No olvidaré mi primer día en la caminadora subacuática.
Una terca lesión de rodilla me condujo a este terreno desconocido de la terapia en agua templada. Me inscribí sintiéndome como una nerviosa estudiante de secundaria mientras forcejeaba con el casillero del gimnasio.
A mi alrededor, un trío de treintañeras cambiaban sus elegantes trajes de baño por ropa casual de oficina, se secaban el cabello húmedo y fruncían los labios ante el espejo. Se aplicaban brillo en sus labios carnosos y comparaban sus tiempos de nado y horarios de trabajo mientras se ponían los aretes y se deslizaban en zapatos estilizados. ¡Abracadabra! Su estilo era ligero y natural.
Yo, por otro lado, me sentía desaliñada mientras me ajustaba mi desteñida toalla de playa a la cintura y caminaba en sandalias fuera del vestuario hacia la sala de terapia, pasando junto a una piscina olímpica llena de nadadores que se deslizaban por el agua fría con facilidad.
Luego, entré en un túnel del tiempo al bordear la «piscina de los adultos mayores», salpicada de mujeres en sus setenta y ochenta años. Brincaban torpemente en el agua, con los codos levantados de forma torcida por sobre los gorros de natación, imitando a la instructora que daba las instrucciones mientras agitaba un flotador de tubo.
Al descender al agua tibia, me sorprendió una punzada de tristeza. La rapidez del envejecimiento se acercó sigilosamente y se quedó allí. Fue un susurro que me confrontó: «ya no eres una mujer de treinta años con energía inagotable y una piel suave y bonita. Tampoco tienes cuarenta, encaminando a tus hijos hacia la universidad y sintiéndote fuerte y lista para cualquier cosa».
Es cierto. Me acerco a la mitad de mis cincuenta, con patas de gallo cada vez más profundas y una rodilla adolorida. Una ola de melancolía me invadió mientras hacía ejercicio, sintiendo como si los mejores días de mi vida se hubieran esfumado.
¿Pero ese sentimiento? Sólo era eso: un sentimiento. Un sentimiento necio y torcido.
Lo que requería esa mañana no era sólo un ajuste de actitud, sino una corrección divina. Elisabeth Elliot lo dijo bien: «no podemos saber realmente qué tan torcido está nuestro pensamiento hasta que lo alineamos con la verdad de la Escritura». Entonces, ¿qué nos enseña la Biblia sobre envejecer para la gloria de Dios?
1. Negarse a uno mismo es para toda edad
Una mentalidad mundana muy popular se ha filtrado en algunos cristianos que envejecen: «mis últimos años son míos, para hacer con ellos lo que me plazca». He observado a muchas mujeres mayores que parecen deambular por sus años de jubilación con una visión miope: días interminables dedicados a servirse a sí mismas grandes porciones de «tiempo para mí».
Sin embargo, en ninguna parte la Biblia sugiere que envejecemos bien cuando adoptamos una ortodoxia egocéntrica inclinada a perseguir pasatiempos personales, pasar las horas frente a una pantalla o embarcarnos en cruceros perpetuos. Este es un engaño de Satanás, destinado a cultivar la apatía espiritual. De hecho, deleitarse en tales actividades revela una postura del corazón de falta de fe, una prueba positiva de que vemos nuestra vida como algo que termina, en lugar de algo que realmente comienza, cuando morimos.
Los resultados son trágicos, ya que se ignoran muchas oportunidades para servir a Dios y a los demás. Si nuestro objetivo es perseguir los vientos de la juventud, la belleza, el entretenimiento o más accesorios, viviremos vidas superficiales y egoístas. Qué necedad pasar lapsos de tiempo, dinero y energía luchando por redibujar lo que el tiempo ha borrado. Quejarse, mirarse el ombligo y la gratificación propia nunca satisfarán nuestros corazones.
Proverbios 31:30 advierte: «engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al Señor, esa será alabada». Una forma principal en la que nosotros «tememos al Señor» es obedeciendo con ternura la Biblia, la cual dice que para ser discípulos de Jesús debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo (Mt 16:24), un mandamiento sin límite de edad.
Mira cómo Jesús cambia la perspectiva del mundo. Una mujer sabia llevará el perfume del olvido de yo en sus muñecas y entregará su vida atesorando a Dios y sirviendo a los demás. Una nota escrita a mano, una media hora extra dedicada a la oración, compartir una canasta de magdalenas calientes, leer la Biblia a una amiga que sufre… todas estas son formas tiernas de negarnos a nosotros mismos. Y al negarnos a nosotros mismos los deseos del mundo, en realidad obtendremos gozo.
2. Dios es nuestra porción eterna
Esto gozo nos llega de Cristo:
El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa;
Tú sustentas mi suerte.
Las cuerdas me cayeron en lugares agradables;
En verdad es hermosa la herencia que me ha tocado (Salmo 16:5-6).
Dios ha contado sabiamente nuestros cabellos y los latidos de nuestro corazón, y en Cristo nos ha regalado una herencia asombrosa que no se marchita. Con cada cumpleaños que pasa, podemos despertar más a una gran verdad: somos peregrinos de paso, esperando el lugar permanente que Él nos está preparando.
Las arrugas, las articulaciones doloridas, las canas y la piel flácida son recordatorios de gracia de que fuimos creados para algo más y que el cielo está cerca. A través del dolor y los desafíos del envejecimiento, se nos brinda una tierna oportunidad para profundizar en las palabras de Jesús en 2 Corintios 12:9: «te basta mi gracia, pues mi poderse perfecciona en la debilidad». Sí, Cristo es nuestra herencia eterna, nuestra porción.
3. Hay un trabajo que sólo los santos veteranos pueden hacer
Una vez que llegamos a nuestros años maduros, es hora de remangarnos y trabajar con alegría. Dios tiene un ministerio precioso diseñado específicamente para nosotras como santas maduras: enseñar a las mujeres más jóvenes.
Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta, no calumniadoras ni esclavas de mucho vino. Que enseñen lo bueno, para que puedan instruir a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a que sean prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada (Tito 2:3-5).
El trabajo de formar a las mujeres más jóvenes requiere paciencia, tiempo y repetición. Esta es una responsabilidad que debemos asumir con gozo y seriedad. Como mujeres mayores, que podamos recordar la fidelidad duradera de Dios (Sal 37:25) mientras enseñamos a las mujeres más jóvenes lo que hemos aprendido a través de nuestros fracasos, nuestros pecados y nuestra obediencia arrepentida hacia Él. Imaginen si cada una de nosotras se negara a sí misma algo y luego obedeciera la directiva de Dios en Tito 2, vertiendo la verdad en los corazones de nuestras hijas, nietas y bisnietas, así como en las mujeres más jóvenes de nuestra iglesia. ¡Cómo se fortalecería el cuerpo de Cristo!
Así que, a medida que la piel pierde su suave brillo y surgen arrugas más profundas, cuando las preocupaciones de salud aumentan y la pérdida de la juventud duele, recuerden: «hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo» (Ec 3:1). Por la gracia de Dios, podemos crecer con un corazón más de siervo con cada año que pasa, entregando cada vez más nuestras vidas a Dios y a los demás.
Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.