1.png¿CÓMO PUEDO ENSEÑAR A MI FAMILIA?
Jon Payne
 

Cada hogar cristiano tiene el propósito de ser una escuela de Cristo: un lugar de crianza espiritual, disciplina amorosa, sana doctrina y piedad bíblica. Ésta no es una referencia a los retratos de la época victoriana de la familia cristiana; más bien, se trata de la clara enseñanza de la Escritura y de la tradición reformada. Sin embargo, nuestras agitadas agendas, nuestros dispositivos omnipresentes y nuestras prioridades fuera de lugar a menudo hacen que nuestros hogares sean similares a los de nuestros vecinos no cristianos. Dios se transforma en un comodín. A continuación, les comparto tres cosas que debemos recordar a medida que buscamos construir hogares centrados en Dios donde la sana doctrina es el cimiento y nuestro Señor Jesucristo es el pilar.

En primer lugar[1], debemos comprometernos en el ministerio de la iglesia local. Cada familia cristiana necesita los medios de gracia designados por Dios y el cuidado pastoral de ancianos piadosos (Hch 20:18; Heb 13:17; 1T 3:1-7). El ministerio de la iglesia visible no es negociable para los creyentes y sus hijos. Las primeras familias cristianas «se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración» (Hch 2:42). Estaban bajo la supervisión espiritual de los ancianos: hombres que habían sido llamados a «pastore[ar] el rebaño de Dios» (1P 5:2) y a «exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen» (Ti 1:9, énfasis del autor; Ti 2:1). La iglesia era central para su identidad cristiana. Es dentro, no fuera, de la estructura divinamente ordenada de una iglesia bíblica que las familias cristianas están cimentadas en el Evangelio. Una iglesia fiel es donde las familias maduran en su conocimiento, comprensión y práctica de la sana doctrina. Por lo tanto, los hogares cristianos son animados a someterse gozosamente al ministerio de un cuerpo de iglesia local y a aprender de los pastores que obran «para presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (Col 1:28-29; ver Ef 4:11-16).

En segundo lugar, debemos dedicarnos a tener tiempos regulares de adoración familiar. La adoración familiar es un tiempo en el que el hogar completo se reúne para cantar, orar, leer la Escritura e instruir en la sana doctrina. Un hogar cristiano es uno de adoración. Matthew Henry dice, «aquellos que oran en la familia hacen bien; aquellos que oran y leen la Escritura hacen mejor; pero aquellos que oran, leen y cantan hacen lo mejor de todo». En la adoración familiar abrimos la Biblia, reflexionamos en cómo se desenvuelve la historia de redención y consideramos esencial la doctrina cristiana. El catecismo reformado, como el Catecismo Menor de Westminster y el Catecismo de Heidelberg con sus formatos útiles de preguntas y respuestas, es una ayuda en nuestra búsqueda de aprender y de digerir la sana doctrina.

En Thoughts on Family Worship [Pensamientos sobre la adoración familiar], el teólogo de Princeton del siglo XIX, J.W. Alexander, sostiene que la «adoración familiar, en su esencia misma, permite que mantengamos la mente atenta a la verdad y familiarizada con sus pequeñas ramificaciones». A través de tiempos específicos de adoración en el hogar, «la familia cristiana va diariamente a la fuente de toda verdad».

¿No debiese ser éste el objetivo de cada hogar cristiano? ¿Acaso no es el rol del esposo cristiano ejercitar el liderazgo espiritual hacia su esposa (Ef 5:22-27)? ¿Acaso no es el privilegio y la responsabilidad de cada padre cristiano enseñar la Palabra de Dios «diligentemente a [sus] hijos» y «cri[arlos] en la disciplina e instrucción del Señor» (Dt 6:7; Ef 6:4)? Queridos creyentes, «la lectura diaria, regular y solemne de la santa Palabra de Dios, de los padres a sus hijos, es una de las representaciones más poderosas de la vida cristiana» (Alexander). Comprometerse a la adoración familiar entrega momentos cotidianos para que el hogar completo se arraigue en la sana doctrina —para crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2P 3:18)—.

En tercer lugar, debemos ser devotos a los tiempos informales de instrucción bíblica. La sana doctrina debe enseñarse y aprenderse no sólo desde los púlpitos y podios, sino que también en medio de actividades diarias comunes y corrientes —en la mesa del comedor, en el automóvil, en la cancha o en el parque—. Moisés exhorta al pueblo de Dios a «hablar de [la Palabra de Dios] cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Dt 6:7). Durante las actividades diarias comunes, las familias cristianas se animan a hablar sobre Dios y su Palabra y a considerar cómo la doctrina se aplica a las diversas circunstancias que aparecen en la vida. Por lo tanto, aprovechemos esas oportunidades para explicar y aplicar la sabiduría de la Palabra de Dios a nuestras familias.

Queridos creyentes, al igual que una planta que crece en el suelo fértil de la tierra, también una familia cristiana crece en la sana doctrina de la Escritura. Ciertamente, la sana doctrina lleva a una vida sana en Cristo. Por medio de la obra del Espíritu, la sana doctrina ilumina la mente, transforma el corazón, somete la voluntad, reconforta los afectos y alimenta el alma. Es verdad para la vida. Ya sea en la iglesia, en la casa o en el límite de la vida, nada es más importante para nuestras familias que la enseñanza y aplicación de la sana doctrina. ¿Es esto una prioridad en sus hogares?
 


Este artículo fue originalmente publicado por Ligonier Ministries en esta dirección.
Traducción: María José Ojeda 
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[1] El énfasis en negrita ha sido dado por Acceso Directo.

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