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Reseña: Tim Challies

Nota del editor: Radical es un libro que, traducido del inglés, fue introducido en Latinoamérica acompañado de una gran publicidad. Como resultado, su llegada fue particularmente aclamada, pero para el lector atento resultó evidente que la obra surge de —y hasta cierto punto, va dirigida a— un contexto bastante diferente al nuestro. Tim Challies, autor de esta reseña, es canadiense, y como un agudo lector y observador de su entorno, nos ha parecido la persona indicada para evaluar el libro desde la realidad en que fue escrito. Esperamos que, para los lectores de Acceso Directo, su perspectiva resulte esclarecedora.

 


13 de julio de 2011

Lo que sea que David Platt esté vendiendo, la gente lo está comprando. Según el último conteo, se estaban imprimiendo 750.000 copias de Radical luego de haber estado en la lista de best sellers del New York Times por 52 semanas, ¡lo cual no es un logro menor! Para ser francos, todo autor sueña con este tipo de logro.

Radical es un libro que habla sobre el escape de la depresión que provoca el sueño americano. Este sueño (compartido por casi todo el mundo occidental desarrollado y, en consecuencia, aplicable a este canadiense) nos llama a la complacencia, a una vida de comodidad y facilidad. Vivimos en grandes casas, conducimos buenos automóviles y adoramos en iglesias multimillonarias construidas a la medida alrededor de todos nuestros programas favoritos. Donamos una parte de nuestra riqueza —aquella con la cual gran parte del mundo sólo puede soñar— pero vivimos con gran comodidad. Ocasionalmente, nos conmovemos con imágenes de niños sufriendo hambruna o relatos de la obra de Dios en tierras extranjeras. Sin embargo, rápidamente lo olvidamos y continuamos con nuestras vidas aumentando nuestros bienes personales y llenando de cosas nuestras casas.

Todo es muy aburrido: nacemos con riqueza (al menos, en comparación con el resto del mundo), vivimos vidas acomodadas y luego morimos, dejando nuestra riqueza a la siguiente generación.

Con este trasfondo, no es tan difícil que nos estimulen; no es díficil lograr que los cristianos quieran despertar y hacer algo mejor, algo que parezca tener más valor, algo incluso radical. Aquí es donde entra David Platt y donde cientos de miles de personas están absorbiendo ansiosamente su mensaje.

Antes de comenzar a leer Radical, supuse que sólo sería uno más de una larga lista de libros basados en una débil teología. No obstante, me encantó descubrir que una de las grandes fortalezas de este libro es su firme base en el evangelio. Platt pasa un buen rato discutiendo el evangelio, el verdadero, y llamando al lector a abrazarlo y vivirlo como una verdad. Y luego, sobre la base de ese evangelio, llama al lector a ser radical, y a dejar el sueño americano, un sueño que está tan vivo dentro de la iglesia como fuera de ella. Es un mensaje poderoso que cae en oídos deseosos de escucharlo.

A través del libro, Platt busca mostrar cómo los cristianos han sido atraídos por el sueño americano y cómo éste ha influenciado nuestra teología y práctica. “En muchas áreas, hemos abrazado ciega e inconscientemente valores e ideas que son comunes en nuestra cultura pero opuestos al evangelio [que Jesús] enseñó”. Admite que tiene más preguntas que respuestas y que ve muchas desconexiones en su propia vida, una humildad que le favorece. Ni el autor ni el lector desconocen que Platt es pastor de una megaiglesia que vive con los mismos lujos comparativos que la mayoría de nosotros disfruta.

Cuando termines de leer Radical, te sentirás lleno de energía; estarás listo para vender tu casa, regalar tu auto, y abandonar el sueño americano para cruzar el mundo misionando. Sin embargo, esta es la cuestión: mejor hazlo rápido porque, probablemente, después de unas semanas todo volverá a la normalidad —regresará a lo común y corriente—.

Platt te entusiasmará con su libro. Eso es bueno, o al menos puede serlo. No obstante, en medio de toda la emoción, me preocupa que ésta produzca una fatiga con respecto a sí misma. Después de todo, Radical está lejos de ser un libro único en su tipo —ese tipo de libro que busca remecer a la iglesia occidental para que haga algo más; algo . . . bueno, radical—. Lee Haz cosas difíciles, Loco amor, Radical y los demás; todos te dejarán motivado. Sin embargo, la realidad es que, para la gran mayoría de nosotros, nuestras vidas no serán muy diferentes al cabo de dos semanas, dos meses, o dos años.

