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LA PORNOGRAFÍA JAMÁS ES INOFENSIVA, NUNCA ES PRIVADA NI TAMPOCO SEGURA
Peleemos contra el porno buscando un placer superior
Marshall Segal

 

Conozco directamente la seductora esclavitud de la pornografía. Luché y perdí contra ella durante la secundaria y la universidad. A veces esa lucha funcionaba; otras, no. Entré a la primera página pornográfica cuando estaba en sexto grado. Un compañero de clase me envió un correo electrónico y camufló el enlace que me llevaría a la página pornográfica con el fin de que pareciera algo para un proyecto de la escuela.

En diferentes momentos durante la siguiente década de batalla contra mi pecado, con pequeñas victorias y a veces muchas derrotas, pensé que el matrimonio podría ser mi cura. En mi mente rondaba el pensamiento de que sólo necesitaba una esposa para satisfacer toda mi impaciencia y mis deseos sexuales. Por esa razón, me involucré en relación tras relación, consciente de que no había lidiado con la impureza que me invadía. 

La realidad era que ninguna relación iba a resolver jamás mi pecado sexual, ninguna relación, excepto conocer a Cristo. Buscaba novias con la esperanza de encontrar una futura esposa que satisficiera un deseo que sólo Dios podía cumplir. Mi enfoque estaba en la autodisciplina, en las citas y en el matrimonio, mientras Dios trataba de enseñarme qué es el gozo y dónde podía encontrar placer real.

La siesta interminable

En la actualidad, la pornografía parece destruir tanto (o más) terreno espiritual que cualquier otra amenaza contra los jóvenes cristianos. Ésta es una maleza que necesitamos tomar más en serio donde sea que broten sus espinosas hojas. Sin importar cuán inofensivas o privadas parezcan ser, la realidad es que no lo son. 

    • La pornografía nos ciega (Mt 5:8). Empaña nuestros ojos para ver la bondad, la verdad y la hermosura de Dios. 
    • La pornografía nos adiestra para tratar a las mujeres como objetos, como si fueran menos humanas. Las muestra como posesiones que pueden usarse y disfrutarse para luego desecharlas.
    • La pornografía aviva la esclavitud sexual —personas reales que son retenidas contra su voluntad y abusadas reiteradamente— alrededor de todo el mundo, incluso en Latinoamérica, en el lugar donde viven o en la ciudad más cercana.
    • La pornografía denigra la belleza real —aquella belleza que teme al Señor (Pr 31:30)— y la reemplaza por una barata y falsa imitación.
    • La pornografía transforma el sexo en algo insignificante y momentáneo (como un cigarro), en vez de mostrarlo como lo que realmente es: algo grandioso y perdurable; como lo es dentro del matrimonio.
    • La pornografía nos roba un poco del deleite que podríamos haber tenido con nuestro cónyuge. No nos deja experimentar ni disfrutar de ellos ni de sus cuerpos sin la niebla de imágenes de nuestro pasado.
    • La pornografía arruina rápidamente la confianza en una relación. Fomenta que mintamos y que nos escondamos de otros para caminar en oscuridad, para luego construir murallas a nuestro alrededor en las tinieblas.
    • La pornografía es un tremendo impedimento de nuestra madurez, del desarrollo de nuestra mente y de nuestros dones (nuestra capacidad de entender a Dios y de amar a otros).
    • La pornografía busca la experticia del egoísmo, enseñándonos una y otra vez a enfocarnos en nosotros mismos, a preferirnos a nosotros mismos y a servirnos a nosotros mismos.
    • La pornografía impide que sirvamos en todo tipo de ministerio, descalificando a muchos y desmotivando a muchos más.
    • La pornografía le está enseñando a muchos niños una distorsionada, terrible y malvada visión del amor y del sexo incluso antes de que sus padres les expliquen la verdad respecto al tema.

La pornografía no es un simple placer culpable. Si continuamos autocomplaciéndonos con ella, nos quitará todo. La pornografía afecta nuestra relación con Cristo e impide que disfrutemos de todo lo que él nos dio al morir por nosotros: su perdón, su libertad, su vida, su esperanza, su paz y su gozo. En silencio, la pornografía secuestra a millones de personas y las lleva a una consciente e interminable agonía, lejos de Dios y de la gloria de estar en él. Esclaviza a hombres y mujeres, al matarlos de hambre día tras día sin nunca saciarlos, dejándolos perdidos y hambrientos eternamente. 

La pornografía nos adormece; sin embargo, no dormimos; morimos. Se siente como una corta y cómoda siesta, pero nunca despertamos de ella. En nuestra sociedad, la pornografía es impuesta e inunda cada área de nuestras vidas por medio de la tecnología y las redes sociales. La maleza se ha expandido persistentemente en todos lados, aun donde no es deseada y, si lo permitimos, nos terminará matando. 

