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«¿Cómo me veo?».

Para muchos, existen un par de preguntas que nos hacemos con más frecuencia. Puede que no las expresemos o ni siquiera pensemos las palabras, pero nuestras acciones hablan por nosotros. En la mañana, despertamos y nos peinamos. Nuestros pijamas encuentran su camino de regreso al cajón. Las rodillas agrietadas ven la crema hidratante; las narices aceitosas reciben polvo. A lo largo del día, frecuentamos los espejos de nuestros baños, bolsillos y autos. Después de comer, nos quitamos la comida de entre nuestros dientes. Si almorzamos con nuestros amigos, sin duda les advertimos de algún resto de espinaca. El café derramado exige una camisa limpia. Incluso aquellos que dicen: «no me importa cómo me veo», hacen algún esfuerzo por parecer que no les importa su aspecto. Ya sea que nos metamos a la cama con un rostro recién lavado o con un mes de barba sin afeitar, al final del día, la apariencia nos importa a todos.

Sin embargo, ¿debería importarles a los cristianos?

No (y sí)

Quizás te ves tentado a decir: «sólo la carne juzga a un libro por su portada y sólo a la carne le importa su propia portada». Sin duda, estaríamos capturando mucha verdad (1S 16:7; Pr 31:30; 1P 3:3-4). La Escritura es clara: Dios no nos considera según el color de nuestro cabello, sino la condición de nuestros corazones. ¡Cuán apreciadas son para Él las almas de aquellos que lo creen!

No obstante, esto hace de nuestra apariencia —la que Él bosquejó en su mente desde la eternidad antes de que naciéramos— le sea indiferente a Él? Así como percibimos lo incorrecto de la belleza, la actividad y los juicios que son sólo superficiales, ¿deberíamos de igual manera ignorar cuán maravillosamente Dios hizo nuestra piel (Sal 139:14)?

Tal vez algunos de nosotros hemos permitido que nuestra lógica contracultural funcione de forma desequilibrada por demasiado tiempo. En relación a la salvación, estamos en lo correcto con creer que nuestra apariencia finalmente no importa. En relación al pecado, debemos percibir cuán fuerte puede ser un interés idólatra en nuestra apariencia. No obstante, en relación al Dios amoroso y al prójimo, estamos en lo incorrecto con pensar, sentir y vivir como si nuestra apariencia no tuviera un rol que desempeñar.

Liberados por Cristo para no preocuparnos del valor final de la apariencia (Gá 3:28), ¿de qué maneras la apariencia aún importa en la vida cristiana? Consideremos cuatro ejemplos de cómo a los creyentes podría importarles sus apariencias para la gloria de Dios, no para sí mismos.

1. Hospitalidad

Es viernes por la tarde en el parque local. Imagina que conoces a una pareja nueva en el barrio y los invitas a desayunar a tu casa. Luego, imagina que, al día siguiente, abres la puerta a las 9:00 a. m., aún usando pijama. No sonríes, no haces un gesto ni asientes con la cabeza. ¿Cuánto tardarán tus invitados en empezar a arrastrar los pies hacia la salida, sintiéndose incómodos y no bienvenidos? ¿Quizás 60 segundos?

La forma en que nos mostramos visiblemente, al igual que los isleños que Paul conoció en Malta, puede comunicar una «extraordinaria bondad» (Hch 28:2, [NVI]), o no. Después de dejar entrar a Jesús en su casa, ¿qué le pasa a Marta? Se ve «abrumada porque tenía mucho que hacer», tanto que Jesús le dice: «estás inquieta y preocupada» (Lc 10:40-41, [NVI]). Ya sea que parezcamos preferir estar solos tomando un café o que estemos agotados por la presión de la compañía, nuestra apariencia hablará y la gente responderá.

¡Qué regalo para administrar! Por el buen diseño de Dios, nuestra apariencia tiene el poder de impulsar la hospitalidad cristiana. Nuestra bienvenida puede comenzar con un mensaje de texto invitando, pero una vez que suena el timbre, nuestras expresiones faciales, modales e incluso nuestra ropa nos ayudan a decir: «tu presencia no me molesta. Planifiqué que vinieras, y es mejor ahora que estás aquí».

Dondequiera que Dios ordena a su pueblo que muestre hospitalidad, le da esa orden a personas con apariencias. ¡Usémoslas!

2. Evangelismo

Hudson Taylor, misionero británico del siglo xix en China, conocía el poder de la apariencia en la batalla por las almas perdidas. Pensemos sólo en su peinado. Para «a todos me he hecho todo» (1Co 9:22), se tiñó de negro su cabello rubio, se afeitó la parte delantera de la cabeza y trenzó el resto en una cola, el peinado de colita común en la cultura china de la época. Esto sí que es un uso redentor de tintes y cortes de pelo.

