Es lunes. El sendero polvoriento entre Betania y Jerusalén está atestado con el tráfico habitual: los granjeros llevan sus productos a la ciudad; los más prósperos conducen asnos que rebuznan. Un joven aprendiz de abogado camina lo más rápido que su dignidad le permite para llegar a tiempo a sus estudios. Una familia llega para celebrar la Pascua con parientes, los niños charlan emocionados mientras se acercan a la ciudad santa. Un grupo de auxiliares romanos viaja a un nuevo destino.
Apresurados en sus asuntos, pocos se percatan del pequeño grupo que camina hacia Jerusalén con un joven rabino en el centro. Ayer, Él había entrado montado en un asno entre los gritos resonantes de la multitud. Su llegada había arrojado a la ciudad a un tumulto: «¿quién es este hombre?». Hoy está más tranquilo.
«Tengo hambre». No muy lejos, una higuera se alza con sus ramas de hojas dando un poco de sombra al camino. Al detenerse a la sombra, mira hacia arriba y no encuentra más que hojas; no es la temporada de higos. Él sabe que ningún fruto podría salir de sus ramas fuertes y extendidas. Sin embargo, él dice: «¡nunca jamás coma nadie fruto de ti!» (Mr 11:14). Los discípulos se miran entre sí. Seguramente Él sabe que los higos aún no están en temporada. ¿No es así? Reanudan su camino hacia Jerusalén con miradas interrogantes.
Esa mañana trae más sorpresas. Una confrontación airada con cambistas en el templo resulta en la confusión de mesas volcadas y palomas liberadas en los recintos. La voz de Jesús se eleva por encima del caos: «¿no está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones?”. Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones» (Mr 11:17).
Una higuera maldita, un templo purificado. Con la inminente cruz por delante, ¿qué significa todo esto?
El árbol maldito
Unos 600 años antes de los sucesos de aquellos días, el profeta Jeremías había advertido al pueblo de Judá, diciéndoles que se apartaran de sus caminos tercos y rebeldes.
Mientras actuaba con maldad, el pueblo confiaba tontamente en la seguridad del «templo del Señor», diciendo: «“paz, paz”, pero no [había] paz» (Jer 7:4; 8:11). Dios les envió repetidamente mensajeros, pero no «escucharon ni inclinaron su oído, sino que fueron tercos» (Jer 7:26). Cuando Él vino en busca de una cosecha, descubrió vides sin uvas, árboles sin higos (Jer 8:13). Confiaban en la forma externa del templo y sus prácticas, pero rechazaron la Palabra de Dios.
Al caminar con sus discípulos esa mañana, Jesús les dio una parábola profética. Al ir a recoger el fruto de la higuera, el Señor encarnado encontró sus ramas desnudas. Al entrar en el templo, encontró una cueva de ladrones. Al venir a su pueblo, sólo encontró rechazo y desprecio. Jesús maldijo la higuera estéril. Según Marcos, estaba «seca desde las raíces» cuando Él y los discípulos pasaron junto a ella al día siguiente (11:20); una señal para ellos de la esterilidad de Israel, un eco de la palabra profética de que «la hoja se marchitará» (Jer 8:13).
Aunque mantenía las formas externas del pueblo de Dios, Israel era un árbol muerto que rechazó la Palabra de Dios.
La cruz maldita
Los días venideros traerían aún más sorpresas y evidencia de la impiedad. Repetidas contiendas con los gobernantes religiosos, instrucción sobre el fin de los tiempos, una cena final, traición, arresto, un juicio simulado y muerte. En un lado de la ciudad se erguía una higuera estéril, seca hasta las raíces, maldita. Permanecía como una parábola para Israel, el hijo rebelde de Dios. En el otro lado de Jerusalén, se erguía otro árbol, hecho por el hombre, también infructuoso. En él colgaba el Hijo del Hombre, maldito como lo son todos los que cuelgan de un madero (Dt 21:23).
El torbellino de acontecimientos, el dolor horrible, el rápido descenso de una entrada gloriosa a la ciudad santa, seguida por la crucifixión fuera de ella, todo esto dejó a los discípulos perdidos. Ellos habían esperado que Jesús fuera quien redimiera a Israel. ¿Qué significaba todo?
Cuando Jesús maldijo la higuera, la hizo estéril para siempre. Nunca más saldría fruto de ese árbol. Permanecería, hasta pudrirse, como una señal en contra de Israel. Pero como pronto verían los discípulos, cuando Jesús se hizo maldición por nosotros, Él hizo que la cruz estéril diera fruto. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley», escribe Pablo, «habiéndose hecho maldición por nosotros, […] a fin de que en [Él] la bendición de Abraham viniera a los gentiles»—todas las naciones (Gá 3:13-14).
La higuera fue una señal en contra de una nación impía que había despreciado las promesas del pacto de Dios; su esterilidad revelaba la muerte en vida de un pueblo sin Dios. La cruz es la señal de una nueva nación, bajo un nuevo pacto, que recibe la promesa del Espíritu Santo. De esta muerte brota la vida y la promesa de bendición mundial: Dios con nosotros.
Fruto para las naciones
El propósito del Lunes fue siempre el Viernes. Jesús sabía, mientras caminaba con sus discípulos confundidos, que una confusión mayor estaba por venir. Sabía que aún no comprendían la obra que había venido a hacer. Ellos probarían la amargura de la decepción. Enterrarían sus esperanzas en su tumba.
También sabía que su luto se convertiría en alegría, porque el propósito del Viernes fue siempre el Domingo. Al otro lado del árbol maldito se encontraba la tumba vacía. De la esterilidad nacería el fruto. De la maldición brotaría la vida. Del fuerte agarre de la muerte, tú probarías algo dulce. Y entonces su alegría se extendería. El pequeño árbol ensombrecido a las afueras de Jerusalén crecería, extendiendo ramas para dar sombra al mundo entero, dando el fruto que trae sanidad a las naciones.
¿Tienes hambre? Ven a este árbol. Come de su fruto. Prueba su bendición. Recibe su vida.
