1.jpgCUANDO SER SOLTERA CRISTIANA IMPLICA POSTERGAR LA SATISFACCIÓN DEL ROMANCE
Rebecca Lipkowitz

Hace poco me di cuenta de que ya han pasado casi 10 años desde mi última y única relación romántica real. A lo largo de la última década, he tenido algunas citas, pero no más que eso. No es que no quiera tener una relación amorosa. Créeme, sí quiero. Con mi personalidad romántica y fuerte instinto maternal, simplemente siempre asumí que me casaría bastante joven. ¿Qué pasó entonces?

A medida que los años pasan, y que ahora estoy oficialmente en la mitad de mis treinta, es probable que pienses que estoy mucho más desesperada con que llegue «el indicado». Sin embargo, el Señor ha sido bueno conmigo y con el aumento de mi sufrimiento como soltera, también ha aumentado mi convicción por su bondad y mi disposición para esperar en él. 

He escuchado innumerables sermones sobre la soltería, y para ser honesta, la mayoría de ellos me parece demasiado superficial como para ayudarme en esta lucha. No necesito palabras bonitas, necesito verdades profundas a las que me pueda aferrar en medio de la tormenta. Pareciera que la mayoría de mis amigos casados tienen sus propios sermones para predicarme sobre el tema, por ejemplo: «Dios te traerá un marido cuando dejes de buscarlo» o «Dios no te hubiera dado el deseo de casarte si no te tuviera un marido». Estas palabras provienen de un deseo genuino de ayudar, y parecen ser reconfortantes, pero al final me dejan frustrada y desanimada.

Al principio de mis veinte años, con mis amigas cristianas pasamos mucho tiempo hablando sobre relaciones amorosas y matrimonio. Era un tema divertido y todas disfrutábamos pensando en «cuándo» y «cómo» Dios nos traería a nuestros maridos. Sin embargo, mientras comenzábamos a acercarnos al final de nuestra segunda década, muchas de mis amigas solteras empezaron a rendirse y comenzaron a tener relaciones amorosas con chicos que no eran cristianos. No sé si las dudas profundas y arraigadas sobre Dios fue lo que las llevó a comenzar estas relaciones o si las relaciones provocaron en ellas esas dudas sobre Dios. Quizás fueron ambas. 

Lenta e inevitablemente, mis amigas solteras comenzaron a vagar, a dejar al Dios que habían amado. Dejaron de creer que Dios es bueno.

No es que Dios sea bueno porque me da lo que quiero. Él es bueno por quién es él y él es lo único que mi corazón realmente quiere. Él diseñó nuestros corazones para que solo encontremos verdadera satisfacción en él. Nada más en la creación satisfará nuestros verdaderos anhelos. Sin embargo, en nuestra obstinación, seguimos intentando encontrar gozo y satisfacción fuera de él. Como escribió San Agustín, «nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti». 

Mientras más acepto que es Dios mismo quien satisface mi alma, más me doy cuenta de que esos otros anhelos y deseos son importantes pero no vitales para mi alma.

Por favor, ponme atención. El deseo por un esposo y por tener hijos es un buen deseo. Es uno que Dios puso en mi corazón. No obstante, el hecho de que tenga este deseo no significa que Dios me va a dar un marido. En su bondad, Dios formó mi pequeño y romántico corazón y me dio fuertes instintos maternales, y es posible que me deje soltera. Si él lo hace, él es bueno. Él es lo mejor. Él vale la pena. La satisfacción de mi corazón viene de él y estoy dispuesta a sufrir por algunos deseos insatisfechos en esta vida para tenerlo a él. 

Solía pedirle a Dios en oración que, si me iba a dejar soltera por el resto de mi vida, me quitara el deseo de casarme. Aunque esa oración es honesta, he aprendido a lo largo de todos años en los que Dios no me ha quitado este deseo, que mis anhelos insatisfechos por el matrimonio y por los hijos son en verdad una bendición. Mi fe ha tenido un costo para mí. Mi decisión de seguir y confiar en Jesús sin importar qué suceda no ha sido fácil. He luchado mucho para vivir por fe. Lucho cuando me siento insatisfecha con lo que me ha tocado vivir en esta vida. Mi lucha es real cada día y cada noche. Le he rogado a Dios que cambie mis circunstancias y él no me ha dado un esposo, pero se ha dado a sí mismo para mí. 

Así que estoy con él y sé que no solo es suficiente, sino que es la mejor porción. Y aunque aún lucho con los deseos insatisfechos en esta vida, mi corazón inquieto ha encontrado su verdadero descanso en él.

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Rebecca Lipkowitz nació y creció en California, pero ha vivido en Chile por más de 8 años. Está completamente enamorada de la ciudad de Valparaíso donde actualmente vive. Estudió en el Seminario teológico de Westminster donde obtuvo una Maestría en Humanidades en Ministerio urbano. Es una mujer apasionada por Jesús y por la redención que él trae a las vidas quebrantadas. Aunque en la actualidad tiene un trabajo secular en el área de educación internacional, le encanta usar su experiencia y sus dones para servir a la iglesia y para enseñar a los discípulos de Cristo cómo tener convicciones fuertes que guíen sus acciones. Dentro de sus pasatiempos favoritos están tener largas conversaciones tomando un buen café, tomar siestas en hamacas, y por supuesto, estar con sus dos perritas.

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