Ayudémonos mutuamente en el camino de la fe
La iglesia es uno de los principales medios que Dios utiliza para ayudarte a perseverar en la fe y a ser transformado a la imagen de Jesús. No crecerás en pureza ni madurez lejos de una comunidad del Evangelio1.
Dios nos da la iglesia para ayudarnos a resistir la tentación y a guiarnos en una mejor dirección, hacia una patria mejor. Nuestro camino de fe está marcado por la gozosa certeza de que Dios está con nosotros y de que pronto estaremos con Él. Pero este camino no se puede recorrer solo; lo hacemos juntos. Tú necesitas a otros cristianos, y ellos te necesitan a ti. Considera cómo Dios quiere usar la comunión de una iglesia para ayudarte a luchar contra el pecado sexual y a perseverar en la fe.
1. Comprométanse unos con otros
Cuando Dios te llama a sí mismo, te llama hacia la iglesia. Nuestra unión con Jesús nos une necesariamente a otros creyentes. Una congregación saludable predica fielmente a Cristo y ayuda fervientemente a sus miembros a vivir para Él. La profunda comunión y las amistades que fortalecen el alma y que necesitamos para luchar por la pureza se forman mejor en nuestra comunidad eclesial local2.
El compromiso con una iglesia no es opcional para un creyente; es un mandato3. Los mandatos de «exhórtense los unos a los otros cada día» y «no dejando de congregarnos» asumen que nos estamos reuniendo intencionalmente (Heb 3:13; 10:24-25; 13:17). Asumen que estamos activamente involucrados en conversaciones regulares sobre nuestra condición espiritual. Permítanme decirlo de esta manera: desde la perspectiva de la Escritura, debería ser anormal que un cristiano pase una sola semana sin una conversación que fortalezca el alma, que luche contra el pecado y que honre a Cristo con otro creyente4. Fuimos creados para conocernos y ser conocidos mutuamente.
Se dice que se necesita una aldea para criar a un niño. Yo digo que se necesita una iglesia para criar a un cristiano. Durante muchos años asistí a la iglesia, pero me aislaba. Iba, adoraba e incluso ministraba, pero no experimentaba el tipo de amor persistente que caracteriza a una iglesia del Nuevo Testamento. Fue mi culpa, principalmente, por supuesto, y los efectos fueron devastadores. Nadie sabía el estado de mi alma ni cómo el pecado oculto la ahogaba.
De nuevo, el pecado prospera en la oscuridad, pero se marchita en la luz. Es decir, se marchita cuando se expone a la comunidad piadosa. El egoísmo, los horarios ajetreados y la pereza espiritual son enemigos del amor que nos ayuda a seguir a Jesús. No puedes ayudar a todos en tu iglesia de la misma manera, pero puedes comprometerte con unos pocos amigos cercanos.
2. Adviértanse unos a otros
El apóstol Santiago nos aseguró solemnemente: «hermanos míos, si alguien de entre ustedes se extravía de la verdad y alguien le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados» (Stgo 5:19-20).
Jesús dejó el cielo para buscar y salvar a los perdidos, para perseguir a las ovejas descarriadas y para mostrarnos al Padre que corre a abrazar a los pródigos (Lc 15:1-32; 19:10). El mismo amor que busca a los pecadores que caracterizó a Jesús debe caracterizar a su pueblo. Sin embargo, Satanás planea astutamente las cosas para que no nos cuidemos unos a otros de esta manera. Mientras atrapa a uno, engaña a otros para que lo dejen en paz, no sea que los amigos parezcan entrometidos y enjuiciadores.
Pero el pueblo de Dios no debe quedarse de brazos cruzados y ver cómo el pecado devora a sus hermanos. Más bien, debemos «exh[ortarnos] los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: “hoy”; no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado» (Heb 3:13). Este versículo asume que los creyentes se toman en serio el peligro del pecado, discuten activamente formas de combatirlo y esperan continuamente el día en que no pecarán más.
Si alguien es atrapado, imitamos a Jesús al ir tras él o ella. El apóstol Pablo exhorta: «hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre» (Gá 6:1). Nuestros intentos de reprender y reconciliar deben estar marcados por la urgencia y la oración, no por el enojo o la exasperación.
Si estuvieras atrapado en el pecado, ¿quién vendría a rescatarte? ¿Estás desarrollando relaciones intencionales, transparentes y responsables con otros creyentes? Dios da advertencias reales a su pueblo como un medio para ayudarlos a perseverar en la fe. Escuchar que «nuestro Dios es fuego consumidor» y que sin santidad «nadie verá al Señor» lleva a un creyente a aferrarse a Jesús por fe5. La iglesia es el medio designado por Dios para asegurar que las advertencias en su palabra sean proclamadas regularmente.
3. Rescátense unos a otros
Los cristianos son personas que «habla[n] la verdad en amor» unos con otros (Ef 4:15). Esto significa que nos amamos lo suficiente como para ser honestos respecto a nuestras luchas, y nos preocupamos lo suficiente como para ayudar a otros con las suyas. Nos buscamos unos a otros y discutimos áreas incómodas de nuestro pecado, porque sabemos que el aislamiento es el enemigo de la pureza y la oscuridad es el caldo de cultivo del pecado.
