s1.jpgUN SALVADOR QUE SE OFRECIÓ
Greg Morse

Las antorchas danzaban en la noche; las espadas eran desenvainadas y Judas lideraba a sus opresores  hacia él. 

Después de combatir en oración (regando el suelo con un sudor cargado de sangre), Jesús guió a sus discípulos a través del arroyo de Cedrón hacia el lugar donde él sabía que sus perseguidores llegarían.

El segundo Adán estaba listo en el jardín. Los soldados llegaron. Los ángeles vieron con ansiedad cómo se levantaba ante él el tsunami de la ira santa del Padre. 

Ningún otro héroe podría haberse ofrecido (Ap 5:1-5) a excepción de aquel que sabía perfectamente bien el horror absoluto que le esperaba.

«Jesús, sabiendo todo lo que le iba a sobrevenir, salió…» (Jn 18:4).

Él se ofreció

Yo no lloro muy a menudo. Quizás mis ojos podrían humedecerse, pero rara vez caen lágrimas.

Sin embargo, una escena particular de las películas me emociona continuamente. La historia alcanza el clímax y las personas están en un peligro inminente. El enemigo se avecina y el héroe (que sabe que la batalla le costará su vida) se ofrece para defender a los suyos. 

Esos momentos susurran una gloriosa escena que ocurrió dos mil años atrás cuando un campesino galileo (que sabía que la batalla le costaría más que su vida) se ofreció para salvar a los suyos.

Jesús se ofreció por ti y por mí, voluntariamente, con autoridad y en amor. Él intervino entre una raza arruinada y la ira justa de Dios para asegurar el rescate de su pueblo. 

1. Él se ofreció voluntariamente

Aquel que rechazó las coronas humanas abrazó la cruz romana. Mientras los lobos gruñían, el buen Pastor se puso ante sus ovejas.

«Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas… Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad...» (Jn 10:11, 18). 

Jesús consideró el costo. Conocer la Escritura nunca le dio más razón a alguien para sudar sangre.

Él vio sus manos traspasadas (Is 53:5). Él previó las bofetadas, los escupos, los tirones de barba (Is 50:6). Él anticipó los latigazos, la paliza que excedía lo humano, la opresión (Is 52:12). Con razón temía el quebrantamiento que su Padre ejercería sobre él (Is 53:10; Mt 10:28). Él sabía que no tendría descanso (Sal 22:1). 

El escuchó a los perros acercarse (Sl 22:16), la estampida de toros rodeándolo (Sal 22:12). Los leones venían a devorarlo (22:13). Las bestias de los hombres pronto menearían sus cabezas ante su angustia (Sal 22:7-8). Su alma sería vertida en la muerte (Is 53:12). Él sabía que sus discípulos pronto lo abandonarían (Zc 13:7). Y, lo más aterrador de todo, él sabía que su Padre lo abandonaría (Sal 22:1). 

Cristo se interpuso entre la ira justa de Dios y el hombre pecador. Jesús intercedió por los criminales ante las cortes celestiales. Estos no eran meramente transeúntes inocentes. Cada uno era parte de la lista de «los más buscados» del cielo junto con el resto de la humanidad (Ef 2:3). Si él escogía no ser quitado injustamente, finalmente ellos enfrentarían la ira de Dios solos.

Y al saber esto, él se ofreció voluntariamente.

2. Él se ofreció con autoridad

Jesús les dijo, «Yo soy». Judas, quien lo traicionó, estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo, «Yo soy», ellos retrocedieron y cayeron a tierra (Jn 18:5-6). 

El que fue arrestado era el que tenía autoridad. 

Con la palabra que salió de su boca, les dobló las rodillas y los derrumbó. Con una palabra más, él podría haber hecho que un ejército de ángeles los ejecutara (Mt 26:53). Su proclamación divina de «Yo soy» provocó que sus enemigos cayeran al suelo (Ex 3:14; Jn 18:5). Mientras gateaban en la tierra, él no huyó. El Rey de toda la tierra les permitió levantarse y arrestarlo. El Cordero de Dios que quita los pecados del mundo debía ser llevado al matadero.

Él se ofreció con autoridad porque se ofreció como Dios. 

3. Él se ofreció en amor

Les respondió Jesús, “les he dicho que Yo soy; por tanto, si me buscan a mí, dejen ir a estos”. Así se cumplía la palabra que había dicho: "De los que me diste, no perdí ninguno” (Jn 18:8-9).

¿Dejar ir a esos hombres? ¿Esos hombres que no podían mantenerse una hora despiertos para orar? ¿Esos hombres que él sabía que de todas maneras lo abandonarían (y en la hora de su mayor necesidad) (Jn 16:32)? El Hijo de Dios dejó la perfecta comunión que tenía con su Padre para ser abandonado, intercambió la adoración angelical por la burla del pecador y cambió el gozo eterno por una copa de dolor eterno; todo por esos hombres.

¿Por qué? Porque él y el Padre los amaban. 

Cuando Jesús supo que había llegado su hora para dejar este mundo e ir al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, él los amó hasta el final (Jn 13:1; 3:16).

El Verbo que se hizo carne, el niño que nació en un establo, el Creador de todas las cosas, la luz del mundo, tiene como epitafio terrenal: «Él los amó perfectamente en su vida y los amó perfectamente en su muerte». 

Ningún otro amor ha sobrevivido a tal fin. Desiertos de ira se interpusieron entre él y sus amados. Su amor inquebrantable soportó montañas de juicio y valles de dolor. 

Él se ofreció para recibir la ira con el fin de salvar a aquellos que él amaba.

Tu ofrecimiento

Su ferviente oración era que su pueblo pudiera estar con él para ver su gloria (Jn 17:24)… pero no todavía. Él oró a su Padre: 

No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno… Como tú me enviaste al mundo, yo también los he enviado al mundo» (Juan 17:15, 18). 

Nos ofrecemos en un mundo que preferiría que Barrabás les robe a que Jesús los llame al arrepentimiento; un mundo de Pilato quien no encontró culpa en Cristo, pero que tampoco vio gloria en él; un mundo de Judas que podría besarlo cada domingo, pero que lo traiciona con su vida; un mundo que rinde homenaje al César en vez de al Salvador.

Jesús nos envía hacia la oscuridad, así como él fue enviado a la oscuridad. Somos «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncie[mos] las virtudes de aquél que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1Pe 2:9) 

Él se ofreció voluntariamente en amor y autoridad para manifestar sus virtudes, para que las declaremos en esta vida y las experimentemos perfectamente en la venidera.

    

Greg Morse © 2017 Desiring God. Publicado originalmente en esta dirección. Usado con permiso. | Traducción: María José Ojeda



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Greg Morse es el gestor de contenido de desiringGod.org y es graduado de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Abigail, viven en St. Paul.

 

   

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