tan extremas de los excesos carismáticos, que apagamos efectivamente la obra del Espíritu en sus vidas? ¿O, después de escucharnos y observar cómo nos conducimos en el ministerio cristiano, se sienten animados, valientes y confiados para dar un paso al frente y tomar riesgos que de otro modo no tomarían?
El Espíritu, obviamente, desea obrar en tu vida y en tu iglesia. Para usar la metáfora o analogía de Pablo, el Espíritu es como un fuego cuya llama debemos tener cuidado de no apagar o extinguir. El Espíritu Santo quiere intensificar el calor de su presencia entre nosotros, inflamar nuestros corazones y llenarnos con el calor de su poder interior. Y la exhortación de Pablo es una advertencia para todos nosotros, para que no nos convirtamos en parte de la brigada de baldes contemporánea que está lista para empapar su actividad con el agua del legalismo, el miedo y una teología defectuosa que, sin justificación bíblica, afirma que sus dones han cesado y han sido retirados.
Siete formas en que apagamos al Espíritu Santo
1. Apagamos al Espíritu Santo cuando dependemos decisivamente de cualquier recurso que no sea el Espíritu Santo para cualquier cosa que hagamos en la vida y el ministerio
Cualquier intento de evocar «esperanza» aparte de ese poder que es el Espíritu (Ro 15:13) es apagarlo, al igual que todo esfuerzo por perseverar en el ministerio y ser paciente con gozo mediante otro medio que no sea el Espíritu (Col 1:11). Intentar llevar a cabo el ministerio pastoral que no sea mediante «su poder que obra poderosamente en mí» (Col 1:29) es apagar al Espíritu. En definitiva, proponernos realizar alguna buena obra de fe a través de un «poder» distinto al del Espíritu es apagarlo (2Ts 1:11).
2. Apagamos al Espíritu cada vez que disminuimos su personalidad y hablamos de Él como si fuera sólo una fuerza abstracta o una fuente de energía divina
Algunos imaginan al Espíritu como si no fuera más que una energía etérea, el equivalente divino a una corriente eléctrica: ¡mete tu dedo de fe en el enchufe de su «presencia ungida» y experimentarás una descarga espiritual de proporciones bíblicas! El resultado es que cualquier charla sobre experimentar al Espíritu se descarta sumariamente como una deshonra a su estatus exaltado como Dios, y como un fracaso en abrazar su soberanía sobre nosotros, en lugar de la nuestra sobre Él.
3. Apagamos al Espíritu cada vez que suprimimos o imponemos normas en contra de su obra de impartir dones espirituales y ministrar a la iglesia a través de ellos
Cada don del Espíritu es, a su manera, una «manifestación» del propio Espíritu Santo (1Co 12:7). El Espíritu se manifiesta, o se hace visiblemente evidente, en medio de nosotros cada vez que los dones están en uso. Los dones espirituales son la presencia del Espíritu mismo manifestándose de forma relativamente clara, incluso dramática, en la manera en que desarrollamos el ministerio.
¿Significa esto que la doctrina del cesacionismo es una forma de apagar al Espíritu? Si bien no creo que los cesacionistas tengan la intención consciente de apagar al Espíritu, sí creo que la consecuencia final de esa postura teológica lo apaga.
La mayoría de los cesacionistas desean que el Espíritu obre en cualquier forma que crean que está justificada bíblicamente. Simplemente, no creen que la operación de los dones milagrosos hoy en día tenga justificación bíblica. Por lo tanto, el efecto práctico e involuntario del cesacionismo es apagar al Espíritu. Por medio de una teología antibíblica y equivocada que restringe, inhibe y, a menudo, prohíbe lo que el Espíritu puede y no puede hacer en tu vida personal y en nuestras iglesias de forma comunitaria, terminamos apagando al Espíritu.
