CUANDO LA GENTE ES GRANDE Y DIOS ES PEQUEÑO
Reseña: Greg Gilbert

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Siempre es una gran lección para mí cuando el Señor me revela una veta de pecado en mi vida que antes me era irreconocible. No estoy hablando de un «pecado» previamente desconocido, como a los que me dedico diariamente, aunque estoy bien familiarizado con ellos también. Los someto, los reconozco como pecado, los confieso y me arrepiento de ellos. Sin embargo, pecados como esos, los excepcionales, muy a menudo permanecen aislados en mi mente. Son excepciones a la norma, errores, y cuando los miro, veo solo eso: una imperfección, una irregularidad, «un» pecado. No obstante, lo profundamente aleccionador para mí, son esos momentos cuando el Señor me muestra una veta de pecado, un profundo depósito continuo de rebelión y depravación que cada minuto del día le da color a cómo pienso, a cómo me siento y a cómo concibo la vida. Esos son los momentos que golpean mi orgullo y que me recuerdan todo lo que Dios me ha dado y de lo que me ha librado; que aún soy parte de esta completa masa caída de pecaminosidad a la que llamamos humanidad. Y sin embargo, esos son los momentos en los que más levanto mis ojos al cielo en asombro porque Dios se rebajó para salvar a un pecador tan podrido e infectado como yo.

Ed Welch le ha dado a su libro un título relativamente inofensivo, Cuando la gente es grande y Dios es pequeño, pero las páginas del libro están repletas de todo menos de benevolencia. El libro de Welch discute un pecado que probablemente, de una manera u otra, es común para todos: el temor al hombre. Últimamente, este ha sido un tema frecuente incluso en la psicología secular, aunque simplemente recibe otro nombre: si eres adulto se denomina codependencia; si eres un adolescente, presión de grupo. Sin embargo, el problema no es esencialmente de psicología, sostiene Welch, sino que de pecado y de rebelión contra Dios. No tomes este libro esperando leerlo para el beneficio de alguien más. Welch no es flexible en su insistencia en que el temor al hombre, el deseo de ser querido, aceptado y necesitado por otros, es común en todos nosotros. En los primeros cinco capítulos, Welch define el temor al hombre mientras discute una lista de formas en las que se manifiesta: a través del miedo a la exposición o a la humillación, el miedo al rechazo o al ridículo o el miedo a la agresión física o a la opresión. De una u otra manera, cada ser humano lucha con esto. El punto se hace más familiar al ponerlo de una manera un poco humorística en la página 34 cuando Welch escribe, «podemos estar cantando con todo nuestro corazón cuando estamos solos, conduciendo al trabajo, con la radio a todo volumen. Pero si alguien nos ve, nos sentimos apenados [avergonzados]. No importa si la persona es un completo desconocido y nunca más la veremos. Él o ella nos vio y brevemente nos recordó el profundo temor a ser expuestos». Es verdad, ¿no es cierto? De una manera u otra, todos estamos manchados con la tendencia a hacer de otras personas un ídolo.
 

La tesis central del argumento de Welch es el siguiente: «con respecto a los demás, nuestro problema es que los necesitamos (para nosotros mismos) más de lo que los amamos (para la gloria de Dios). La tarea que Dios establece para nosotros es que los necesitemos menos y los amemos más» (p. 23). Estoy seguro de que no es extraño para nadie que esté leyendo este artículo sentir una necesidad de afecto y aceptación de otras personas o incluso de una persona en particular. Si se niega esa aceptación, nos enojamos o nos deprimimos. Podría ser fácil llamar a ese sentimiento «amor» por la otra persona, un deseo de estar con ellos o de tenerlos como amigos. No obstante, el problema es que esos tipos de sentimientos finalmente no están basados en lo absoluto en el bien de la otra persona; casi sin fallar, están centrados en mi deseo de sentirme bien sobre mí mismo. Si esta persona me aceptara, si esta persona piensa que soy aceptable, si pudiera identificarme con esa persona, entonces puedo sentirme bien con quien soy. No obstante, si me rechazan o no me dan la atención que siento que merezco, entonces eso solo me demostraría que soy el perdedor que siempre sospeché ser. En ese punto, nuestras vidas y pensamientos comienzan a centrarse en obtener aceptación de esa persona, quien finalmente se transforma en lo que Welch llama una «persona-ídolo». ¿Qué ocasiona este tipo de pecado? Cuando llegamos al punto en el que necesitamos amor y aceptación de otras personas para sentirnos bien sobre nosotros mismos, es ahí que esas personas comienzan a tener un dominio excesivo sobre nosotros. Como resultado, Welch escribe, nos encontramos «en servidumbre, controlados por otros y sintiéndo[nos] vacíos. [Somos] controlados por cualquier persona o cosa que crea[mos] que [nos] puede dar lo que [pensamos] necesitar. Esto es cierto: lo que tú necesites o a quien necesites, te controlará», (p. 14).

