«La Pascua es una festividad pagana adoptada por los cristianos». O, al menos, así reza una línea del pensamiento popular. Tal vez ustedes han encontrado a alguien pregonando los «orígenes paganos de la Pascua» y acusando a los cristianos de simplemente bautizar una celebración no cristiana. La implicación, a menudo, es que la resurrección en sí surgió de base pagana (y por lo tanto no sucedió realmente).
Dado el hecho de que la muerte expiatoria y la resurrección de nuestro Señor son absolutamente centrales para la fe cristiana, esta es una afirmación seria. Si Cristo no murió y no fue levantado de entre los muertos, entonces toda la arquitectura del cristianismo se derrumba. Entonces, ¿tiene algún mérito el argumento de que la Pascua tenga raíces paganas?
Ostara y Pascua
Gran parte de la confusión surge del origen de la palabra inglesa «Easter» [Pascua] —el término que usamos para la temporada en la que nuestro Señor murió y resucitó de entre los muertos—. La fuente de este término es bastante oscura. La explicación más inicial de su origen la da el comentarista bíblico e historiador de Northumbria Beda (c. 675-735). En su libro De temporum ratione [El cálculo del tiempo], Beda afirma que el término se derivó de una diosa llamada Eostre [Ostara], cuyo festival anual era celebrado en la primavera por los anglosajones precristianos. Sin embargo, la evidencia que corrobora la existencia de tal deidad es insignificante, lo que lleva a algunos a sugerir que Beda pudo haber inventado esta diosa.
Además, la asociación de huevos y conejos a menudo se presenta como prueba de que la Pascua está relacionada con rituales de fertilidad. Sin embargo, como explica Richard Sermon, ambos carecen de peso. Sobre los huevos, dice:
Los huevos de primavera anunciaban el comienzo de una nueva vida después de los fríos meses de invierno, y así también simbolizaban la resurrección de Jesús. Para la Edad Media, era costumbre en toda Europa regalar huevos decorados el Domingo de Pascua, cuando finalmente podían comerse después del largo ayuno de Cuaresma […]. En Inglaterra, a estos huevos de Pascua de colores también se les llamaba huevos Pace o Paste, un nombre que se deriva del latín Pascha1.
Asimismo nota que los conejos de Pascua se pueden rastrear a costumbres alemanas, siendo 1678 la asociación más tempranas de conejos/liebres de Pascua2.
Lo que queda claro en el registro histórico es que la celebración cristiana original de la Pascua no tenía absolutamente nada que ver con una oscura diosa teutona o un festival pagano de la fertilidad. Sus raíces son muy claramente judías, y su base es la Pascua divinamente ordenada del antiguo pacto.
Las raíces de la Pascua judía
Los cuatro evangelios vinculan la muerte de nuestro Señor Jesús con la festividad judía de la Pascua (Mt 26:17-19; Mr 14:12-16; Lc 22:7-13; Jn 13:1). Este vínculo temporal se refleja en la forma en que un buen número de idiomas europeos usan alguna variante de Pascha para referirse a la temporada de Pascua —por ejemplo, Pascha (griego), Pascha (latín), Pascua (español), Pâques (francés) y Pasqua (italiano), entre otros—. Así, desde el principio, la celebración de la muerte y resurrección de Cristo estuvo íntimamente ligada a la fiesta judía de la Pascua, un hecho que llevó al apóstol Pablo a describir a Cristo como «nuestro Cordero de la Pascua» (1Co 5:7). Si el cristianismo de habla inglesa hubiera conservado una variante de la redacción original para esta fiesta—es decir, Pascha—, la acusación de raíces paganas probablemente nunca se habría planteado.
Más allá de esta evidencia lingüística, la evidencia clara de las raíces judías de la Pascua se puede encontrar en lo que se conoce como la controversia cuartodecimana («del día catorce») al final del siglo segundo, que Eusebio de Cesarea (c. 265-339), el llamado padre de la historia de la iglesia, denominó «una controversia de gran importancia3».
