domingogrande.pngLA REUNIÓN DEL DOMINGO
Nicole Whitacre

 

¿Sabías que, en las Escrituras, Dios nos habla directamente a nosotras, las mujeres, sobre cómo debemos oír los sermones de nuestro pastor? 1 Timoteo 2:11 dice: «La mujer debe aprender con serenidad, con toda sumisión».

Ahora bien, yo sé que este versículo es como un pararrayos. Es un texto que a menudo se malentiende y se aplica mal, y es imposible abordar adecuadamente los controvertidos puntos de interpretación en un breve artículo como este.

Pero, como sugiere la Biblia de Estudio Literaria (LSB; Crossway, 2007), «es útil identificar los principios y actitudes subyacentes que Pablo está elogiando (especialmente el estudio diligente y la sumisión)». ¿Cuáles son las dos cualidades que deberían caracterizar nuestra actitud hacia los sermones del domingo? Estudio diligente y sumisión.   

En todo el debate sobre lo que significa «serenidad», lo que a menudo se pasa por alto es el imperativo de «aprender» que se dirige a las mujeres. Debemos ir a la iglesia como estudiantes. Eso es lo que somos, y deberíamos estar ansiosas de aprender de la Palabra de Dios por medio del don de la predicación. 

Primero, este mandamiento se dirige a quienes admitimos no tener un gran apetito por el estudio de la teología. Quizás te sientas más creativa o artística y no tan académica o lectora. Pero, aunque es cierto que Dios nos da distintos dones, intereses y personalidades, cuando se trata de la Palabra de Dios, todas debemos buscar aprender y ser diligentes en ello.  

Los domingos, todas deberíamos ser como universitarias. Deberíamos tener una actitud de estudiantes entusiastas —al borde de nuestros asientos, absorbiendo todo lo que Dios quiera decirnos, listos para escuchar, digerir, y luego aplicar durante la semana lo que hemos oído—. Y si el amor por la doctrina no surge naturalmente en nosotras, pidámosle a Dios que produzca en nuestros corazones lo que sólo Él puede conceder: un amor de origen espiritual por la predicación de la Palabra de Dios.

Sin embargo, este es un mandamiento de doble filo. También tiene algo que decirles a aquellas de nosotras que son naturalmente diligentes en el estudio. Quizás tienes un gran conocimiento bíblico o has estado en el seminario. Quizás has crecido en una iglesia excelente y has podido aprender de un pastor más experimentado que el que está predicando actualmente. Quizás ya has dirigido estudios bíblicos o se te considera como una talentosa maestra de mujeres.

Para todas, la insistencia de Pablo en que vengamos a la iglesia a «aprender» ayuda a corregir la tentación del orgullo espiritual que envanece (1 Co 8:1). Nos recuerda que todas debemos sentarnos a escuchar la predicación de la Palabra de Dios, y no primeramente como «maestras» sino como «estudiantes». Debemos someter nuestros corazones a la Palabra, lo cual para nosotras es un ejercicio bueno y una lección intencional de humildad —exactamente como Dios ha ordenado que sea—.

Esto no significa, por supuesto, que debamos dejar nuestro discernimiento en la puerta o abstenernos totalmente de hacerle una humilde crítica o sugerencia a nuestro pastor. No obstante, sí quiere decir que debemos ir a escuchar la fiel predicación de la Palabra como estudiantes humildes, ansiosas de sentarnos bajo la autoridad e instrucción de la Palabra de Dios. 

«En todos los otros contextos en que nos enseñamos, nos amonestamos y hablamos la palabra de Cristo unos a otros (Col 3:16), es mucho más probable que nos someteremos y no nos evadiremos por medio de discusiones interminables si tenemos como máxima prioridad (además de la oración) sentarnos juntos bajo la autoridad de la palabra predicada». —Christopher Ash 

Por lo tanto, preguntémonos a nosotras mismas: ¿Vamos a los servicios dominicales ansiosas de aprender de la Palabra de Dios por medio de la prédica de nuestro pastor?

Dios mismo está ansioso de enseñarnos por medio de su Palabra. ¡Qué clase tan emocionante!

«Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra» (2 Ti 3:16-17). 


Artículo Original: http://www.girltalkhome.com/blog/sunday-school/


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