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Las Bienaventuranzas son popularmente conocidas y justamente amadas, sin embargo, podemos leerlas demasiado rápido y no meditar en su mensaje. Además, pueden ser difíciles de entender. Después de todo, ¿qué quiso decir Jesús cuando enseñó que los «pobres en espíritu» tienen el Reino o que «los que lloran» de alguna manera encontrarán consuelo? ¿Qué clase de lógica usó Jesús cuando dijo que los perseguidos por causa de la justicia son en realidad bienaventurados?

Por otro lado, los sutiles imperativos incrustados en las Bienaventuranzas pueden parecer imposibles de obedecer. Después de todo, ¿quién es siempre «misericordioso» y «de limpio corazón»? ¿Quién de nosotros nunca deja de tener «hambre y sed de justicia» y siempre busca la paz? Aunque los cristianos buscamos estas virtudes, con demasiada frecuencia —¡especialmente los lunes por la mañana!—, sentimos lo lejos que estamos de la vida virtuosa que prescriben las Bienaventuranzas.

Necesitamos identificar qué son las Bienaventuranzas para poder discernir cómo funcionan. Debemos verlas como invitaciones de Jesús moldeadas por el Antiguo Testamento, dirigidas a los vacíos y destinadas a producir fe en Cristo. Cuando las leemos correctamente, las vemos como el buen y bondadoso regalo de Jesús que nos señala la vida bienaventurada.

Las Bienaventuranzas como invitaciones

Primero, las Bienaventuranzas son invitaciones a una vida de gozo eterno. Cada una de las Bienaventuranzas comienza con la palabra griega makarios, que con frecuencia se traduce en las Biblias en español como «bienaventurado». El término se refiere al estado feliz de alguien que está viviendo la buena vida. Debido al uso generalizado del término en los antiguos textos griegos religiosos y seculares, Friedrich Hauck postuló la existencia en la antigüedad de «un género específico de bienaventuranza para exaltar la fortuna que le corresponde a alguien y para exaltar a esta persona sobre la base o condición de esa buena fortuna1».

¿Qué significa esto para nuestra comprensión de las Bienaventuranzas? Significa que Jesús comenzó su sermón con la intención de despertar nuestro interés invitándonos a la buena vida. Él capta nuestra atención ofreciéndonos una felicidad profunda y duradera si escuchamos su instrucción. De hecho, la primera palabra que sale de su boca es makarios y, por si no nos dimos cuenta, la repite ocho veces más en el párrafo inicial del sermón.

Las repetidas invitaciones de Jesús nos motivan al apelar a nuestro deseo innato, dado por Dios, de felicidad y gozo duraderos, y nos guían hacia esa existencia feliz señalándonos su fuente. Como dice Jesús al final de su sermón, tales oyentes son como un hombre prudente cuya casa está edificada sobre una roca y nunca es sacudida (Mt 7:24-25).

Invitaciones moldeadas por el Antiguo Testamento

No obstante, las Bienaventuranzas no son simplemente invitaciones; son invitaciones moldeadas por el Antiguo Testamento. Jesús no predicó su sermón en un vacío teológico, sino que tejió en él temas que surgen de la ética y la escatología del Antiguo Testamento, conceptos que evocan sus instrucciones y promesas del Antiguo Testamento. La siguiente lista ilustra el tipo de temas y textos del Antiguo Testamento que sustentan las Bienaventuranzas2.

  • Pobres en espíritu: Salmo 34:18; Isaías 57:15; 61:1
  • Consuelo para los que lloran: Isaías 61:2-3
  • Los humildes heredarán la tierra: Salmo 37:11 (ver también Deuteronomio 4:38)
  • Saciedad para quienes tienen hambre y sed: Salmo 107:5, 9
  • Bendición para los generosos y misericordiosos: Proverbios 14:21
  • Los limpios de corazón verán a Dios: Salmo 24:3-4; 73:1 (ver también Génesis 20:5)

Saber cómo el Antiguo Testamento moldea las Bienaventuranzas nos ayuda a entender lo que Jesús quería decir. Por ejemplo, Jesús promete consuelo a los que lloran (Mt 5:4). ¿Es esta una promesa general para cualquiera que se sienta triste? ¿O se aplica más específicamente a ciertas personas con dolor? Conocer el trasfondo de Isaías 61 nos ayuda a responder a esta pregunta, porque en Isaías 61:2-3 la palabra «lloran» aparece tres veces para referirse a aquellos en Sión que esperan en la futura salvación del Señor. Ellos lloran, escribe Dale C. Allison Jr., «porque los justos sufren, los malvados prosperan y Dios aún no ha corregido la situación3». Lloran porque sus corazones y el mundo que los rodea están rotos, y anhelan que Dios haga nuevas todas las cosas (Ap 21:5).

Un ejemplo similar proviene de la promesa de Jesús de que los humildes heredarán la tierra (Mt 5:5). ¿Quiénes son los humildes que Jesús tiene en mente? Jesús probablemente esté aludiendo al Salmo 37:11, que contiene la frase «los humildes poseerán la tierra». En el salmo, los humildes se identifican como aquellos que confían en el Señor y esperan pacientemente en Él para su vindicación. En lugar de vengarse de los malvados que prosperan a tu alrededor, se abstienen de la ira y son humildes mientras esperan en el Señor (Sal 37:8-11).

