justicia generosa sombras.pngJUSTICIA GENEROSA

Reseña: Jonathan Leeman

Hace dos meses me pidieron escribir una clase de Escuela Dominical presentando el libro completo de Isaías. Me sentía un tanto hábil con el libro y su mensaje, puesto que hace mucho tiempo Isaías ha sido uno de mis favoritos, así que acepté la tarea.

La Biblia, en respuesta, no estaba dispuesta a ser tomada a la ligera; por lo que decidió recordarme, como lo hace con frecuencia, que mis declaraciones de competencia sobre ella son las de un perrito chillón. Al leer Isaías, con seguridad, descubrí un tema completo que no había notado antes; uno que incluso podría ser un gran tema del libro: la justicia.
 

La palabra aparece cinco veces solo en el primer capítulo: se le ordena a Israel a «buscar la justicia» y «defender al huérfano» y «a la viuda» (1:17). Su pueblo es condenado porque, aunque alguna vez estuvieron «llenos de justicia», ya no «llevan justicia» (1:21, 23). Y se nos dice que Sión será redimida «con juicio» (1:27). Una y otra vez el libro continúa, mencionando la palabra 24 veces más. 

Un ejemplo más: con frecuencia he meditado en aquellas maravillosas palabras sobre el siervo: «No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que casi no arde; con fidelidad traerá justicia» (Is 42:3). Sin embargo, de algún modo, nunca le presté atención al hecho de que la justicia es mencionada tres veces en esos mismos versículos: el siervo «traerá justicia», «con fidelidad traerá justicia» y «establecerá justicia» (42:1, 3, 4). Interpreta cualquier otro pasaje como quieras, pero el libro de Isaías parece decir que la justicia es un gran asunto para Dios.

Haber leído el último libro de Timothy Keller, Justicia generosa: cómo la gracia de Dios nos hace justos, se me hizo muy familiar. Keller no manipula las emociones con historias estremecedoras o retórica melodramática. No entrega lecturas sesgadas y reduccionistas de la historia de redención con el fin de reforzar su ideología política; él solo apunta hacia un montón de textos bíblicos. Es un libro para adultos, no para fanáticos ni para ideólogos. Los primeros cinco capítulos de ocho, en realidad, están repletos de Biblia. Como buen pastor, Keller sabe que todos esos textos, interpretados fielmente, harán su trabajo de entrar al corazón del creyente. De nuevo, di lo que quieras sobre cualquier texto, verás todo el montón de versículos y pensarás, «de seguro hay muchos».

Justicia generosa contiene dos ideas básicas; puedes verlas en el título y en el subtítulo. En primer lugar, la obra de Dios de justificar misericordiosamente a una persona inevitablemente resultará en el deseo del creyente de ser justo y de hacer justicia. La justicia sigue a la justificación. La gracia de Dios nos hace justos, como lo plantea el subtítulo. Si eres cristiano, debes tener un deseo cada vez mayor por ver que se haga justicia, tanto en esta vida como en la venidera. Y ese deseo debe evidenciarse cada vez más en tus acciones y en tus decisiones en la vida.

En segundo lugar, la idea de justicia no se trata simplemente de penas justas o castigos equitativos ante la ley. También se trata de darle a su pueblo lo que se le debe como seres hechos a la imagen de Dios. Para el criminal convicto, sí, esto significa castigo. Sin embargo, para la persona que está estancada en la pobreza, el mandamiento de «practicar justicia» (Mi 6:8) podría llamarnos a la ayuda humanitaria, a la labor de desarrollo de trabajo o a una reforma social. Normalmente, los cristianos piensan en tales actividades como «caridad». Sin embargo, si la pobreza de una persona es el resultado, al menos en parte, de problemas estructurales mayores más allá de su control, entonces debemos abordar esos problemas mayores con el fin de ser justos: con el fin de darle a la persona lo que se le debe y establecer relaciones correctas. En otras palabras, ser justo en estas circunstancias significa ser generoso, como lo sugiere el título del libro. La justicia no solo es una actividad reactiva justificada por las transgresiones de la ley, es una actividad que inicia y mira hacia adelante. Involucra ir a «lugares donde el tejido de shalom se ha roto, donde los miembros más débiles de las sociedades se resbalan a través del tejido, y repararlo». Como muchos otros han hecho, Keller denomina este gran concepto de justicia que combina tanto las penas justas como la rectitud social como justicia social.

