volver

Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad. Porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y también para la futura (1 Timoteo 4:7-8, [énfasis del autor]).

En el mundo moderno, los humanos tienen más oportunidades de perseguir ese «algún provecho» del ejercicio físico que quizás en cualquier otro punto de la historia. Libros, pódcast, influencers de redes sociales y más prometen nuevos y mejores caminos para el dominio físico: ayuno intermitente, seguimiento y optimización del sueño, filtros de luz azul, terapia de luz roja, escritorios de pie, terapia de frío, salud intestinal, estiramiento, respiración, exposición a la naturaleza (sin mencionar la proliferación de dietas y rutinas de ejercicio). 

Navegar por todas estas opciones puede resultar vertiginoso. A veces, nos dan ganas de levantar las manos en el aire y renunciar a ese «algún provecho» que describe Pablo. O podríamos terminar aplicando el valor de la piedad «para todo» en la búsqueda del entrenamiento físico. En lugar de inclinarme hacia una dirección u otra, espero apuntar hacia lo que Pablo quiere decir con «algún» y quiero considerar qué ocurre cuando (accidentalmente o sin intención) cambio «algún» por «todo».

El ejercicio físico tiene «algún provecho»

Si no queremos poner exceso de énfasis en (o ignorar) la búsqueda de salud, entonces haríamos bien en conocer el propósito para el cual cuidamos nuestros cuerpos en absoluto. ¿Qué es ese «algún provecho» del que Pablo habla en 1 Timoteo 4:8? Podríamos responder de muchas maneras, pero quizás el valor más grande del entrenamiento físico radica en esto: a medida que entrenamos nuestros cuerpos correctamente, entrenamos, en última instancia, para la piedad.

Por el buen diseño de Dios, nuestros cuerpos y almas están unidas tan íntimamente que la salud de uno puede catalizar (o inhibir) la salud del otro. El entrenamiento físico tiene la capacidad de formar no sólo músculos físicos, sino también «hábitos de perseverancia» espirituales necesarios para una vida de piedad —hábitos como el dominio propio y la perseverancia con un ojo en la recompensa futura (Tit 2:11-12)—.

Lo que es más, Pablo dice en otra parte que el entrenamiento físico en realidad es un reflejo del entrenamiento espiritual (1Co 9:24-27). Cuando entrenas tu cuerpo para levantarte temprano con el fin de salir a correr cuando hace frío, en las oscuras horas de las mañanas de invierno, practicas entrenar tu corazón para anhelar la dulce comunión con Dios cada día (Sal 90:14). Cuando condicionas tu paladar para aceptar la comida saludable por sobre los placeres temporales de la chatarra ultraprocesada, practicas acondicionar tu mente para anhelar las promesas de la Escritura en lugar de las promesas engañosas del pecado.

Podemos cumplir mejor nuestro llamado como cristianos y pelear contra el pecado a medida que cultivemos nuestra salud física. A medida que, por la gracia de Dios, dominamos nuestros cuerpos físicos por medio de dietas, ejercicios y otros medios, no sólo podemos, sino que debemos mirar a través de nuestros yo materiales hacia realidades espirituales.

La salud por la salud misma

Pero ¿podemos llegar tan lejos? Quizás nos identifiquemos con mantras populares como «vive más y mejor». Sin embargo, sin el calificativo «mejor» podríamos llegar a un mundo de dolor. En realidad, podemos abrazar todo un nuevo sistema de satisfacción.

Dios ha diseñado a todos para buscar el gozo. La manía de nuestro mundo por la salud no es más que otro ejemplo de nuestro anhelo innato por la felicidad. La cultura de la salud promete que estaremos felices y realizados cuando alzamos la salud perfecta (o cuando finalmente mantenemos a nuestros hijos lejos de todas y cada una de las dolencias). Buscamos este objetivo al ejercitar con intensidad, al hacer una dieta rigurosamente, evitando toxinas ambientales y maximizando nuestros biomarcadores.

Como cristianos, evitamos hacer de la salud un fin en sí mismo. Existimos para amar a Dios y al prójimo (Mt 22:37-40), y seremos felices y completos en la medida que vivamos en esta realidad. Podemos buscar ese «algún valor» de 1 Timoteo 4:8 al usar el entrenamiento físico para buscar el dominio propio y el alma saludable. Sin embargo, mientras tanto, fijamos nuestros ojos en la gran —y duradera— ganancia de la piedad.

Ejercicio de diagnóstico

¿Cómo podemos encontrar el equilibrio correcto? No es mi intención que pensemos demasiado en la tensión entre buscar el buen estado físico y la salud espiritual. Al contrario, considera sólo tres áreas de la vida que podrían servir como un diagnóstico útil para juzgar la salud de toda nuestra salud: tiempo, tesoro y disfrute.

