1.pngFUISTE HECHO PARA NAVIDAD
David Mathis
 

Existen pocas cosas más trágicas que tomarse la Navidad con calma. Su espíritu y su magia, esa sensación seductora de bondad sobrenatural, no solo son para los niños, sino que también para los adultos. En especial para los adultos. Dios quiera que nunca nos acostumbremos a la Navidad.

Hay algo tan extraordinario aquí que astrólogos paganos emprendieron un largo y arduo viaje hacia el oeste. Algo tan bueno está a la vista que un rey malvado ordenó la matanza de inocentes. Algo tan inusual que pastores, que pensaban que lo había visto todo, se llenaron de gran temor y dejaron sus rebaños en el apuro de encontrar al recién nacido (y después no pudieron quedarse callados). «Y todos los que lo oyeron se maravillaron de las cosas que les fueron dichas por los pastores» (Lc 2:18).

Cristo, el Señor

Esta gran maravilla del primer siglo, que valía tanto la pena que fue anunciada por una hueste angelical y fue contada a cualquiera que quisiera escuchar, encuentra su centro en esto: «porque les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2:11).

Este no es solo el Adviento del Cristo tan esperado, el Mesías, el especial Ungido por quien el pueblo de Dios languidecía y de quien los profetas opinaban, sino que es «el Señor». Dios mismo ha venido. Aquí está, finalmente, después de siglos de espera, el verdadero Emmanuel; aquí está «Dios con nosotros» (Mt 1:23). 

Es una noticia demasiado espectacular como para contarla completamente de una vez. Día tras día la vida de este niño hablará. Acto tras acto revelará parte por parte que este humano de alguna manera comparte la identidad divina de Yahveh, «el Señor» de Israel y de las naciones. Página tras página en los Evangelios, historia tras historia, nos mostrarán más progresivamente que este es aquel que es evidentemente hombre y también verdaderamente Dios.

Este Verbo que «se hizo carne» (Jn 1:14) es uno y es el mismo Verbo que estuvo en el principio con Dios, y era Dios y por medio del cual todas las cosas fueron creadas (Jn 1:1-3). Este fue el gran espectáculo para esos pastores y sabios de lo oriente y es la maravilla a la que nosotros mismos, que hemos vivido nuestras bendecidas vidas conociendo esta verdad, debemos aspirar saborear nuevamente cada Navidad.

Sin embargo, no es solo Dios con nosotros; se pone mejor. Él ha venido a rescatarnos. 

Cristo, el Salvador

Dios está con nosotros en este Cristo, y no son malabares circenses para mero entretenimiento. Esto no es una solo demostración de que el Creador puede ser criatura si es que le place. Más bien, esta maravilla es para nosotros, para nuestro rescate del pecado y de todos sus efectos, sus  enredos y sus ruinas dominantes. 

«…Les ha nacido hoy… un Salvador», anuncia el ángel (Lc 2:11). «Le pondrás por nombre Jesús», le dice el mensajero a José, «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1:21). Jesús, en hebreo Yeshúa, significa «Yahveh salva». Este mismo Dios envió a Moisés como instrumento para salvar a su pueblo de Egipto. Él envió a Josué, a los jueces y a los reyes como instrumentos de rescate en ciertos momentos en el pasado. Ahora él mismo viene y viene a salvar. 

Sin embargo, hay mucho más por decir. Se pone aún mejor. 

Cristo, el tesoro

Dios mismo no solo llega para salvarnos del pecado y de la muerte, sino que nos rescata para sí mismo. Cristo viene y pagará el último precio en su sufrimiento y muerte «para llevarnos a Dios» (1Pe 3:18) y para que siendo resucitado él sea nuestro supremo gozo (Sal 43:4) al final de estas buenas nuevas de gran gozo (Lc 2:10).

Según el puritano Thomas Goodwin, existen «propósitos superiores» por los cuales Dios se hizo carne y vino a salvar a su pueblo. Todos los beneficios que se logran por su vida y su muerte «son mucho más inferiores que el regalo de poder tener a su persona en nosotros, y mucho más que la gloria de su persona misma. Su persona tiene muchísimo más valor que lo que todos esos beneficios pueden tener juntos» (citado en Jesus Christ [Jesucristo], 3). 

Jesús mismo es el gran gozo que hace que todos los gozos que conlleva nuestra salvación sean tan buenos. El Cristo resucitado es el tesoro escondido en el campo (Mt 13:44). Él es la perla de gran valor (Mt 13:45-46). Él no es solo Dios con nosotros, aquí para salvarnos, sino que él mismo es nuestro gran gozo, el tesoro preeminente, que satisfará nuestras almas humanas para siempre como solo el único Cristo divino y humano puede hacerlo. 

Cristo, la gloria

Sin embargo, la Navidad no termina en nuestros deleites. La hueste celestial se une al heraldo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes él se complace» (Lc 2:14). 

Llámalo hedonismo navideño, si quieres. El gozo que Jesús vino a traer en su propia persona como el Dios hombre es el gozo que se alínea y cumple con el gran propósito de toda la creación. La Navidad trae la electricidad del gozo fluye en los cables de toda la realidad. 

Goodwin continúa diciendo: «el propósito principal [de Dios] no era traer a Cristo al mundo por nosotros, sino que a nosotros para Cristo… y Dios ideó todas las cosas que sí fallan, e incluso la redención misma, para exponer la gloria de Cristo». Mark Jones explica en detalle tan prácticamente lo que significa que Jesús no es solo Señor y Salvador, sino que también tesoro:

La gloria de Cristo no es un apéndice… puesto que es la culminación de todo lo que podemos decir sobre su persona y obra, su gloria entrega la razón más básica por así decirlo, en que es ella la base y la plenitud de nuestro disfrute eterno en él… no estamos hablando toda la verdad si es que subordinamos la gloria personal de Cristo a nuestra salvación. (Jesus Christ [Jesucristo], 4).

Este niño de Navidad es más que Señor. Él es más que Salvador. Es nuestro gran tesoro y en «nuestro eterno disfrute de él» se encuentra su gloria y el propósito para el cual Dios creó al mundo. La Navidad no se trata finalmente de su nacimiento para nuestra salvación, sino que de nuestra existencia para su gloria.

Fuiste hecho para el gran gozo de Navidad.


David Mathis © 2014 Desiring God Foundation.

Publicado originalmente en esta dirección. Sitio web: desiringGod.org — Usado con permiso.
Traducción: María José Ojeda
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