Como siempre el evangelista y apologista, Keller no solo escribe para el cristiano, sino que para el escéptico no cristiano que está convencido de que el cristianismo es una de las fuentes más grandes de la historia de la injusticia. El cristianismo bíblico, argumenta Keller, lleva a lo opuesto. Nuevamente, la justicia social sigue a la justificación y la justicia social es generosa.

El tema de la justicia o justicia social, en mi opinión, es más complejo de lo que los cristianos pueden comprender al principio. Es difícil hermenéutica y teológicamente: está unido, como una mora lo está a la zarza en lo profundo, a un montón de otras espinosas preguntas sobre la naturaleza del Evangelio, de las buenas obras, de la iglesia institucional y orgánica, de la continuidad canónica, de la escatología, de la iglesia, del estado y más. El tema es difícil emocionalmente: historias de pobreza, discriminación étnica y otras formas de injusticia nos golpean en las emociones, haciendo que el sonido del juicio sea un poco más fuerte. Y es difícil espiritualmente: nuestros corazones son pequeños y reacios a hacer sacrificios por otros, pero también son susceptibles a la culpa legalista y fuera de lugar. Son innumerables los escritores y predicadores que han intentado navegar en estas traicioneras aguas solo para chocar sus navíos en una de las rocas (incluído este escritor). Sin embargo, creo que Keller logra navegar exitosamente entre el peñasco y a través de la espuma.

La iglesia institucional y orgánica

Por ejemplo, muchos escritores y predicadores hoy acallan la distinción entre las obligaciones primordiales de la iglesia local y del cristiano. Sin embargo, basado en la idea de Abraham Kuyper sobre «la esfera de la soberanía», Keller explica pacientemente la diferencia entre la iglesia institucional (la reunión de la congregación con sus líderes para escuchar la Palabra de Dios y celebrar las ordenanzas) y la iglesia orgánica (los cristianos individuales dispersos en el mundo). Luego, él argumenta que no debemos asumir que ambos son llamados a hacer exactamente lo mismo:

La iglesia debería ayudar a los creyentes a dar forma a cada área de sus vidas con el evangelio… Pero eso no quiere decir que la iglesia como institución deba hacer todo aquello para lo que capacita a sus miembros. Por ejemplo, aunque la iglesia debería discipular a sus miembros que son directores de cine para que su arte cinematográfico esté profundamente influido por el evangelio, eso no significa que la iglesia deba fundar una productora de cine.

La iglesia institucional y orgánica tiene una división similar de trabajo cuando se trata de hacer justicia. La iglesia institucional debe «evangelizar y educar a los creyentes en la comunidad cristiana», la cual a su vez «produce individuos que cambian la sociedad» aunque «las congregaciones locales no deberían involucrarse por sí mismas en estas empresas». Keller ve cierto espacio para las congregaciones concebidas institucionalmente para llevar a cabo ministerios de ayuda, pero él las anima a abstenerse del trabajo más complicado y complejo de la reforma social.

Asimétrico e inseparable
También es común en estos días insistir en el «ambos y juntos» del ministerio de la Palabra y del ministerio de las obras. Se dice que la Biblia exige palabras y obras y, por lo tanto, nuestros ministerios debieran estar marcados por lo mismo. Son como las dos alas de un pájaro y debemos hacer ambas por su propio bien. Algunos incluso dicen que hacer justicia es evangelismo.
 
Bueno, sí y no, dice Keller. Sí, necesitamos de «ambos y juntos», pero no confundan el uno con el otro ni digan que son igualmente importantes. «La evangelización [palabras habladas] es el ministerio más básico y radical posible para un ser humano. Esto es verdad no porque lo espiritual sea más importante que lo físico, sino porque lo eterno es más importante que lo temporal».
 