El antídoto para este pecado es el mismo como para muchos otros: él debe crecer, mientras que nosotros debemos menguar. Las personas, o más apropiadamente tu necesidad por la aceptación de las personas, debe ser menor y Dios debe ser más grande en tu mente. Por dos capítulos, Welch enseña lo que significa el temor al Señor, que estar asombrado de él y reconocer sus santos ojos observando las partes más profundas de nuestras vidas es infinitamente algo más exhaustivo que cualquier exposición que las personas podrían provocar de nosotros. Su capacidad para castigarnos por el pecado es infinitamente más aterradora que cualquier rechazo de cualquier persona. «Si la mirada del hombre despierta temor en nosotros, cuánto más la mirada de Dios. Si nos sentimos al descubierto delante de otras personas, nos sentiremos devastados delante de Dios» (p. 40). El antídoto, entonces, es crecer en el temor del Señor. Así como la luz disipa las tinieblas, y como la santidad desplaza el pecado, así un temor saludable de Dios disolverá un debilitante temor al hombre.

Sin embargo, ¿qué decir de estas necesidades por aceptación y amor? ¿Acaso la Biblia permanece en silencio al respecto? Algunas personas han argumentado que una necesidad por otras personas es una parte dada por Dios de nuestra identidad como portadores divinos de su imagen. Después de todo, Dios reconoció que no era bueno que el hombre estuviera solo; por lo tanto, él creó una ayuda para él. Si eso es verdad, entonces, ¿acaso no es verdad también que esos sentimientos de necesidad de otras personas, por afecto, son ordenados divinamente desde nuestra creación misma? Welch hacer una clara distinción aquí: las necesidades psicológicas, eso es, necesidades por tener la aceptación de otras personas con el fin de sentirnos bien respecto a nosotros mismos, no son un resultado de la creación, sino que un resultado de la caída. «Después de la caída en pecado, la gente siguió portando la imagen de Dios. La dirección del corazón humano se orientó hacia el “yo” y no hacia Dios. En el jardín, el hombre comenzó a repetir [el] mantra que persistirá hasta que Jesús regrese. Adán dijo, “yo quiero”» (p. 200). La naturaleza de las necesidades psicológicas es intrínsecamente egoísta; son un resultado del pecado. Por consecuencia, buscar la satisfacción de esas necesidades es alimentar al pecado mismo. «Las necesidades egoístas no tienen el propósito de ser satisfechas; deben ser mortificadas». Entonces, ¿cómo sería una necesidad saludable por la aceptación de las personas? ¿Por qué Dios nos creó hombres y mujeres si necesitar a otros es pecaminoso? La respuesta finalmente se encuentra en la motivación. Así que mientras la necesidad esté centrada en nosotros, la necesidad por la aceptación de otras personas es pecaminosa. Mientras mi necesidad por otros esté basada en mi deseo por sentirme bien sobre mí mismo, esa necesidad estará enraizada en la iniquidad. Las relaciones saludables con otras personas se construyen al reconocer que cualquier relación existe únicamente para que la imagen de Dios sea más visible. Es por esta razón que Dios pone a los cristianos juntos en las iglesias; esta es la razón por la que los creó hombre y mujer. No fue para que pudieran idolatrarse mutuamente para así llenar sus necesidades psicológicas y sentirse mejor respecto a ellos mismos por un tiempo. Fue para que Dios mismo pudiera ser glorificado en el amor que ellos se tienen mutuamente. Ciertamente, necesitamos a otros en el sentido de que no podemos perseverar solos, pero el fin es diferente. El fin ya no es la satisfacción de nuestros propios deseos egoístas, sino que la gloria de Dios manifestada en la naturaleza comunitaria de su pueblo.

Este libro podría ser útil para cualquier pastor que esté dispuesto a tener una gran cantidad de largas conversaciones con su gente. En un mundo que está tan hundido en el egoísmo y el narcisismo como el nuestro, el libro de Welch sin duda será rechazado de una manera poco agradable en muchos corazones de las personas. El temor al hombre se ha esparcido en nuestras iglesias, lo que en realidad no debe sorprendernos, puesto que el temor al hombre se ha extendido entre los seres humanos. Como cristianos, somos redimidos y justificados ante los ojos de Dios. Aun así, la caída nos ha manchado a todos nosotros más de lo que podemos posiblemente saber. Sin embargo, saber cómo nos depravamos, y ser capaces de reconocer los horribles colores con los que el pecado nos ha manchado, es un arma invaluable en la guerra contra él. Tanto para los pastores como para los miembros de la iglesia, el libro de Welch entregará un mapa para descubrir y rastrear las raíces de un pecado que merece ser destruido, o si no es posible hacerlo en este lado de la eternidad, al menos reconocerlo y resistirlo.

Cuando la gente es grande y Dios es pequeño: cómo vencer las presiones sociales, la codependencia y el temor al hombre. Edward T. Welch. Editorial Peregrino, 278 páginas.

Esta reseña fue publicada originalmente en 9Marks.
 

 


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Greg Gilbert
es pastor de la iglesia bautista Third Avenue en Louisville, Kentucky. Puedes encontrarlo en Twitter como 
@greggilbert.

 

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