Equilibrar el tiempo 

La Escritura nos exhorta a «aprovechar bien el tiempo» (Ef 5:16), considerando cuidadosamente nuestras acciones y andando en sabiduría. Dado que Dios ha unido nuestras almas a nuestros cuerpos, la naturaleza material de nuestras vidas es ineludible. No podemos ni debemos ignorar la salud física; a veces, el mejor uso del tiempo de un cristiano significará nutrir nuestros cuerpos por medio de la comida, el descanso o el ejercicio.

Asimismo debemos considerar, no obstante, si es que nuestro tiempo y atención dedicadas a la salud afecta críticamente el propósito final de esas actividades físicas. Queremos piedad (y queremos que la piedad encuentre expresión en el amor por Dios y el prójimo). ¿Escuchamos pódcast sobre trucos para la vida mucho más de lo que cavamos en la Escritura? ¿Deseamos comunión con Dios tanto como la alineación con nuestro entrenador favorito?

Nuestras actividades «espirituales» no requieren necesariamente exceder en número a las «físicas» en términos de horas, si no el punto sigue siendo el mismo. ¿Nos dedicamos a actividades orientadas a Dios y al prójimo con incluso más intencionalidad de la que le damos a las actividades orientadas hacia la salud? Cuando nuestras mentes vagan, ¿pensamos en las oportunidades para ayudar o apoyar a un amigo, o nos fijamos en las amenazas a nuestros cuerpos?

Nuestro tiempo revela nuestras prioridades, así que consideren cómo usarlo.

Identificar el tesoro

Jesús deja claro que no podemos servir al dinero y a Dios (Mt 6:19-24). ¿Nos duele la billetera comprar almuerzo para un amigo cuando ni siquiera nos molesta comprar otro pack de proteína en polvo? ¿Nuestro presupuesto se tensa bajo el peso de proveer otra comida para la familia con un recién nacido mientras difícilmente notamos las suscripciones a las vitaminas y suplementos, al asesoramiento de salud o al gimnasio?

¿Damos generosa y alegremente para las necesidades de los pobres (Mt 25:35-40)? ¿Contribuimos con un porcentaje mínimo a nuestra iglesia o pensamos regularmente sobre cómo apoyar sus ministerios aún más (1Co 16:2)? ¿Nuestro corazón arde de emoción con las oportunidades de dar para la obra del ministerio del Evangelio en el extranjero (Fil 4:15-16)?

Nuestro dinero revela nuestros valores, por lo tanto, considera cómo podrías invertir en las prioridades correctas con el nivel correcto de énfasis.

Disfrutar los regalos de Dios 

Después de considerar el tiempo y el dinero, también debemos considerar nuestro propósito final: el gozo en Dios por medio de Cristo. Podemos recibir todas las cosas (incluyendo la comida y otras cosas materiales) como apartadas para Dios cuando le agradecemos por sus regalos (1Ti 4:4-5).

¿Nuestra dieta nos impide unirnos a nuestros hijos por la dulzura de la miel? ¿Nuestro compromiso con el sueño nos detiene de levantarnos alegremente más temprano de lo normal para disfrutar de la comunión con un amigo (o de quedarnos despiertos hasta tarde para aconsejar a un hermano o hermana en crisis)? ¿Nuestro régimen de ejercicios nos prohíbe saborear los simples regalos del ocio (convirtiendo el descanso en «recuperación» y evitando deleitarnos en momentos de quietud)?

Si bien no debemos permitir que nuestro vientre se convierta en dios (Fil 3:19), también debemos evitar que la salud física tome el lugar de Dios. Salomón nos exhorta a comer y beber con alegría y un corazón contento (Ec 9:7). La sabiduría nos dice que disfrutemos la vida que Dios da y hagamos el bien mientras tengamos aliento (Ec 3:12-13).

Es bueno y correcto para los cristianos no exagerar en la búsqueda de la salud física, y asimismo es bueno y correcto buscar gozo en Dios por medio de la salud física. Si la salud es un medio para la salud, es un desperdicio. Pero si la salud es un medio para la felicidad en Dios, qué grandioso uso tiene, tanto ahora como por la eternidad.

Publicado originalmente en Desiring God. Usado con permiso.
Photo of Joshua Bremerman
Joshua Bremerman
Photo of Joshua Bremerman

Joshua Bremerman

Joshua Bremerman se graduó de Bethlehem College and Seminary y trabaja como pastor de discipulado en The North Church. Él y su esposa, Baileigh, viven con sus cuatro hijos en Minneapolis, MN.