Keller captura amablemente la relación entre el evangelismo y la justicia social, o las palabras y las obras, al decir que existen «en una relación asimétrica e inseparable». Necesitas ambos; son inseparables. Sin embargo, uno es más importante que el otro; son asimétricos: a diferencia de las dos alas de un pájaro. A continuación comparto un útil resumen de su visión:
 
Animo a mis lectores a discernir el equilibrio que estoy intentando transmitir. Si confundimos evangelización y justicia social perdemos el servicio más único que pueden ofrecer los cristianos al mundo. Otros, además de los creyentes, pueden alimentar a los hambrientos. Pero los cristianos tienen el Evangelio de Jesús por el cual hombres y mujeres pueden nacer de nuevo con la esperanza segura de la vida eterna. Nadie más puede hacer una invitación así. Sin embargo, muchos cristianos a los que les importa apasionadamente la evangelización ven el trabajo de la justicia como una distracción que quita valor a la misión evangelística. Eso también es un grave error.

Creo que Keller está exactamente en lo correcto en la medida que pueda entregar tres calificaciones: primero, «inseparable» debe entenderse normativamente (lo que debemos hacer), aunque no absolutamente. Las personas pueden ser evangelizadas y convertidas sin obras, mientras que no pueden ser evangelizadas ni convertidas sin palabras (por ejemplo, los ministerios radiales o Filipenses 1:15-18). Obviamente, esta es la parte de la asimetría. Segundo, debemos tener cuidado de no privilegiar la justicia social por sobre otras áreas de la obediencia al Evangelio. Muchos evangélicos sí parecen privilegiarlo, ya que es un área de la vida de la iglesia que podría ganar elogios de quienes están afuera, a diferencia de, por ejemplo, la fidelidad sexual. Sin embargo, privilegiarlo arriesga convertir la justicia social en otra forma de legalismo. Tercero, en la misma línea, debemos asegurarnos de que nuestros ministerios generales como pastores, ancianos e iglesias reflejen esta asimetría. Asumo que Keller estaría de acuerdo con estas calificaciones.

Carga escatológica
En gran medida, Keller evita «entrar en el debate de la naturaleza [inaugurado por Cristo] del reino y otras cuestiones de “escatología”», puesto que él cree que «podemos defender la postura de hacer justicia y preocuparnos por los pobres» sin hacerlo (n. 61). Y pienso que tiene razón: se ha hecho un fuerte caso. No obstante, esto significa que él intenta evitar tomar partidos, al menos en este libro, con los denominados transformacionalistas, que dicen que nuestro trabajo de justicia social en realidad redime la cultura y conduce al reino del cielo nuevo y la tierra nueva; ni tampoco toma partido por los defensores de los dos reinos, quienes dirían que nuestra obra de justicia social no redime la cultura ni conduce al reino final, per se, pero indican nuestra ciudadanía ante Cristo el Rey mientras buscamos asegurar que su gobierno redentor se extienda a cada área de nuestras vidas, física y espiritual, secular y sagrada. (Estoy usando el concepto de dos reinos más cuidadosa y menos caricaturizada de David VanDrunen. Para ver las publicaciones de los libros de VanDrunen ir aquí y aquí [solo en inglés]).
 
Esto significa que Keller escribe de una manera que debe satisfacer básicamente el concepto de los dos reinos al mínimo. Él no empaca «la carga escatológica» —usando la frase de VanDrunen— en nuestras obras de justicia social. Él no dice que están introduciendo realidades del fin de los tiempos. Él no dice que podemos redimir la cultura.
 