Nueve formas de despertar

Uno de los momentos más claros para mí, en mi viaje hacia la victoria sobre la pornografía, fue darme cuenta de que esta batalla no era sólo un tema de dominio propio. El fruto del Espíritu no obra ni crece de esa manera. Nuestros deseos caídos por imágenes o por videos sugieren que todo el fruto está podrido, no sólo el dominio propio. También es una búsqueda y una expresión del amor, de la paz, de la paciencia, de la benignidad, de la bondad, de la fidelidad, de la mansedumbre y del gozo. Cuando nos centramos en el poder de la voluntad y en la autonegación y descuidamos lo demás, nos desarmamos y quedamos casi sin ninguna de las armas que Dios nos ha dado para la guerra.

    • Cada vez que apartamos nuestra mirada de la impureza, lo hacemos en amor por nuestro (futuro) cónyuge, por nuestros (futuros) hijos y por la persona indecorosa frente a nosotros, creada a la imagen de Dios.
    • Cuando nos rehusamos a pecar sexualmente, celebramos nuestra paz con Dios, que fue comprada a un costo infinito con la sangre de su Hijo. Nos rehusamos a crucificarlo nuevamente con más rebelión y decidimos descansar en el perdón y en la vida que él compró para nosotros.
    • En la actualidad, no caer frente a la pornografía o a cualquier otra actividad sexual antes del matrimonio podría ser la publicidad más llamativa de la paciencia. Nadie en el mundo espera que ustedes no entren a una página web pornográfica; no obstante, al no hacerlo, le dicen silenciosamente a Dios (y a cualquiera que sepa) que él y su plan son más de lo que ustedes jamás podrían haber soñado para ustedes mismos. Es más, la pureza sexual tiene más que ver con la paciencia que con el dominio propio, porque Dios quiere que disfruten el sexo de la mejor forma posible —en la seguridad y en la estabilidad del matrimonio—.
    • Al rechazar la distorsión corrupta del sexo de la pornografía, cambiamos la manipulación y el abuso por benignidad. En vez de aprender a usar a las personas para satisfacer nuestros propios deseos, le enseñamos al mundo cómo vivir por los intereses de otros.
    • La pornografía se ha escondido en un sinfín de fibras de la web mundialmente, lo que ha provocado una extensión de la maldad en muchos lugares de nuestro mundo. Cuando rechazamos la invitación de la pornografía, reducimos su alcance y su influencia, aunque sea en una persona. Tomamos la oportunidad de ser agentes de bondad para usar las redes sociales como un canal de un lenguaje completamente diferente. Podemos llenar la web con enlaces de verdad y de belleza real, de artículos, de videos y de más cosas que declaran la grandeza de nuestro Dios y su amor por nosotros.
    • Nadie elogia la fidelidad a Dios cuando aparentemente no les costó nada en absoluto. Aun cuando todos sus pares parezcan estar sumergiéndose completamente en la superficialidad máxima de la lujuria, de la actividad sexual y de la pornografía —y se jacten por ello—, nosotros podemos vivir (y esperar) de una manera radicalmente diferente. No hay nada extraño o radical en caer y buscar satisfacción en el mundo: mirar la película sexualmente explícita que todos están mirando o leer la novela de romance con contenido sexual evidente que todos sus compañeros parecen disfrutar. Lo que va a sobresalir es nuestra feliz determinación de resistir toda maldad en fidelidad a nuestro Rey y Amigo en el cielo.
    • La educación sexual pornográfica fomenta la manipulación forzada e incluso la brutalidad. Simplemente, lo que muestra no es sexo real. El sexo real —el sexo que dos personas pueden disfrutar de por vida sin aburrirse ni ofender a Dios— es paciente, desinteresado y manso.
    • Por último, la batalla por la pureza no es una pelea contra su gozo —no les roba ningún placer o felicidad real en lo absoluto—. Es una batalla por su gozo. Sí, para el gozo en el cielo, pero también para ahora. Puede que estén renunciando a un momento de placer, pero en realidad están recibiendo una eternidad de él.

Neguémosnos a hacer clic y escojamos más de Dios

Aquellos que escogen ver menos hoy verán más eternamente. «Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios» (Mt 5:8). Hay cosas que vemos y que nos permitimos en esta vida que nos ciegan para ver a Dios. No hay nada más espectacular y más satisfactorio que ver y disfrutar más a Dios, pero cambiamos tan rápida y descuidadamente esa experiencia por unos pocos mediocres minutos de excitación.

Cada vez que nos exponemos y nos entretenemos a nosotros mismos con la impureza, estamos sacrificando nuestra conciencia y nuestro conocimiento de la mayor bondad, de la más completa majestad y del más grande amor que nadie jamás haya experimentado. Cada vez que nos rehusamos a ver pornografía u otro material sexualmente estimulante, nos preparamos para ver y para disfrutar más de nuestro más grande Tesoro.

Jesús dice, «el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mt 13:44). Cuando nos negamos a hacer clic en el proceso de búsqueda de una alegría mayor en Jesús, estamos vendiendo lo que este mundo nos ofrece y comprando un tesoro invaluable lleno de belleza real y verdadera felicidad.



Marshall Segal© 2016 Desiring God Foundation.

Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso.
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