Las iglesias en Asia Menor (la actual Turquía) y Siria observaban la conmemoración de la muerte de Cristo en la fecha real de la Pascua judía, 14 de Nisán, sin tener en cuenta el día de la semana en que caía. Las iglesias en casas de Roma, dirigidas por Víctor i (m. 199) —quien es probablemente el primer hombre al que se puede llamar obispo de Roma, ya que antes de este tiempo las iglesias eran dirigidas por un presbiterio—, criticaron el momento de las celebraciones pascuales de las congregaciones de Asia y Siria. Víctor insistió en que la Pascua debía celebrarse un domingo.
Dada la naturaleza multicultural de Roma, es muy probable que los visitantes cristianos de Asia Menor y Siria en la capital romana estuvieran causando confusión a algunos al celebrar la Pascua el 14 de Nisán. Es concebible, entonces, que los creyentes de Asia y Siria estuvieran regocijándose en la resurrección de Cristo mientras las iglesias romanas ni siquiera habían observado todavía el Viernes Santo.
En un gesto que presagió el futuro modus operandi del obispo de Roma, Víctor i insistió en que las iglesias de Asia Menor y Siria tenían que conformarse a la práctica romana (que era también la de las iglesias en Egipto). Si no lo hacían, los amenazó con la «excomunión total4». Representadas por Policarpo (fl. 180-200), el obispo de Éfeso, las iglesias de Oriente respondieron a Víctor i, informándole que su tradición sobre la fecha de la Pascua contaba con la aprobación nada menos que del apóstol Juan, de quien la habían aprendido. Sólo la oportuna intervención de Ireneo de Lyon (c. 130-c. 200) evitó un cisma. Él escribió a Víctor, instándolo a tomar una postura pacífica hacia aquellos que diferían de él en Oriente.
Polícrates había insistido en que la celebración asiática de la Pascua el 14 de Nisán se remontaba hasta el apóstol Juan. Y él personalmente no había conocido otra fecha para la Pascua desde mediados de la década de 120, lo cual fue sólo una generación después de la muerte de Juan. Esta controversia muestra que las iglesias del siglo segundo en Asia Menor conectaban claramente la Pascua con la Pascua judía, haciendo imposible que esta festividad tuviera raíces paganas posteriores.
El Pascha de nuestra salvación
Una última evidencia de las raíces judías de nuestras celebraciones de Pascua vienen de un extraordinario sermón de Melitón de Sardis (c. 100-c. 180), a quien Polícrates, en su carta a Víctor i, describió como alguien que había ejercido su ministerio «en todo […] en el Espíritu Santo5». Titulado Sobre el Pascha, es uno de los sermones más antiguos que tenemos. Melitón identifica explícitamente a Cristo como el cordero pascual que fue prefigurado en la ofrenda de la Pascua judía. Como él dio testimonio:
Con respecto al misterio del Pascha, quien es Cristo…
Él es el que fue conducido como un cordero
Y degollado como una oveja;
Él nos rescató de la adoración del mundo
Como de la tierra de Egipto,
Y nos liberó de la esclavitud del diablo
Como de la mano del faraón…
Este es el Pascha de nuestra salvación6.
Central para el significado de la Pascua es esta comprensión paulina de Cristo como nuestra Pascua. Cualesquiera sean las controversias que puedan girar en torno al día particular en que se recuerda la muerte de nuestro Señor, palidecen en comparación con la importancia de este pilar fundamental del cristianismo bíblico.
Cuando la iglesia primitiva comenzó a celebrar la Pascua, entonces, no se estaban inspirando en festividades paganas. Celebraron la Pascua porque Jesús cumplió la antigua esperanza de la Pascua de Israel, y porque Él, a diferencia del cordero, no permaneció degollado.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
- Sermon, Richard. «From Easter to Ostara: the Reinvention of a Pagan Goddess?» [De la Pascua a Ostara: ¿la reinvención de una diosa pagana?]. Time & Mind. Publicado en línea el 28 de noviembre de 2013, p. 340.
- Sermon. «From Easter to Ostara». p. 341.
- de Cesarea, Eusebio. (2008). Historia eclesiástica. [Madrid: Biblioteca de autores cristianos]. 5.23.
- Eusebio. (2008). Historia eclesiástica. 5.24.
- Eusebio. (2008). Historia eclesiástica. 5.24.
- de Sardis, Melitón. (2002). On Pascha [Sobre el Pascha]. (Crestwood, NY: St Vladimir’s Seminary Press). pp. 65, 67, 69. N. del T.: traducción propia.