Ahora, mientras leía el último capítulo, me pregunté si él lleva un pequeño bolso de tal carga. Él comienza el capítulo al observar que todo el mundo dejó de «funcionar bien» cuando perdimos nuestra relación con Dios. Hasta ahora, bien. Pero entonces nos cuenta una historia extendida sobre una comunidad completa que aprendió lenguaje de señas como un ejemplo de autosacrificio por los menos afortunados y de «hacer justicia». Él no dice completamente que esta comunidad restauró el shalom de la creación de Dios, pero el lugar donde puso esta historia hará que todos asuman, menos el lector más cuidadoso, que eso es exactamente lo que quiso decir. Y el problema con asumir, por supuesto, es que contradice el punto anterior sobre que una relación rota con Dios es la fuente de injusticia y de quebrantamiento del mundo. El autosacrificio y el lenguaje de señas, en sí mismos, no reparan este problema básico entre nosotros y Dios; por lo tanto, no restaura el shalom de la creación. Como máximo, pueden indicar cómo se verá una relación restaurada.
 
Entonces, de nuevo, me gustaría decir que eso es todo lo que Keller quiere decir respecto a la enseñanza de la historia del lenguaje de señas, porque un poco más adelante en el capítulo, él nota que incluso los nazis disfrutaron la belleza de Mozart mientras sacrificaban judíos. Él reconoce que la paz, la belleza e incluso la justicia en este mundo no redimirán a las personas al final; solo Cristo redime.
 
En resumen, la obra de justicia social de un cristiano hace del mundo un lugar mejor. Demuestra un amor por los pecadores como el de Cristo. Señala a un mundo que viene, ya sea que ese mundo sea un reemplazo o una versión transformada de nuestro mundo actual. No obstante, tal obra no «redime» al mundo. Estoy bastante convencido de que Keller afirmaría todo esto. De todos modos, debo decir, que él mantiene sus cartas de reino y escatología cerca de su pecho. Y una vez o dos veces se siente un poco demasiado optimista para mí, pero su exhortación en general de justicia y preocupación por el pobre sin duda no requiere que uno se aferre a una posición transformacionalista —a la cual yo no me aferro—. Si el hábito de Keller es de siempre ponerse a sí mismo en una «tercera posición» en cualquier indicación, ¡probablemente sea porque ve ambas partes del debate!
 
Keller concluye el capítulo y el libro maravillosamente al señalarle a los lectores la única cosa que los hará justos: contemplar la obra de Dios de convertirse en hombre, identificándose a sí mismo con los pecadores y recibiendo la condenación que nosotros merecíamos.

Entonces, ¿qué es la justicia?
Si tuviera que adivinar, el asunto más conflictivo será la comprensión más extensa de Keller sobre la justicia social, que fue descrita anteriormente. Él hace un caso bíblico para eso (por ejemplo, Dt 10:7-8, 18-19; Job 29:12-17; 31:13-38; Sal 146:7-9; Is 58:6-7; Jer 22:3; Ez 18:5,7-8a; Zac 7:10-11; Mt 6:1-2), pero también insinúa que es un concepto de teología sistemática, combinado tanto los conceptos bíblicos de justicia como de rectitud.
 
Personalmente, estoy convencido de que él tiene razón, aunque yo podría matizar la comparación entre la definición acotada («trato equitativo ante la ley») y la definición más amplia de Keller («darle a la gente lo que se le debe») un poco diferente. En mi opinión, estas dos definiciones están diciendo lo mismo, pero la definición más acotada se ha situado en el contexto de tribunal. Tratar personas equitativamente ante la ley es darle lo que se les debe: en la corte. Cuando preguntamos lo que la justicia requiere en otro dominio, como en el dominio económico, es la definición más amplia no la más acotada la que demostrará ser más práctica. Esta susceptibilidad al contexto es una de las comprensiones básicas y útiles del clásico de Michael Walzer, Las esferas de la justicia (que interesantemente coincide un tanto con las ideas de Kuyper sobre la soberanía de las esferas). Diferentes esferas de la vida requieren que ligeramente reformulemos cómo explicamos la idea básica de justicia, pero alguien podría concebir esas ideas básicas en primera instancia[1].
 
Por mi parte, creo que la idea de Keller de «darle a las personas lo que se les debe» es una manera útil de explicar la idea básica de justicia, al menos en términos teológicos, puesto que implícitamente contiene tanto los principios eternos de Dios de lo correcto e incorrecto como también el valor «intrínseco» que ha impartido a cada persona creada a su imagen.
 