¿Y nosotros? Puede que no seamos misioneros transculturales, pero a diario interactuamos con personas que difieren de nosotros en etnia, trabajo, ingresos e intereses. ¿El hombre con el que te reúnes cada semana suele vestir de forma casual? Ponte una camiseta vieja y haz que se sienta cómodo. ¿La mujer de tu club de lectura sigue constantemente los tutoriales de maquillaje de YouTube? Pregúntale sobre ellos y prueba uno. Por el nombramiento bondadoso de Dios, cada apariencia humana es única. Sin embargo, cada una puede servir para reflejar el rostro de otros por el bien y por el evangelio.

Algunos podrían llamar a estas acciones poco auténticas. Los cristianos podemos llamarlas amor.

3. Reverencia

Pero a veces nuestra apariencia puede hacer mucho más que adaptarse a los demás: puede establecer un tono. Después de todo, el principio de «vístete para la ocasión» sirve para mucho más que para una invitación a una boda. Así como una fiesta de cumpleaños es el «evento del año», el servicio comunitario es el «evento de la semana» para el cristiano. ¿Cómo podemos usar nuestra apariencia para que diga lo mismo sobre el servicio dominical? No necesitamos crear una versión eclesiástica de No te lo pongas. Más bien, como individuos y familias, consideremos cómo nuestra apariencia puede ayudar a nuestros corazones a que «ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia» (Heb 12:28).

Por ejemplo, cuando a mi esposo le toca dirigir el servicio, él siempre elige pantalones en lugar de shorts, incluso en verano. Una mañana calurosa le dije que podría estar acalorado en el púlpito. Él me respondió: «lo sé, pero quiero que mi aspecto demuestre que me tomo el culto en serio». Como líder, él ve su apariencia no como un medio para el estilo y la comodidad personal. Su objetivo es el respeto por Dios, un asombro solemne que dice: «lo que estamos haciendo ahora mismo, al adorar juntos, es diferente. Tratemos este tiempo de manera diferente».

Tu apariencia los domingos tiene el mismo potencial. ¿Qué harás con ella?

4. El diseño de Dios

Una vez tuve una pequeña crisis sobre si era intrínsecamente vanidoso pintarme las uñas. Cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de la bendición que pueden ser los frascos de vidrio de color rosa, morado y rojo en manos de una mujer cristiana. Ya fuera esmalte de uñas, rímel o una diadema, comencé a alegrarme por las formas en que puedo usar mi apariencia para revelar la manera en que Dios me hizo: mujer.

Por supuesto, estos ejemplos son meras «expresiones de feminidad». Por mucho que intenten no hacerlo, todas las culturas asignan ciertas prendas, colores, actividades y estilos a las mujeres y otros a los hombres. Entonces, aunque una falda no determina el sexo de una mujer, puede ayudar a expresarlo en nuestro contexto. Y en un mundo que a menudo promueve el rechazo a la masculinidad y feminidad dadas por Dios, los cristianos podemos usar nuestra apariencia para reforzar y regocijarnos en el diseño de Dios.

Las mujeres no tienen que pintarse las uñas para ser mujeres, y los hombres no tienen que dejarse barba para ser hombres. Pero como hombres y mujeres cristianos, podemos encontrar formas de disfrutar siendo como Dios nos hizo, y hacerlo de forma obvia.

No sólo «dejes de mirarte»

A menudo, cuando los cristianos luchan con su apariencia, les decimos que simplemente dejen de mirarse. «Tu aspecto no importa», dice el dicho. Si bien estas palabras capturan algo de verdad, también carecen de una visión de la apariencia resucitada. Parafraseando a Abraham Kuyper, quizás lo que necesitamos escuchar en su lugar es a Cristo decir: «¡mío!» sobre cada centímetro cuadrado de nuestros cuerpos y no sólo de nuestras almas.

Así que, no te limites a «dejar de fijarte» en tu apariencia. Sí, deja de mirarla de formas idólatras y vanidosas. Pero luego, cada mañana al despertar, empieza a ver tu apariencia como un medio para servir a los demás. Desde sonrisas hospitalarias hasta misiones transculturales, vestimenta reverente hasta una masculinidad alegre, ¡oh, cuántas maneras tiene nuestra apariencia «muy buena» (Gn 1:31) de apuntar a nuestro Dios muy bueno!

Démosle a Satanás una razón para odiar los espejos, y no sólo para amarlos.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
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Tanner Kay Swanson

Tanner Kay Swanson trabaja desde casa como esposa, madre y editora. Ella y su esposo, T. J., viven en Denver, Colorado, con sus hijos.
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