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SEAMOS RÁPIDOS PARA ESCUCHAR EN EL HOGAR
Tedd Tripp

¿Qué tan bien se comunican? La mayoría de nosotros respondería a la luz de nuestra capacidad para transmitir nuestros pensamientos e ideas de formas convincentes. Sin embargo, quisiera sugerir que las más bellas artes de la comunicación en nuestra vida familiar no tienen que ver con expresar nuestras ideas; más bien, con entender los pensamientos y las ideas de otras personas en la familia.

Este es un tema recurrente en el libro de Proverbios. «Al necio no le complace el discernimiento; tan sólo hace alarde de su propia opinión» (Pr 18:2). Los temas de conversación de un necio tienen que ver con el desahogo. Aun cuando no esté hablando, tampoco está realmente escuchando. Simplemente está formulando lo que dirá a continuación. Su próxima descarga en la conversación no tendrá que ver con lo que el otro acaba de decir, sino que con algo nuevo.

Todos hemos sido necios en una conversación. Hace años, una noche, tuve una conversación con mi hijo, pues tenía algo que decirle. Rápidamente, él se dio cuenta que debía escucharme. Al terminar mi monólogo, le dije: «bueno, me alegra haber tenido la oportunidad de conversar. Oraré contigo y nos iremos a acostar». Luego de un par de minutos, mi hijo tocó la puerta de mi cuarto: «papá, dijiste que estabas contento de haber tenido una buena conversación conmigo. Tan sólo quería decirte que yo no dije nada». Fui un necio esa noche. Podría haber tenido una conversación real con mi hijo; podría haberle hecho buenas preguntas. Todo lo que quise decir podría haberlo dicho en el contexto de hacer hablar a mi hijo. En vez de hacer eso, no encontré complacencia en entenderlo; yo estaba interesado en expresar mi propia opinión. 

Un par de versículos más adelante en Proverbios 18, se hace la siguiente observación: «Es necio y vergonzoso responder antes de escuchar» (v.13). El necio responde sin realmente escuchar, sin haber pensado o considerado las cosas con cuidado. Apresurarse a hablar es vergonzoso. Cuando no escuchamos, revelamos el poco respeto que tenemos por las palabras de otros y el alta estima que le tenemos a las nuestras. 

Los padres con frecuencia respondemos antes de escuchar. Cuando una hija comienza a hacer una pregunta, nosotros la interrumpimos así:

                  «Sé lo que vas a pedir. La respuesta es “no”».

                  «Pero, papá», dice ella.

                  «¿Acaso no sabes lo que la palabra “no” significa?».

                  «Pero, papá, ni siquiera pude hacerte mi pregunta».

                  «No tienes para qué hacerla; soy tu papá. Sé lo que vas a decir antes de que lo digas». 

Mi hija nunca se va agradecida de tener un padre que puede leer la mente después de este intercambio de palabras; al contrario, se siente irritada. Siente impotencia frente a mi capricho. Incluso puede ser que, yo como papá, haya transgredido la advertencia que Pablo hace a los padres en Efesios 6:4: «Padres, no hagan enojar a sus hijos».

En Proverbios 20:5, noten la virtud que hay al escuchar: «Los pensamientos humanos son aguas profundas; el que es inteligente los capta fácilmente». Los objetivos y las motivaciones del corazón humano no pueden descubrirse con facilidad. Para extraer esas aguas profundas se necesita la paciencia, la aptitud y la capacidad de una persona comprensiva. 

En estos versículos, se reflejan varios matices de la importancia de escuchar. Proverbios 18:2 da prioridad al lugar donde encontramos complacencia en la conversación. El hombre sabio se deleita en entender a la persona con la que está hablando. En Proverbios 18:13 se enfatiza el hecho de tomarse el tiempo para que podamos responder con una comprensión completa de lo que se dijo. En Proverbios 20:5, se centra en escuchar activamente: escuchar lo que se dice y lo que no se dice y hacer preguntas que extraigan las aguas profundas dentro del corazón.

La vida familiar se desarrolla al escuchar cuidadosamente. Mostramos respeto a otros cuando escuchamos. Al escuchar decimos: «te valoro a ti y lo que estás diciendo; lo valoro tanto que haré todo lo posible para facilitar la comunicación. Creo que el tiempo que tomamos para escucharnos es una buena inversión. Escucharé y me alegraré en entender el sentido y la intención de tus palabras».

Escuchar activamente fortalece las relaciones. Las esposas, los hijos y los maridos anhelan ser comprendidos. ¿Qué podría expresar mejor un deseo por relaciones significativas que escuchar? ¿Qué podría comunicar mejor un deseo por conocer y por  comprender a alguien? Cuando escuchan a otros, su influencia en sus vidas crece; las relaciones se fortalecen. 

Escuchar aprieta los nudos de la lealtad y del compromiso los unos con los otros. Las personas anhelan ser comprendidas; sentir que sus palabras tienen peso, que sus ideas son escuchadas con cuidado.