Por ejemplo, supongamos que un hombre rico y un hombre pobre están en diferente manera bajo una ley injusta; la ley injustamente favorece al hombre rico y desfavorece al hombre pobre. ¿Cómo se ve la verdadera justicia (darles a las personas lo que se les debe) en esta circunstancia? Podría requerir que alguien imponga simultáneamente la ley en ambos hombres mientras que también actúan aparte de la ley para compensar a aquellas injusticias más profundas a través de los actos de «caridad» o los esfuerzos para cambiar la ley. En otras palabras, la justicia podría requerir una cosa en la esfera legal, otra en la esfera política y aún otra en la esfera de las relaciones personales. Incluso podría requerir que alguien, en el lenguaje de Keller, vaya a «lugares donde el tejido de shalom se ha roto, donde los miembros más débiles de las sociedades se resbalan a través del tejido, y repararlo».
 
Como tales, las leyes en una sociedad verdaderamente justa considerarán varios tipos de desigualdad en otras esferas, como la esfera del intercambio económico. Keller observa prácticamente que las leyes que Dios le dio a Israel no llamaban simplemente a un castigo igualitario ante la ley de acuerdo con el crimen de una persona; Dios también estableció leyes que abordarían la variedad de desventajas que las personas experimentan, leyes, por ejemplo, que ayudarían a que el pobre reciba lo que se le debe como personas creadas a la imagen de Dios. Las leyes de espigueo o las leyes de redistribución de propiedades son claros ejemplos.

Una corrección del corazón
Ahora, no espero que mi breve defensa de la visión más extensa de la justicia convenza a todos, no creo que necesite hacerlo. Ya sea que llamemos los actos de autosacrificio y generosidad «justicia», «amor» o «compasión», el desfile de versículos que Keller muestra todavía permanecen, llamándonos a oponernos a la injusticia y cuidar del necesitado, y toda esa Escritura debe pesar en el corazón del cristiano, de la misma manera que todos los textos que descubrí en Isaías.
 
Y aquí es justo donde quiero darle a Justicia generosa mi mayor elogio. A Dios le preocupa profundamente la justicia, un concepto que generalmente se asocia con cuidar del necesitado en la Escritura si es que no es lo mismo. Algunas personas del lado transformacionalista del espectro deben leer Justicia generosa para corregir su teología, particularmente en los puntos que destaqué anteriormente. Yo necesitaba (al menos) una corrección del corazón. Por esa razón, planeo leerlo de nuevo con mi esposa y animo encarecidamente a otros pastores que lo lean.
 
Sí, el libro podría crear algunas preguntas pastorales complicadas como «¿cuánto deberíamos animar a nuestra congregación a hacer justicia?». Y ciertamente provocará objeciones como, «no hay límite considerable para “hacer justicia”, más activamente. ¡Te verás obligado a ayudar a cada persona pobre del planeta!». Bueno, sí, hay límites: los mismos límites que pondrías al hacer evangelismo, como la necesidad de administrar fielmente otras áreas de tu vida. Más concretamente, creo que debemos dejar tales preguntas en segundo plano, para que así las consideraciones pragmáticas no invaliden las teológicas. Nuestro trabajo principal debe ser ver que nuestros propios corazones y los corazones de nuestras congregaciones estén creciendo en el amor y en la justicia de Dios. ¿Cómo hacemos eso? Al predicarle a nuestras congregaciones semana tras semana, no solo sobre hacer justicia, sino que también sobre la justificación. Debemos centrar nuestros sermones donde Keller terminó su libro: en el Evangelio.

Justicia generosa: cómo la gracia de Dios nos hace justos. Timothy Keller. Publicaciones Andamio, 252 páginas.
 
Esta reseña fue publicada originalmente en 9Marks. | Traducción: María José Ojeda

[1] Es verdad, Walzer, un comunitario comprometido, sería un poco blanco y relativista sobre si es que tal idea básica universal en realidad existe o no.



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  Jonathan Leeman es el Director Editorial de 9Marks y un anciano en la iglesia bautista Cheverly en Cheverly, Maryland.

 

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