Credos_Grande.jpg¿DEBERÍAMOS DEJAR DE USAR CREDOS Y CONFESIONES?
Carl R. Trueman

 

Muchos cristianos evangélicos desconfían instintivamente de todo lo que tenga que ver con credos y confesiones: esos textos establecidos que ciertas iglesias han usado a lo largo de las épocas para darle una expresión concisa a la fe cristiana. Para tales personas, la idea misma de usar semejantes declaraciones autoritativas de fe extra-escriturales parece amenazar la propia esencia de su creencia de que la Biblia es la revelación singular de Dios, la base suficiente para conocerlo, y la autoridad suprema en asuntos de religión. 

Ciertamente, los credos y las confesiones pueden usarse de una forma que socave la visión protestante tradicional de la Escritura. Tanto la iglesia católica romana como la ortodoxa oriental confieren una autoridad tal a la declaración de la iglesia institucional, que los credos pueden parecer llevar una autoridad más basada en la aprobación de la iglesia que en su conformidad a la enseñanza de la Escritura. Los evangélicos tienen razón en querer evitar cualquier cosa que huela a semejante actitud. Sin embargo, me gustaría argüir que los credos y las confesiones deberían cumplir una función útil en la vida de la iglesia y de los creyentes individuales.

Primero, los «cristianos sin credo» simplemente no existen. Declarar que uno «no tiene más credo que la Biblia» es un credo, porque la Biblia en ninguna parte se expresa de esa manera. Es una formulación extra-bíblica. En realidad hay sólo dos tipos de cristianos: los que son honestos al admitir que tienen un credo, y los que lo niegan pero igualmente poseen uno. Pregúntale a cualquier cristiano lo que cree, y si piensa aunque sea un poco, no simplemente te recitará textos bíblicos: te ofrecerá, más bien, un informe sumario de lo que considera ser la enseñanza bíblica usando una fórmula de palabras que serán, en mayor o menor grado, extra-bíblicas. Todos los cristianos tienen credos —fórmulas verbales— que intentan expresar en un breve compendio grandes porciones de enseñanza bíblica. Y nadie debería ver los credos y las confesiones como independientes de la Escritura: ellos fueron formulados en el contexto de una elaborada exégesis bíblica y dependieron conscientemente de la revelación singular de Dios en y por medio de la Escritura.

Dado este hecho, el segundo punto es que algunos cristianos tienen credos que han sido probados y examinados por la iglesia durante siglos, mientras que otros tienen credos creados por su pastor o hechos por ellos mismos. Ahora bien, no hay una razón necesaria por la cual los últimos habrían de ser inferiores a los primeros; pero, sobre la base de que no es necesario reinventar la rueda, ciertamente no es una virtud darles la espalda a aquellas fórmulas de sanas palabras que, por cientos de años, han hecho un buen trabajo articulando aspectos de la fe cristiana y facilitando su transmisión de un lugar a otro y de generación en generación. Si tú quieres, digamos, rechazar el credo niceno, por supuesto que eres libre de hacerlo; sin embargo, deberías al menos tratar de reemplazarlo por una fórmula que haga el trabajo de manera igualmente efectiva para una cantidad similar de gente durante los próximos 1500 años. Si no puedes hacerlo, quizás la respuesta apropiada al antiguo credo no sea la iconoclasia sino la modestia y la gratitud.

Tercero, los credos y confesiones de la iglesia nos ofrecen puntos de continuidad con la iglesia del pasado. Como lo observé anteriormente, no hay necesidad de reinventar el cristianismo cada domingo, y en una época anti-histórica y orientada al futuro como la nuestra, ¿que movida más contracultural podemos hacer como cristianos que identificarnos conscientemente con tantos hermanos y hermanas que ya han partido? Además, aunque los protestantes se enorgullecen justificadamente del hecho de que todo creyente tiene derecho a leer las Escrituras y, en Cristo, tiene acceso directo a Dios, deberíamos seguir reconociendo que el cristianismo es primero y por sobre todo una religión corporativa. El medio usado por Dios para obrar en la historia ha sido la iglesia; las contribuciones de los cristianos individuales han sido grandes, pero todas éstas palidecen en comparación con la gran obra divina en y por medio de la iglesia como un todo. Esto se aplica tanto a la teología como a cualquier otra área. Las percepciones de maestros y teólogos individuales a lo largo de los siglos han sido profundas, pero nada logra equiparar la sabiduría corporativa de los píos reunidos en los grandes concilios y asambleas de la historia de la iglesia. 

Esto me lleva a mi cuarto punto: los credos y las confesiones generalmente se concentran en lo importante. Los primeros credos, tales como el de los apóstoles y el niceno, son muy breves y abordan lo esencial de lo esencial. Sin embargo, esto es así aun en las declaraciones de fe más elaboradas, tales como la Confesión Luterana de Augsburgo o la Confesión de Fe de Westminster. En realidad, cuando observas los puntos doctrinales que estos diversos documentos cubren, es difícil ver qué podría dejarse afuera sin suprimir algo central y significativo. Lejos de ser declaraciones exhaustivas de fe, son resúmenes de lo esencial. Como tales, son singularmente útiles.

Por todas las razones anteriores, los evangélicos deberían amar los grandes credos y confesiones. En última instancia, deberíamos seguirlos sólo hasta donde representen el sentido de la Escritura, pero es ciertamente necio y arisco rechazar una de las principales formas con que la iglesia ha meticulosamente transmitido su fe a través de las épocas.



Artículo original: http://development.ligonier.org/learn/articles/we-believe/
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