volver

A estas alturas, la prevalencia y las causas de la ansiedad en la generación actual son de conocimiento común. Se han escrito libros y se han grabado pódcast. No se necesitan estadísticas para convencerte de que es una epidemia. Aunque tengo la esperanza de que los ciclos culturales naturales (como el alejamiento de las redes sociales) y la gracia sobrenatural puedan cambiar la marea de la agitación interna, el estrés y la ansiedad se han convertido en pilares de la vida occidental.

Así que, mientras roemos la raíz en las aulas y los laboratorios de ciencias, el hecho es este: las personas viven vidas abrumadas y requieren ser pastoreadas justo donde están. Sus pastores y ancianos los están pastoreando, pero al real sacerdocio de los creyentes también se le ha dado suficiente sabiduría de la Escritura para amarse unos a otros en lo duro de esto. Si la ansiedad está en todas partes, necesitamos la ayuda de todos.

Lo que sigue es un arreglo aliterado de principios que Dios me ha enseñado por medio de mi propio y débil pastoreo de los superestresados (también conocidos como estudiantes universitarios) durante el último par de décadas.

¿Qué es realmente la ansiedad?

Antes de llegar a los principios, sin embargo, debo confesar que tengo dos temores simultáneos (aunque no del todo iguales) al pastorear a los estresados. Por un lado, temo expresar de manera inadecuada a un hermano o hermana abrumados la presencia sacerdotal de Cristo, nuestro hermano, quien se hizo carne para conocer nuestra debilidad y estrés. Me preocupa que mis palabras, mi presencia, o ambas, se sientan poco reconfortantes, incluso insensibles, para aquel que está atado en nudos de ansiedad. Me preocupan las declaraciones de verdad o las exhortaciones al cambio que parezcan socavar la compasión de Jesús.

Por otro lado, temo que mi pastoreo, cuando se expresa al escuchar, afirmar y validar emociones sin desafiar, fomente el enfoque en uno mismo, el ensimismamiento. Y aunque el primer temor probablemente habría sido más pesado hace veinte años, es este segundo temor el que me quita el sueño ahora.

En el momento actual, a las personas que lidian con la ansiedad típicamente se les pide disculpas. Hubo un tiempo en que la ansiedad se consideraba algo por lo que disculparse. La realidad actual es menos blanca y negra. En un sentido muy bíblico, la ansiedad (que se usa indistintamente con «estrés») es pecado. Es un miedo y una preocupación que menosprecian a Dios. Es desconfianza en la bondad o la soberanía de Dios (o en ambas). Los mandatos de Dios de «no temer» abundan en la Escritura. Y si tú eres propenso a distinguir entre el miedo y la ansiedad, entonces Filipenses 4:6-7 también da esa prohibición. Donde Dios ordena que no estemos ansiosos, parece que la respuesta apropiada a nuestra ansiedad es el arrepentimiento, lo que significa que deberíamos llamar a ese arrepentimiento a aquellos que están luchando contra ella.

Al mismo tiempo, la ansiedad también es aflicción. El pecado en sí mismo es aflicción, causando dolor y angustia en todos los que están en sus garras, incluso cuando (a veces) lo disfrutamos. Pero la ansiedad también es aflicción en el sentido de que puede surgir en nosotros como un resultado neurológico indirecto de la maldición del pecado en lugar de como una perpetración directa y consciente de incredulidad.

La sabiduría requerida aquí, al emplear tanto el cuidado sacerdotal como el discurso profético, es profunda. Así que comenzamos este proceso de pastoreo con…

Oración 

Ya sea que esté lidiando con mi propia ansiedad o con la de alguien a mi cuidado, mi impotencia es palpable. Daré un ejemplo superficial, pero muy real. Hace unos veranos, estaba con mi familia en SeaWorld. Nos acercamos a la Mako, una hipermontaña rusa con una caída de sesenta metros que alcanza los 117 kilómetros por hora. Mi hija se subió a la Mako como si simplemente se estuviera dejando caer en el sofá. Agitó los brazos con alegría y confió ciegamente en cada medida de seguridad mecánica.

Yo, por otro lado, ascendí la primera colina con una aprensión apenas controlada, mirando con furia el único tornillo en la base de mi barra de seguridad, tratando de recordar las capas de precauciones de ingeniería y recitando las estadísticas para mí mismo («hay una probabilidad de 1 en 760 000 000 de morir en una montaña rusa, lo que hace que el viaje en sí sea un lugar más seguro que cualquier otro en el parque…»). Pero mi ritmo cardíaco no estaba obedeciendo. Gritos primarios escaparon de mis pulmones durante todo el viaje. La inevitable capa de sudor adrenal brillaba en mi rostro mientras disminuíamos la velocidad hasta detenernos.

