cuando_g.jpgCUANDO TU PREDICACIÓN PARECE NO DAR FRUTO
Jay Bauman
 

Como pastor, he aprendido que existen algunas etapas en la vida y en el ministerio donde el fruto espiritual no es tan evidente como debiera; no es tan evidente para otros y no es tan evidente para mí. Como pastores, plantamos, sembramos y regamos una y otra vez —pero al parecer no cosechamos mucho fruto de nuestro trabajo—. Parece que nada sucede: podemos pasar un año, dos años, muchos años sin ver el fruto de nuestros esfuerzos. Evangelizamos, predicamos con pasión, tratamos de cultivar amistades con no cristianos y aun así no pasa nada. Por esta razón, nos preguntamos: “¿cuál es el problema conmigo? ¿Por qué, Dios, no me estás usando?”. Tenemos la tendencia a culpar a Dios o a culparnos a nosotros mismos. En cualquiera de los dos casos, estamos demostrando una falta de confianza en el evangelio.

La verdad es que Jesús o es el Señor de la cosecha o no lo es. ¿Qué es lo que verdaderamente creemos al respecto?

Una de las doctrinas más preciosas de la fe es la de la soberanía de Dios. Es el pilar de la tradición reformada. Sin embargo, las implicancias de la soberanía de Dios en la vida de un pastor a menudo pueden ser muy dolorosas. Duelen porque desafían la idea de que, aunque el fruto espiritual siempre será evidente, simplemente no siempre será inmediatamente evidente.

Cuando nos comenzamos a desesperar por ver algo, tenemos la tentación de seguir métodos cuestionables para generar fruto y sacar algo de la nada. Después de todo, gran parte de la iglesia evangélica promueve el éxito simplemente como una función de cuántas personas puede alguien juntar en un auditorio o cuántas manos puede hacer que se levanten como parte de un llamado emocional. Por lo tanto, tenemos la tentación de ser atraídos por los métodos del mundo para obtener lo que tanto deseamos: éxito. No obstante, mientras más serios nos pongamos sobre nuestro ministerio, más sabremos que los trucos y la manipulación no son formas que honren a Dios para llevar a personas a Cristo. Lo que necesitamos es más simple: una proclamación del evangelio más coherente y firme; nada fabricado. Parece riesgoso, porque verdaderamente le estás dejando el resultado a Dios en tu predicación y en tus esfuerzos evangelísticos.

Toma en consideración la vida de Jeremías, el profeta que vivió en los últimos días del Reino del Sur de Judá, mientras la nación se desmoronaba. Dios lo envió para darle al pueblo de Judá la última advertencia antes de desterrarlos de Israel. Dios destruiría la nación y los haría cautivos del reino pagano de Babilonia. El rol de Jeremías era predicarles y advertirles de su pecado y su comportamiento idólatra. Sin embargo, este fue el problema: nadie lo escuchó; nadie respondió, ni siquiera a su súplica conmovedora y apasionada para que obedecieran a Dios. Jeremías predicó por cuarenta años y no vio ningún cambio en las mentes del pueblo; no tuvo éxito. El pueblo se mantuvo terco. Incluso los profetas que vinieron antes de él tuvieron algún tipo de éxito, pero no fue el caso de Jeremías. Él sentía como si le estuviera hablando a una muralla de ladrillos.

Esto afectó profundamente a Jeremías. Se le apodó el “profeta llorón” (ver Jer 9:1) por al menos dos razones: la primera, nadie lo escuchó; la segunda, él sabía lo que iba a suceder. Pocas personas a su alrededor lo consolaron. Dios le dijo que no se casaría ni tendría hijos y sus amigos no estarían cerca. Se sentía solo incluso mientras entregaba este mensaje. Jeremías cargó tanto con el peso de predicar un mensaje duro como con el de ver poco fruto mientras lo predicaba.

Cada uno de nosotros como creyentes, no sólo como pastores, necesitamos saber que, como los grandes profetas del pasado, también vivimos tiempos en donde no hay fruto. Esto provocará que nos cuestionemos nuestro llamado.

Incluso puede llevar a personas a la depresión; sin embargo, debemos encontrar nuestro gozo en el Señor. En Jeremías 15:19, vemos que el gozo de Jeremías fue restaurado en medio de su desánimo.

¿Por qué perdemos el gozo como pastores y líderes en el ministerio? Seguramente, muchas veces es porque no vemos fruto espiritual; sin embargo, en otras ocasiones es porque estamos deseando el “éxito” de otros. Esta, entonces, es la pregunta que debemos hacernos: ¿es Jesús suficiente?

En un momento, en nuestra primera plantación de iglesia, yo estaba sumamente desanimado porque nadie se estaba convirtiendo a Cristo. La iglesia parecía estar estancada. Estaba invirtiendo más tiempo y energía que nunca, pero con pocos resultados. Hasta que un pastor sabio y con más experiencia se me acercó y me preguntó: “Jay, ¿es Jesús realmente suficiente para ti? ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Acaso no confías en él?”.

Quizás mi interés estaba en demostrar cuán exitoso era yo o en desear para mí el éxito de otros. El décimo mandamiento es claro en esto: “no codicies…” (Éx 20:17). La clave para no desear el ministerio exitoso de otros es encontrar nuestro gozo total y completamente en Jesús. Si es que él es suficiente para ti personalmente, sabes que tu ministerio no te valida, es Jesús quien lo hace. Cuando Jesús sea suficiente para ti, encontrarás contentamiento en él en los momentos difíciles del ministerio y no serás sobrecargado con desánimo. Tu alma no será abatida porque has puesto tu esperanza completamente en Dios; porque sabes que él es el Señor de la cosecha.

Descansa en esa verdad. Trabaja duro para expandir su fama en tu ciudad y en las naciones. Encuentra contentamiento en su divina coordinación de los tiempos y tu alma estará saludable en medio del poco fruto visible. Él tiene el control; él es el Señor de la cosecha; nosotros somos simplemente sus embajadores.

 

Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
Traducción: María José Ojeda
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