Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos (Gálatas 4:4-5)
La Navidad marca el momento en que el Creador del universo envió a su Hijo para convertir a enemigos en familia. Ese es el punto de Gálatas 4:4-5: «Dios envió a su Hijo […] para que recibiéramos la adopción de hijos». La misión del Hijo fue ganar hijos. El objetivo de la Navidad es la adopción.
Pero Cristo no era como un trabajador social que fue a un hospital para elegir algunos adorables recién nacidos y entregárselos a su Padre celestial. Pues no eran adorables; eran corruptos y enemigos. Dios no buscó una familia porque Él la necesitara, sino porque ellos la necesitaban. No sólo estaban sucios y sin hogar; eran hostiles. La Navidad es la venida de Dios para formar una familia a partir de sus enemigos.
Por esa razón su Palabra dice: «Dios envió a su Hijo […] a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:5). Sólo a través de la redención podría haber adopción. Estos bebés deben comprarse; eso es lo que significa redimir: obtener la posesión de algo pagando un precio. Estos adoptados no sólo eran corruptos, sucios y hostiles, estaban esclavizados. Tenían que ser liberados. Se debía pagar un precio, un rescate. Y el precio no se determinaría por el valor de los bebés, sino por la medida de la esclavitud.
Adopción por redención
El mayor obstáculo para su libertad no era su pecado ni siquiera Satanás. El mayor obstáculo era la maldición de la ley de Dios. Dios mismo había dictado sentencia: «el alma que peque, esa morirá» (Ez 18:4). El precio de la libertad sería la muerte. La redención sería por sangre. La adopción sería por sustitución: la muerte del Hijo por la vida de los hijos.
La Navidad preparó el escenario para este terrible precio de la adopción. No puedes morir si no tienes un cuerpo. Dios el Padre no tenía un cuerpo. Su Hijo y Espíritu eternos no tenían cuerpos. El plan de Dios, por lo tanto, era que su Hijo recibiera un cuerpo: «nacido de mujer, nacido bajo la ley» (Gá 4:4). «Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1:31). El propósito principal de que el Hijo de Dios tuviera un cuerpo era morir. «Él compartió la naturaleza humana [incluyendo un cuerpo], para que por medio de la muerte pudiera destruir a aquel que tiene el poder de la muerte» (Heb 2:14, traducción propia del autor).
Ahora el precio podría ser pagado. La redención podría ocurrir. La maldición de la ley podría ser rota. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros […]» (Gá 3:13). «El Señor hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53:6). «Enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado […] [Dios] condenó al pecado en la carne» (Ro 8:3). Pecado condenado. Iniquidades cargadas. Maldición cancelada. Todo a causa de la muerte, a causa de un cuerpo, a causa de un nacimiento, a causa de la Navidad.
El objetivo de todo esto: la adopción. Adopción por redención: el Dios que compra enemigos para convertirlos en familia. «[…] Dios envió a su Hijo, […] a fin de que [nos] redimiera […] para que recibiéramos la adopción de hijos» (Gá 4:4-5, [énfasis del autor]). Él dio a su Hijo para ganar hijos.
¿Por qué nuestra adopción debe ser por redención? Porque nuestro pecado es tan humillante para la gloria de Dios, y su justicia es tan opuesta a nuestro pecado, que su gloria debe ser vindicada, y nuestro pecado debe ser castigado. De lo contrario, seríamos destruidos, no adoptados. El amor de Dios hizo posible que nuestro pecado, que deshonra a Dios, fuera cancelado y el valor de su gloria fuera sostenido. Y el camino se abrió para que los enemigos perdonados fueran adoptados.
El asombroso amor del Padre
Esto no fue una ocurrencia tardía en el plan de Dios, como si se le hubiera ocurrido la idea de la redención y la adopción después de que el pecado entrara en el mundo. No sucedió así. Él planeó nuestra adopción antes de que creara el mundo. «[…] Antes de la fundación del mundo, […] nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo» (Ef 1:4-5). Y lo hizo «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1:6). Nosotros obtenemos la adopción; él recibe la aclamación. Nos convertimos en familia de Dios; Él se vuelve famoso por su gracia. Ese fue el plan desde toda la eternidad. Nuestra alegría; su gloria, por medio de la adopción.
Toda la creación es el telón de fondo para la adopción. El universo es el teatro para el drama de esta adopción. Es como si la creación estuviera en la punta de sus pies para esto. «Porque el anhelo profundo de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios» (Ro 8:19). Los hijos adoptados no se unen a la liberación de la creación; al revés. La creación se une a la liberación de los hijos. «[…] La creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios» (Ro 8:21). La gloria de Dios brillando en la felicidad centrada en Dios de la familia de Dios es el objetivo del universo.
Este es el asombroso amor de Dios. «Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios (1Jn 3:1). ¡Impresionante! La abundancia de este amor es incalculable e inagotable. En este amor adoptivo, Dios es el «[…] Padre de misericordias […]» (2Co 1:3). Él satisface cada necesidad (Mt 6:8). Siempre da cosas buenas a sus hijos que se lo piden (Mt 7:11). Nos cuida porque somos preciosos para Él (Mt 10:29-31). Nos transforma a la imagen de su único Hijo infinitamente glorioso (Ro 8:29; 1Jn 3:2).
La maravilla inexpresable es: «[…] somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Ro 8:16-17). ¿Y qué heredamos? «[…] Todo es de ustedes: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es suyo, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios» (1Co 3:21-23). «El que no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?» (Ro 8:32). Y por la eternidad «[…] resplandecer[emos] como el sol en el Reino de [nuestro] Padre» (Mt 13:43).
Gran gozo y alta gloria
Nuestra adopción y la aclamación de Dios. Nuestra alegría y la gloria de Dios. Esas son las dos notas que tocaron los ángeles cuando anunciaron la Navidad a los pastores. Primero, un solo ángel dijo: «[…] les traigo buenas nuevas de gran gozo […]» (Lc 2:10). No un gozo pequeño. Gran gozo. Luego, todo el ejército de ángeles levantó su voz atronadora y dijo: «Gloria a Dios en las alturas» (Lc 2:14). Gran gozo. Gloria a Dios.
No hay otro Dios como este, que exalta la gloria de su gracia en el gozo que exalta a Cristo de sus hijos adoptados. Este es el significado final de la Navidad.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.