4. Apagamos al Espíritu cada vez que creamos una estructura inviolable y santurrona en nuestras reuniones congregacionales, servicios de adoración y grupos pequeños, la cual no permite la espontaneidad o la guía especial del Espíritu
Dos veces, en Efesios 5:19 y Colosenses 3:16, Pablo se refiere a «cantos o canciones espirituales», muy probablemente para diferenciar entre los cantos que han sido compuestos previamente («salmos» e «himnos») frente a aquellos que son evocados espontáneamente por el propio Espíritu. Creo que la mejor explicación de lo que Pablo quiso decir con «cantos espirituales» son melodías o coros no ensayados, sin guion e improvisados, tal vez cortos, que exaltan la belleza de Cristo. No se preparan con anticipación, sino que son impulsados por el Espíritu y, por lo tanto, son única y especialmente apropiados para la ocasión o el énfasis del momento.
¿Podría ser que apaguemos la obra del Espíritu, ya sea al negar la posibilidad de que Él pueda moverse sobre nosotros de formas espontáneas como estas, o al estructurar nuestros servicios de manera tan rígida que prácticamente no se permita la interrupción del Espíritu en nuestra liturgia?
Además, leemos en 1 Corintios 14:29-31 que el Espíritu bien puede revelarle algo a una persona al mismo tiempo que otra está hablando. Esta espontaneidad no debe ser despreciada ni burlada, sino abrazada, ya que Pablo aconseja a la persona que habla que guarde silencio y dé lugar para que la otra comunique lo que el Espíritu le ha dado a conocer.
5. Apagamos al Espíritu cada vez que menospreciamos las expresiones proféticas (1Ts 5:20)
No importa qué tan mal la gente haya abusado del don de profecía, es una desobediencia a la Escritura —en otras palabras, un pecado— menospreciar las expresiones proféticas. Dios nos manda a no tratar la profecía con desprecio, como si no fuera importante.
En lugar de apagar al Espíritu Santo menospreciando las expresiones proféticas, Pablo nos dice en 1 Tesalonicenses 5:21: «examínenlo todo», lo que significa examinar o juzgar todas las profecías. Pablo no corrige el abuso de este don ordenando su desuso (como es la práctica de muchos hoy en día). Su remedio es el discernimiento informado bíblicamente y la «reten[ción de] lo bueno» (1 Ts 5:21). Tal discernimiento debe aplicarse a todos los dones espirituales.
6. Apagamos al Espíritu cada vez que disminuimos su actividad, la cual nos alerta y nos despierta a la gloriosa y majestuosa verdad de que somos verdaderamente hijos de Dios (Ro 8:15-16; Gá 4:4-7).
En ambos textos, la seguridad vivencial y sentida de nuestra adopción como hijos de Dios es el resultado directo de la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. En la medida en que disminuyamos esta dimensión vivencial de la obra del Espíritu, lo apagamos. En la medida en que fracasemos en llevar a las personas a la conciencia sentida de su adopción como hijos de Dios, apagamos al Espíritu.
7. Apagamos al Espíritu cada vez que suprimimos, legislamos en contra o infundimos miedo en el corazón de las personas con respecto a la experiencia legítima de emociones y afectos sinceros en la adoración
Me parece instructivo que Jesús, mientras exaltaba al Padre, es descrito diciendo que «se regocijó mucho en el Espíritu Santo» (Lc 10:21). Los afectos hacia Dios, como el gozo, la paz, el amor, el celo, el deseo y el temor reverencial, son una dimensión esencial en la adoración que exalta a Cristo. ¿Con qué frecuencia orquestamos nuestras reuniones corporativas y emitimos pautas estrictas sobre lo que es «apropiado» en los tiempos de adoración y, al hacerlo, apagamos inadvertidamente al Espíritu en la vida de las personas?
John Piper lo dice mejor: «la plenitud vibrante del Espíritu se desborda en expresiones apropiadas, como cantar y alabar al Señor en el corazón (Ef 5:18-19). Y si no te gustan esas expresiones y te resistes a ellas, te cruzas de brazos y dices: “yo no voy a hacer ese tipo de cosas; no voy a cantar”, estás apagando al Espíritu Santo».
Te ruego que escudriñes cuidadosamente tu propio corazón y evalúes las posibles formas en que puedes haber apagado al Espíritu en tu propia vida y en la experiencia de tu iglesia local. Ceder y dar lugar a la obra del Espíritu en medio de nosotros no es algo que se deba temer, sino fomentar. Que Dios nos conceda, a la vez, la sabiduría y la confianza en su bondad para facilitar una experiencia mayor y más transformadora del poder del Espíritu que cambia vidas.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.