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En El progreso del peregrino de John Bunyan, conocemos a un hombre llamado «Formalista». Como Bunyan describe en otra parte:

Formalista… es un hombre que ha perdido todo excepto el cascarón de la religión. Él es ferviente, de hecho, por su forma; y no es de extrañar, pues eso es todo lo que tiene para defender. Pero al carecer su forma del poder y del espíritu de la piedad, lo dejará en sus pecados; es más, ahora permanece en ellos a la vista de Dios (2Ti 3:5), y es uno de los muchos que «tratarán de entrar, y no podrán1». 

Bunyan asume que este hombre no es regenerado, y hay razones suficientes para pensarlo. Noten esto: este hombre no carece de cierta fervor, pero el objeto de su ardor son meramente las formas, las tradiciones y los rituales. Le apasiona la corteza o el andamiaje de la religión, pero no Dios mismo. Si uno posee las formas o la doctrina correcta, eso le basta. Si la asistencia a su iglesia es constante, ya está listo. Eso es lo que él piensa.

El formalismo en el Antiguo Testamento

Los formalistas creen que una correcta exhibición de religión merece el favor a los ojos de Dios. Están engañados al pensar que Dios se impresiona con lo externo, incluso cuando no hay un corazón de adoración en el interior; un error que muchos profetas del Antiguo Testamento denunciaron. En Oseas, Dios le dice al pueblo: «porque me deleito más en la lealtad que en el sacrificio, y en el conocimiento de Dios que en los holocaustos» (Os 6:6). El problema es aún más pronunciado en Isaías:

«¿Qué es para mí la abundancia de sus sacrificios?»,
Dice el Señor.
«Cansado estoy de holocaustos de carneros,
Y de sebo de ganado cebado;
La sangre de novillos, corderos y machos cabríos no me complace.
»Cuando vienen a presentarse delante de mí,
¿Quién demanda esto de ustedes, de que pisoteen mis atrios?
»No traigan más sus vanas ofrendas,
El incienso me es abominación.
Luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas:
¡No tolero iniquidad y asamblea solemne!
»Sus lunas nuevas y sus fiestas señaladas las aborrece mi alma.
Se han vuelto una carga para mí,
Estoy cansado de soportarlas (Isaías 1:11-14).

Tal lenguaje puede parecer severo, y lo es. Dios le está hablando a un pueblo sumamente religioso en las formas. Ellos traen sus ofrendas constantemente. Se presentan ante Dios de manera regular. Observan el día de reposo, las convocatorias, las lunas nuevas y las fiestas. Pero algo ha salido terriblemente mal. Están realizando las actividades correctas, pero Dios está indignado.

¿Por qué? Su religión es sólo un cascarón. Es lo que Jesús llama sepulcros blanqueados (Mt 23:27). El exterior luce lujoso, pero por dentro hay huesos y telarañas. No hay vida, no hay deseo de Dios. Caminan en una ortodoxia muerta.

El formalismo en el Nuevo Testamento

Los formalistas adoraban libremente en el templo durante los días de Cristo. El templo era una de las maravillas del mundo. Su exterior estaba hecho de mármol y oro. El sol del Medio Oriente irradiaba en sus muros, haciéndolo brillar por kilómetros a la redonda. En un tiempo, hasta 80 000 personas trabajaron en el complejo del templo día y noche. Al terminarse (tras décadas de construcción), el terreno completo abarcaba la longitud de unos ocho campos de fútbol americano. Dentro del templo estaba la tesorería, que albergaba el equivalente actual a más de USD 2 000 000.

El templo era magnífico. Era ostentoso. Era religioso. Se realizaban sacrificios las veinticuatro horas del día. Josefo estima que, sólo durante la semana de la Pascua, se sacrificaban 250 000 corderos. Estaba regularmente atestado de peregrinos. Estaba salpicado de sacerdotes, escribas y maestros religiosos a todas horas del día.

Pero ¿cómo reaccionó Jesús ante todo aquello? «¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada» (Mr 13:2). En el año 70 d. C., esto fue exactamente lo que sucedió. El ejército romano incendió la ciudad hasta los cimientos, incluyendo el templo, y puso fin al sacerdocio y a los sacrificios. Todo desapareció. Jesús explica que el juicio fue el resultado de que este pueblo excesivamente religioso rechazara a su Mesías. Claramente, tenían una apariencia de piedad. Ardían en celo respecto a la ley y sus ejecuciones. Se volvieron meticulosos en sus rituales. Pero su religión estaba muerta. Era un cascarón. Así que Dios le puso fin.