Escuchar con cuidado es importante en la vida familiar. Sus familias son la comunidad social más fundamental. La vida familiar florecerá en hogares donde las personas no sólo hablan sino que también escuchan. ¿Qué construye unidad en el matrimonio y lealtad en los hijos? Un esposo que escucha, que se complace en comprender, construye un matrimonio. Una esposa que escucha y que incluso puede reformular las palabras de su marido con sus propias palabras, construye un matrimonio. Las parejas que son capaces de hacer preguntas que extraen las aguas profundas del corazón construyen un matrimonio. ¿Sus cónyuges sienten que sus palabras son valiosas, que ustedes se deleitan en comprenderlos o comprenderlas y que tratan de entender y pensar detenidamente los asuntos con claridad? ¿Sus cónyuges se sienten seguros o seguras de que no usarán sus palabras en su contra? Escuchar al cónyuge modela relaciones bíblicas y una capacidad de comunicación efectiva para los hijos que los están observando.

Queremos que nuestros hijos sean buenos para escuchar. Queremos que valoren nuestras palabras; por lo tanto, modelemos en nuestros hijos las habilidades para escuchar que deseamos inculcar. Las palabras de Salomón para su hijo no podrían ser más claras: 

Hijo mío, obedece el mandamiento de tu padre y no abandones la enseñanza de tu madre. Grábatelos en el corazón; cuélgatelos al cuello. Cuando camines, te servirán de guía; cuando duermas, vigilarán tu sueño; cuando despiertes, hablarán contigo. El mandamiento es una lámpara, la enseñanza es una luz y la disciplina es el camino a la vida. (Pr 6:20–23). 

Escuchar con cuidado le entrega a nuestros hijos grandes tesoros: guía, protección e instrucción. La luz y la vida pueden encontrarse al escuchar a mamá y a papá. 

¿Qué evita que seamos personas que escuchan con cuidado? Existe una respuesta simple y una profunda. La respuesta simple es que escuchar es costoso; requiere cambiar el ritmo en el que vivimos nuestras vidas; toma tiempo. Recuerdo que una noche tuve una conversación con un huésped que se quedó en nuestra casa por mucho tiempo. Le hice una pregunta y me senté mientras él meditaba en la respuesta por cuarenta y cinco minutos. Eso pudo haber sido algo extremo, pero la conversación a menudo era interrumpida por largas pausas de meditación, de reflexión, de organización de pensamientos y de ideas. Con frecuencia, una conversación profunda con una persona que sabe escuchar será el lugar donde se trabajen los pensamientos complejos y los sentimientos profundos.

La respuesta profunda a la pregunta tiene que ver con nuestra humanidad. Somos miembros de una raza caída. Somos orgullosos, por lo tanto, no escuchamos bien. Somos personas temerosas, por lo que evitamos confiar nuestras vidas a otros. Tenemos un concepto mayor de nosotros mismos de lo que deberíamos. Frecuentemente, somos insensibilizados por el engaño del pecado. Somos compulsivamente egoístas y muchas veces estamos tan centrados en nosotros mismos que es muy difícil que nos humillemos para escuchar a otros.

Estos no son sólo problemas de habilidades de comunicación, son problemas espirituales. Nuestro orgullo, nuestro temor y nuestro amor propio obran completamente contra la humildad que Santiago 1 define de la siguiente manera: «mis queridos hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere» (19-20). Se necesita una renovación radical dentro de nosotros para ser rápidos para escuchar y lentos para hablar.

Afortunadamente, Dios no nos abandona en nuestros propios recursos y esfuerzos para mejorar, pues Cristo vino a nuestro mundo. Piensen en la forma en que la encarnación le habla a nuestras necesidades de comunicación. Él valoró tanto que comprendiéramos que se identificó con nosotros haciéndose uno de nosotros. Jesús no se mantuvo alejado en los cielos observando nuestras luchas. Él vino a nosotros; se hizo carne como nosotros. Tuvo una forma de pensar humana. Experimentó todo lo que nosotros experimentamos sin haber pecado una sola vez. Vivió en nuestro mundo y es capaz de verlo a través de nuestros ojos. Hebreos 2 nos recuerda que él tuvo que hacerse igual a sus hermanos en todo aspecto; tuvo que identificarse completamente con nosotros para que pudiera redimirnos. Esto significa que él conoce nuestras luchas para escuchar. Él también, fue tentado a hablar cuando sólo debía escuchar. En Isaías 53:7 dice que, como nuestro sacrificio, él ni siquiera abrió su boca. Nuestro Salvador tomó este desafío delante de nosotros y triunfó. Lo hizo bien.

La experiencia que tuvo Jesucristo de las mismas luchas que enfrentamos nosotros para escuchar son clave. «Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados» (Heb 2:18). Esto quiere decir que podemos ir a un Salvador dispuesto, capaz y poderoso en tiempos de lucha. Su experiencia de vida en nuestro mundo —como aquel que es completamente hombre y completamente Dios— lo capacita para ayudarnos frente a la tentación de hablar cuando debemos escuchar.


Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
Traducción: María José Ojeda
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