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LA GLORIA DE DIOS EN LAS RUTINAS
Gloria Furman

 

Un beso, un abrazo, su manta favorita, un libro, y orar. Así se resume la rutina que sigue mi hijo preescolar antes de acostarse. Esta simple rutina debe de ser sumamente importante para él ya que, si me salto algo o altero el orden, pone el grito en el cielo. Si quieres que te controlen una rutina disciplinada, sólo hace falta que los preescolares lo sepan. Ellos se encargarán, incansablemente, de recordarte cada detalle.

El orden y lo predecible le otorgan al niño pequeño una enorme sensación de estabilidad en el mundo que lo rodea. Las rutinas tienen el mismo efecto en nosotros, los niños grandes. Piensa en cuán desconcertante sería tu mañana si la cafetera comenzara repentinamente a echar chispas y se descompusiera.

 

Cuando la vida parece aburrida

Aunque podamos valorar la estabilidad que ofrecen las rutinas (Gracias, Dios, por hacer que el sol saliera esta mañana), una vida «común y corriente» puede sonar, bueno . . . aburrida. Vivimos en la rutina, y los momentos dramáticos e impactantes son, por definición, extraordinarios. Sea como sea lo «normal» de tu vida, creo que todos coincidimos en que ese es el ámbito en que vivimos. Sin embargo, ansiamos un trabajo significativo, tener una vocación especial y oportunidades que salgan de lo común.

Es tentador ver la vida diaria como un ciclo monótono en que haces tu cama sólo para volver a usarla. Nuestra perspectiva del quehacer diario es importante porque, cuando olvidamos la actividad de Dios en el mundo, nos volvemos funcionalmente inútiles. ¿Qué sentido tienen las cosas si «todo es vanidad»? A menudo vemos lo común y corriente sólo en términos de «tengo que»: Tengo que sacar la basura; tengo que ir a trabajar; tengo que cambiar pañales, etc. Escuchamos la instrucción de Pablo, «Hagan lo que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Co 10:31), y nos preguntamos cómo encaja con nuestros «tengo que» de cada día. La gracia ilumina nuestra rutina: cuando vivimos para su gloria, ella puede transformar nuestros «tengo que» en «he llegado a».

Estas son tres de las formas en que la gracia de Dios gobierna las áreas de nuestras vidas que parecen corrientes y carentes de importancia:

 

1. Llegamos a vivir fuera del jardín. Vivir. Llegamos a vivir. Que tu corazón se llene de gratitud al ver que Dios sigue dándonos vida aun cuando todos hemos pecado contra su santidad. Que tu mente alucine pensando en que Jesús sostiene actual e intencionalmente nuestras mismísimas vidas con el poder de su Palabra. Es abrumador que, a pesar de nuestro pecado, se nos conceda misericordiosamente el don de la vida. Indudablemente, esta misericordia es causa de incesante alabanza a nuestro Creador. Job nos enseña que, cualquiera sea la condición en que nos encontremos, Dios ha de ser alabado. Lejos esté de nosotros, destinatarios de una gracia tan asombrosa, lamentarnos de que la vida es aburrida. En vez de eso, rebosemos de alabanza al Autor de la Vida con todo nuestro aliento.  

 

2. Llegamos a vivir para siempre en Cristo. Estamos a sólo un suspiro de encontrarnos cara a cara con el Señor. Gracias a la muerte expiatoria de Jesús en la cruz, podremos contemplar a nuestro Dios y vivir; vivir por siempre en su presencia donde encontraremos un gozo absoluto. En el intertanto, nos consuela internamente el Espíritu Santo, quien nos permite tener comunión con Dios aun hoy. Dios utiliza medios comunes para amoldarnos a la imagen de su amado Hijo. Esta es sólo una de las formas en que el evangelio de la gracia les da un nuevo sentido a las rutinas aparentemente insignificantes.

 

3. Llegamos a participar en el plan cósmico de Dios. La muerte sustitutiva de Jesucristo, su resurrección, y su posterior exaltación sobre todo nombre cambian nuestra visión de la vida común porque, en efecto, cambian todo. Para experimentar gozo en el trabajo que Dios tiene para nosotros, debemos tratar de entender el misterio de la voluntad de Dios cuyo propósito es «unir todas las cosas en Cristo» (Ef 1:9-10). Mientras nos angustiamos por organizar nuestras agendas a la perfección, Jesús está infaliblemente re-ordenando el cosmos. Esta teología panorámica del plan cósmico de Dios traspasa el viaje diario al trabajo y los platos apilados en el fregadero para examinar el horizonte de los cielos nuevos y la tierra nueva. Qué extraordinaria gracia se nos ha dado de participar en el plan con que Dios está reconciliando todas las cosas consigo mismo (1 Co 15:27-28).

 

Un sello de la eternidad en nuestra mirada

Una perspectiva eterna es algo que se lleva en el corazón. Con los ojos del corazón iluminados, podrás experimentar la esperanza a la cual Dios te ha llamado. Mira por este lente eterno cuando te sientas tentado a andar por vista. Observa cómo la gracia de Dios transforma tu manera de ver un nuevo viaje de negocios, otro percance de tu hijo con su bacinica, otra tarde en un embotellamiento, otra reunión, otra factura por pagar, u otra pila de ropa por lavar. El gozo duradero puede sentirse hoy mismo en los asuntos comunes de la vida porque, cada cosa que se nos ha dado, ha sido ordenada por Jesús, existe para Él, y en la eternidad testificará por siempre dando tributo a su gloriosa gracia.

 

Artículo original: http://www.ligonier.org/learn/articles/glorifying-god-routines/

 

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