Estos dos ejemplos ilustran la importancia de interpretar las invitaciones de Jesús en las Bienaventuranzas a la luz del Antiguo Testamento. Específicamente, el Antiguo Testamento aclara que la buena vida a la que Jesús te invita se ofrece a aquellos que confían en Él y anhelan que venga su Reino. Ligar nuestra interpretación al Antiguo Testamento nos protege de los errores de universalizar las palabras de Jesús o de recrearlo a nuestra propia imagen.

Invitaciones a los vacíos

La estructura de las Bienaventuranzas también nos ayuda a entender el significado de Jesús. Hay nueve declaraciones makarios, pero hay buenas razones para pensar que hay ocho bienaventuranzas distintas con una adicional al final. Primero, la bienaventuranza adicional rompe el ritmo. Las primeras ocho bienaventuranzas hablan en tercera persona («bienaventurados los que…»), pero la última cambia a la segunda persona («bienaventurados serán [ustedes]…»). Segundo, el contenido de la novena bienaventuranza no difiere sustancialmente de la octava, sino que la reafirma y la amplía. Finalmente, la primera y la octava bienaventuranza se reflejan mutuamente, porque ambas contienen la frase «el Reino de los cielos» e identifican el Reino como la posesión presente de los creyentes («de ellos es el Reino de los cielos»). Por el contrario, las otras bienaventuranzas no mencionan «el Reino de los cielos» y hablan sólo de una promesa futura.

Además, dentro de las ocho bienaventuranzas distintas hay dos grupos de cuatro: 5:3-6 y 5:7-10. El primer grupo enfatiza la bendición para los vacíos; el segundo, la bendición para los llenos. En el primer grupo están los pobres espiritualmente, los que lloran, los mansos y los hambrientos. Ellos sienten su insuficiencia espiritual, su quebrantamiento y su falta de justicia. Incluso su mansedumbre puede definirse negativamente como la restricción de la fe. El segundo grupo, por otro lado, está lleno de misericordia, pureza, pacificación y justicia. Mientras que el primer grupo tiene hambre y sed de justicia, el segundo grupo ha sido lleno de ella hasta el punto de la persecución.

La estructura de las Bienaventuranzas nos enseña que en el sermón Jesús invita a los vacíos a venir y ser llenos. Jesús no ofrece la felicidad suprema a aquellos que confían en sí mismos para obtener riquezas espirituales, restauración y justicia. Más bien, Jesús ofrece la vida del Reino a aquellos que están vacíos y con fe lo miran a Él para su bien eterno. Y al hacerlo, Jesús promete que no dejará vacíos a sus seguidores, sino que infaliblemente los llenará. Debido a que descansan en sus promesas, Él los llenará con su propia misericordia, pureza, paz y justicia, cada vez más en esta vida y plenamente en la venidera. No los dejará tal como son, sino que los transformará de un grado de gloria a otro (2Co 3:18).

Invitaciones a confiar en Jesús

Finalmente, las Bienaventuranzas nos invitan a confiar en Jesús. Al comienzo del sermón de Jesús, Él traza no sólo los parámetros para la vida bienaventurada, sino también el modelo para su propia vida y ministerio. Como muestra el resto del evangelio de Mateo, Él vivió las Bienaventuranzas a la perfección.

Por ejemplo, al llamarnos a la mansedumbre, Él mismo era manso y humilde (Mt 11:29; 21:5). Al instarnos a tener hambre y sed de justicia, Él mismo tuvo más hambre de la Palabra de Dios que de pan (Mt 4:1-4). Él siguió la invitación a mostrar misericordia mostrando misericordia constantemente a lo largo de su ministerio (Mt 9:27; 15:22; 17:15; 20:30-31). A diferencia de los fariseos, Jesús exhibió una preocupación genuina por la pureza de corazón (Mt 15:17-20; 23:25-28). Como Hijo de Dios, Él fue el pacificador por excelencia en su obra salvadora, y más que cualquiera de nosotros, fue perseguido por causa de la justicia.

Como nuestro representante y precursor, Jesús vivió de manera decisiva las Bienaventuranzas en nuestro lugar, logrando y cumpliendo toda justicia por nosotros (Mt 3:15). Como nuestro ejemplo, Él modeló la vida cristiana con su gozo profundo y duradero. De esta manera, tenemos en Jesús no sólo un Maestro, sino también un Salvador, y aunque ahora lo sigamos con pasos vacilantes, lo seguiremos, porque Él ha ido delante de nosotros y por la fe le pertenecemos. Y a través de nuestra fe en Él, disfrutamos tanto ahora como siempre de la existencia feliz a la que nos invitan las Bienaventuranzas.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.

 

  1. Kittel, Gerhard, Geoffrey W. Bromiley, y Gerhard Friedrich. (1964). Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario Teológico del Nuevo Testamento]. Traducido por Gerhard Kittel y Geoffrey W. Bromiley. Eerdmans. 4:363.
  2. Los textos del Antiguo Testamento se enumeran en las páginas 8 y 9 de la 27ª edición del Nuevo Testamento Griego de Nestle-Aland.
  3. Allison Jr., Dale C. (1999), The Sermon on the Mount [El Sermón del Monte] (Minneapolis: Fortress Press), p. 47. N. del T.: traducción propia.
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Joshua Greever

Joshua Greever es decano asociado de programas de seminario y profesor asociado de Nuevo Testamento en Bethlehem College and Seminary. Él y su esposa, Amelia, tienen cuatro hijos.