En un mundo instantáneo que promete satisfacer nuestros deseos con la velocidad de los dedos que recorren las pantallas de los smartphones, ¿cómo puede uno relacionarse con un Dios que, por ser eterno, se halla fuera del tiempo y, por ser soberano, escapa a la dictadura de nuestros caprichos?
En Arde mi corazón, María José Rivera escribe con sinceridad y urgencia. Sinceridad, porque se atreve a mostrar sus heridas y compartir aquello que durante largo tiempo hizo mal o no supo hacer. Y urgencia, porque observa que los días pasan y, entre agendas recargadas de actividades y un mundo cada vez más hiperconectado y ultra-tecnologizado, tenemos tiempo para todo, menos para aquietarnos frente a la Escritura. Esta es la tragedia: damos importancia a lo que no lo amerita y, en cambio, despreciamos lo necesario.

La autora escribe en un tono amistoso, haciendo su mejor esfuerzo por ganar en claridad y lograr que el lector siga el hilo de pensamiento (nada de frases grandilocuentes ni pedanterías que acaban apagando el pábilo que humea). El contenido de la obra es un tesoro: el arte de la meditación, tal como fue practicado por cristianos de siglos pasados (de ahí la insistencia de la autora en referirse a ellos como sus amigos). Y para evitar que la meditación derive en una abstracción imposible de comprender —y mucho menos de practicar— el libro moviliza a la acción: llega el momento en que uno debe dejar el texto a un lado y, guiado por los consejos de la maestra —a quien ya se siente próxima—, tomar lápiz y cuaderno para darse una cita, a solas, con el Dios que se revela en las páginas de la Biblia.
Tocará, pues, aquietar la mente, frenar el corazón y, de ser necesario, anticiparse a la salida del sol y sumarse al canto de los pájaros que despiertan el amanecer, para quedarse rumiando un par de versos de la Palabra hasta que el alma —esa agua fría que llevamos dentro— empiece a hervir.
Ahora bien, hay dos cosas que siguen de forma natural tras aprender —o recuperar— el arte de meditar la Palabra, y la autora va por ellas (siempre fiel a su estilo, tan amigable como honesto). La primera es el impacto en nuestra forma de orar; la segunda, la transformación de nuestra manera de vivir.
Sobre lo primero, María José nos recuerda que «la oración no es opcional» (p. 184). Pero, así y todo, algo parece que no estamos entendiendo, pues de pronto nuestras oraciones degeneran en una lista de peticiones o, peor aún, se van apagando —digámoslo de una vez: hemos dejado de orar— porque nos sentimos indignos de acercarnos al Señor. Es entonces cuando la meditación de la Palabra —forjada en la quietud y el silencio— juega a nuestro favor, porque nos regala nuevos contenidos para dirigirnos a Dios (comenzamos a orar de acuerdo con lo que hay en su amante corazón) y porque aprendemos a mirarnos no según nuestros sentimientos de culpa o vergüenza, sino más bien a vernos como Dios nos ve a través de Jesús.
Y justo respecto de esto último, vale la pena leer un par de veces un párrafo como este:
Conozco a varios que luchan mucho por acercarse al Señor después de pecar. Esa ha sido una batalla también para mí. Sentía que debía castigarme un rato antes de poder ir al Señor. ¿Cómo va a ser tan fácil acercarse a Dios después de pecar? Mejor me pego un poco de latigazos para sentir que estoy recibiendo lo que merezco, antes de volver al Señor (pp. 192–193).
Por otro lado, el arte de la meditación de la Palabra —en calma y sin prisa— termina transformando nuestro día a día, nuestra forma de caminar en este mundo. Y llegado este punto, la autora lo afirma con absoluta claridad: «La intimidad con Cristo no puede producir otro resultado, sino el de llevarnos a ser verdaderos discípulos que viven vidas santas y radicales para nuestro Señor» (p. 207).
Entonces, y tal como ha sucedido a lo largo de toda la obra, ahora también llega el momento de practicar un último ejercicio a solas con nuestra conciencia: ¿cuáles son las renuncias que debo hacer para recuperar mi primer amor?
Por último, merece una mención especial el trabajo de edición del libro. A lo largo de sus páginas, las letras a ratos se achican y a ratos crecen; a veces el texto se alinea de extremo a extremo, pero en otras ocasiones las frases caen —en trozos breves— con el efecto de una cascada que desciende por la página. He aquí el acierto: la forma está al servicio del fondo. Es decir, estas son las maneras de lograr —con papel y tinta— lo mismo que sabemos hacer con la voz: susurramos, exclamamos y, por momentos, nos silenciamos. Todo sea para ganar en claridad y, como era de esperar, para frenar la loca carrera de la lectura veloz. Una vez aquietados los ojos, al igual que el corazón, se invita al lector a caminar verso a verso, paso a paso, pues la prisa puede robarnos lo sublime.
En fin, Arde mi corazón es un libro recomendable para volver a buscar el rostro de Quien nos ama desde antes de la fundación del mundo e ir —como María— por la mejor parte, la que nunca nos será quitada.
Arde mi corazón: cómo recuperar tu amor por Dios. María José Rivera. B&H Español, 256 páginas.