No es que los libros sean malos sino que aportan poco a medida que pasamos de la fantasía a la realidad y de lo abstracto a lo personal. En medio de la lectura de un libro es bastante fácil decir “lo voy a dejar todo”, pero luego te das cuenta de que tu esposa no ha leído el libro y no está tan entusiasmada como tú. Después te das cuenta de que tienes hijos y de que arrastrarlos por el mundo podría afectarlos profundamente. Luego, te percatas de que ya han pasado seis meses y aún no has hecho nada. En efecto, el entusiasmo ha pasado y te das cuenta de que la vida no es tan mala. Puede que algo de culpa persista, pero has comprendido que no es tan fácil apartarse de todo esto. Y tampoco conservas la convicción de que sea realmente necesario.

Por lo tanto, creo que tengo varias aprensiones con el libro —por el hecho de que es un libro bien escrito, desarrollado sobre la base del evangelio, y que es muy persuasivo y emocionante—. No es la clase de aprensiones que equivalgan a decir “¡No leas el libro!”; más bien, son del tipo que me hace preguntarme si disfrutamos leer estos libros más de lo que disfrutamos aplicarlos. 

En primer lugar, creo que nuestros intentos de vivir en forma radical pueden ignorar el interés que la Biblia tiene en que nuestro carácter sea radicalmente piadoso. No cabe duda de que Dios me ha llamado a vivir sacrificial y generosamente. Sin embargo, mi primer deber es conocer a Dios, ser moldeado por Él y a partir de eso predicar el evangelio viviéndolo como una verdad. He sido llamado a hacer todo esto en el lugar exacto en que el Señor me ha puesto. Esto significa que tiene gran dignidad y valor hacer todo lo que yo quiera hacer, guste de hacer, y honre a Dios al hacerlo. No todos tenemos que ser misioneros ni evangelistas en el extranjero; no todos tenemos que mudarnos a tierras lejanas. Principalmente, podemos (¡y debemos!) honrar a Dios en lo que sea que Él nos haya encargado hacer. Me preocupa el hecho de que es difícil leer este libro y creer su mensaje sin sentir que una vida normal deshonra a Dios. Tal vez necesitamos recobrar una mejor doctrina de la vocación antes de estar listos para el mensaje radical. Quizás necesitemos aprender a ser fieles en nuestros propios barrios antes de creer que seremos fieles en otras cosas.

En segundo lugar, creo que sería bueno lidiar con algunas de las difíciles preguntas referidas a las finanzas. Esta es una de las grandes tensiones que supone vivir en este lugar del mundo. Pagar 300 dólares por un automóvil puede sonar vergonzoso si se considera que, para muchas personas, esa es la cantidad de dinero con la que viven un año entero. Sin embargo, también es la realidad —necesitamos automóviles y eso es lo que cuestan en nuestro contexto—. Podemos sentir que somos malos por gastar 20.000 dólares en un automóvil, pero eso es, sencillamente, lo que cuestan. La solución simple es conducir automóviles en estado deplorable y enviar tanto dinero como podamos a las misiones en el extranjero. Sin embargo, no es tan simple. Los países del Tercer Mundo no necesitan dinero; necesitan una infraestructura económica que pueda generar riqueza. Ayudar a los pobres no es tan simple como darles dinero —algo para tener en cuenta cuando se nos acerque un mendigo en la calle—. Este es el tipo de cosas con las que me encuentro luchando.

Quizás por esto Platt dice que tiene más preguntas que respuestas. Al terminar, yo también las tuve. Me encanta el llamado a una vida radical y pienso que sería bueno que la iglesia occidental fuese sacudida; es sólo que no estoy convencido de que este libro y los de su misma línea nos estén ayudando a responder las preguntas más complejas, aun si las respuestas son difíciles de encontrar.

Leer Radical tiene un valor genuino, estoy seguro de ello. Sin embargo, podría ser mejor no leerlo si ya has leído varios otros libros del mismo estilo. Quizás sería mejor volver a leer uno de ellos y preguntarnos: “¿Qué es lo que realmente he hecho al respecto?” Tarde o temprano, o tenemos que actuar o tenemos que descubrir si tal vez necesitamos abordar la radicalidad de una manera totalmente distinta. Si lo mejor que vas a sacar de Radical es un entusiasmo pasajero seguido de un largo tiempo de culpa o desinterés, hay dos opciones: o el mensaje es errado o tu aplicación de él lo es. 


Radical. David Platt. Editorial Unilit, 205 páginas.
Texto original: http://www.challies.com/book-reviews/radical

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