Pero ser «auténtico» no es un fin en sí mismo. Satanás se alegra de que las personas hablen abiertamente de su pecado, siempre y cuando no hagan avances hacia el arrepentimiento. Hay una hipocresía que parece sincera —incluso derramando lágrimas en la confesión— pero que no da pasos reales para cambiar. Debemos desarrollar relaciones saludables que nos empujen mutuamente con gracia hacia la honestidad y el arrepentimiento.
¿Estás desarrollando relaciones intencionalmente invasivas en las que das y recibes ánimo, confesión y reprensión piadosos?
4. Luchen juntos unos con otros
¿Hablas regularmente de Jesús con otros creyentes? ¿Portas señales para las ovejas que luchan? Satanás nos haría hacer cualquier cosa menos recordarnos las riquezas inagotables que tenemos en Jesús. Jesús es la palabra final de Dios, el resucitado que nos capacita para hacer lo que es agradable a sus ojos. Él se compadece de nuestras debilidades y está listo para conceder misericordia en nuestro momento de necesidad. Jesús es nuestra ancla segura y firme que nos mantiene sólidos en los mares de la tentación (Heb 6:19-20). Jesús es nuestro Sumo Sacerdote resucitado que vive eternamente para interceder por nosotros. Su obra consumada asegura nuestra redención y nos asegura que Dios no se acordará más de nuestros pecados6. Jesús se presenta en la presencia de Dios en nuestro favor, lo que nos permite mantenernos firmes en nuestra confesión con la esperanza de la recompensa prometida7.
Cuando los sentimientos de descontento nos tientan a pecar, apuntamos a Jesús, quien promete que nunca nos dejará ni nos desamparará (Heb 13:5-6). Aunque nuestros sentimientos, emociones y resistencia física cambian constantemente, nuestra esperanza descansa en Él, que es el mismo ayer, hoy y por siempre (Heb 13:8).
Al animarnos unos a otros con estas verdades hoy, mantenemos la vista puesta en el día eterno en el que lo veremos cara a cara. La esperanza del regreso de Jesús debe permanecer al frente de nuestras mentes, corazones y conversaciones8.
Incluso ahora, Jesús se prepara para regresar por aquellos que lo esperan ansiosamente (Heb 9:28; 10:13). Así que, mientras esperamos ese día que se acerca rápidamente, ayudémonos unos a otros a ir hacia el cielo. Reunámonos semanalmente para fijar nuestros ojos en Él a través de recibir su Palabra, cantar, orar, bautizar y compartir en la Cena que Él nos dio. Luego, dispersémonos para llamar a los perdidos a creer, mientras nos ayudamos unos a otros a obedecer sus mandamientos. Hagamos esto día tras día, hasta que ya no se llame hoy.
Ven pronto, Señor Jesús. Ven pronto.
Este artículo es una adaptación del libro Puro de corazón: el pecado sexual y las promesas de Dios, escrito por J. Garrett Kell.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés y traducido con el permiso de Crossway.
- Sí, hay excepciones a la regla, pero el orgullo nos tienta a excusar el aislamiento, para nuestro perjuicio.
- Mateo 28:16-20; Hechos 2:38-47; Efesios 2:11-22; 1 Juan 1:3.
- Es imposible obedecer el mandamiento de «los unos a los otros» del Nuevo Testamento sin el mandamiento de pertenecer a una comunidad local de creyentes que se conocen, se aman y se cuidan mutuamente.
- Efesios 4:25-32 (entre otros pasajes) enmarca específicamente la vida cristiana como una vida profundamente entrelazada con relaciones que combaten el pecado mientras buscan la pureza como la de Cristo.
- Hebreos contiene cinco advertencias fuertes contra el abandono de Cristo (2:1-4; 3:7-4:13; 5:11-6:20; 10:19-39; y las citadas de 12:12-29). Advertencias similares resuenan a lo largo del Nuevo Testamento, dentro de las que se incluyen: Mateo 5:13; 24:13; Juan 8:31; 15:6; Romanos 11:22; 1 Corintios 9:27; 10:12; 15:1; Colosenses 1:22-23; 1 Timoteo 4:1; 2 Timoteo 2:12; 1 Juan 2:19; 2 Juan 1:9; Judas 20; Apocalipsis 2-3; 14:12; 21:7.
- El tema de que Jesús está sentado es prominente en Hebreos (1:3; 8:1; 10:12; 12:2). No había sillas en el templo del Antiguo Testamento, porque el trabajo del sacerdote nunca terminaba . Sin embargo, Jesús estaba sentado en gloria porque su obra ha sido completada, como asegura a través de su declaración desde la cruz: «¡consumado es!».
- Ver Hebreos 7:25; 8:12; 9:12, 24; 10:17, 23.
- Ver Hebreos 12:12; Isaías 40:1-2; Lucas 21:28; 1 Tesalonicenses 4:18; 5:11-14
