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EL PROBLEMA DE POSTERGAR EL MATRIMONIO
Albert Mohler
 

La adultez no es sólo un tema de edad; es un logro. A lo largo de la historia del ser humano, los jóvenes han aspirado a alcanzar la adultez y han trabajado duro para obtenerla. Tres señales universales de adultez en las sociedades humanas incluyen el matrimonio, la independencia económica y la preparación para la crianza. Sin embargo, en la actualidad, el concepto mismo de la adultez está en riesgo.

Estudio tras estudio revela que los jóvenes están alcanzando la adultez, si es que la alcanzan, mucho después que generaciones previas. La edad promedio para contraer matrimonio en los jóvenes estadounidenses hace cincuenta años eran los veinte. Ahora, la tendencia se acerca más a los treinta. 

¿Por qué es esto importante para todos nosotros? Una cultura estable y operativa necesita el establecimiento de matrimonios estables y la promoción de la familia. Sin matrimonios saludables ni vida de familia como fundamento, ninguna comunidad saludable y perdurable puede sobrevivir por mucho tiempo.

Claramente, nuestra propia sociedad revela la postergación del matrimonio y sus consecuencias, pero no somos los únicos. Muchas naciones europeas muestran patrones de una adultez postergada, con inquietantes repercusiones económicas, políticas y sociales.

Para los cristianos, sin embargo, el asunto nunca es algo meramente sociológico o económico. El tema principal es moral. Cuando la mayoría de nosotros piensa sobre la moralidad, lo primero que pensamos es en reglas y en mandamientos éticos, pero la cosmovisión cristiana nos recuerda que el primer asunto moral siempre tiene que ver con lo que el Creador espera de nosotros como sus criaturas humanas, las únicas que él hizo a su propia imagen.

La Biblia ratifica el concepto de matrimonio como una expectativa primordial para la humanidad. Desde el segundo capítulo de la Biblia leemos: «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Gn 2:24). 

Ahora bien, la realidad es cada vez más extraña. En la sociedad, la convivencia sin el matrimonio se transforma cada vez más en la norma, pero incluso los críticos sociales seculares se dan cuenta de que la convivencia ya no termina en matrimonio en la mayoría de los casos. Andrew Cherlin de la Universidad John Hopkins dijo hace poco en la revista Time que gran parte de las relaciones de convivencia entre los jóvenes de Estados Unidos son relaciones a corto plazo. No es convivencia antes del matrimonio, sino que en vez del matrimonio.

En el artículo de la revista Time también se apuntaba a otro preocupante patrón: los millennials están teniendo hijos fuera del matrimonio a un ritmo sorprendente.

Además, hace muchísimos años, W. Bradford Wilcox, basándose en la investigación realizada por Robert Wuthnow, sostuvo que la postergación del matrimonio es el principal impulsor de la secularización. Esto va de la mano con el hecho de que la adolescencia extendida trae grandes efectos, que muchas veces pasan desapercibidos. La adultez está diseñada para responsabilidades adultas y, para la gran mayoría de los jóvenes, eso se traduce en el matrimonio y la paternidad. La extensión de la adolescencia a los veinte años (e incluso a los treinta) tiene una alta correlación con el ascenso de la secularidad y con bajos índices de asistencia a la iglesia. 

Los cristianos entendemos que fuimos creados hombres y mujeres para mostrar la gloria de Dios, que se nos concedió el don del matrimonio como el marco único para el cual Dios diseñó el regalo del sexo, y que nos ha dado el privilegio y el mandamiento de tener y criar hijos. Por estas razones y más, los cristianos debemos entender que, a menos que se nos dé el llamado al celibato, debemos honrar el matrimonio, buscar casarnos y avanzar hacia la paternidad y las responsabilidades completas de la adultez en la vida más temprano que tarde. 

Postergar la adultez no es consistente con nuestra visión bíblica de la vida y, para la mayoría de los jóvenes cristianos, el matrimonio debe ser una parte central de la planificación de la joven vida adulta y de la fidelidad a Cristo. Como esposo y esposa que alcanzan juntos la adultez, los jóvenes cristianos sirven como un testimonio del plan y del don de Dios ante un mundo confundido. 

Los cristianos entendemos que el sexo antes y fuera del matrimonio simplemente no es una opción. Convivir es inconsistente con obedecer a Cristo. Los hijos son regalos de Dios para ser recibidos y acogidos dentro del pacto matrimonial. 

Es revelador ver que las autoridades seculares de la cultura ahora estén expresando su preocupación ante la postergación del matrimonio entre los jóvenes. Si en la revista Time se expresa la preocupación debido a que los jóvenes estadounidenses no se están casando, los cristianos debemos estar doblemente preocupados.

Los jóvenes, y eso incluye a los jóvenes cristianos, enfrentan algunos desafíos reales al avanzar hacia una completa adultez; sin duda los factores económicos son parte de ellos. Sin embargo, incluso los críticos sociales seculares entienden que un cambio en el matrimonio apunta a un cambio subyacente en la moralidad. La triste realidad es que las generaciones anteriores de jóvenes adultos, que enfrentaron desafíos económicos aún mayores, encontraron su camino hacia la adultez y el matrimonio.

La iglesia cristiana debe animar a los jóvenes cristianos a ir tras la meta del matrimonio y debe ser clara sobre la necesidad de santidad y de obediencia a Cristo en cada etapa y en cada momento de la vida. Cuando el mundo a nuestro alrededor se esté rascando la cabeza, preguntándose qué pasó con el matrimonio, los cristianos pueden mostrar la gloria de Dios en el matrimonio y todo lo que Dios nos da en el pacto matrimonial. 

Debemos animar a los jóvenes cristianos a no postergar el matrimonio, pero tampoco a casarse apresuradamente, sino que hacer del matrimonio una prioridad en los críticos años de la joven adultez. Por esa causa, no hay tiempo que perder.

 


Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
Traducción: María José Ojeda
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