Me estaba diciendo la verdad, pero mi cuerpo no estaba escuchando. Para muchos en la vida diaria, la experiencia visceral de la ansiedad es la misma. He visto a un miembro de mi familia mirarme a los ojos con pánico, desesperado por deshacerse de una lucha aparentemente perpetua. Y a pesar de mis esfuerzos, ningún tono, ninguna disposición de palabras, sanará por sí solo el corazón ansioso; al menos, no sin el poder acompañante del Espíritu.

Nosotros no podemos simplemente aprovechar ese poder, aun mientras oramos; así que le rogamos al Señor por…

Paciencia

En 1 Tesalonicenses 5:14, Pablo nos exhorta: «sean pacientes con todos», ya sean indisciplinados, débiles o de poco ánimo, tal como Jesús ha sido infinitamente paciente con nosotros. Después de todo, la exasperación no produce la justicia de Dios (Santiago 1:20, generosamente parafraseado). Así que esperamos, recordando nuestro propio pecado, a que Dios obre. Por mi parte, la paciencia significa recordarme a mí mismo que la batalla contra el pecado dura toda la vida, así que no todos los momentos son propicios para enseñar.

A veces, lo más necesario al pastorear a una persona estresada es…

Presencia

Sí, me refiero a tu presencia, y no sólo físicamente. Esta persona necesita saber que tú habitas el mismo mundo abrumado de una forma u otra, que estás muy de cerca de ellos. Pero tu presencia reconocida es sumamente secundaria a la de Aquel que es la paz misma. El pensamiento natural, e incluso la conclusión inevitable, para todos los que están ansiosos es que Él no está cerca. Un pastor sabio los trae conscientemente de vuelta a la presencia del Dios que nunca se fue. Con paciencia y sabiduría, una de las preguntas más útiles que se le puede hacer a una persona abrumada (con el tiempo) es: «¿qué crees que Dios está haciendo en esto?».

Pero esto requiere ofrecer cierta… 

Perspectiva

Estas dos últimas opciones son donde entramos de lleno en el terreno de lo contracultural. Cada una requiere algo más que la mera validación de la experiencia de una persona. 

La perspectiva es crucial porque los ansiosos a menudo sienten como si su estrés fuera el pináculo del sufrimiento humano, y pocas cosas serán tan útiles como simplemente alejarse para ver el panorama general. Un estudiante universitario que tiene dos exámenes el mismo día está experimentando un privilegio tanto como una prueba. Una nueva miembro de la iglesia que no ha recibido una iniciación relacional ideal en sus primeros tres meses puede necesitar que se le recuerde que ella está experimentando relaciones humanas y ocupaciones normales.

Por otro lado, algunos que se sienten consternados por su ansiedad pueden necesitar una perspectiva más clara sobre su sufrimiento o las señales de la gracia de Dios en sus vidas. Una madre que está embarazada de su tercer hijo después de dos abortos espontáneos está lidiando no sólo con la ansiedad, sino con un resultado brutal de la caída de la humanidad. Un miembro de la iglesia de mucho tiempo que está abrumado por la convicción de su propia ira necesita ser animado con la esperanza de la obra del Espíritu Santo.

Y para cada categoría, el panorama general de una eternidad prometida, combinado con nuestra relativa insignificancia, es generalmente un bálsamo para un alma ansiosa.

Pero cuando la ansiedad permanece, un buen pastor, con toda plegaria y paciencia, tiene que ejercer un poco de…

Presión

Me adentro en esta última parte con delicadeza, pero en cada categoría de estrés, ansiedad o agobio (justificado bíblicamente o no), el llamado es a salir de ello. En algún punto del siglo xxi, se ha desarrollado un resentimiento respetable en la mente seudocristiana moderna contra el «más bien, […] hablar la verdad en amor» (Ef 4:15). Pero la práctica eterna de los pastores piadosos en la iglesia ha sido hablar la verdad feliz y esperanzadora del Evangelio a aquellos que están abrumados (sin importar su circunstancia), para verlos arrepentirse de cualquier mirada mal dirigida y verlos creer de nuevo. «Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17).

Para decirlo de otra manera, si Filipenses 4:6-7 dice: «por nada estén afanosos», y acumula todo tipo de promesas, tenemos justificación para usar humilde y felizmente esas mismas palabras. Con sabiduría en nuestro momento, está bien decirle a alguien: «Es hora de sentirse diferente ahora», siempre y cuando esté claro que la forma en que se sienten no está en línea con la verdad del Evangelio. Sería falto de amor no hacerlo.

El objetivo final, sin importar cómo pastoreemos, es llevar a una persona a un lugar de paz verdadera y duradera. Esto sucede sólo al dirigir la mirada hacia la persona y obra de Jesucristo: «Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en ti confía» (Is 26:3). Así que, mientras nosotros mismos abrazamos la verdad, anunciémosla con oración y paciencia a los ansiosos.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Photo of Matt Reagan
Matt Reagan
Photo of Matt Reagan

Matt Reagan

Matt Reagan es el director de Campus Outreach Charleston.