El formalismo hoy

¿Qué hay de nuestras formas, tradiciones y religión hoy en día? ¿Con qué frecuencia la gente sigue la formalidad de su vida cristiana, incluso los domingos? Las prácticas de la fe cristiana no son malas en sí mismas, por supuesto, pero si no avivan nuestros afectos por Cristo, se vuelven no sólo malas, sino condenables.

J. C. Ryle describió el formalismo como «cuando un hombre es cristiano nominal solamente y no en la realidad; sólo en las cosas externas y no en sus sentimientos internos; sólo por profesión y no en la práctica; cuando su cristianismo, en resumen, es un mero asunto de forma, de moda o de costumbre, sin ninguna influencia en su corazón o en su vida2».

En El progreso del peregrino, lo que más sorprende a Cristiano sobre Formalista no es su desdén por el Evangelio en preferencia por la costumbre y la tradición, sino que se niega a aceptar el consejo de Cristiano sobre su alma. Formalista le dice a Cristiano que «se ocupe de sí mismo». «No te calientes la cabeza con eso», le dice. Como tantos otros, al formalista no le gusta ser corregido. Su doctrina es precisa; su asistencia a la iglesia, impecable. ¿Quién eres tú para decirle que no tiene lo auténtico?

No los estoy animando a señalar a cada persona que no es tan cálida o celosa como debería ser. Los estoy animando a examinar nuestros propios corazones y a considerar el consejo que hemos recibido respecto a nuestras propias almas. Nosotros, los pastores, también podríamos considerar nuestras propias iglesias. Tanto los individuos como las congregaciones pueden llegar a un lugar donde —debido a que tenemos una doctrina correcta, un orden de culto regulado por la Escritura, música que exalta a Dios y predicación expositiva— pensamos que tenemos todo lo que necesitamos. Pero sin el Espíritu de Dios, las mejores formas externas son sólo una corteza.

¿Cuántas iglesias hoy están recurriendo a la pompa, la liturgia, el pragmatismo y otras formas externas de religión para animar a sus congregaciones y llenar el vacío espiritual en su adoración? Otras se apoyan en tradiciones y rituales. Pero sería mejor tener una iglesia que canta desafinado desde el corazón que una que canta afinada por causa de la vanagloria. Lo mismo ocurre con los sermones, las oraciones o cualquier otra práctica en la iglesia. Cuando se trata de la religión cristiana, lo externo no lo es todo; ni siquiera se le acerca.

Forma y poder

Todo cristiano experimenta sequedad y apatía de vez en cuando. No estoy hablando de esa aflicción común. El formalismo está más arraigado, es más insidioso. ¿Hay algunos lectores que van a la iglesia, leen su Biblia, catequizan a sus hijos, conocen mucha doctrina, son exactos en sus deberes, pero nunca han nacido de nuevo? Algunos realizan estas actividades simplemente porque fueron criados para hacerlo, o porque quieren mantenerse fuera del infierno.

¿Conoces tus confesiones y credos, pero te niegas a perdonar a tus enemigos o a pasar tiempo en oración privada? ¿Eres un experto en teología, pero desconoces lo que Pablo quiso decir cuando afirmó: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro 5:5)? Se nos dice en el Salmo 34:8: «prueben y vean que el Señor es bueno». ¿Has probado esto?

La persona y la obra de Jesús son la única vía por la cual somos reconciliados con Dios. Él es el único camino que conduce a la vida. En El progreso del peregrino, antes de que Formalista se encamine a su destrucción, Cristiano le advierte: «han entrado sin el permiso del Señor, y saldrán sin misericordia».

¿Cristo te ha mostrado lo que es el cristianismo real, vivo y experiencial? Si no es así, pídele que quite tu corazón de piedra y te dé un corazón de carne, uno vivo y sensible a las cosas de Dios, al pecado y a su prójimo. Él es quien da la vista a los ciegos. Él es el amigo de los pecadores. Él es quien vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Anda a Él hoy. Invoca su nombre ahora, sin esperar. Jesús dice: «pues si ustedes siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11:13). ¡Jesús ha estado salvando formalistas durante siglos y, para aquellos que se vuelven a Él en fe, hoy no es la excepción!

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
  1. Bunyan, John. (1851). The Strait Gate: The Heavenly Footman : The Barren Fig-tree : The Pharisee and Publican : and Divine Emblems. (Estados Unidos: American Baptist Publication Society). p. 85. N. del T.: traducción propia.
  2. N. del T.: traducción propia.
Photo of Ryan Denton
Ryan Denton
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Ryan Denton

Ryan Denton es ministro presbiteriano y plantador de iglesias (Vanguard Presbyterian Church). Tiene un Magister en Teología del Puritan Reformed Theological Seminary y vive en Texas con su esposa y tres hijos.